Durante la poca de crisis en que dos grandes
imperios luchaban por la supremaca en el
Mediterrneo, un hombre nacido en Granada
poco antes de la cada de la ciudad en manos
cristianas ser protagonista de una extraordinaria
aventura.
Hasan, hijo de Mohamed el alamn, ms conocido
como Len el Africano, conocer la misteriosa
ciudad de tunboct, los quince reinos negros
situados entre el Nger y el Nilo, y la magnfica
Constantinopla. Ser testigo de la toma
de El Cairo por los otomanos, y pondr incluso
sus conocimientos y experiencia al servicio
del papa Len X y Julio de Mdicis.

Nacido en el Lbano en 1949, Amin Maalouf
estudi Economa y Sociologa,
y posteriormente desarroll su labor como
periodista en el diario beirutAn Nahar.
Al estallar la guerra civil se exili a Francia,
para dedicarse plenamente a la literatura.
En 1993, fue galardonado con el premio Goncourt
por su obra Le rocher de llinios.



Leon
el	Africano
Amin Maalouf


SALVAT
     
Diseo de cubierta: Ferran Cartes/Montse Plass
Traduccin:     Mara Teresa Gallego Urrutia y Mara Isabel Reverte Cejudo
Traduccin cedida por Alianza Editorial

Ttulo original: Lon l'African





A Andre





 1994 Salvat Editores, S.A. (Para la presente edicin)
 1986 Jean-Claude Latts
 1991, 1992 y 1994 Alianza Editorial, S.A.

ISBN:	84-345-9042-5 (Obra completa)
ISBN:	84-345-9044-1 (Volumen 2)
Depsito Legal: B. 26.590- 1944
Publicado por Salvat Editores, S.A. Barcelona

Impreso por CAYFOSA. Agosto 1994
Prmted in Spain-Impreso en Espaa



No dudes, empero, de que Len elAfricano,
Len el viajero, tambin era yo.

W.	B. YEATS
	A m, Hasan, hijo de Mohamed el alamn, a m, Juan Len de Mdicis, circunci-
dado por la mano de un barbero y bautizado por la mano de un papa, me llaman
hoy el Africano, pero ni de Africa, ni de Europa, ni de Arabia soy. Me llaman tam-
bin el Granadino, el Fes, el Zayyati, pero no procedo de ningn pas, de ninguna
ciudad, de ninguna tribu. Soy hijo del camino, caravana es mi patria y mi vida la
mas inesperada travesa.
	Mis muecas han sabido a veces de la caricias de seda y a veces de las injurias de
la lana, del oro de los prncipes y de las cadenas de los esclavos. Mis dedos han le-
vantado mil velos, mis labios han sonrojado a mil vrgenes, mis ojos han visto agoni-
zar ciudades y caer imperios.
	Por boca ma oirs el rabe, el turco, el castellano, el berber, el hebreo, el latn y
el italiano vulgar, pues todas las lenguas, todas las plegarias me pertenecen. Mas yo
no pertenezco a ninguna. No soy sino de Dios y de la tierra, y a ellos retornar un
dia no lejano.
	Y t permanecers despus de m, hijo mo. Y guardars mi recuerdo. Y leers
mis libros. Y entonces volvers a ver esta escena: tu padre, ataviado a la napolitana,
en esta galera que lo devuelve a la costa africana, garrapateando como mercader
que hace balance al final de un largo periplo.
	Pero no es esto, en cierto modo, lo que estoy haciendo: qu he ganado, qu he
perdido, qu he de decirle al supremo Acreedor? Me ha prestado cuarenta aos que
he ido dispersando a merced de los viajes: mi sabidura ha vivido en Roma, mi pa-
sin en El Cairo, mi angustia en Fez, y en Granada vive an mi inocencia.
1.	El libro de Granada
El ao de Salma la Horra
894 de la hgira
(5 de diciembre de 1488-24 de noviembre de 1489)






	Aquel ao, el santo mes de ramadn caa en pleno verano y mi padre no sola
salir de casa antes del atardecer, pues la gente de Granada estaba nerviosa por el
da, tena frecuentes altercados y su humor sombro era signo de piedad, puesto que
slo un hombre que no observase el ayuno poda conservar la sonrisa bajo un sol de
fuego y slo un hombre indiferente a la suene de los musulmanes poda seguir sien-
do jovial y afable en una dudad minada por la guerra civil y amenazada por los in-
fieles.
	Yo acababa de nacer, por la ineludible gracia del Altsimo, en los ltimos das de
shabn, algo antes del comienzo del mes santo, y Salma, mi madre, estaba dispensa-
da de ayunar hasta que se repusiera, y Mohamed, mi padre, estaba dispensado de
refunfuar, incluso en las horas de hambre y de calor, pues el nacimiento de un hijo
que lleva su nombre y que llevar un da sus armas es para cualquier hombre motivo
de legtimo regocijo. Para colmo, yo era el primer hijo y, al ofrse llamar Abu-l-
Hasan, mi padre sacaba imperceptiblemente el pecho, se atusaba el bigote y dejaba
que se le deslizaran lentamente ambos pulgares a lo largo de la barba mientras los ojos
se le iban hacia la alcoba del piso superior donde me hallaba yo envuelto en paa-
les. Su alegra exuberante no posea, sin embargo, ni la hondura ni la intensidad de
la de Saima que, a pesar de sus dolores persistentes y su extrema debilidad, se senta
nacer por segunda vez con mi venida al mundo, pues mi nacimiento la converta en
la primera mujer de la casa y le aseguraba los favores de mi padre por muchos aos.
	Fue mucho despus cuando me confl sus temores que yo haba apaciguado, si
no disipado, sin saberlo. Mi padre y ella, primos, prometidos desde la infancia, casa-
dos durante cuatro aos sin que ella quedara encinta, haban odo alzarse, a partir
del segundo ao, el zumbido de un rumor infamante. Tanto que Mohamed haba re-
gresado un da con una hermosa cristiana de negras trenzas, comprada a un soldado
que la haba capturado durante una razzia en las cercanas de Murcia. Le haba da-
do el nombre de Warda, la haba instalado en un reducido aposento que daba al pa-
tio y lleg a hablar de mandarla a casa de Ismael el Egipcio para que le enseara
lad, danza y escritura como a las favoritas de los sultanes.
	Yo era libre y ella era esclava, me dijo mi madre, y el combate entre nosotras era
desigual. Ella poda usar a su antojo todas las armas de la seduccin, salir sin velo,
cantar, bailar, escanciar vino, guiar los ojos y andar ligera de ropa, mientras que yo
estaba obligada, por mi posicin, a no abandonar jams mi reserva y an menos


11


L
a mostrar inters alguno por los placeres de tu padre. Este me llamaba "prima".
Cuando hablaba de m, deca respetuosamente la "Horra", la libre, o la "Arabiya",
la rabe, y la propia Warda me mostraba toda la deferencia que debe una sirvienta a
su ama. Pero, por la noche, el ama era ella.
	Una maana, prosegua mi madre con un nudo en la garganta a pesar de los
aos transcurridos, Sara la Vistosa vino a llamar a mi puerta. Los labios pintados
con raz de nogal, los ojos maquillados con kohol, las uas esmaltadas con alhea,
emperifollada, de los escarpines a la cabeza, con sedas viejas y ajadas, de todos los
colores, impregnadas de polvos de olor. Sola pasar a yerme -Dios tenga miseri-
cordia de ella, est donde est!- para vender amuletos, brazaletes, perfumes a base
de limn, de mbar gris, de jazmn o de nenfar y para decir la buenaventura. Se
dio cuenta enseguida de que tena los ojos enrojecidos y, sin necesidad de contarle la
causa de mi desdicha, empez a leer en mi mano como en la arrugada pgina de un
libro abierto.
	Sin levantar la vista, pronunci lentamente estas palabras, que an recuerdo:
"Para vosotras, las mujeres de Granada, la libertad es una solapada esclavitud, la es-
clavitud una sutil libertad? Luego, sin aadir nada, sac de un capacho de mimbre
un minsculo frasco verdoso: "Esta noche, verters tres gotas de este elixir en un
vaso de horchata y se lo dars t misma a tu primo. Acudir a ti como una mariposa
que se acerca a una lmpara. Repetirs el gesto dentro de tres noches y, despus,
dentro de siete?
	Cuando Sara volvi a pasar a yerme unas semanas despus, ya estaba yo con
nuseas. Aquel da le di todo el dinero que llevaba encima, un buen puado de dir-
hems cuadrados y de maravedises y, riendo, la vi bailar, contonearse y golpear con
fuerza con el pie en el suelo de mi cuarto, haciendo saltar entre las manos las mone-
das cuyo tintineo se confunda con el del aljaraz, la campanilla impuesta a los ju-
dos. 

	Era apremiante que Salma quedara encinta pues la Providencia haba querido
que Warda lo estuviera ya, aunque sta lo hubiera ocultado cuidadosamente para
evitarse engorros. Cuando, dos meses despus, la cosa se supo, se entabl la rivali-
dad por saber quin tendra un varn y, si ambas estuvieran encintas de uno, cul de
las dos dara a luz primero. Slo Salma estaba tan angustiada que haba perdido el
sueo, pues Warda se habra conformado con tener un segundn, o incluso una hija,
ya que el solo hecho de parir equivala para ella, segn nuestra ley, a adquirir la con-
dicin de mujer libre, sin perder por ello la valiosa frivolidad autorizada por su ori-
gen de sierva.
	En cuanto a mi padre, estaba tan satisfecho de haber dado esa doble prueba de
virilidad que no sospech ni por un instante la peculiar competencia que se estaba
desarrollando bajo su techo. Cuando las dos mujeres estuvieron bien abultadas, lle-
g a ordenarles una tarde que lo acompaaran, poco antes de la puesta de sol, hasta
las inmediaciones de las Banderas. Cogidas de la mano, lo siguieron a unos pasos de
distancia, avergonzadas, sobre todo mi madre, por la mirada escrutadora de los


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r
hombres y las risas socarronas de las viejas comadres de nuestro barrio, las 1
charlatanas y desocupadas de todo el arrabal del Albaicin, que las observaban d~
los miradores de las casas, ocultas tras los cortinajes que se apartaban a su paso. T
haberlas exhibido, en el sentido propio de la palabra y haber sentido l tambin~
duda, el peso de las miradas, mi padre hizo como si hubiera olvidado algo y volv~
su casa por el mismo camino mientras la oscuridad empezaba a ocultar los innuu
rabIes peligros de las callejuelas del Albaicin, embarradas y resbaladizas unas.~
aquella primavera lluviosa, empedradas otras pero tanto ms peligrosas cuanto.
cada piedra que faltara poda representar una trampa fatal para las futuras madr.
	Agotadas, confusas, con los nervios de punta, Saima y Warda, solidarias por ~
vez, se derrumbaron en la misma cama, la de la sirvienta, al ser incapaz la Horri~i
subir las escaleras hasta su alcoba, mientras que mi padre volva a marcharse canir
de la cantina, ignorando que haba estado a punto de perder a sus dos futuros hijou
la vez, presuroso, sin duda, deca mi madre, por recibir los admirativos parabier~
de sus amigos, con motivo del nacimiento de dos robustos y hermosos hijos, y 
desafiar al ajedrez a nuestro vecino Hamza, el barbero.
	En cuanto oyeron que la puerta se cerraba con llave, ambas mujeres prorrumg~
ron en una prolongada risa compartida que tardaron mucho en poder contener. ~i
cordndola quince aos despus, mi madre an se sonrojaba de aquellas chiquili
das, hacindome notar, nada ufana, que si Warda apenas tena entonces dec~
aos, ella iba ya camino de los veintiuno. Gracias a los acontecimientos, se haba
jido entre ambas cierta complicidad que atenuaba su rivalidad y, cuando al da -
guiente, Sara la Vistosa hizo a Saima su visita de todos los meses, sta invit a la ~
vienta a que acudiera para que le palpara el vientre la vendedora y vidente juda cp
tambin haca las veces, cuando era menester, de comadrona, masajista, peinadoc
depiladora y que adems sabia transmitir a sus innumerables clientes, enclaustrac~
en el harn, noticias y rumores sobre los mil y un escndalos de la ciudad y del ri
no. Sara le jur a mi madre que la encontraba muy estropeada, lo que fue muy de
agrado, pues era seal inequvoca de que estaba encinta de un varn; en cambio _
licit compasivamente a Warda por la exquisita lozana de su rostro.
	Salma se fiaba tanto del acierto del diagnstico que no pudo por menos que x
cirselo esa misma noche a Mohamed. De esta manera, crea poder traer a colaci.i
ms fcilmente otra observacin muy embarazosa de Sara, a saber, que el homhl
no deba volver a acercarse a ninguna de sus dos mujeres por miedo a peijudica~..
los fetos o a provocar partos prematuros. Aunque envuelto en precauciones y entm:
cortado por largas vacilaciones, el mensaje era lo suficientemente desvergonza.i
como para que mi padre se inflamara en el acto como un tronco demasiado sec~
prorrumpiera en invectivas apenas inteligibles entre las que volvan, como golpes.
almirez en el mortero, bobadas, brujas, Ibis el Maligno, as como palabri
poco elogiosas acerca de la medicina, los judos y el seso de las mujeres. Salma pe ~
s que la hubiera golpeado de no haber estado encinta, pero tambin se dijo que,.
tal caso, no habra habido ria. Para consolarse, lleg a la sabia conclusin de qw~
las ventajas de la maternidad superaban a sus pasajeros inconvenientes.
1
	A modo de castigo, Mohamed le prohibi formalmente volver a recibir en su
propia casa a esa envenenadora de Sira -silbaba aquel nombre con el acento ca-
racterstico de Granada, que haba de conservar toda su vida y que le haca llamar a
mi madre Silma, a su concubina Wirda, a la puerta bib, en vez de bab, a su ciu-
dad Ghirnata y al palacio del sultn Aihimra-. Durante unos cuantos das, es-
tuvo de un humor de perros pero, tanto por prudencia como por despecho, no vol-
vi a las habitaciones de las mujeres hasta despus de los partos.
	Estos sobrevinieron con dos das de intervalo. Warda fue la primera en sentir las
contracciones que, espaciadas durante la tarde, no empezaron a ser ms seguidas
hasta el alba. Slo entonces empez a gemir lo bastante alto para que se la oyera. Mi
padre corri a casa de nuestro vecino Hamza, repiquete en su puerta y le rog que
avisara a su madre, una anciana digna, piadosa y de gran habilidad, de la inminencia
del parto. Acudi minutos despus, totalmente envuelta en telas blancas, con una
jofaina de boca ancha, una toalla y una pastilla de jabn. Decase que tena buena
mano y que haba trado al mundo ms varones que hembras.
	Mi hermana Mariam naci a eso de las doce del da. Mi padre apenas la mir.
Ya no tena ojos ms que para Salma, quien se atrevi a asegurarle: Yo no te de-
fraudar!  Pero no las tena todas consigo, a pesar de las infalibles recetas de Sara y
de sus reiteradas promesas. Ante todo, hubo de pasar todava dos interminables das
de angustia y sufrimientos antes de ver cumplido por fin su mayor deseo: oir a su
primo llamarla Um-el-Hasan, la madre de el-Hasan.

	El sptimo da despus de mi nacimiento, mi padre mand llamar a Hamza el
barbero para circuncidarme e invit a todos sus amigos a un banquete. En razn del
estado en que se hallaban mi madre y Warda, fueron mis dos abuelas y sus sirvientas
quienes se encargaron de preparar la comida. Mi madre no asisti a la fiesta pero
me confes que se haba escabullido a escondidas de su habitacin para ver a los in-
vitados y escuchar la conversacin. Era tal su emocin aquel da que se le haba
quedado grabado en la memoria hasta el menor detalle.
	Reunidos en el patio, en tomo a la fuente de mrmol blanco cincelado, cuya
agua refrescaba el ambiente tanto por el rumor como por los miles de minsculas
gotas que esparca, los invitados coman con tanto mayor apetito cuanto que ya es-
tbamos en los primeros das de ramadn y estaban rompiendo el ayuno al tiempo
que celebraban mi ingreso en la comunidad de los Creyentes. Segn mi madre, que
haba de regalarse con las sobras al da siguiente, la comida era un autntico festn
de reyes. El plato principal era la maruziyya: carne de cordero preparada con algo
de miel, cilantro, almidn, almendras, peras, as como con nueces tiernas cuya tem-
porada acababa de empezar. Haba tambin tafaya verde, carne de cabrito mezclada
con un ramillete de cilantro fresco, y tafaya blanca preparada con cilantro seco.
Mencionar los poos, los pichones, las alondras, con su salsa de ajo y queso, la
liebre asada en salsa de azafrn y vinagre, las otras decenas de platos que tan a me-
nudo me ha desgranado mi madre, recuerdo de la ltima gran fiesta que tuviera lu-
gar en su casa antes de que la clera del Cielo cayera sobre ella y los suyos? Cuando


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r
la escuchaba, nio an, esperaba, en cada ocasin, con impaciencia que llegara a las
muyabandt, esas tortas calientes de queso fresco espolvoreadas de canela y empapa-
das de miel, a los pasteles de pasta de almendra o de dtiles, a las tortas rellenas de
piones y nueces perfumadas con agua de rosas.
	En aquel banquete, los invitados no bebieron ms que horchata, me juraba pia-
dosamente mi madre. Bien se guardaba de aadir que, si no se sirvi ni una gota de
vino, fue nicamente por respetar el mes santo. La circuncisin siempre ha dado
pie, en la regin de Al-Andalus, a fiestas en las que se olvidaba por completo el acto
religioso que se estaba celebrando. Acaso no se sigue citando en nuestros das la
ceremonia ms suntuosa de todas, la que antao organiz el emir Ibn Dhul-Nun en
Toledo con ocasin de la circuncisin de su nieto y que, desde entonces, todo el
mundo trata de imitar sin conseguirlo? Acaso no se haban servido en ella vinos y
licores a raudales, en tanto que cientos de hermosas esclavas bailaban al ritmo de la
orquesta de Dany el Judo?
	En mi circuncisin, insista mi madre, tambin haba msicos y poetas. Hasta re-
cordaba versos que le haban recitado a mi padre:
Por esta circuncisin es tu hijo mucho ms radiante
Pues la luz del cirio crece cuando se corta la mecha.

	Recitados y cantados en todos los tonos por el propio barbero, estos versos de
un antiguo poeta de Zaragoza pusieron fin a la comida y principio a la ceremonia
propiamente dicha. Mi padre subi al piso superior para tomarme en sus brazos
mientras que los invitados se agolpaban en silencio en torno al barbero y a su ayu-
dante, un muchacho imberbe. Hamza le hizo una sea a ste, quien empez a dar
vueltas al patio con un farol en la mano, detenindose ante cada invitado. Haba
que darle algo al barbero y, segn la costumbre, cada uno fue pegando las monedas
que entregaba en el rostro del muchacho que anunciaba en voz alta el nombre del
donante y le daba las gracias antes de dirigirse al vecino. Una vez recogidas las ddi-
vas, el barbero pidi que le acercaran dos potentes faroles, desenvolvi la cuchilla
recitando los versculos apropiados y se inclin sobre m. Mi madre deca que el gri-
to que haba dado yo entonces se haba odo en todo el barrio, como un signo de
precoz valenta, y luego, mientras segua dando alaridos con toda la fuerza de mi
minsculo cuerpo, como si se hubieran presentado ante mi vista todas las desgracias
por venir, la fiesta se reanud al son del lad, de la flauta, del rabel y del tamboril,
hasta el suhur, la comida del alba.

	Pero no todo el mundo estaba para fiestas. Mi to materno, Abu-Marwn, a
quien siempre he llamado Jali, en aquel entonces redactor de la Secretara de Esta-
do de la Alhambra, lleg a la fiesta tarde y cariacontecido. Se form a su alrededor
un corro inquisitivo. Mi madre aguz el odo. Le lleg una frase que la sumi duran-
te un buen rato en una pesadilla que crea olvidada para siempre:
	-Desde la Gran Parada -estaba diciendo siempre su hermano-, no hemos te-
nido ni un ao feliz!
L
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	 Aquella maldita Parada!  Mi madre volvi a sentir nuseas, como en las primeras
semanas de su embarazo, y en sus confusos recuerdos volvi a verse como una nia de
diez aos, descalza, sentada en el barro en medio de una calleja desierta por la que haba
pasado cien veces pero que ya no reconoca, tirando de una punta del arrugado vestido
rojo, empapado y sucio, para ocultar el rostro lloroso. Yo era la nia ms bonita y ms
mimada de todo el arrabal del Albaicin y tu abuela -Dios la perdone!- me haba
prendido a la ropa dos amuletos idnticos, uno a la vista y otro oculto, para no correr
ningn riesgo con la mala suerte. Pero aquel da, todo fue intil. 

	El sultn de entonces, Abu-l-Hasan Ah, haba decidido organizar, da tras da y
semana tras semana, pomposas paradas militares para mostrar a todo el mundo
cun grande era su podero -Slo Dios es poderoso y no ama a los arrogantes!-
Aquel sultn haba mandado construir en la colina roja de la Alhambra, cerca de la
puerta de la Traicin, unas gradas en las que se instalaba todas las maanas con su
squito, reciba a sus visitantes y trataba de los asuntos del Estado, mientras desta-
camentos de soldados procedentes de todos los rincones del reino, desde Ronda
hasta Baeza y desde Mlaga hasta Almera, desfilaban sin tregua saludndolo y de-
sendole salud y larga vida. Los habitantes de Granada y de los pueblos aledaos
haban cogido la costumbre de concentrarse, grandes y chicos, en las laderas de la
Sabika, al pie de la Alhambra, junto al cementerio, lugar desde el que podan ver,
por encima de ellos, la interminable ceremonia. En las proximidades, se instalaban
vendedores ambulantes que lo mismo vendan salchichas mirks, que buuelos o re-
frescos de agua de azahar.
	Al dcimo da de Parada, cuando el ao rabe 882 tocaba a su fin, la siempre
discreta celebracin del Ras-es-Sana apenas se not en medio de los ininterrumpi-
dos festejos. Estos iban a continuar durante todo el muharram, el primer mes del
ao nuevo, y mi madre, que iba todos los das a la Sabika con sus hermanos y sus
primos, se fij en que el nmero de espectadores no dejaba de crecer, que haba ca-
da vez ms caras desconocidas. Los borrachos se multiplicaban por las calles, se co-
metan robos, estallaban las rias entre pandillas de jvenes que se apaleaban hasta
que corra la sangre. Hubo un muerto y varios heridos, lo que llev al muhtasib,
preboste de los comerciantes, a recurrir a la polica.
	Fue entonces cuando, por temor a desrdenes y motines, el sultn decidi al
fin interrumpir los festejos. Decret que el ltimo da de la Parada sera el 22 de
muharram del ao 883, que corresponda al 25 de abril del ao de Cristo de 1478,
aadiendo, sin embargo, que los regocijos finales seran an ms suntuosos que los
de las semanas anteriores. Aquel da, en la Sabika, las mujeres de las barriadas po-
pulares se haban mezclado, con o sin velo, con hombres de toda condicin. Los
nios de la ciudad, entre los que se hallaba mi madre, haban salido con sus vesti-
dos nuevos desde las primeras horas de la maana, no sin haberse provisto de
algunas monedas de cobre para comprarse higos secos de Mlaga. Atrados por la
creciente muchedumbre, malabaristas, ilusionistas, saltimbanquis, funmbu-
los, equilibristas, exhibidores de jimios, mendigos, ciegos autnticos o


16
fingidos, se haban diseminado por toda la barriada de la Sabika, y como era prima
vera, haba campesinos que se paseaban con sementales que cubran, a cambio d<
una retribucin, a las yeguas que les llevaban.
	Toda la maana, recordaba mi madre, habamos estado gritando y paimotean
do en el espectculo del juego de la tabla, durante el cual los jinetes cenetes intenta
ban, uno tras otro, dar en la diana de madera con unos palos que arrojaban desde si
montura al galope. No podamos ver quin acertaba ms, pero el clamor que no
llegaba desde la colina, desde el lugar llamado precisamente al-Tabla, nos sealab~
sin error posible a ganadores y perdedores.
	De pronto, una nube negra apareci sobre nuestras cabezas. Lleg tan depris~
que nos dio la impresin de que el sol se apagaba como una lmpara que un geni
hubiera soplado. Se hizo de noche a las doce del da, y sin haberlo ordenado el sul
tn, el juego se acab, pues todo el mundo senta sobre los hombros el peso de
cielo.
	Hubo un relmpago, el restallar de un rayo, otro relmpago, un fragor sordo
luego trombas de agua se nos vinieron encima. Al saber que se trataba de una tor
menta y no de una sombra maldicin, me senta algo menos atemorizada y, lo mis
mo que miles de personas apiadas en la Sabika, me puse a buscar dnde refugiar
me. Mi hermano el mayor me llevaba de la mano, lo que me tranquilizaba pero tam
bin me obligaba a ir corriendo por una calzada ya embarrada. De repente, a uno
pasos de nosotros, se cayeron unos nios y unos viejos y, al pisotearlos, la muche
dumbre enloqueci. Segua reinando la misma oscuridad. Los alaridos de dolor s
confundan con los gritos de espanto. Resbal a mi vez y me solt de la mano de m
hermano para aferrarme a los vuelos de un vestido mojado, y luego a otros, sin po
der nunca agarrarme de verdad. El agua me llegaba ya a las rodillas, gritaba, segura
mente ms fuerte que los dems.
	En cinco o seis ocasiones me ca y me volv a levantar sin que me pisotearan
hasta que poco a poco me di cuenta de que la muchedumbre que me rodeaba en
menos densa y se mova tambin ms despacio pues el camino era empinado y la
riadas que por l bajaban iban creciendo. No reconoca a la gente ni el lugar, ya nc
buscaba a mis hermanos ni a mis primos. Me arroj dentro de un portal y tanto d
cansancio como de desesperacin me qued dormida.
	Me despert una o dos horas despus. Estaba menos oscuro pero segua lo
viendo a cntaros y un fragor ensordecedor llegaba hasta m por todas partes, ha
ciendo temblar la hosa en que estaba sentada. Cuntas veces haba recorrido la ca
llejuela en que me hallaba! Pero al verla as, desierta y recorrida por un torrente, nc
lograba situarla. Me estremec de fro, tena la ropa empapada, las sandalias se m<
haban perdido en la carrera, del cabello me chorreaba un hilillo de agua helada qu
me baaba sin cesar los ojos abrasados por el llanto. Volv a estremecerme, tos
pleno pulmn, cuando una voz de mujer me llam: "Nia, nia, por aqu!" Pasean
do la mirada en todas direcciones, vi, muy por encima de m, en el marco de un~
ventana arqueada, un pauelo de rayas y una mano que se agitaba.
	Mi madre me haba advertido que no deba entrar nunca en una casa descono


1'

L
cida y que a mi edad deba empezar a no fiarme no slo de los hombres sino tampo-
co de algunas mujeres. Mi vacilacin no dur mucho, sin embargo. A unos treinta
pasos, en el mismo lado de la calle, la que me haba interpelado acudi, en efecto, a
abrir una pesada puerta de madera, apresurndose a gritar, para tranquilizarme: "Te
conozco, eres la hija de Suleymn eh librero, un hombre de bien que vive en el temor
del Altsimo? Me iba acercando a ella a medida que hablaba. "Te he visto varias ve-
ces pasar con l para ir a casa de tu ta materna Tamima, ha mujer del notario, que
vive cerca de aqu, en el callejn del Membrillo? Aunque no haba ningn hombre a
ha vista, se haba cubierto el rostro con un velo blanco que no se quit hasta haber
echado el cerrojo a la puerta, cuando hube entrado. Cogindome entonces de ha
mano, me hizo recorrer un estrecho pasillo que formaba una especie de codo y lue-
go, sin soltarme, cruz corriendo bajo la lluvia un patinillo, antes de internarse en
una estrecha escalera de peldaos empinados que nos condujo a su habitacin. Me
llev despacio hacia la ventana: "Mira, es la clera de Dios!"
	Me asom con aprensin. Me hallaba en ha cumbre de la colina de Maurora. A
la derecha, tena ha nueva Casba de ha Alhambra, a ha izquierda, en lontananza, ha
vieja Casba, con los minaretes blancos de mi arrabal del Albaicn al otro lado de las
murallas. Eh fragor que haba odo en ha calle era ahora ensordecedor. Buscando con
la vista el origen del ruido, mir hacia abajo y no pude contener un grito de horror.
"Dios tenga piedad de nosotros, es el diluvio de No!", mascullaba mi anfitriona
detrs de m.

	El espectculo que se ofreca ante sus ojos de nia atemorizada, mi madre no
haba de olvidarlo jams, como tampoco haban de olvidarlo cuantos se encontra-
ban en Granada aquel maldito da de Parada. En eh valle por el que corra habitual-
mente eh ruidoso pero apacible Darro, hete aqu que se haba formado un torrente
enloquecido que todo lo barra a su paso, que devastaba jardines y huertos, que
arrancaba de raz miles de rboles, majestuosos olmos, nogales centenarios, fresnos,
almendros y alisos, antes de penetrar en eh corazn de la ciudad, acarreando todos
sus trofeos cual conquistador trtaro, rodeando los barrios del centro, demoliendo
cientos de casas, de tenderetes y de almacenes, arrasando las viviendas construidas
en los puentes, hasta formar, al final del da, a causa de los residuos que ha Mezquita
Mayor, la Alcaicera de los negociantes, el zoco de los joyeros y el de los herreros.
Nadie sabe el nmero de personas que perecieron ahogadas, aplastadas entre los es-
combros o arrastradas por ha riada. Al atardecer, cuando el Cielo permiti al fin que
se disipara la pesadilla, el torrente se llev los residuos fuera de la ciudad, mientras
que eh agua reflua ms deprisa de lo que haba afluido. Al amanecer, has victimas
seguan cubriendo el reluciente suelo pero eh asesino estaba lejos.
	Era el justo castigo a los crmenes de Granada, deca mi madre con la mono-
tona de las frases definitivas. Dios quera mostrar Su poder a ningn otro igual y
castigar ha arrogancia de los gobernantes, su corrupcin, su injusticia y su deprava-
cin. Tena empeo en avisarnos de lo que se nos iba a venir encima si persistamos
en eh camino de la impiedad, pero los ojos y los corazones permanecieron cerrados.


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r




L
	Al da siguiente del drama, todos los habitantes de la ciudad se haban convenci-
do de que eh primer responsable de aquella desgracia, el hombre que haba atrado
sobre ellos la clera divina, no era otro que el arrogante, el corrompido, el injusto, el
depravado Abu-h-Hasan Ah, hijo de Saad el Nazarita, vigsimo primero y penlti-
mo sultn de Granada, que el Altsimo borre su nombre de todas las memorias!
	Para subir al trono haba derrocado y encarcelado a su propio padre. Para conso-
lidar su poder haba mandado cortar la cabeza a los hijos de las ms nobles familias
del reino, entre las que se encontraban los valerosos Abencerraj es. Sin embargo,
para mi madre, eh crimen imperdonable del sultn era haber abandonado a su mujer
libre, a su prima Ftima, hija de Mohamed eh Zurdo, por una cautiva cristiana lla-
mada Isabel de Solis, a quien haba dado el nombre de Soraya.
	Cuentan, deca, que el sultn reuni una maana a su squito en el patio de los
Arrayanes para que asistieran al bao de aquella rumiyya. A mi madre he causaba
horror tener que contar semejante impiedad. Dios me perdone!, balbuceaba le-
vantando los ojos al cielo; Dios me perdone!, repeta, pues tena toda ha inten-
cin de proseguir su relato: Una vez acabado el bao, el prncipe invit a cada uno
a beber un tazn pequeo de agua de la que acababa de salir Soraya y todos empe-
zaron a extasiarse, en prosa y en verso, del maravilloso gusto que haba adquirido el
lquido. Todos excepto eh visir Abu-l-Kasem Venegas que, lejos de indinarse sobre
ha piscina, permaneci dignamente en su sitio. Actitud que no escap ah sultn que
le pregunt la razn. "Majestad, contest Abu-h-Kasem, temo que al probar la salsa
me apetezca de pronto la perdiz? Dios me perdone!, volva a repetir mi madre
sin intentar reprimir la nsa.
	He odo esta ancdota atribuida a varios personajes de la regin de Al-Andalus
y, a decir verdad, no s a quin hay que atribuirsela; pero en Granada, al da si-
guiente de ha maldita Parada, cada cual buscaba en la vida disoluta del seor de la
Alhambra el incidente que haba podido enojar al Altsimo y todos pugnaban por
dar con la explicacin definitiva que no era a menudo sino un verso, una humorada
o incluso una parbola antigua puesta en gusto del da.
	Ms inquietante que tales cotilleos fue la reaccin del propio sultn entre las ca-
lamidades que se abatan sobre su capital. Lejos de ver en la inundacin devastado-
ra una advertencia del Altsimo, sac ha conclusin de que los placeres de este mun-
do eran efimeros, de que la vida se iba y haba que aprovechar intensamente cada
instante. Esa era tal vez la cordura de un poeta pero no, ciertamente, la de un
prncipe que haba cumplido los cincuenta y cuyo reino estaba amenazado.
	Se entreg, pues, a los placeres a pesar de las frecuentes advertencias de su m-
dico Ishak Hamon. Se cubri de hermosas esclavas y se rode de poetas de costum-
bres dudosas, poetas que esculpan verso tras verso las formas de has bailarinas des-
nudas y los esbeltos efebos, que comparaban el hachs con la esmeralda y su olor
con el incienso, que, noche tras noche, cantaban infatigablemente al vino, bermejo o
amarillo, aejo y siempre fresco. Una inmensa copa de oro pasaba de mano en
mano, de boca en boca, y el que la vaciaba se enorgulleca de llamar al escanciador
para que se la volviera a llenar hasta eh borde. Ante los comensales se acumulaban en,


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mltiples bandejitas, almendras, piones y nueces, frutas pasas y frescas, alcachofas
y habas, confituras y dulces, que no se sabia si servan para calmar eh hambre o para
avivar la sed. Ms adelante supe, durante mi larga estancia en Roma, que esa cos-
tumbre de picar embriagndose ya se practicaba entre los antiguos romanos, que lla-
maban a cada uno de esos platos nucleus -sera por eso por lo que en Granada
daban a esos mismos platos el nombre de nukl? Slo Dios conoce el origen de
las cosas!
	Enteramente entregado a sus placeres, el sultn descuidaba los asuntos del reino,
dejando a sus allegados atesorar autnticas fortunas mediante tasas ilegales y expro-
piaciones, mientras que sus soldados, al haber dejado de pagrsehes lo que se hes de-
ba, se vean obligados a vender la ropa, las monturas y las armas para alimentar a
sus familias. En ha ciudad, donde reinaban ha inseguridad y eh temor al da de maa-
na, donde se conoca y se comentaba al instante ha suerte de cada militar, donde las
noticias de las borracheras llegaban con regularidad por has indiscreciones de los in-
vitados y de los sirvientes, la sola mencin del nombre del sultn o de Soraya provo-
caba injurias e imprecaciones y, a veces, pona a la gente al borde del motin. Sin te-
ner necesidad de atacar directamente a Abu-l-Hasan, lo que rara vez se atrevan a
hacer, algunos de los predicadores de los viernes no tenan ms que vilipendiar la
corrupcin, la impureza y ha impiedad para que todos los fieles supieran sin sombra
de duda a quin se referan y se afanaran por soltar en voz alta unos Allahu ak-
bar!  subversivos a los que el imn de ha oracin contestaba a veces, fingidamente
enigmtico: La mano de Dios est por encima de sus manos. Todo ello mientras
lanzaba miradas endurecidas hacia la Alhambra.
	Aun siendo unnimemente detestado, el sultn segua teniendo entre la multitud
ojos y odos que he contaban lo que se deca. Lo cual lo volva cada vez ms descon-
fiado, brutal e injusto. A cuntos notables, a cuntos honrados ciudadanos, recor-
daba mi madre, detuvieron por ha denuncia de un rival, o incluso de un vecino envi-
dioso, acusados de haber insultado ah prncipe y atentado contra su honor y pasea-
ron, luego, por has calles, sentados del revs en un asno antes de arrojarlos a una
mazmorra o incluso de decapitarlos! Bajo la influencia de Soraya, Abu-l-Hasan
confin a su propia mujer, Ftima, as como a sus dos hijos, Mohamed, llamado
Buabdilah o Boabdil, y Yusef, en ha torre de Comares, una imponente ciudadela
cuadrada al nordeste de la Alhambra, frente al Generalife. La amante esperaba as
abrir ha va del poder a sus propios hijos. La corte estaba, por otra parte, divida en-
tre los partidarios de Ftima, numerosos pero discretos, y los de Soraya, los nicos a
los que escuchaba el prncipe.
	Si eh pueblo llano hallaba en eh relato de estas luchas de palacio con qu engaar
el tedio de las largas veladas del invierno, la consecuencia ms dramtica de ha cre-
ciente impopularidad del sultn fue su actitud hacia Castilla. Como lo acusaban de
favorecer a una rumyya a expensas de su prima, de descuidar ah ejrcito y de llevar
una vida sin gloria, Abu-l-Hasan, que no careca en modo alguno de valor fisico,
decidi cruzar eh acero con los cristianos.
	Desoyendo las advertencias de algunos prudentes consejeros que he hacan notar
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que Aragn haba unido en lo sucesivo su destino al de Castilla mediante eh matri-
monio de Fernando e Isabel y que haba que evitar darles el menor pretexto para
atacar eh reino musulmn, el sultn decidi poner fin a la tregua que reinaba entre
Granada y sus poderosos vecinos, enviando un destacamento de trescientos jinetes
granadinos a tomar por sorpresa el castillo de Zahara que haban ocupado los cris-
tianos tres cuartos de siglo antes.
	En Granada, ha primera reaccin fue una explosin de alegra y Abu-l-Hasan
volvi a ganar parte de ha estima de sus sbditos. Pero, rpidamente, muchos empe-
zaron a preguntarse si, comprometiendo el reino en una guerra de resultados cuan-
do menos inciertos, eh sultn no estaba dando pruebas de una ligereza criminal. Los
acontecimientos que siguieron iban a darles ha razn: los castellanos replicaron apo-
derndose de ha fortaleza ms poderosa de ha parte occidental del reino, Alhama,
construida, sin embargo, en lo alto de un pico rocoso. Y los esfuerzos desesperados
del sultn por reconquistarla fueron vanos.
	Haba comenzado una gran guerra que era imposible que ganaran los musulma-
nes pero que hubieran podido, si no evitar, retrasar al menos. Iba a durar diez aos
y a terminar del modo ms infamante posible. Por aadidura, iba a ir muy pronto
acompaada por una guerra civil, homicida y desmoralizadora, como corresponde a
los reinos en va de desaparicin.
	En efecto, doscientos das, ni uno ms ni uno menos, despus de su triunfo en
Zahara, Abu-h-Hasan perdi eh poder. La revolucin tuvo lugar eh 27 del mes de yu-
mada al-awwal del ao 887, eh 14 de julio de 1482. Fernando se hallaba, ese mismo
da, a ha cabeza de ha real hueste a orillas del ro Genil, al pie de los muros de la ciu-
dad de Loja, que asediaba desde haca cinco das, cuando sufri por sorpresa eh ata-
que de un destacamento musulmn acaudillado por Ah al-Atar, uno de los oficiales
ms diestros de Granada. Fue un da memorable del que Abu-l-Hasan hubiera po-
dido enorgullecerse, puesto que eh hroe del da, actuando bajo sus rdenes, haba
logrado sembrar eh pnico en el campamento del rey cristiano que huy en direccin
a Crdoba, dejando tras de s caones, municin, gran cantidad de harina as como
cientos de muertos y de prisioneros. Pero, sin duda, era demasiado tarde. Cuando la
gran noticia lleg a Granada, ha revuelta ruga ya: Boabdil, eh hijo de Ftima, haba
conseguido escapar de ha torre de Comares deslizndose, a lo que dicen, por una
cuerda. En seguida lo aclamaron en eh arrabal del Albaicn y, al da siguiente, unos
cuantos cmplices le permitieron entrar en la Alhambra.
	Dios haba querido que a Abu-h-Hasan lo derrotaran el mismo da de su victo-
ria, lo mismo que le haba enviado eh diluvio eh da de la Parada, para obligarlo a hu-
millarse ante el Creador, comentaba Salma.
	Pero el viejo sultn no se dio por vencido. Se refugi en Mlaga, reuni a sus
partidarios a su alrededor y prepar activamente una revancha contra su hijo. El rei-
no estara dividido en lo sucesivo entre dos prncipes enemigos que iban a destrozar-
se mutuamente ante ha mirada divertida de los castellanos.
	Siete aos ya de guerra civil, pensaba mi madre, siete aos de una guerra en
que eh hijo mata al padre, en que eh hermano estranguha al hermano, en que los veci-
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nos sospechan unos de otros y se traicionan; siete aos hace que los hombres de
nuestro arrabal del Albaicin no pueden aventurarse por la zona de ha Mezquita Ma-
yor de Granada sin que los abucheen, los maltraten, los golpeen y, a veces, incluso,
los degellen.
	Su imaginacin bogaba entonces muy lejos de la ceremonia de circuncisin que
se estaba desarrollando a unos pasos de ella, muy lejos de las voces y del entrecho-
car de has copas que he llegaban extraamente ahogados, como en un sueo. Se sor-
prendi repitiendo: Aquella maldita Parada! Suspir, medio amodorrada.

	-Sima, hermana, soando despierta como siempre?
	La voz spera de Jali volvi a mi padre a la infancia. Se abalanz al cuello de su
hermano mayor y he cubri ha frente, los hombros y, luego, los brazos y las manos de
besos clidos y furtivos. Enternecido pero algo violento por tales efusiones que alte-
raban su digna compostura, permaneca de pie, muy tieso, envuelto en ha larga alju-
ba de seda, de mangas flotantes, con eh chal, el taylasn, elegantemente eurollado
alrededor de los hombros, y slo una protectora sonrisa esbozada en el rostro testi-
moniaba su alegra. Pero esa aparente frialdad no desanimaba en absoluto a Salma.
Siempre haba sabido que un hombre de categora no poda mostrar sus sentimien-
tos sin dar una sensacin de ligereza impropia de su condicin.
	-En qu estabas pensando?
	De haberle hecho ha pregunta mi padre, la respuesta de Salina habra sido evasi-
va, pero Jali era el nico hombre ante el cual sabia descubrir su corazn al tiempo
que su cabello.
	-Estaba pensando en nuestras desgracias, en eh da de la Parada, en esta guerra
sin fin, en nuestra ciudad dividida, en ha gente que muere a diario.
	Con el pulgar grueso y chato aplast en eh pmulo de su hermana una lgrima
solitaria.
	-No son sos pensamientos para una madre que acaba de dar a luz a su primer
hijo -decret poco convencido antes de aadir, con tono solemne pero mucho ms
sincero-: Tendris los gobernantes que os merezcis, ha dicho el Profeta.
	Ella replic sus palabras:
	-Kama takunu yuala aleikum.
	Luego, ingenua:
	-Qu quieres decirme con eso? Acaso no has sido uno de los primeros parti-
darios del sultn actual? Acaso no has levantado al Albaicin para apoyarlo? Aca-
so no eres un personaje respetado en la Alhambra?
	Herido en lo vivo, Jali se dispona a defenderse con una violenta diatriba pero
cay en ha cuenta de que no tena frente a s ms que a su hermana la pequea, fr-
gil y enferma, y a la que, adems, quera ms que a nadie en eh mundo.
	-No has cambiado, Sima. Uno cree que est hablando con una simple mujer y
es con la hija de Suleymn el librero con quien tiene que vrselas, que Dios aada
a tu edad lo que le quit a la suya. Y que te acorte la lengua tanto como alarg
ha de l.
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	Mientras bendecan ha memoria de su padre, estallaron en una franca carcajada.
Ahora eran cmplices como en eh pasado. Jali se dobl hacia adelante el pliegue de
ha aljuba y se sent en una estera de paja trenzada, a la entrada de ha habitacin de
su hermana.
	-Tus preguntas desgarran la mente con suavidad, como ha nieve del monte So-
hayr que quema el rostro ms an que el sol del desierto.
	Confiada de repente y un s es no es traviesa, Salma le espet sin miramientos:
-Y tu respuesta?
	Con un gesto que no tena nada de espontneo, inclin ha cabeza, cogi el borde
del taylasn de su hermano y hundi en l los enrojecidos ojos. Luego, sin descu-
brirse eh rostro, pronunci, como una sentencia de cad:
	-Dimelo todo!
	Jahi fue parco en palabras.
	-A esta ciudad la protegen sus propios ladrones y la gobiernan sus propios ene-
migos. Hermana, pronto nos tendremos que exiliar allende los mares.
	La voz se he quebr y para no traicionar ha emocin que lo embargaba se separ
bruscamente de Salma y desaparecio.
	Aterrada, no intent detenerlo. Ni siquiera se dio cuenta de que se alejaba.
Ningn ruido, ningn grito, ninguna risa, ningn entrechocar de copas le llegaba ya
del patio. Ningn hiillo de luz.
	La fiesta haba concluido.
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El ao de los amuletos
895 de la hgira
(25 de noviembre de 1489-13 de noviembre de 1490)






	Aquel ao, por culpa de una sonrisa, mi to materno tom el camino del exilio.
Por lo menos, as fue como me explic su decisin muchos aos despus, cuando
nuestra caravana iba por eh vasto Shara, al sur de Segeimesse, una noche fresca y
serena que ms que turbar acunaban los lejanos lamentos de los chacales. Eh yente-
culo obligaba a Jali a narrar muy alto su relato y tena una voz tan tranquilizadora
que me haca respirar los olores de mi Granada natal y una prosa tan hechicera que
mi camello no pareca caminar sino a su ritmo.
	Hubiera querido repetir cada una de sus palabras pero mi memoria es limitada y
mi elocuencia asmtica y muchas de las ilustraciones de su historia no volvern a
aparecer nunca ms, por desgracia, en ningn libro.
	El primer da de aquel ao haba subido por ha maana temprano a ha Alham-
bra, no para ir, como de costumbre, al pequeo escritorio del diwan donde redacta-
ba las cartas del prncipe, sino para presentar, junto con algunos notables de mi fa-
milia, mis felicitaciones del Ras-es-Sana. El maylis, la corte del sultn, que se halla-
ba con tal motivo en eh Saln de Embajadores, rebosaba de cades con sus turbantes,
de dignatarios con altos gorros de fieltro, verdes o rojos, de ricos negociantes con los
cabellos teidos de alhea y partidos, como los mos, por una raya hecha con pri-
mor.
	Tras haberse inclinado ante Boabdih, la mayora de los visitantes se retiraban
hacia eh patio de los Arrayanes, por donde deambulaban un rato alrededor de ha
piscina, deshacindose en zalemas. Los principales notables se sentaban en los diva-
nes cubiertos de tapices adosados a has paredes de ha inmensa estancia, contonen-
dose torpemente para acercarse, en la medida de lo posible, al sultn o a los visires,
con intencin de hablar con ellos de alguna peticin o de mostrar, simplemente, que
gozaban del favor del sultn.
	Como redactor y calgrafo de la secretara de Estado, de lo que daban fe los
rastros de tinta roja que tena en los dedos, gozaba yo de algunos pequeos privile-
gios, como el de circular a mi antojo entre el maylis y ha piscina y dar, as, unos
cuantos pasos en compaa de los personajes que me parecan interesantes para vol-
ver a sentarme a continuacin, al acecho de una nueva presa. Excelente sistema de
recoger noticias y opiniones sobre los asuntos del momento, tanto ms cuanto que ha
gente hablaba con entera libertad durante eh reinado de Boabdih, mientras que en
tiempos de su padre miraba siete veces a su alrededor antes de formular ha menor


24
crtica, se expresaba en trminos ambiguos, a golpe de versculos y de refrajies, para
poder desdecirse en caso de denuncia. Al sentirse ms libres, menos espiados, los
granadinos se haban vuelto ms duros que eh sultn, aun cuando se encontraban
bajo su techo, aun cuando haban venido a desearle larga vida, salud y victoria.
Nuestro pueblo es despiadado con los soberanos que no lo son.
	En aquel da otoal, has hojas amarillas estaban ms fielmente unidas ~ su rbol
que los notables de Granada a su monarca. La ciudad se encontraba dividida, como
desde haca aos, entre eh partido de la paz y el partido de ha guerra, mnguilo de los
cuales era partidario del sultn.
	Los que queran la paz con Castilla decan: somos dbiles y los rum son pode-
rosos; nos han abandonado nuestros hermanos de Egipto y del Magreb, mientras
que nuestros enemigos tienen el apoyo de Roma y de todos los cristianos; hemos
perdido Gibraltar, Alhama, Ronda, Marbella, Mlaga y otras muchas plazas y,
mientras no se restablezca ha paz, ha lista no dejar de aumentar; las tropas devastan
las huertas y los campesinos se lamentan, los caminos no son ya seguros, los nego-
ciantes no pueden ya abastecerse, la Alcaicera y los zocos se estn quedando vacos
y los precios de los productos suben a excepcin de la carne que se vende a un dir-
hem ha libra porque ha habido que sacrificar miles de reses para sustraerlas a las raz-
zias; Boabdil debera poner todos los medios para acallar a los belicistas y llegar a
una tregua duradera con los castellanos, antes de que le pongan sitio a ha propia
Granada.
	Los que queran la guerra decan: el enemigo ha decidido aniquilarnos de una
vez por todas y no ser sometindonos como lo haremos retroceder. Mirad cmo,
tras su rendicin, han reducido a la esclavitud a todos los habitantes de Mlaga!
Mirad cmo levanta hogueras para los judos ha Inquisicin en Sevilla, en Zaragoza,
en Valencia, en Teruel, en Toledo! Maana, las hogueras se alzarn aqu mismo, en
Granada, no slo para la gente del sabbat sino tambin para los musulmanes!
Cmo impedirlo sino con la resistencia, con la movilizacin, con eh Yihad? Cada
vez que hemos peleado con energa, hemos podido frenar el avance de los castella-
nos, pero despus de cada una de nuestras victorias ha habido entre nosotros traido-
res que no pretendan ms que conciliarse al enemigo de Dios, que le pagaban tribu-
tos, le abran las puertas de nuestras ciudades. No le ha prometido el propio Boab-
dil a Fernando entregarle un da Granada? Hace ya ms de tres aos que le firmd
un papel en ese sentido en Loja. Este sultn es un traidor. Hay que sustitlflrhO pOl
un verdadero musulmn, dispuesto a dirigir la guerra santa y que devuelva ha con-
fianza a nuestro ejrcito.
	Hubiera sido difcil hallar un soldado, un oficial, comandante de diez, de cien o
de mil, y ms todava un religioso, cad, notario, ulema o predicador de nlezquita,
que no compartiera este ltimo punto de vista, mientras que los comerciantes y los
agricultores se pronunciaban ms por la paz. La propia corte de Boabdil estaba divi-
dida. De haber seguido sus inclinaciones, el sultn hubiera concertado una tregua
cualquiera, a cualquier precio, pues haba nacido vasallo y slo aspiraba a niorir tal;
pero no poda ignorar la voluntad de su ejrcito que observaba con impaciencia mal
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reprimida los combates que otros prncipes de la familia real nazarita dirigan con
herosmo.
	En todas las conversaciones de los partidarios de la guerra se repeta un ejem-
Po elocuente: eh de Baza, ciudad musulmana al este de Granada, cercada y cao-
neada desde haca ms de cinco meses por los rum. Los reyes cristianos -que eh
Altsimo destruya lo que han construido y construya lo que han destruido!- haban
levantado torres de madera situadas frente a has murallas y haban cavado un foso
para impedir comunicarse con eh exterior a los sitiados. Sin embargo, a pesar de su
superioridad aplastante en hombres y en material y, a pesar de ha presencia en eh lu-
gar del propio Fernando, los castellanos no conseguan vencer y la guarnicin efec-
tuaba cada noche salidas mortferas. As, la resistencia encarnizada de los defenso-
res de Baza, ah mando del emir nazarita Yahya an-Nayyar, excitaba el ardor de los
granadinos e inflamaba su imaginacin.
	No era por ello grande eh regocijo de Boabdil, pues Yahya, eh hroe de Baza,
era uno de sus ms encarnizados enemigos. Hasta reivindicaba el trono de ha Al-
hambra, en eh que ya se haba sentado su abuelo, y consideraba al sultn actual
como un usurpador.
	La vspera misma del da de ao nuevo lleg a odos de los granadinos una
nueva hazaa de los defensores de Baza. Los castellanos, decan, se haban enterado
de que en Baza empezaban a escasear los vveres. Para convencerlos de lo contrario,
a Yahya se le haba ocurrido una estratagema: juntar todas las provisiones que que-
daban, exponerlas de forma bien visible en los puestos del zoco e invitar, a conti-
nuacin, a una delegacin de cristianos a ir a negociar con l. Entrado que hubieron
en la ciudad, los enviados de Femando se asombraron de ver tal profusin de pro-
ductos de todas clases y no dejaron de contar el hecho a su rey, recomendndole que
no siguiera intentando rendir a Baza por hambre sino que propusiera a sus defenso-
res un arreglo honroso.
	Con unas cuantas horas de diferencia, por lo menos diez personas, en eh ham-
man, en ha mezquita y en los corredores de ha Alhambra me contaron jubilosamente
la misma historia; cada vez, fing sorprenderme para no ofender a mi interlocutor,
para permitirle el placer de aadir su propio grano de sal. Yo tambin sonrea, pero
algo menos cada vez pues me reconcoma ha inquietud. Me preguntaba por qu
Yahya haba dejado entrar en ha ciudad sitiada a los representantes de Fernando y,
sobre todo, cmo esperaba ocultar al enemigo ha penuria que atenazaba a Baza si
todo eh mundo en Granada y, probablemente tambin en otros lugares, saba ha ver-
dad y se guaseaba de la artimaa.
	Mis peores temores, prosegua mi to, iban a confirmarse el da de ao nuevo,
en eh transcurso de mis conversaciones con los visitantes de ha Alhambra. Me enter,
en efecto, de que Yahya, "Combatiente de ha Fe", "Espada del Islam", haba decidi-
do no slo entregar Baza a los infieles sino tambin unirse a las tropas castellanas
para abrirles el camino de las dems ciudades del reino, principalmente Guadix y
Almera y, finalmente, Granada. La habilidad suprema de ese prncipe haba consis-
tido en distraer a los musulmanes por medio de una pretendida artimaa para ocul-
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tar eh autntico objeto de sus conversaciones con Fernando. Haba tomado esa deci-
sin, dijeron algunos, a cambio de una importante suma de dinero y de la promesa
de que sus soldados y los habitantes de la ciudad salvaran ha vida. Pero haba conse-
guido algo ms: al convertirse l mismo a la fe de Cristo, ese emir de la familia real,
ese nieto de sultn iba a ser un alto personaje de Castilla. Te hablar de l en alguna
otra ocasin.
	A principios del ao 895, no se sospechaba evidentemente que fuera posible tal
metamorfosis. Pero, desde los primeros das del mes del muharram, nos empezaron
a llegar noticias de lo ms alarmante. Baza capitul, seguida de Purchena, de Alme-
ra y luego, de Guadix. Toda la parte oriental del reino, donde el partido de la gue-
mi era eh ms poderoso, caa sin defenderse en manos de los castellanos.
	Eh partido de la guerra haba perdido a su hroe y Boabdil se vea libre de un
rival molesto; sin embargo, las victorias de los castellanos reducan su reino a bien
poca cosa, Granada y sus inmediaciones, sometidas a su vez a repetidas incursiones.
Debera alegrarse el sultn o lamentarse?
	En momentos semejantes, deca mi to, es cuando se revela la grandeza o la
mezquindad. Y esta ltima fue ha que le claramente en el rostro de Boabdil, el da
de ao nuevo, en eh Saln de Embajadores. Acababa de enterarme de la cruel ver-
dad sobre Baza por un joven oficial berber de la guardia que tena familia en ha ciu-
dad sitiada. Vena a menudo a yerme a ha secretara de Estado y se haba dirigido a
mi porque no se atreva a abordar directamente al sultn, sobre todo para anunciarle
una desgracia. Lo conduje inmediatamente junto a Boabdil quien lo invit a infor-
marlo en voz baja. Inclinado hacia el monarca, he repiti balbuceando, ah odo, las
noticias que haba recibido.
	Pero a medida que hablaba el oficial, se he dilataba eh rostro al sultn en una
sonrisa amplia, indecente, repulsiva. Todava estoy viendo ante mis ojos aquellos la-
bios carnosos que se abran, aquellas mejillas velludas que suban hasta has orejas,
aquellos dientes separados que crean hincarse en ha victoria, aquellos ojos que se
cerraban lentamente como para recibir eh clido beso de una amante y aquella cabe-
za que vacilaba con deleite, de delante atrs, de atrs adelante, como para escuchar
ha ms lnguida cancin. Mientras viva, estar viendo aquella sonrisa, aquella horro-
rosa sonrisa de la mezqmndad.
	Jali se interrumpi. La oscuridad me ocultaba su rostro pero lo o jadear, suspi-
rar, murmurar luego alguna que otra frmula de oracin que repet tras l. Los la-
dridos de los chacales parecan ms prximos.
	La actitud de Boabdil no me sorprenda, prosigui Jahi con voz de nuevo sere-
na. No ignoraba ni la ligereza del seor de ha Alhambra, ni su debilidad de carcter,
ni siquiera ha ambiguedad de sus relaciones con los castellanos. Saba que nuestros
prncipes estaban corrompidos, que no pensaban en absoluto en defender eh reino y
que el exilio iba a ser pronto el destino de nuestro pueblo. Pero tuve que ver con mis
propios ojos el corazn al desnudo del ltimo sultn de Andaluca para sentirme
obligado a reaccionar. Dios muestra a quien quiere la senda recta y a los dems ha
va de la perdicin!
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	Mi to slo se qued en Granada tres meses ms, el tiempo necesario para con-
vertir discretamente algunos bienes en monedas de oro fcilmente transportables.
Luego, una noche sin luna, provisto de un caballo y unas cuantas mulas, sali con su
madre, su mujer, sus cuatro hijas y un criado, camino de Almera, donde consigui
de los castellanos autorizacin para embarcar, junto a otros emigrados, rumbo a
Tremecn. Pero tena la intencin de instalarse en Fez y all habamos de reunirnos
con l mis padres y yo tras la cada de Granada.
	Si mi madre no dejaba de llorar aquel ao la partida de Jahi, Mohamed, mi pa-
dre, Dios perfume su memoria, no pensaba en absoluto en seguir eh ejemplo de su
cuado. El ambiente de nuestra ciudad no tena nada de desesperado. Circularon
relatos particularmente alentadores a lo largo de todo eh ao, propalados con fre-
cuencia, me deca mi madre, por ha inefable Sara. Cada vez que la Vistosa vena a
visitarme, saba que iba a poder referirle a tu padre conversaciones que haban de
devolverle ha alegra y ha confianza para toda una semana. Ah final, era l quien me
preguntaba impaciente si eh aljaraz haba tintineado en casa en ausencia suya.
	Un da, lleg Sara con los ojos llenos de noticias. Antes incluso de sentarse em-
pez a parlotear con mil gesticulaciones. Se acababa de enterar por un primo afin-
cado en Sevilla de que eh rey Femando haba recibido con gran sigilo a los mensaje-
ros del sultn de Egipto, dos monjes de Jerusaln, encargados, se deca, de transmi-
tirle una advertencia formal del seor de Eh Cairo: si no cesaban los ataques contra
Granada, ha ira del sultn mameluco sera terrible!
	La noticia recorri ha ciudad en pocas horas, aumentando de forma desmesurada
y enriquecindose constantemente con detalles, de forma tal que, al da siguiente,
desde la Alhambra hasta Maurora y desde el Albaicin hasta eh barrio de los Alfare-
ros, a cualquiera que se atreviese a poner en duda ha llegada inminente y masiva de
las tropas egipcias lo miraban con gran desprecio y profunda suspicacia. Haba quie-
nes llegaban a asegurar que haba aparecido una inmensa flota musulmana a la altu-
ra de La Rbida, ah sur de Granada, y que a los egipcios se hes haban unido turcos y
magrebies. Si estas noticias no eran ciertas, hes decan a los ltimos escpticos,
cmo explicar que los castellanos hubieran suspendido de repente desde hacia se-
manas sus ataques en todo el reino, mientras que Boabdil, tan timorato antao, lan-
zaba ahora razzia tras razzia contra eh territorio controlado por los cristianos sin ex-
ponerse a represalias? Una extraa embriaguez de victoria se haba apoderado de la
ciudad agonizante.
	Yo no era ms que un nio de pecho que no posea ha sabidura de los hombres
pero tampoco su locura, lo que me evit ser partcipe de la credulidad general. Mu-
cho despus, hombre ya y llevando con orgullo el sobrenombre del Granadino para
recordar a todos la prestigiosa ciudad de ha que me haban desterrado, no poda por
menos de pensar con frecuencia en ha ceguera de mis paisanos, empezando por mis
propios padres, que haban sido capaces de creer en la llegada inminente de un ejr-
cito salvador, cuando slo ha muerte, ha derrota y ha vergenza estaban al acecho.

	Aquel ao era igualmente para m uno de los ms peligrosos de cuantos iba a


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vivir. No slo en razn de las amenazas que pesaban sobre mi ciudad y los mos,
sino tambin porque para todo hijo de Adn eh primer ao es aquel en que las en-
fermedades son ms mortferas, en eh que muchos hombres desaparecen sin dejar
huella de lo que habran podido ser o hacer. Cuntos grandes reyes, cuntos inspira-
dos poetas, cuntos intrpidos viajeros no han podido realizar jams el destino ah
que parecan prometidos al no haber podido llevar a cabo esta primera y difcil tra-
vesa, tan sencilla, tan mortfera. Cuntas madres no se atreven a encariarse con su
hijo por miedo a tener que acariciar, un da, una sombra.

La muerte, dijo el poeta, tiene nuestra vida cogida por los dos extremos. La vejez no est ms 
cer-
ca del bito que la infancia.

	No se deca acaso en Granada que eh momento ms peligroso de ha vida de un
nio de pecho es eh perodo que sigue inmediatamente al destete, cuando est a
punto de cumplir el primer ao? Privados de ha leche materna, gran nmero de ni-
os no logran sobrevivir por mucho tiempo; por eso, se acostumbra a colgarles, a
modo de proteccin, amuletos de azabache y talismanes, envueltos en saquitos de
cuero que contienen, a veces, escritos misteriosos que se supone que protegen al
portador del mal de ojo y de las enfermedades; cierto talismn llamado piedra de
lobo deba incluso permitir domesticar a los animales salvajes sobre cuya cabeza se
colocaba. En una poca en que no era raro encontrar leones feroces en ha regin de
Fez, lament en alguna ocasin no tener esta piedra a mano, pero no creo que me
hubiera atrevido a acercarme a esos animales lo bastante para ponerles eh talismn
en ha melena.
	A la gente piadosa esas creencias y esas prcticas he parecen contrarias a la reli-
gin, sin embargo es frecuente que sus propios hijos lleven amuletos pues esos hom-
bres de bien rara vez logran hacer entrar en razn a sus mujeres o a su madre.
	Yo mismo, a qu negarlo?, no me he separado nunca del trocito de azabache
que he vendi Sara a Salma ha vspera de mi primer cumpleaos, que tiene grabados
unos signos cabalsticos que no he podido descifrar. No creo que este amuleto posea
ningn poder mgico pero el hombre es tan vulnerable frente al Destino que no
puede sino encariarse con objetos rodeados de misterio.
	Me reprochar algn da mi debilidad Dios, que me cre dbil?












29

L
El ao de Astaghfirullah
896 de la hgira
(14 de noviembre de 1490-3 de noviembre de 1491)







	El jeque Astaghfirullah llevaba un turbante voluminoso, era estrecho de hom-
bros y tena ha voz cascada de los predicadores de ha Mezquita Mayor y, aquel ao,
la espesa barba rojiza se le puso gris, dando a su anguloso rostro esa apariencia de
insaciable ira que iba a llevarse por nico equipaje a la hora del exilio. Nunca ms se
teira ha barba con ahhea, lo haba decidido en un momento de cansancio, y ay de
quien le preguntara la razn!: Cuando tu Creador te pregunte qu hiciste durante
el sitio de Granada, te atrevers a contestarle que estuviste acicalndote?
	Todas las maanas, a ha hora del almuecin, se suba ah tejado de su casa, una de
has ms altas de la ciudad, no para llamar a los creyentes a ha oracin, como haba
hecho durante aos, sino para escrutar a lo lejos eh objeto de su justa furia.
	-Mirad -gritaba a sus vecinos no del todo despiertos-, estn construyendo
all, en eh camino de Loja, vuestra tumba, y vosotros en la cama, esperando que ven-
gan a enterraros! Venid a ver, si Dios quiere abriros los ojos! Venid a ver esos mu-
ros que ha levantado en un solo da el poder de Ibis el Maligno!
	Con la mano tendida hacia eh oeste, apuntaba con sus afilados dedos haca has
murallas de Santa Fe que haban empezado a construir los Reyes Catlicos en pri-
mavera y que, a mediados del verano, tena ya el aspecto de una ciudad.
	En este pas en que los hombres haban adquirido, desde haca mucho, ha detes-
table costumbre de ir por la calle a pelo o de tocarse con un simple pauelo, echado
ah desgaire por ha cabeza, que se hes iba resbalando a lo largo del da para descansar
en los hombros, todo el mundo conoca de lejos la silueta en forma de hongo de As-
taghfiruhhah. Pero pocos granadinos saban su autntico nombre. Dicen que fue su
propia madre la primera en ponerle el mote, en razn de los gritos espantados que
lanzaba desde su ms tierna edad cada vez que se aluda en su presencia a un objeto
o un acto que consideraba represensible. Asta ghfl rullah! Asta ghfi rullah! Implo-
ro eh perdn de Dios!, gritaba a ha sola mencin de un vino, de un crimen o de una
vestimenta femenina.
	Hubo un tiempo en que le hacan burla, cariosa o ferozmente. Mi padre me
confes que, mucho antes de nacer yo, se juntaba a menudo con una panda de
amigos los viernes, inmediatamente antes de la solemne oracin del medioda,
en una librera prxima a ha Mezquita Mayor, para hacer apuestas: cuntas veces
iba a decir eh jeque su expresin favorita a lo largo del sermn? Las cifras iban
de quince a setenta y cinco y, durante la ceremonia, uno de los jvenes conjurados
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llevaba concienzudamente ha cuenta, cambiando con los dems guios divertidos.
Pero, durante eh sitio de Granada, ya nadie se guaseaba de has salidas de Astagh-
firullah, prosegua mi padre, pensativo y perplejo ante eh recuerdo de sus antiguas
chiquilladas. El jeque apareci a los ojos de ha mayora como un personaje venera-
ble. No haba abandonado en modo alguno con la edad has palabras y los comporta-
mientos que lo caracterizaban, antes al contrario, los rasgos que lo volvan risible a
nuestros ojos se he haban acentuado. Pero nuestra ciudad haba cambiado de alma.
	Entiendes, Hasan, hijo mo, ese hombre se haba pasado ha vida predicindohe a
ha gente que, si segua viviendo como lo haca, eh Altsimo la castigara en este mun-
do y en eh otro: haba hecho de la desgracia su ojeadora. Todava recuerdo uno de
sus discursos que empezaba ms o menos asi:
	"Cuando vena esta maana hacia la mezquita por la puerta de ha Arenera y el
zoco de los prenderos, pas ante cuatro tabernas,  astaghflrullah! en las que venden
sin casi ningn disimulo vino de Mlaga  astaghflrullah! y otras bebidas prohibidas
cuyo nombre no quiero saben" 
	Con voz chillona y torpemente afectada se puso mi padre a imitar al predicador,
salpicando sus frases con innumerables  asta ghflrullah! silbados con tal rapidez que
se volvan incomprensibles, salvo unos cuantos, los nicos autnticos sin duda. Pero,
exceptuando esa exageracin, me pareci que haba reproducido has palabras de for-
ma bastante fiel.
	-No aprendieron en su ms tierna infancia quienes frecuentan esos lugares de
infamia que Dios ha maldecido a quien vende vino y a quien lo compra? Que ha
maldecido a quien lo bebe y a quien lo da a beber? Lo han aprendido pero lo han
olvidado o han preferido ha bebida, que convierte al hombre en animal rastrero, a ha
Palabra que he promete eh Edn. Una de esas tabernas la regenta una juda, nadie lo
ignora, pero las otras tres has regentan  asta ghfirullah! musulmanes. Y adems sus
clientes no son ni judos ni cristianos, que yo sepa! Algunos, a lo mejor, se hallan
entre nosotros este viernes, inclinando humildemente el rostro ante su Creador,
mientras que anoche estaban prosternados ante la copa, en brazos de una prostituta
o, incluso, con la mente turbia y la lengua desatada, blasfemando contra Aqul que
ha prohibido el vino, contra Aqul que ha dicho: No vengis a la oracin en esta-
do de embriaguez! Asta ghflrullah!
	Mohamed, mi padre, se achar ha garganta, lastimada por la voz aguda que haba
puesto, antes de proseguir:
	-S, hermanos creyentes, esto ocurre en vuestra ciudad, a ha vista de todos, y no
reaccionis, como si Dios no os esperara eh da del juicio para pediros cuentas.
Como si Dios fuera a apoyaros contra vuestros enemigos cuando dejis escarnecer
Su palabra y la de Su Mensajero, Dios lo gratifique con Su oracin y Su salvacin!
Cuando, por has calles, abarrotadas de gente, de vuestra ciudad, las mujeres se pa-
sean sin velo, luciendo eh rostro y el cabello ante has miradas concupiscentes de cien-
tos de hombres que no son todos ellos, supongo, su marido, su padre, su hijo o sus
hermanos. Por qu habra que preservar Dios a Granada de los peligros que ha
amenazan cuando en ha vida de los habitantes de esta ciudad se han vuelto a instalar
L
31
has costumbres de la poca de la ignorancia, los usos de antes del islam, como las la-
mentaciones fnebres, eh orgullo de la raza, ha prctica de ha adivinacin, la creencia
en los presagios, la fe en las reliquias, el empleo entre unos y otros de eptetos y mo-
tes contra los que eh Altsimo nos ha puesto en guardia de forma clara?
	Mi padre me dirigi una mirada de complicidad pero sin interrumpir eh sermn y
sin, ni siquiera, recobrar eh aliento:
	-Cundo en vuestras propias casas se han introducido, desoyendo has prohibi-
ciones formales, estatuas de mrmol y figurillas de marfil que reproducen de manera
sacrlega las formas de los hombres, de las mujeres y de los animales, como si ah
Creador le hiciera falta la asistencia de Sus criaturas para acabar Su Creacin?
Cundo en vuestras mentes y en has de vuestros hijos se ha introducido ha pernicio-
sa e impa duda que os aleja del Creador, de Su libro, de Su Mensajero y de la Co-
munidad de los Creyentes, la duda que resquebraja los muros y los cimientos mis-
mos de Granada?
	A medida que hablaba mi padre, el tono se volva sensiblemente menos festivo,
los gestos menos amplios y menos desordenados, los  astaghfirullah! ms escasos:
	-Cundo gastis sin verguenza ni medida, para placer vuestro, sumas que hu-
bieran saciado eh hambre de mil pobres y devuelto ha sonrisa a mil hurfanos?
Cundo os comportis como si las casas y has tierras de que gozis fueran vuestras,
siendo as que toda propiedad es del Altsimo, de El solo, de El procede y a El re-
tornar cuando lo disponga, igual que a Eh retomaremos nosotros, sin ms tesoro
que nuestro sudario y nuestras buenas acciones? La riqueza, hermanos creyentes, no
se mide por las cosas que se poseen sino por aquellas de las que sabemos prescindir.
Temed a Dios! Temed a Dios! Temedlo en ha vejez pero tambin en la juventud!
Temedlo si sois dbiles pero tambin si sois poderosos! Dira, incluso, que habis
de temerlo mucho ms si sois poderosos, pues Dios ser con vosotros ms despiada-
do todava, y sabed que su mirada atraviesa con la misma facilidad los muros impo-
nentes de un palacio que ha pared de arcilla de una choza. Y qu encuentra Su mi-
rada en el interior de los palacios?
	Llegado a este punto del discurso, eh tono de mi padre no era ya eh de un imita-
dor sino el de un maestro de escuela cornica; la voz he flua ahora sin artificios y te-
na ha vista perdida en la lejana como un sonmbulo:
	-Cuando la mirada del Altsimo atraviesa has murallas de los palacios, ve que se
escucha ms a las cantantes que a los doctores de la Ley, que eh sonido del lad im-
pide a los hombres oir la llamada a la oracin, que ya no se distingue a un hombre
de una mujer ni en el atuendo ni en la manera de andar, que eh dinero arrebatado a
los creyentes se echa a los pies de has bailarinas. Hermanos! Del mismo modo que
en el pescado lo primero que se pudre es la cabeza, en las comunidades humanas ha
podredumbre se propaga de arriba abajo.
	Sigui un prolongado silencio y, cuando quise hacer una pregunta, mi padre me
interrumpi con un gesto. Esper, pues, a que se repusiera por completo de sus re-
cuerdos y me hablara.
	-Las frases que te he repetido, Hasan, son fragmentos de discursos del jeque
7
pronunciados unos meses antes de ha cada de Granada. Apruebe o no sus palabras,
me conmueven profundamente, incluso cuando las recuerdo diez aos despus. As
que p~tedes imaginarte el efecto que producan sus sermones en ha ciudad acorralada
que era Granada en el ao 896.
	A medida que se daban cuenta de que no quedaba mucho para el fin y de que
las desgracias intafigablemente predichas por Astaghfirullah empezaban a caerles
encima, los granadinos haban llegado ah convencimiento de que el jeque haba teni-
do razn desde el principio y de que Cielo haba hablado siempre por boca suya. No
se volvi a ver por la calle, ni siquiera en los barrios pobres, un solo rostro de mujer.
Algunas, incluso chiquillas apenas pberes, se cubran por temor de Dios, otras por
miedo a los hombres, ya que se haban formado grupos de jvenes armados de po-
rras para llamar a ha gente a hacer eh bien y alejarse del mal. Ninguna taberna se
atrevi ya a abrir las puertas, ni siquiera a escondidas. Las prostitutas abandonaron
la ciudad en gran nmero para irse ah campamento de los sitiadores donde los solda-
dos las recibieron con los brazos abiertos. Los libreros quitaron de ha vista has obras
que ponan en duda los dogmas y las tradiciones, los libros de poemas en que se ce-
lebra eh vino y los placeres, as como los tratados de astrologa y de geomancia. Un
da, hasta se incautaron y quemaron libros en eh patio de la Mezquita Mayor. Pasaba
yo por all, por casualidad, cuando empezaba a apagarse la pequea hoguera y los
mirones se iban dispersando al mismo tiempo que el humo. Me enter, por una hoja
que se haba volado, de que estaba en eh lote ha obra de un mdico poeta de tiempos
pasados conocido bajo eh nombre de al-Kalandar. En ese papel medio devorado por
eh fuego pude volver a leer estas palabras:
Lo mejor que tengo en mi vida me lo ha dado la embriaguez.
El vino corre por m como la sangre.

	Los libros quemados en pblico aquel da pertenecan, me explic mi padre, a
otro mdico, uno de los ms encarnizados adversarios de Astaghfirullah. Se llamaba
Abu-Amr, pero los amigos del jeque le haban deformado eh nombre, convirtindo-
lo en Abu-Jamr, el compadre Alcohol.
	Eh predicador y el mdico slo tenan una cosa en comn, el hablar sin rodeos, y,
precisamente, ese hablar sin rodeos era lo que atizaba continuamente sus disputas,
cuyas peripecias seguan los granadinos. En cuanto a todo lo dems, daba ha impre-
sin de que el Altsimo se haba divertido creando a los dos seres ms dispares posi-
bles.
	Astaghfirullah era hijo de un cristiano converso, lo que sin duda explicaba su
celo, mientras que Abu-Jamr era hijo y nieto de cadi y, en consecuencia, no se sen-
ta obligado a dar pruebas de su adhesin ah dogma y a la tradicin. El jeque era ru-
bio, flaco y colrico; eh mdico era tan moreno como un dtil maduro, ms gordo
que un cordero en vsperas del Ald y sus labios casi nunca dejaban de sonrer, de
contento y de irona.
	Haba estudiado medicina en los libros antiguos, los de Hipcrates, de Galeno,
	32	33
de Rhazes, de Avicena, de Abulcasis, de Avenzoar y de Maimnides, as como en
tratados ms recientes sobre la lepra y la peste, Dios las aleje! Sola repartir a dia-
rio, gratis, a ricos y pobres, decenas de frascos de triaca de su fabricacin. Pero era
slo para comprobar el efecto de ha carne de vbora o del electuario, pues he intere-
saba mucho ms ha ciencia y ha experimentacin que la prctica mdica. Cmo ha-
bra podido, adems, con unas manos siempre temblorosas por efecto del alcohol,
operar un ojo afectado de cataratas o ni siquiera coser una herida? Habra podido
prescribir dietas -la dieta es eh comienzo de todo tratamiento, ha dicho eh Profe-
ta-, aconsejar a los pacientes que no abusaran de has bebidas y de las comidas,
cuando l se entregaba sin freno a todos los placeres de la mesa? Todo lo ms, poda
recomendar vino aejo para tratar el hgado, como hicieron otros mdicos antes que
l. Si lo llamaban tabib era porque, de todas las disciplinas por has que se interesa-
ba, que iban desde ha astronoma hasta la botnica, pasando por la alquimia y eh l-
gebra, la medicina era aqulla en la que menos se confinaba en el papel de mero lec-
tor. Pero nunca haba sacado de ella ni un dirhem, pues no viva de eso: posea, en
ha rica Vega de Granada, no lejos de has tierras del sultn, unas doce alqueras ro-
deadas de campos de trigo y cebada, de olivares y, sobre todo, de vergeles admira-
blemente dispuestos. La cosecha de trigo, de peras, de cidras, de naranjas, de plta-
nos, as como de azafrn y de caa de azcar, le producan, dicen, tres mil dinares
de oro por temporada, lo que no gana un mdico en treinta aos. Adems, posea
en ha colina misma de ha Alhambra una inmensa villa, soberbio carmen perdido en-
tre viedos.
	Cuando Astaghfirullah pona a los ricos en la picota, a quien aluda con frecuen-
cia era a Abu-Jamr y era la imagen del mdico barrigudo y cubierto de seda la que
hes vena a la mente a los humildes. Pues hasta los que se beneficiaban sin soltar un
cuarto de sus medicamentos se sentan incmodos en su presencia, ya fuera por sus
prcticas que parecan propias de la magia, ya por su lenguaje, tan salpicado de tr-
minos cultos que era incomprensible excepto para un reducido grupo de letrados
desocupados que pasaban con l los das y las noches, bebiendo y hablando de mi-
tridatos, de astrolabios y de metempsicosis. Con frecuencia haba entre ellos prnci-
pes de la familia real y el propio Boabdil fue un adepto ocasional de sus borrache-
ras, al menos hasta que eh ambiente creado en ha ciudad por Astaghfirulhah oblig ah
sultn a mostrarse ms prudente en la eleccin de sus compaeros.
	Eran hombres de ciencia y de inconsciencia, recordaba mi padre, decan a me-
nudo, cuando no estaban bebidos, cosas sensatas, pero de una manera que, tanto
por su impiedad como por su hermetismo, exasperaba ah pueblo llano. Cuando se es
rico, en oro o en sabidura, hay que tener miramientos con ha indigencia de los de-
ms.
	Luego, en tono confidencial:
	Tu abuelo materno, Suleymn eh librero, Dios lo tenga en Su misericordia, fue a
veces con esa gente. No por el vino, naturalmente, sino por la conversacin. Y ade-
ms ese mdico era su mejor cliente. Le encargaba libros raros de Eh Cariro, de Bag-
dad o de Ispahn, y a veces hasta de Roma, de Venecia o de Barcelona. Abu-Jamr


34
L
se lamentaba, por cierto, de que los pases musulmanes produjeran menos libros que
en eh pasado y de que se tratara sobre todo de simples reediciones o de resmenes
de libros antiguos. Punto en el cual tu abuelo estaba de acuerdo: en los primeros si-
glos del Islam, repeta a menudo con amargura, eran incontables en Oriente los tra-
tados de filosofa, de matemticas, de medicina o de astronoma. Los propios poetas
eran mucho ms numerosos e innovadores, tanto en el estilo como en el sen-
tido.
	En Andaluca tambin floreca el pensamiento y sus frutos eran libros que, pa-
cientemente copiados, circulaban entre los hombres sabios desde la China hasta el
extremo occidente. Y luego se les sec la mente y la pluma. Para defenderse de los
francos, sus ideas y sus costumbres, convirtieron a la Tradicin en una alcazaba en la
que se encerraron. Granada no aluinbr ya sino imitadores sin talento ni audacia.
	Abu-Jamr se lamentaba de ello, pero Astaghfirullah se alegraba. Para este lti-
mo, buscar a toda costa las ideas nuevas era un vicio; lo importante era conformarse
en has enseanzas del Altsimo tahy como las haban entendido y comentado los an-
tiguos. Quin se atreve a pretender estar ms cerca de ha Verdad de lo que lo han
estado el Profeta y sus compaeros? Porque se han apartado del buen camino, por-
que han permitido que se corrompieran las costumbres y las ideas, es por lo que los
musulmanes han flaqueado ante sus enemigos. Para el mdico, en cambio, las en-
seanzas de la Historia eran muy otras. La edad dorada del islam, deca, era aqu-
lla en que los califas les repartan su oro a los sabios y a los traductores, cuando se
pasaban las veladas hablando de filosofa y de medicina en compaa de poetas me-
dio borrachos. Y no le iba tan mal a Andaluca en los tiempos en que eh visir Abde-
rramn deca riendo: "Oh, t que gritas: acudid a la oracin! mejor haras gritando:
acudid a la bebida!" Los musulmanes no han flaqueado sino cuando el silencio, el
miedo, la conformidad, han oscurecido sus mentes.
	Me pareca que mi padre haba seguido de cerca todos aquellos debates, pero sin
emitir jams un juicio definitivo. Diez aos despus, sus palabras seguan careciendo
de certidumbres.
	Pocos seguan ah mdico por la senda de ha irreligin, pero algunas de sus ideas
hes hacan dudar. Prueba de ello es el asunto del can. Te lo he contado alguna
vez?
	Era a finales del ao 896. Todos los caminos que llevaban a la Vega estaban ya
en manos de los castellanos y los vveres empezaban a escasear. El ritmo de los das
de Granada ya slo lo marcaban eh silbido de las balas de los caones y de los trozos
de roca que caan sobre las casas y las lamentaciones de has plaideras; en los par-
ques, cientos de menesterosos, harapientos, sin recursos frente a un invierno que se
anunciaba largo y riguroso, se peleaban por las ltimas ramas del ltimo rbol con-
vertido en hea; los hombres del jeque, tan desenfrenados como desamparados, an-
daban por has calles en busca de algn culpable que castigar.
Alrededor de la ciudad sitiada, los combates se haban espaciado y tambin ha-
ban perdido virulencia. Los soldados de caballera y de infantera de Granada,
diezmados por la artillera castellana cada vez que salan, no se atrevian ya a aven-
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turarse en masa lejos de las murallas, se conformaban con golpes de mano noctur-
nos de escasa envergadura para asaltar a una escuadra enemiga, robar armas o apo-
derarse de algn ganado, actos audaces pero sin horizonte pues no bastaban para
aflojar eh acero ni para aprovisionar a ha ciudad, ni siquiera para devolverle los ni-
mos.
	De pronto, un rumor. No de los que se extienden como la lluvia menuda de un
nubarrn sino de los que caen como un chaparrn veraniego, cubriendo con su tu-
multo ensordecedor la miseria de los ruidos cotidianos. Un rumor que traa a nues-
tra ciudad ese toque de irrisin de que ningn drama est exento.
	Se supo que Abu-Jamr acababa de adquirir un can tomado ah enemigo por
un puado de soldados temerarios que haba accedido, a cambio de diez monedas
de oro, a llevrseho a rastras hasta el jardn.
	Mi padre se llev a los labios una copa de horchata y trag despacio varios sorbi-
tos sucesivos antes de proseguir, insensible a ha incomprensin que me embargaba:
	Los granadinos jams haban tenido caones y, como Astaghfiruhhah 1o dejaba
de repetirles que esa invencin diablica haca ms ruido que dao, se haban resig-
nado a ha idea de que un artefacto tan nuevo y tan complicado no poda hallarse
ms que en las filas enemigas. La iniciativa del mdico los sumi en ha perplejidad.
Durante das, hubo un desfile ininterrumpido de jvenes y de viejos que se mante-
nan a respetuosa distancia de "ha cosa" cuyas proporcionadas redondeces y cuya
amenazadora mandbula comentaban a media voz. En cuanto a Abu-Jamr, all esta-
ba, con sus propias redondeces, saboreando su revancha. "Id a decir ah jeque que
venga en vez de pasarse los das rezando! Preguntadhe si sabe encender una mecha
con la misma facilidad con que quema un libro!" Los ms piadosos se alejaban pre-
cipitadamente, mascullando alguna que otra imprecacin, mientras que otros inte-
rrogaban ah mdico con insistencia acerca del modo de usar eh can y sus efectos si
se utilizaba contra Santa Fe. Eh tampoco tena ni idea, como es natural, lo que volva
sus explicaciones ms impresionantes.
	Habrs adivinado, Hasan, hijo mo, que eh can jams se us. Abu-Jamr no
tena ni balas, ni plvora, ni artilleros y empezaron has risas burlonas entre los visi-
tantes. Afortunadamente para l, eh muhtasib, responsable de la polica, alertado
por las aglomeraciones, mand que unos cuantos hombres retiraran aquel objeto y
lo remolcaran hasta ha Alhambra para enserseho al sultn. Nunca ms se lo volvi
a ver. Pero se sigui oyendo hablar de l durante mucho tiempo, evidentemente por
boca del mdico que no se cansaba de repetir que nicamente por medio del can
podran los musulmanes vencer a sus enemigos, que mientras no se decidieran a ad-
quirir o fabricar gran nmero de estos artefactos sus reinos estaran en peligro. As-
taghfiruhlah predicaba algo muy distinto: mediante el martirio de los combatientes
de ha fe se aplastara a los sitiadores.
	Eh sultn Boabdih iba a ponerlos de acuerdo, pues, en lo que a l se refera, no
deseaba ni caones ni mrtires. Mientras eh jeque y eh mdico porfiaban sin tregua y,
a travs de ellos, Granada entera se preguntaba por su destino, eh seor de la ciudad
no pensaba si no evitar eh combate. Enviaba ah rey Femando mensaje tras mensaje


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7
en los que ya no se hablaba ms que de ha fecha de la rendicin; eh sitiador hablaba
de semanas y el sitiado de meses, esperando quiz que ha mano del Altsimo desba-
ratara los frgiles arreglos de los hombres con algn decreto sbito, un diluvio, un
cataclismo o una peste que diezmara a los grandes de Espaa.
Pero eh Cielo nos tena reservados otros designios.




































37

L
El ao de la cada
897 de la hgira
(4 de noviembre de 1491-22 de octubre de 1492)






	Hizo fro aquel ao en Granada, hizo fro y hubo miedo y la nieve estaba negra
de tierra removida y de sangre. Qu familiar resultaba ha muerte, qu cercano el
exilio, qu crueles, en eh recuerdo, has alegras del pasado!
	Mi madre no era la misma cuando hablaba de la cada de nuestra ciudad; para
ese drama tena una voz, una mirada, unas palabras, unas lgrimas que yo no le co-
noca en ninguna otra circunstancia. Yo, que no tena an tres aos en aquellos das
tumultuosos, no s si los gritos que se agolpan en este momento en mis odos son eh
recuerdo de lo que verdaderamente o entonces o slo el eco de los mil relatos que
desde entonces me han contado.
	No todos esos relatos empezaban del mismo modo. Los de mi madre hablaban
en primer lugar de escasez y de angustia.
	Con los primeros das del ao, deca, haban venido has nieves a cortar los esca-
sos caminos que se haban salvado de los sitiadores, acabando de aislar a Granada
del resto del pas y, sobre todo, de la Vega y de las Alpujarras, al sur, de donde an
nos llegaba trigo, avena, mijo, aceite y pasas. En nuestro vecindario, la gente tena
miedo, hasta los menos pobres; compraban a diario cuanto caa en sus manos y el
ver has tinajas de provisiones alineadas junto a has paredes de las habitaciones, en vez
de tranquilizarlos, les infunda an ms temor al hambre, a has ratas y a los ladrones.
Todos decan que si los caminos volvan a ser practicables, marcharan sin tardanza
a cualquier pueblo donde tuvieran familia. En los primeros meses del sitio, eran los
habitantes de los pueblos aledaos los que buscaban asilo en Granada, unindose
as a los refugiados de Guadix y de Gibraltar; se alojaban, mal que bien, en casa de
sus allegados, en las dependencias de las mezquitas o en los edificios abandonados;
eh verano anterior estaban incluso en los jardines y los solares, en tiendas de cam-
paa improvisadas. Las calles rebosaban de mendigos de todo origen, a veces agru-
pados en familias enteras, padre, madre, nios y ancianos, todos ellos esquelticos y
despavoridos, pero tambin, a menudo, concentrados en pandillas de jvenes de as-
pecto inquietante; y los hombres de honor que no podan dedicarse a ha mendicidad
o al bandidaje moran lentamente en sus casas, ah abrigo de has miradas.
	No fue sa la suerte de los mos. Incluso en los peores momentos de penuria, en
nuestra casa nunca falt de nada gracias a la posicin de mi padre. Haba heredado,
en efecto, de su propio padre un importante cargo municipal, eh de contraste princi-
pal, que desempeaba las funciones de pesar los granos y garantizar la honradez de
las prcticas comerciales; ello fue lo que vali a los miembros de mi familia eh sobre-
nombre de al- Wazzan, el alamn, que sigo llevando yo; en eh Magreb nadie sabe que
hoy en da me llamo Len o Juan Len de Mdicis, nadie me ha apodado jams el
Africano; all era Hasan, hijo de Mohamed al-Wazzan y, en has actas oficiales, se
aada al-Zayyati por el nombre de mi tribu de origen, ah-Gharnati, el granadi-
no, y cuando me alejaba de Fez, se me designaba tambin por ah-Fassi, referencia
a mi primera patria adoptiva, que no fue la ltima.
	En su calidad de alamn, mi padre hubiera podido quedarse con las cantidades
que deseara de los productos que he sometan, dentro de unos lmites razonables, o
incluso cobrar en dinares de oro eh precio de su silencio ante los fraudes de los mer-
caderes; no creo que intentara enriquecerse, pero su posicin alejaba por completo
de l y de sus allegados eh espectro del hambre.
	Eras entonces un nio tan gordo, me deca mi madre, que ya ni me atreva a
pasearte por la calle por miedo a atraer eh mal de ojo; tambin era por no revelar
nuestra relativa opulencia.
	En su preocupacin por no malquistarse con sus vecinos ms afectados, mi pa-
dre hizo a menudo que se beneficiaran de sus adquisiciones, sobre todo cuando se
trataba de carne o de fruta y verdura tempranas, pero siempre daba con mesura y
modestia, pues toda esplendidez era provocacin, toda condescendencia humilla-
cin. Y cuando la poblacin de ha capital, ya sin fuerzas y sin ilusiones, manifest en
ha calle su furia y su desesperacin y una delegacin acudi ante eh sultn para con-
minarlo a poner fin a ha guerra como fuera, mi padre accedi a unirse a los repre-
sentantes del Albaicin.
	Por eso, cuando me contaba ha cada de Granada, su relato empezaba invariable-
mente en has salas tapizadas de ha Alhambra.
	Eramos treinta, procedentes de todos los rincones de ha ciudad, desde Nayd
hasta ha Fuente de las Lagrimas y desde el arrabal de los Alfareros hasta eh Almen-
dral, y los que iban dando gritos tenan tanto miedo como los dems. No te ocultar
que yo estaba aterrado y que gustosamente hubiera vuelto sobre mis pasos si no hu-
biera temido perder eh prestigio. Fjate en lo insensato de nuestra gestin: durante
dos das enteros, miles de ciudadanos haban sembrado el desorden por has calles,
gritando los peores insultos contra eh sultn, injuriando a sus consejeros e ironizando
sobre sus mujeres, instndolo sin miramientos a luchar o a hacer la paz, antes de
prolongar indefinidamente una situacin en que la vida estaba exenta de alegra y la
muerte de gloria. Pues bien, como para llevar directamente a sus odos los insultos
que sin duda alguna ya he haban comunicado sus espas, alla bamos, peculiares
parlamentarios desgreados y vociferantes, yendo a desafiarlo a su propio palacio,
delante de su chambeln, sus visires y los oficiales de su guardia. Y yo, funcionario
de ha oficina del muhtasib, que se supona que tena que velar por eh respeto de la
ley y del orden pblico, estaba all, con los cabecillas de los motines, mientras eh ene-
migo se encontraba a las puertas de la ciudad. Pensando de manera confusa en todo
ello, me deca a m mismo que me iba a ver en una mazmorra, flagelado con un verga-
jo hasta que me corriera ha sangre o incluso crucificado en ha almena de una muralla.


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L
	Mis temores resultaron ridculos y en seguida sucedi la vergenza al temor;
afortunadamente, ninguno de mis compaeros me not ninguna de las dos cosas.
Pronto vas a saber, Hasan, hijo mo, por qu te revelo aquel momento de debilidad
del que jams he hablado a ninguno de mis allegados. Quiero que sepas lo que ver-
daderamente ocurri en nuestra ciudad de Granada y en aquel ao aciago; tal vez
ello te evite dejarte engaar a tu vez por quienes tienen en sus manos el destino de
la multitud. Yo slo he descubierto aspectos valiosos de la vida desvelando los cora-
zones de los prncipes y de las mujeres.
	Nuestra delegacin entr, pues, en el Saln de Embajadores donde presida
Boabdil en su sitio habitual, rodeado de dos soldados armados y unos cuantos con-
sejeros. Tena arrugas asombrosamente marcadas para ser un hombre de treinta
aos, la barba muy cana y los prpados marchitos; ante l, un enorme brasero de
cobre cincelado nos ocultaba sus piernas y su pecho. Era a finales de muharram,
que coincida aquel ao con eh principio del mes cristiano de diciembre, una poca
tan fra que traa a ha memoria has insolentes palabras del poeta Ibn-Sara de Santa-
rm al visitar Granada:

Gentes de este pas, no oris,
No os apartis de has cosas prohibidas,
As podris ganaros un lugar en eh Infierno,
Donde el fuego es tan reconfortante
Cuando sopla el viento del norte.

	Eh sultn nos recibi con una sonrisa apenas dibujaba en los labios, que me pa-
reci, sin embargo, bondadosa. Nos invit con un gesto a sentarnos, lo que hice yo
posndome apenas en el asiento. Pero antes incluso de que empazara la discusin, vi
desfilar con gran sorpresa a gran nmero de dgnatarios, oficiales, ulemas, notables
llegados de todas partes, el visir al-Mulih, eh mdico Abu-Jamr, cerca de cien perso-
najes en total, algunos de los cuales se evitaban desde siempre.
	Boabdil habl lentamente, en voz tan baja que oblig a sus visitantes a callarse
y a echarse hacia adelante, casi sin respirar: "En el nombre de Dios, el Bienhechor,
eh Misericordioso, he querido que se renan aqu, en el palacio de la Alhambra, to-
dos aquellos que tengan una opinin acerca de la situacin preocupante en que el
destino ha puesto a nuestra ciudad. Intercambiad vuestros puntos de vista y poneos
de acuerdo acerca de ha actitud que hay que adoptar por el bien de todos, y actuar
conforme a vuestros consejos. Nuestro visir al-Mulih dar su opinin en primer lu-
gar; yo no hablar hasta el final:' Tras lo cual, se recost en los almohadones alinea-
dos contra la pared y no volvi a decir palabra.
	Al-Mulih era el principal colaborador del sultn y de su boca se esperaba un
elogio en prosa rimada de la actitud adoptada hasta entonces por su seor. No hubo
tal. Si bien dirigi su discurso "al glorioso descendiente de la gloriosa dinasta naza-
rita", prosigui en un tono completamente diferente: "Seor, me garantizis la im-
punidad, el amdn, si digo sin rodeos y sin reservas lo que pienso en este momen-
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	Boabdil asinti con una leve inclinacin de cabeza. "Mi opinin, continu el
visir, es que la poltica que seguimos no sirve ni a Dios ni a sus adoradores. Podemos
extendernos aqu durante diez das y diez noches sobre el particular, pero ello no
meter un grano de arroz en los cuencos vacos de los hijos de Granada. Miremos la
verdad cara a cara, aunque sea horrible, y huyamos de la mentira aunque se adorne
con joyas. Nuestra ciudad es grande y ya en tiempo de paz es difidil procurarle los
vveres que necesita. Cada da que pasa se cobra sus correspondientes victimas y el
Altsimo nos pedir un da cuentas de todos esos inocentes a los que hemos dejado
morir. Podramos exigir sacrificios a los habitantes si les prometiramos una pronta
liberacin, si un poderoso ejrcito musulmn estuviera de camino para liberar Gra-
nada y castigar a sus sitiadores pero, ahora lo sabemos, no acudir nadie en nuestra
ayuda. T, seor de este reino, has escrito al sultn de El Cairo y ah otomano, te
han contestado?" Boabdil levant las cejas en seal de negacin. "Y, no ha mucho
todava, has escrito a los soberanos musulmanes de Fez y de Tremecn para que
acudan con sus ejrcitos. Cmo han reaccionado? Tu noble sangre, oh, Boabdil!,
te prohibe decirlo, pero yo lo har en tu lugar. Pues bien, los soberanos de Fez y de
Tremecn han enviado mensajeros cargados de regalos no a nosotros sino a Feman-
do, para jurarle que nunca usaran las armas contra l! Granada est sola hoy, por-
que has otras ciudades del reino ya estn perdidas, porque los musulmanes de las de-
ms regiones son sordos a nuestras llamadas. Qu solucin nos queda?"
	Un silencio agobiador reinaba entre la concurrencia que se conformaba con
lanzar, de vez en cuando, algn que otro gruido de aprobacin. Al-Mulih abri la
boca como si se dispusiera a proseguir su argumentacin. Pero no dijo nada, dio un
paso hacia atrs y se sent, con ha mirada clavada en eh suelo. Se levantaron enton-
ces, sucesivamente, tres oradores de origen oscuro para decir que haba que nego-
ciar urgentemente la rendicin de ha ciudad y que los dirigentes haban perdido de-
masiado tiempo, pues eran insensibles a has desgracias de los humildes.
	Luego le lleg el turno a Astaghfirullah que, desde el principio, se estaba impa-
cientando en su asiento. Se levant, se llev con un gesto maquinal ambas manos al
turbante para componrselo y dirigi la vista al techo ornado de arabescos. "El visir
al-Mulih es un hombre reputado por su inteligencia y su habilidad y cuando desea
inculcar una idea a su auditorio le cuesta poco conseguirlo. Ha querido transmitir-
nos un mensaje, ha preparado nuestras mentes para recibirlo y luego se ha callado
pues no quiere presentarnos con su propia mano la copa amarga que nos pide que
apuremos. Qu hay en esa copa? Si l no quiere decirlo con su propia boca, lo dir
yo: eh visir quiere que accedamos a entregar Granada a Fernando. Nos ha explicado
que cualquier forma de resistencia es ya intil, que no nos llegar auxilio alguno de
Andaluca ni de ningn otro lugar; nos ha revelado que ha habido enviados de los
prncipes musulmanes que se han comprometido con nuestro enemigo. Dios casti-
gue a unos y otros como slo El sabe hacerlo! Pero al-Muhih no nos lo ha revelado
todo! No nos ha dicho que desde hace semanas est en conversaciones con los rum.
No nos ha confesado que ya se haba entendido con ellos para abrirles has puertas de
Granada."


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	Astaghfirullah alz ha voz para cubrir la algarabia que iba en aumento. "Al-
Mulih no nos ha confiado que haba llegado a consentir en adelantar ha fecha de ha
rendicin, que sta tendr lugar en los prximos das y que lo nico que ha intenta-
do ha sido conseguir un plazo para preparar la mente de la gente de Granada para
la derrota. Si los depsitos de vveres llevan cerrados varios das, es para obligarnos
a la capitulacin; si los agentes del visir han organizado manifestaciones callejeras,
ha sido para precipitar nuestro desaliento; y no ha sido para criticar los actos de
nuestros gobernantes, como ha pretendido hacernos creer eh visir, para lo que nos ha
hecho venir hoy a la Alhambra, sino para que avahemos su impa decisin de entre-
gar Granada:' El jeque casi vociferaba; la barba he temblaba de ira y de amarga iro-
na. "No os indignis, hermanos creyentes, pues si ah-Mulih nos ha ocultado ha ver-
dad no ha sido con intencin de engaarnos; lo nico que ha pasado es que le ha
faltado tiempo. Pero, por Dios, no lo interrumpamos ms, dejmoslo exponer con
detalle lo que ha hecho durante estos ltimos das; despus podremos debatir la ac-
titud que haya que adoptar:' Call bruscamente y se sent, recogindose con mano
temblorosa los pliegues de la tnica cubierta de manchas, mientras un silencio mor-
tal invada el saln y has miradas se volvan a un tiempo hacia al-Mulih.
	Este esper que uno de los presentes interviniera; en vano. Se levant entonces,
haciendo acopio de energas. "Eh jeque es un hombre piadoso y valiente, todos lo sa-
bemos; su amor por esta ciudad es tanto ms meritorio cuanto que no ha nacido en
ella y su celo por eh islam es tanto ms loable cuanto que no es su primitiva religin.
Es tambin un hombre de gran sabidura, versado en las ciencias de la religin y del
mundo y que no duda en ir a buscar los conocimientos a has fuentes, por muy lejanas
que estn; al orle contar lo ocurrido entre eh emisario del rey Fernando y yo, enviado
del poderoso sultn de Andaluca, no puedo ocultar mi admiracin, mi asombro y mi
sorpresa, puesto que no he sido yo quien he ha contado tales hechos. Debo reconocer,
por otra parte, que lo que ha dicho no dista mucho de la verdad. Slo podra repro-
charle que haya presentado las cosas del modo en que se describen entre nuestros
enemigos. Para stos, lo importante es la fecha de la paz, pues el cerco les cuesta
caro; para nosotros, la meta no es retrasar el inevitable desenlace unos das o unas se-
manas, al cabo de los cuales los castellanos se arrojaran sobre nosotros con redobla-
do encarnizamiento; ahora que la victoria no est a nuestro alcance, por decisin
irrevocable de Aqul que todo lo rige, hemos de intentar conseguir has mejores con-
diciones posibles. Es decir, salvar nuestras vidas, las de nuestras mujeres, las de nues-
tros hijos; es decir, preservar nuestros bienes, nuestras tierras de labor, nuestras casas,
nuestro ganado, el derecho de cada uno de nosotros a seguir viviendo en Granada,
segn la religin de Dios y de su Profeta, orando en nuestras mezquitas, no pagando
ms impuestos que eh zakat y eh diezmo prescritos por nuestra Ley; el derecho de
aquellos que lo deseen a marchar atravesando el mar hacia eh Magreb, llevndose to-
dos sus bienes, con un plazo de tres aos para tomar ha decisin y con la facultad de
vender sus posesiones a precio justo a musulmanes o a cristianos. Este es eh acuerdo
que he querido concertar con Femando, hacindole jurar sobre eh Evangelio que lo
respetar hasta su muerte y, despus de l, sus sucesores. He hecho mal?"
	No se detuvo al-Mulih a escuchar has respuestas; prosigui: "Dignatarios y no
tables de Granada, no os anuncio una victoria pero quiero evitaros la amarga copa
de la derrota humillante, de la matanza, de la violacin de las mujeres y de las mu
chachas, del deshonor, de la esclavitud, del saqueo, de la destruccin. Para ello, h
menester vuestro consentimiento y vuestro apoyo. Si as me lo peds, puedo rompe
las negociaciones o alargarlas; eso es lo que hara si no buscara sino las alabanzas d<
los necios y de los hipcritas. Les dara a los enviados de Fernando mil pretextos pa
rs retrasar la paz. Pero sera se, en verdad, eh inters de los musulmanes? Estamo:
en invierno, las fuerzas del enemigo estn ms diseminadas y la nieve lo ha obligad
a reducir sus ataques. Se refugia tras los muros de Santa Fe y las fortificaciones qut
ha construido, bastndole con cortarnos los caminos. Dentro de tres meses, estare
mos en primavera, Fernando tendr tropas de refresco, dispuestas a lanzar eh ataqw
decisivo contra nuestra ciudad a ha que el hambre habr dejado ya exangue. Ahor~
es cuando hay que negociar! Ahora es cuando Fernando aceptar nuestras condi
ciones pues todava podemos ofrecerle algo a cambio:'
	Abu-Jamr, que haba permanecido silencioso desde eh comienzo de ha dscu
sin, salt sbitamente de su asiento, empujando violentamente a sus vecinos cor
sus macizos hombros: "Podemos ofrecerle algo, dices, pero qu? Por qu oculta~
has palabras en el fondo de tu garganta? Lo que quieres ofrecerle a Fernando no e~
ni un candelabro de oro, ni un traje de gala, ni una esclava de quince aos. Lo quc
quieres ofrecerle a Fernando es esta ciudad, de la que el poeta ha dicho:

Granada, ninguna ciudad se te asemeja
Ni en Egipto, ni en Siria, ni en Irak,
T eres la novia
Y esos pases son tu dote.

	Lo que quieres ofrecerle a Fernando, oh visir!, es este palacio de la Alhambra,
gloria de las glorias y maravilla de las maravillas. Mirad a vuestro alrededor, herma-
nos mos! Pasead lentamente vuestra mirada alrededor de este saln, cada lienzo dc
cuya pared han cincelado pacientemente nuestros padres y abuelos como una joya
delicada y rara! Grabad para siempre en vuestra memoria este lugar venerado en el
que ninguno de vosotros volver a poner los pies, excepto tal vez como esclavos:'
	Eh mdico lloraba y muchos hombres se ocultaron el rostro. "Durante ocho si-
glos, prosigui con voz quebrada y entrecortada, hemos iluminado esta tierra con
nuestra sabidura, pero nuestro sol est en la hora del eclipse y todo se vuelve oscu-
ro. Granada, s que tu llama osdila por ltima vez antes de apagarse, pero que no
cuenten conmigo para soplara pues mis descendientes escupiran sobre mi recuerdo
hasta el da del Juicio:' Ms que sentarse, se desplom y transcurrieron algunos se-
gundos, lenta, pesadamente, antes de que rompiera el silencio de nuevo Astaghflru-
llah, quien olvid, en esta ocasin, su enemistad hacia Abu-Janir: "Eh mdico dice
la verdad. Lo que el visir quiere ofrecerle al rey de los infieles es nuestra ciudad con
sus mezquitas que se convertirn en iglesias, sus escuelas en las que nunca ms pe-
netrar el Corn, sus casas en has que no se respetar ya ninguna prohibicin. Lo
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que tambin he ofrece a Femando es un derecho de vida y muerte sobre nosotros y
los nuestros, pues no ignoramos lo que vahen los tratados, los juramentos de los rum.
Acaso no prometieron respetar y salvar la vida a los habitantes de Mlaga hace
cuatro aos, antes de entrar en la ciudad y conducir a mujeres y nios al cautiverio?
Puedes asegurarme, al-Mulih, que no pasar lo mismo en Granada?"
	Eh visir contest con tono exasperado: "No puedo asegurarte nada salvo que yo
permanecer en esta ciudad, que compartir ha suerte de sus hijos y que emplear
toda ha energa que el Altsimo disponga prestarme para hacer respetar los acuerdos.
No es en manos de Femando donde est vuestro destino sino en manos de Dios y
slo El podr un da darnos la victoria que hoy nos niega. Por eh momento, ha situa-
cin es ha que conocis y es intil prolongar ha discusin. Hay que tomar una deci-
sin. Que los que aprueban la conclusin de un tratado con los castellanos pronun-
cien eh lema de la dinasta nazarita!"
	De todos los rincones del Saln de Embajadores, recordaba mi padre, brot ha
misma frase: "Slo Dios puede dar ha victoria", dicha con determinacin pero sin
ninguna alegra, pues lo que fuera otrora un grito de guerra se haba convertido
aquel ao en una frmula de resignacin y quizs, incluso, en boca de algunos, en
un reproche dirigido al Creador. Eh nos libre de ha duda y de la incredulidad!
	Cuando estuvo seguro del apoyo de la multitud de los presentes, Boabdih se de-
cidi a tomar la palabra en lugar de su visir. Mand callar a sus sbditos con un ges-
to insistente de ambas manos, para decir en tono sentencioso: "Los creyentes se han
pronunciado en su conjunto y han tomado una decisin. Seguiremos el camino de ha
paz, confiando en que Dios nos guie hacia lo que es mejor para nosotros, El es el
que escucha, Eh es el que responde:'
	Antes de que eh sultn acabara ha frase, Astaghfiruhlah se diriga ya hacia la sali-
da, con ha cojera acentuada por la furia y profiriendo estas terribles palabras: "Se-
guro que es de nosotros de quienes Dios ha dicho en su Libro: Sois ha mejor nacin
que jams haya sido dada a los hombres?"
	La misma noche de la reunin de ha Alhambra, Granada entera saba con toda
exactitud lo que en ella se haba dicho. Empez entonces ha dura prueba de ha espe-
ra, con su lote cotidiano de rumores, todos los cuales giraban en torno a un tema de-
sesperadamente nico: eh da y ha hora de ha entrada de los castellanos en ha ciudad.
	En el transcurso de la ltima semana del mes de safar, me cont mi madre, ah
da siguiente de la fiesta del nacimiento del Mesas Isa -ha paz sea con l!- Sara la
Vistosa vino a yerme con un libro pequeo cuidadosamente envuelto en un pauelo
de seda malva que sac con precaucin del fondo del capacho de mimbre. "Ni t ni
yo sabemos leer", le dije forzndome a sonreir, pero ella pareca haber perdido toda
su jovialidad. "He trado esto para enserselo a tu primo, me espet en el tono ms
fro. Es un tratado escrito por un hombre muy sabio de nuestra comunidad, eh rabi-
no Ishak Ben Yahuda. Dice que se nos va a venir encima un diluvio, un diluvio de
sangre y de fuego, un castigo en el que van a sucumbir cuantos han abandonado ha
vida natural por la corrupcin de la ciudad:' Hablaba de forma entrecortada y he
temblaban las manos.
	>Yo te tena sentado en has rodillas, hijo mo; te abrazaba con fuerza y te besaba
con ardor en la nuca. "Adivina de mal agero!, he dije bruscamente con ms irrita-
cin que maldad. No ves que ya tenemos bastante con los sufrimientos cotidianos?
Es realmente necesario que nos predigas una suerte an ms lamentable?" Pero ha
juda no se dej apartar del tema: "El rabino Ishak es un intimo del rey Fernando,
est al tanto de muchos secretos y si utiliza ha lengua de los profetas es para hacer-
nos entender lo que no puede divulgar de otra manera. -A lo mejor, intenta avisa-
ros de que van a tomar Granada, pero eso ya no es un secreto-. Sus palabras van
ms all. Afirma que para los judos no habr ya aire que respirar ni agua que beber
en esta regin de Sefarad?
	Sara, tan exuberante como de costumbre, estaba tan asustada que articulaba
con dificultad. "Ha sido ese libro lo que te ha trastornado de ese modo?" "Hay al-
go ms. Me he enterado esta maana de que a uno de mis sobrinos lo han quemado
vivo en una hoguera en La Guardia, cerca de Toledo, junto con otras diez personas.
Los acusaban de haber practicado la magia negra, de haber raptado a un nio cris-
tiano y de haberlo crucificado como a Isa. Los inquisidores no han podido probar
nada; no han podido dar el nombre del nio supuestamente asesinado, ni presentar
eh cadver, ni siquiera demostrar que hubiera desaparecido un nio de ha regin; pe-
ro bajo ha tortura del agua y los tormentos de cuerda, Yusef y sus amigos han debido
de confesar cualquier cosa. "Crees que los tuyos podran correr igual suerte en
Granada?" Sara me lanz una mirada en la que cre notar odio. No saba en qu la
haba ofendido pero se hallaba en tal estado que decid disculparme. No me dej
tiempo de hacerlo. "Crees que cuando tomen esta ciudad, vuestras tierras, vuestras
casas y vuestro oro los codiciarn menos que los nuestros? Crees que tolerarn ms
vuestra fe que la nuestra? Crees que el fuego de ha hoguera tiene mayor predilec-
cin por un hijo de Sem que por otro? Estamos en Granada como en un arca, he-
mos flotado juntos y juntos nos iremos a pique. Maana, en eh camino del exilio..."
	Notando que haba ido demasiado lejos, se interrumpi y, para atenuar el efec-
to de sus afirmaciones, me rode con sus brazos envueltos en amplias mangas y per-
fumados con almizcle y se puso a sollozar apoyada en mi hombro. Sin embargo, no
he guardaba rencor porque esas mismas imgenes que la horrorizaban me tenan ob-
sesionada en ha vigilia y en eh sueo y en eso ramos hermanas, hurfanas ya de la
misma ciudad agonizante.
	De este modo nos lamentbamos cuando o los pasos de tu padre que volva.
Lo llam desde mi alcoba y, mientras suba las escaleras, me sequ las mejillas con eh
borde del vestido mientras Sara se cubra precipitadamente la cabeza y eh rostro.
Mohamed tena los ojos inyectados en sangre pero fing no darme cuenta para no
violentarlo. "Sara te ha trado un libro para que nos expliques lo que dice." Tu padre
no tena, desde haca mucho, prevencin alguna contra ha Vistosa que venia casi a
diario a nuestra casa y con la cual gustaba cambiar opiniones y noticias; tambin he
gustaba mucho gastarle bromas acerca de su indumentaria, lo que la haca reir de
buena gana. Aquel da, sin embargo, ninguno de los dos estaba para bromas. Tom
eh libro en las manos sin decir nada y se sent en eh suelo, en el umbral de ha habi-


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tacin, para hojearlo. Se sumi en su lectura durante ms de una hora mientras no-
sotras lo observbamos en silencio; luego lo cerr y se qued pensativo. Me mir
como si no me viera: "Tu padre, Suleymn el librero, me haba dicho antao que en
vsperas de todos los grandes acontecimientos aparecen libros como ste que predi-
cen el fin del mundo y que intentan explicar mediante eh movimiento de los astros o
la desobediencia de los hombres los decretos severos del Altsimo. La gente se los
pasa a escondidas y su lectura ha tranquiliza pues la desgracia de cada cual se pierde
y se olvida como una gota de agua en un torrente. Este libro dice que los tuyos de-
ben marcharse, Sara, sin esperar a que eh destino llame a su puerta. En cuanto pue-
das, coge a tus hijos y aljate de este pas~" Sara se descubri la cara en seal de
afliccin. "Dnde voy a ir?" No era tanto una pregunta como un grito de desam-
paro, pero tu padre contest hojeando eh libro: "Este hombre recomienda Italia, o el
pas de los otomanos, pero puedes incluso ir al Magreb de ultramar que est ms
cerca. All es adonde iremos nosotros." Solt el libro y se fue sin mirarnos.
	Era ha primera vez que tu padre hablaba del exilio y hubiera querido preguntar-
le por esa decisin y por las disposiciones que haba tomado, pero no me atreva y l
no volvi a hablarme de ello ms que una vez, al da siguiente, para decirme a me-
dia voz que no mencionara eh asunto delante de Warda.
	Los das que siguieron, caones y almajaneques permanecieron silenciosos; ha
nieve segua cayendo sobre Granada, revistindola de un velo de paz y de serenidad
que pareca que nada iba a desgarrar. No haba combate alguno y slo algunos gri-
tos infantiles animaban las calles. Cunto hubiera deseado ha ciudad que el tiempo
la olvidara! Pero ste estaba en marcha: el ao cristiano de 1492 empez el ltimo
da del mes de safar del ao 897 y, antes de que amaneciera, vinieron a aporrear
nuestra puerta. Mi madre se despert sobresaltada y llam a mi padre que aquella
noche dorma con Warda. Fue a abrir. Eran unos oficiales del sultn que le rogaban
que los siguiera montado en su caballo; ya haban reunido a varias decenas de per-
sonas, entre las que se encontraban adolescentes muy jvenes cuyos rostros 1am-
pinos iluminaba la nieve. Mohamed entr en su casa a ponerse ropa de abrigo; lue-
go fue ah pajar, detrs de la casa, flanqueado por dos soldados, a desatar su montu-
ra. De pie en ha puerta a medio abrir, conmigo medio dormido en brazos y con ha
cabeza de Warda asomndole por encima del hombro, mi madre insita a los oficia-
les para saber adnde se llevaban a su marido. Estos contestaron que el visir ah-Mu-
lih les haba dado una lista de personas a las que quera ver urgentemente; aadie-
ron que no tena nada que temer. Mi padre, al marcharse, la tranquiliz tambin lo
mejor que pudo.
	Al llegar a la plaza de la Tabla, delante de la Alhambra, Mohamed vio, al res-
plandor naciente del da, cerca de quimentos detenidos, a caballo todos, envueltos
todos ellos en pesados mantos de hana, rodeados de un millar de soldados a pie o a
caballo, que no empleaban con ellos brutalidad alguna, ni siquiera verbal, confor-
mndose con rodearlos para impedirles que se alejasen. Luego ha inmensa tropa se
puso en movimiento, en silencio; abra la marcha un jinete con el rostro cubierto por
un velo y, a los lados, iban los soldados, en fila. Pas ante ha puerta de los Siete
pisos, borde has murallas, sali de la ciudad por ha puerta de Nayd para llegar al
Genil, cuya superficie estaba helada. En un campo de cerezos, a la orilla del ro, hi-
zo un pnmer alto la silenciosa y trmula caravana.
	Ya clareaba, pero an se distingua en eh cielo eh fino cuarto creciente del mes
nuevo. El hombre del velo se descubri el rostro y llam ante si a una docena de al-
tos dignatarios elegidos entre los detenidos. A nadie le sorprendi que fuera al-Mu-
lih. Empez por rogarles que no se inquietaran y se disculp por no haberles dado
explicaciones antes.
	-Era menester que saliramos de ha ciudad para evitar cualquier incidente,
cualquier reaccin inconsiderada. Fernando ha pedido que se he dejen de rehenes
quinientos notables pertenecientes a las grandes familias granadinas para poder
mandar entrar a sus tropas en ha ciudad sin temor a ninguna trampa. A nosotros
tambin nos interesa que la capitulacin transcurra sin ha menor violencia. Tranqui-
lizad a los dems, decides que los tratarn bien y que todo pasar en seguida.
	La informacin se les comunic a todos sin provocar ms reaccin que unos
murmullos sin consecuencias, pues la mayora estaban orgullosos de que los hubie-
ran elegido y sentan cierta seguridad ah no encontrarse en la ciudad durante ha inva-
sin, lo que compensaba ampliamente has molestias de un cautiverio provisional.
Otros, como mi padre, hubieran preferido estar junto a sus mujeres y sus hijos en el
difcil momento, pero saban que no podran hacer nada por ellos y que ha voluntad
del Todopoderoso haba de cumplirse hasta eh final.
	La pausa no se prolong ms all de media hora. Luego partieron de nuevo ha-
cia eh oeste sin alejarse nunca ms de un tiro de piedra del Genil. Pronto apareci
una tropa de castellanos en eh horizonte y, al encontrarse, su jefe convers aparte
con al-Mulih; a continuacin, por orden de ste, los soldados granadinos volvieron
grupas y regresaron al trote hacia la ciudad mientras que los jinetes de Fernando
ocupaban su lugar alrededor de los rehenes. En el cielo, eh cuarto creciente era aho-
ra invisible. La marcha prosigui, ms silenciosa an, an ms agobiada, hasta los
muros de Santa Fe.
	Qu extraa es su ciudad nueva edificada con nuestras viejas piedras, pensaba
Mohamed al penetrar en aquel campamento tan a menudo observado desde lejos
con miedo y curiosidad. Reinaba en l un zafarrancho precursor de los grandes ata-
ques, los soldados de Fernando se disponan ostensiblemente a iniciar el ltimo
combate o, ms bien, a sacrificar a la ciudad acorralada igual que se remataba en ha
arena de Granada al toro destrozado por todos lados por una jaura de perros.
	La misma noche del 1 de enero de 1492, eh visir, que haba permanecido junto a
los rehenes, emprendi el regreso a Granada, acompaado en esta ocasin por va-
rios oficiales cristianos a los que deba introducir en la ciudad conforme a los acuer-
dos. Penetraron en ella de noche, por eh camino que haban tomado mi padre y sus
compaeros de cautiverio, lo que tena la ventaja de no despertar demasiado pronto
las sospechas de la gente de la ciudad. Al da siguiente por la maana, se presenta-
ron en ha torre de Comares donde Boabdil hes entreg has llaves de la fortaleza.
Pronto llegaron, siempre por eh mismo camino apartado, unos cuantos centenares
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de soldados castellanos que se apoderaron de las murallas. Un obispo iz una cruz
encima de ha atalaya y los soldados aclamaron gritando tres veces Castilla, Casti-
lla, Castilla, lo que era costumbre entre ellos cuando tomaban una plaza. Al or
aquellos gritos, los granadinos comprendieron que ya haba ocurrido lo irreparable
y, estupefactos de que un acontecimiento tan considerable se hubiera producido con
tan poco estrpito, se pusieron a orar y a salmodiar con los ojos empaados y las ro-
dillas flojas.
	A medida que se propagaba ha noticia, los habitantes salan a la calle, revueltos
hombres y mujeres, musulmanes y judos, ricos y pobres, vagando pasmados, sobre-
saltndose al menor ruido. Mi madre me llev de una callejuela a otra hasta la Sabi-
ka donde estuvo apostada durante horas, observando cuanto se mova en torno a la
Alhambra. Creo recordar que vi aquel da soldados castellanos cantando, gritando y
pavoneandose en has ciudades. A eso del medioda, empezaron a esparcirse por la
ciudad, achispados ya, y Salma se resign a ir a esperar a su marido en casa.
	Tres das despus, a uno de nuestros vecinos, un notario de ms de setenta aos
al que haban cogido como rehn junto a mi padre, lo volvieron a llevar a su casa;
haba simulado una indisposicin y a los castellanos les haba asustado que muriera
estando en su poder. Por l se supo qu camino haba tomado su grupo y mi madre
decidi ir al da siguiente mismo, al alba, a ponerse al acecho en la puerta de Nayd,
en el extremo sur de la ciudad, no lejos del Genil. Juzg prudente que la acompaa-
ra Warda quien podra hablar con sus correligionarios en caso de que nos importu-
naran.
	Salimos, pues, a las primeras horas del da, a m me llevaba mi madre en brazos,
mit hermana Mariam iba igualmente en brazos de su madre, ambas avanzaban des-
pacio para no resbalar en la nieve helada. Cruzamos la vieja Casba, eh puente del
Cad, el barrio de Maurora, la Granada de los judos, la puerta de los Alfareros, sin
tropezarnos con nadie; slo el metlico entrechocar de algunos utensilios nos recor-
daba, de vez en cuando, que no estbamos en un campamento abandonado, habita-
do por fantasmas, sino en una ciudad en la que unos seres de carne y hueso an sen-
tan la necesidad de andar con pucheros.
	-Es cierto que apenas si es de da, pero explica eso que en la puerta de Nayd
no haya ni un centinela de guardia? -se preguntaba mi madre en voz alta.
	Me dej en eh suelo y empuj la hoja que cedi sin dificultad pues ya estaba en-
treabierta. Salimos de la ciudad, sin saber muy bien qu camino tomar.
	An estbamos a unos pasos de la muralla cuando se ofreci ante nuestros ojos
abiertos de par en par un curioso espectculo: dos grupos de jinetes parecan dirigir-
se hacia nosotros, uno por la derecha, subiendo desde el Genil pero avanzando al
trote a pesar de la cuesta, otro por nuestra izquierda, procedente de la Alhambra, a
paso cansino. Pronto, un jinete destac de este ltimo grupo y apret eh paso. Volvi-
mos precipitadamente hacia la ciudad y cruzamos de nuevo la puerta de Nayd pero
sm cerrar ha hoja para seguir observando sin que nos vieran. Cuando el jinete de la
Alhambra lleg muy cerca, mi madre ahog un grito:
	-Es Boabdil! -dijo y, temiendo haber hablado demasiado alto, me tap la
boca con la mano para que me callara, cuando yo guardaba un perfecto silencio lo
mismo que mi hermana, absortos ambos en la extraa escena que se estaba desarro-
llando ante nosotros.
	Del sultn no vi sino el turbante con el que se haba ceido la cabeza y que le ta-
paba la frente hasta has cejas. Su caballo me pareci que desmereca al lado de los
dos palafrenes reales que, procedentes del otro lado, avanzaban ahora al paso, cu-
biertos de oro y sedas. Boabdil hizo ademn de poner pie a tierra pero Fernando lo
detuvo con gesto tranquilizador. El sultn se acerc entonces a su vencedor e inten-
t tomarle la mano para besrsela, pero el rey ha retir y Boabdil, que se haba incli-
nado hacia l, no pudo besarle sino el hombro, seal de que segua recibiendo trato
de prncipe. No de prncipe de Granada, sin embargo; los nuevos amos de la ciudad
he haban concedido un pequeo seoro en La Alpujarra, donde poda instalarse
con los suyos.
	La escena de la puerta de Nayd no dur ms que unos segundos, al cabo de los
cuales Fernando e Isabel prosiguieron su camino rumbo a la Alhambra mientras que
Boabdil, desconcertado por un momento, giraba una vez sobre s mismo antes de
continuar la marcha. Tan despacio iba que pronto lo alcanz su grupo, formado por
ms de un centenar de caballos y de mulos que transportaban a hombres, mujeres y
nios as como gran nmero de arcas y de objetos envueltos en paos. Al da si-
guiente, se contaba que haba desenterrado los cadveres de sus antepasados y se los
haba llevado para evitar que cayeran en manos del enemigo.
	Tambin se dijo que no se haba podido llevar todas sus riquezas y que haba
mandado esconder una fortuna fabulosa en has cuevas del monte Solayr. Cunta
gente se prometi entonces encontrarla! Se me creer si digo que a lo largo de toda
mi vida me he ido encontrando con hombres que slo soaban con ese oro enterra-
do? Incluso he conocido a personas, a has que en todas partes designaban con el
nombre de kannazin, y que no tienen ms ocupacin que buscar tesoros, sobre todo
el de Boabdil; en Fez, abundan tanto que se renen regularmente en asamblea y
cuando yo viva en esa ciudad, haban elegido incluso a un cnsul para que se encar-
gara de los litigios que continuamente los oponan a los propietarios de edificios cu-
yo cimientos hacan tambalearse en eh transcurso de sus excavaciones. Estos kanna-
zin estn convencidos de que las riquezas abandonadas por los prncipes del pasado
estn embrujadas para evitar que se d con ellas; de ah que recurran a menudo a
los servicios de un mago encargado de deshacer eh hechizo. Es imposible cruzar
unas palabras con un kannaz sin que se ponga a jurar que ya ha visto en su subterr-
neo montones de oro o de plata que dice que no ha podido tocar por ignorar los
conjuros apropiados o por no llevar encima los perfumes necesarios. Y, en seguida,
se pone a ensear, sin permitir, sin embargo, a nadie que lo hojee, un libro en que se
mencionan los lugares en que se hallan esos tesoros!
	Yo, por mi parte, no s si el que durante tanto tiempo haban acumulado los so-
beranos nazaritas seguir enterrado en esa tierra de Andaluca, pero no lo creo pues
el exilio de Boabdil era sin esperanza de retorno y los rum he haban permitido le-
varse cuanto deseara. March, pues, camino del olvido, rico pero msero y, en eh
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momento de cruzar eh ltimo puerto desde donde an poda ver Granada, permane-
ci largo rato inmvil, con la mirada turbia y ha mente embotada: los castellanos lla-
maron a ese lugar eh Suspiro del Moro pues eh sultn derrocado haba derramado
all, a lo que dicen, unas cuantas lgrimas de verguenza y remordimiento. Llora
como mujer lo que no has sabido defender como hombre!, he dijo, al parecer, Fti-
ma, su madre.
	Para esa mujer, me dir ms adelante mi padre, lo que acababa de ocurrir no
era slo ha victoria de los castellanos; era tambin, y quizs antes que nada, ha revan-
cha de su rival. Hija, esposa y madre de sultn, Ftima rezumaba poltica e intrigas,
mucho ms que Boabdil que, de buena gana, se habra conformado con una vida de
placer sin ambicin y sin riesgo. Haba sido ella quien haba empujado a su hijo ha-
cia el poder, para que destronara a su propio esposo Abu-l-Hasan, culpable de haber-
la abandonado por ha bella cautiva cristiana Soraya. Haba sido Ftima quien haba
hecho huir a Boabdih de ha torre de Comares y haba organizado, hasta en los meno-
res detalles, la rebelin de ste contra el viejo monarca. Haba sido ella quien haba
eliminado de este modo a ha concubina y apartado para siempre del poder a los hi-
jos de sta, nios an.
	Pero eh destino cambia ms que la piel de un camalen, como deca un poeta
de Denia. Y, mientras Ftima hua de la ciudad perdida, Soraya recuperaba apresu-
radamente su antiguo nombre, Isabel de Sols, y mandaba bautizar a sus dos hijos,
Saad y Nasr, que se convertan en don Fernando y don Juan, infantes de Granada.
No fueron ellos los nicos miembros de ha familia real que abandonaron ha fe de sus
padres para convertirse en grandes de Espaa: Yahya an-Nayyar, eh efmero hroe
del "partido de ha guerra", se hes haba adelantado, recibiendo eh titulo de duque de
Granada-Venegas. Nada ms capitular la ciudad, a Yahya lo haba nombrado "al-
guacil mayor", jefe de la polica, lo que es bastante demostrativo de que se haba
granjeado la entera confianza de los vencedores. Otros personajes siguieron su
ejemplo, entre ellos un secretario del sultn, llamado Ahmed, del que se sospechaba
haca algin tiempo que era espa al servicio de Fernando.
	Los das que siguen a una derrota ponen, a menudo, al desnudo la pobredum-
bre de has almas. Al decir esto, no pienso tanto en Yahya como en el visir al-Mulih.
Pues mentras negociaba, como nos haba explicado ampliamente, ha salvacin de
has viudas y hurfanos de Granada, ese hombre no se haba olvidado de s mismo:
haba conseguido de Fernando, como precio de la capitulacin que tan hbilmente
haba apresurado~ veinte mil castellanos de oro, o sea cerca de diez millones de ma-
ravedises, as como muchas tierras. Otros dignatarios del rgimen se adaptaron tam-
bin sin dificultad a la dominacin de los mm que se mostraban conciliadores en los
primeros tiempos de la victoria.
	De hecho, la vida volvi en seguida a sus cauces en ha Granada ocupada, como
si Fernando quisiera evitar que los musulmanes partieran en masa hacia eh exilio.
Los rehenes volvieron con sus familias al da siguiente mismo de la entrada del rey y
la reina es ha ciudad y mi padre nos cont que lo haban tratado con ms miramien-
tos que si hubiera sido un husped principesco. En Santa Fe, sus compaeros y l
no estaban confinados en una crcel; podan ir ah mercado y pasearse a veces en pe-
queos grupos por las calles, acompaados, sin embargo, de guardias encargados, a
un tiempo, de vigilarlos y de protegerlos de las furias de algn soldado borracho o
fuera de sus casillas. Durante uno de esos paseos, le ensearon a mi padre, a ha
puerta de una taberna, a un marinero genovs del que toda Santa Fe hablaba para
distraerse. Lo llamaban Cristbal Coln. Quera, deca, armar unas carabelas
para llegar a las Indias por eh oeste, ya que la tierra era redonda, y no ocultaba la es-
peranza de conseguir para esa expedicin una parte del tesoro de ha Alhambra. Se
encontraba all desde hacia semanas, insistiendo en ver al rey o a la reina que lo evi-
taban aunque vena recomendado por altos personajes. A la espera de que lo reci-
bieran, hes dirigia continuos mensajes y splicas lo que, en aquellos tiempos de lu-
cha, no dejaba de importunarlos. Mohamed no volvi a ver nunca ms a aquel ge-
novs, pero yo tuve ocasin, a menudo, de oir hablar de l.
	Das despus del regreso de mi padre, el duque Yahya lo convoc para pedirle
que volviera a desempear su funcin de alamn porque, le dijo, pronto van a volver
al mercado profusin de productos y habr que velar para reprimir cualquier fraude.
Descompuesto primero ante ha sola vista del renegado, mi padre acab por colabo-
rar con l, como con cualquier otro jefe de polica, no sin mascullar, sin embargo, de
vez en cuando, alguna imprecacin cuando se acordaba de ha esperanza que antano
haba representado aquel hombre para los musulmanes. La presencia de Yahya re-
sultaba, por otra parte, tranquilizadora para los notables de la ciudad, algunos de los
cuales lo conocan bien, y unos y otros empezaron a tratarlo con mayor asiduidad
que cuando era el poco afortunado rival de Boabdil.
	Queriendo tranquilizar a los vencidos sobre su suerte, Fernando, recordaba mi
padre, fue a menudo en persona a Granada para comprobar que sus hombres respe-
taban los compromisos adquiridos. Sumamente inquieto por su persona los prime-
ros das, el rey acab por desplazarse con regularidad a la ciudad, visitando el mer-
cado, rodeado de una buena escolta se entiende, inspeccionando las viejas murallas.
Es cierto que evit an durante meses pasar ha noche en nuestra ciudad, prefiriendo
volver a Santa Fe antes de ha puesta de sol, pero su desconfianza, por lo dems com-
prensible, no iba acompaada entonces de ninguna medida inicua o discriminatoria,
de ninguna violacin del tratado de capitulacin. Sincera o fingida, ha solicitud de
Fernando era tal que los cristianos que visitaban Granada les decan a los musulma-
nes: 'Ahora sois ms caros al corazn de nuestro soberano de lo que jams lo hemos
sido nosotros." Algunos llegaron a decir, con extremada malevolencia, que los mo-
ros haban embrujado al rey para que impidiera a los cristianos que les quitaran sus
bienes.
	Pronto, suspir Mohamed, nuestros sufrimientos iban a exculpamos y a recor-
damos que, incluso libres, ya estbamos encadenados a nuestra humillacin. Sin
embargo, durante los meses que siguieron a ha cada de Granada -Dios la libere!-
se nos eximi de lo peor, pues, a la espera de encarnizarse con nosotros, ha ley de los
vencedores cay sobre los judos. Para su mayor desgracia, Sara tena razn.
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	En yumada al-tande aquel ao, tres meses despus de la cada de Granada, lle-
garon unos heraldos reales ah centro de la ciudad y proclamaron, con redoble de
tambores y tanto en rabe como en castellano, un edicto de Femando e Isabel de-
cretando la ruptura definitiva de toda relacin entre judos y cristianos, lo que no
puede cumplirse sino expulsando de nuestro reino a todos los judos. A partir de
ese momento, stos tenan que elegir entre eh bautismo y eh exilio. Si optaban por es-
ta ltima solucin, tenan cuatro meses para vender sus bienes muebles e inmuebles,
pero no podan llevarse ni oro ni plata.
	Cuando, ah da siguiente de esta proclamacin, Sara vino a vernos, tena el rostro
hinchado por una interminable noche de llanto pero de sus ojos, secos ya, se des-
prenda esa serenidad que a menudo acompaa la llegada de un drama esperado
durante mucho tiempo. Incluso se permiti hablar con irona del edicto real, recitan-
do con ronca voz de hombre frases que recordaba:
	-Nos han informado los inquisidores y otras personas de que el comercio de los
judos con los cristianos acarrea los peores males. Los judos intentan seducir a los
cristianos recientemente convertidos as como a sus hijos, ponindoles en las manos
los libros de oraciones judas, procurndoles por Pascua pan cimo, instruyndolos
sobre los platos prohibidos, convencindolos de que se atengan a ha ley de Moiss.
Nuestra santa fe catlica se ve por ello envilecida y disminuida.
	En dos ocasiones tuvo mi madre que obligarla a bajar la voz pues estbamos
sentados en eh patio aquella maana primaveral y Salma no hubiera querido que esa
burla llegara a odos de algn vecino malvolo. Afortunadamente, Warda se haba
marchado al mercado con mi padre y mi hermana pues no s cul habra sido su
reaccin al or pronunciar, en tono irnico, las palabras santa fe catlica.
	En cuanto Sara concluy con su imitacin, mi madre he hizo la nica pregunta
importante:
	-Qu has decidido hacer? Vas a elegir la conversin o el exilio?
	Le contest con una sonrisa forzada y, luego, con un: todava tengo tiempo!
aparentemente despreocupado. Esper mi madre unas semanas antes de repetir la
pregunta. La respuesta fue la misma.
	Pero, a principios del verano, cuando eh plazo concedido a los judos haba expi-
rado ya en sus tres cuartas partes, fue la propia Vistosa quien vino a anunciar:
	-Me he enterado de que al gran rabino de toda Espaa, Abraham Senior, lo
acaban de bautizar junto con sus hijos y todos sus parientes. Primero me he queda-
do horrorizada y luego me he dicho: Sara, viuda de Jacob Perdoniel, vendedora de
perfumes en Granada, eres mejor juda que eh rabino Abraham? As que he deci-
dido que nos bauticen, a m y a mis cinco hijos, dejando al Dios de Moiss el trabajo
de juzgar lo que hay en mi corazn.
	A Sara, aquel da, ha angustia le haba soltado ha lengua y mi madre ha mir con
ternura:
	-Me alegro de que no te vayas. Yo tambin me quedo en esta ciudad pues mi
primo no ha vuelto a hablar de exilio.
	Sin embargo, antes de que transcurriera una semana, Sara haba cambiado de
opinin. Lleg una tarde a nuestra casa, muy agitada, tirando de tres de sus hijos, el
menor de los cuales tena apenas mi edad.
	-Vengo a despedirme. Por fin, he decidido marcharme. Maana al amanecer
hay una caravana para Portugal; voy a unirme a ella. Ayer cas a mis dos hijas ma-
yores, de catorce y trece aos, para que sus maridos se ocupen de ellas y le he vendi-
do la casa a un soldado del rey por cuatro mulas.
	Antes de aadir, como disculpndose:
	-Si me quedo, Salma, tendr miedo todos los das hasta que me muera y cada
da pensar en marcharme pero ya no podr hacerlo.
	-Aunque te conviertas? -dijo mi madre asombrada.
	Por toda respuesta, ha Vistosa cont una parboha que iba de boca en boca desde
hacia unos das por el barrio judo de Granada y que ha haba decidido, por fin, a es-
coger eh exilio:
	-Dicen que un sabio de nuestra comunidad ha puesto en una ventana de su
casa tres palomas. Una estaba muerta y desplumada, y he haba puesto un cartehito
en el que haba escrito: Este converso fue el ltimo en marcharse; la segunda pa-
loma, desplumada pero viva, llevaba eh cartel: Este converso se march algo an-
tes; ha tercera segua viva y con plumas y en su cartel poda leerse: Este fue eh pri-
mero en marcharse.
	Sara y los suyos se fueron, pues, sin mirar atrs; estaba escrito que pronto haba-
mos de reunirnos con ellos en eh camino de la dispersin.
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El ao del Mhrayn
898 de la hgira
(23 de octubre de 1492-11 de octubre de 1493)







	Nunca ms, desde aquel ao, me he atrevido a pronunciar en presencia de mi
padre la palabra Mihraydn, hasta el punto se trataba de algo que lo suma en los ms
dolorosos recuerdos. Y nunca ms celebr mi familia esa fiesta.
	Todo ocurri el noveno da del mes de ramaddn, o mejor debera decir por San
Juan, el vigsimo cuarto da de junio, ya que ha fiesta del Mihraydn no se celebraba
segn el ao musulmn sino a partir del calendario cristiano. Ese da corresponde al
solsticio de verano, que marca el ciclo del sol, y no ocupa, pues, un lugar en nuestro
ano lunar. En Granada, como por otra parte en Fez, siempre se han seguido ambos
calendarios a ha vez. Si se cultiva la tierra, si se necesita saber en qu momento hay
que injertar los manzanos, cortar ha caa de azcar o reunir brazos para ha vendimia,
slo los meses solares permiten orientarse; al acercarse eh Mihraydn, por ejemplo, se
saba que era la poca de coger las rosas tardas con que algunas mujeres se adorna-
ban, entonces, el pecho. En cambio, cuando se sale de viaje no interesa averiguar el
ciclo del sol, sino el de la luna: si es llena o nueva, si est en cuarto creciente o men-
guante, pues as es como pueden fijarse has etapas de una caravana.
	Dicho lo cual, faltara a la verdad si omitiera aadir que el calendario cristiano
no serva slo para cuidar las plantas sino que proporcionaba, igualmente, mltiples
ocasiones de celebrar fiestas, cosa de ha que mis compatriotas nunca se privaban. No
nos conformbamos con celebrar el nacimiento del Profeta, el Muled con grandes
justas poticas en las pazas pblicas y reparto de vveres a los necesitados; conme-
morbamos, igualmente, la Natividad del Mesas, preparando platos especiales a
base de trigo, de habas, de garbanzos y de hortalizas. Y si eh da del ao nuevo mu-
sulmn, eh Ras-es-Sana, se caracterizaba esencialmente por has felicitaciones oficia-
les en la Alhambra, eh primer da del ao cristiano traa consigo festividades que los
nios esperaban con impaciencia: lucan entonces caretas e iban a llamar a las puer-
tas de los ricos cantando rondas, lo que les vala unos cuantos puados de frutos se-
cos, menos como muestra de agradecimiento, por lo dems, que para alejar el jaleo
que armaban; adems, se reciba con pompa eh comienzo del ao persa, el Nairuz:
la vspera se celebraban innumerables bodas, pues la ocasin era propicia, decan,
para la fecundidad, y ese da se vendan en las esquinas de todas las calles juguetes
de barro cocido o de loza vidriada, que representaban caballos o jirafas, a pesar de
la prohibicin religiosa. Estaban tambin, naturalmente, las principales fiestas mu-
sulmanas: el Adha, el mayor Aid, en el que muchos granadinos se arruinaban para


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conseguir un cordero de sacrificio o comprarse ropa nueva; la Ruptura del Ayuno,
cuando los ms pobres no saban organizar comilonas de menos de diez platos dife-
rentes; eh Ashura, da consagrado al recuerdo de los muertos pero en el que no se
omita el intercambio de suntuosos regalos. A todas estas fiestas, se aadan la Pas-
cua, el Asir, a principios de otoo y, sobre todo, el famoso Mihraydn.
	Con motivo de este ltimo acontecimiento, se solan encender grandes hogueras
con paja: se deca, en broma, que como esa noche era ha ms corta del ao no vala
ha pena dormirla. Era intil, por lo dems, buscar eh menor reposo, pues haba pan-
das de jvenes que vagabundeaban hasta la maana por ha ciudad, cantando a voz
en cuello; tenan, por aadidura, la detestable costumbre de rociar de agua todas las
calles, lo que has dejaba resbaladizas durante das.
	A esos granujas se hes haban unido aquel ao cientos de soldados castellanos
que invadieron, desde por la maana, has numerosas tabernas que se haban abier-
to desde ha cada de ha ciudad, antes de desperdigarse por los diversos barrios. Por
eso no tena mi padre ninguna gana de participar en los festejos. Fueron mis llan-
tos y los de mi hermana, as como ha intercesin de Warda y de mi madre, lo que
lo decidieron a llevarnos de paseo, sin salir del Aibaicin, achar. Esper, pues,
ha puesta de sol ya que estbamos en el mes del ayuno, tom a toda velocidad una
sopa de lentejas bien merecida -qu penoso resulta ramadn cuando los das son
tan largos!- y luego nos condujo hacia la puerta de has Banderas, donde se haban
instalado para ha ocasin los vendedores de buuelos, de higos secos y de sorbetes
de albaricoque preparados con nieve trada en mulas desde has cumbres del monte
Solayr.
	Tenamos una cita con eh destino en ha calle de ha Muralla Antigua. Mi padre ca-
minaba en cabeza, llevndonos a Mariam de una mano y a m de la otra, cruzando
algunas palabras con cada vecino con que se encontraba, mi madre iba dos pasos
detrs, seguida de cerca por Warda, cuando de repente sta grit: Juan! y se que-
d inmvil. A nuestra derecha, se haba detenido a su vez un soldado joven y bigo-
tudo que, con una risita ahogada de borracho, intentaba, no sin dificultad, identifi-
car a la mujer del velo que acababa de interpeharlo as. Mi padre not de repente eh
peligro y dio un salto hacia su concubina a la que asi con fuerza por eh codo dicien-
do a media voz:
	-Vmonos a casa, Warda! Por Isa el Mesas, vmonos!
	Suplicaba, pues eh llamado Juan estaba rodeado de otros cuatro soldados caste-
llanos visiblemente achispados y armados, como l, con imponentes alabardas; to-
dos los dems transentes se haban hecho a un hado para presenciar ha escena sin
verse mezclados en ella. Warda se explic, dando una voz:
	-Es mi hermano!
	A continuacin, le grit al joven que estaba desconcertado:
	-Juan, soy Esmeralda, tu hermana!
Mientras pronunciaba estas palabras, se solt el brazo derecho del puo cerrado
de Mohamed y se alz levemente eh velo. El soldado se acerc, ha sujet unos ins-
tantes por los hombros y ha abraz con fuerza. Mi padre palideci y se ech a tem-
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blar. Saba que estaba perdiendo a Warda y, lo que era ms grave, que estaban hu-
millndolo ante todo el barrio, estaban hirindole en su virilidad.
	Yo no entenda, evidentemente, nada del drama que se estaba desarrollando
ante ms ojos infantiles. Recuerdo slo con claridad el momento en que el soldado
ha emprendi conmigo. Acababa de decirle a Warda que tena que irse con l a su
pueblo, al que llam Alcantarilla. De pronto, ella se mostr vacilante. Si bien haba
expresado espontneamente ha alegra de volver a ver a su hermano tras cinco aos
de cautividad, no estaba segura de querer abandonar la casa de mi padre para volver
a ha de los suyos cargada con una hija que haba tenido de un moro. Seguramente ya
no encontrara marido. No era desgraciada en casa de Mohamed el alamn que ha
mantena, la vesta y no ha abandonaba nunca ms de dos noches seguidas. Y ade-
ms, cuando se ha vivido en una ciudad como Granada, aun en tiempos de desola-
cin, no se desea volver a enterrarse en un pueblo pequeo de los alrededores de
Murcia. Es posible imaginar que tales eran sus pensamientos cuando su hermano la
zarande, impaciente:
	-Son tuyos estos nios?
	Se apoy, vacilante, en una pared y balbuce un no, ahogado al instante por
un si. Al or esta ltima palabra, Juan se abalanz sobre m y me cogi.
	Cmo olvidar el alarido que lanz entonces mi madre? Se lanz sobre eh solda-
do arandolo, cubrindolo de golpes, mientras yo forcejeaba cuanto poda. Pero el
joven cay en ha cuenta. Me solt a toda prisa para espetarle a su hermana en tono
de reproche:
	-Entonces, slo ha nia es tuya?
	Ella no dijo nada, lo que para Juan era respuesta suficiente.
	-Te ha llevas o se ha dejas a ellos?
	El tono era ahora tan duro que ha desdichada se asust.
	-Clmate, Juan -implor-, no quiero escndalos. Maana coger mis cosas y
saldr para Alcantarilla.
	Pero el soldado no estaba de acuerdo.
	-Eres mi hermana y vas a coger tu equipaje ahora mismo para venir conmigo!
	Alentado por eh sbito cambio de opinin de Warda, mi padre se acerc y dijo:
	-Es mi mujer!
	Lo dijo en rabe y luego en mal castellano. Juan lo abofete con fuerza, tumbn-
dolo en la calzada embarrada. Mi madre se haba puesto a lamentarse como una
plaidera, mientras que Warda gritaba:
	-No he hagas dao! Siempre me ha tratado bien. Es mi marido.
	El soldado, que haba agarrado a su hermana sin miramientos, dud un momen-
to antes de decir, sbitamente amansado:
	-Para m, eras su cautiva y has dejado de pertenecerle desde que esta ciudad
est en nuestras manos. Si me dices que es tu marido, podr quedarse contigo pero
habr que bautizarlo inmediatamente y encontrar un sacerdote que bendiga vuestro
matrimonio.
	Warda dirigi entonces sus splicas a mi padre:
	-Di que s, Mohamed, si no nos separarn!
	Hubo un silencio. Alguien de entre ha muchedumbre grit:
	-Al es grande!
	Mi padre, que an estaba cado en eh suelo, se levant sin precipitacin, avanz
dignamente hacia Warda y le dijo con voz poco firme: Te dar tu ropa y a tu hija!
antes de dirigirse a casa, cruzando una barrera de murmullos de aprobacin.
	<Haba querido salvar has apariencias ante los vecinos, coment mi madre con
despego, pero a pesar de todo se senta disminuido e impotente.
	Luego aadi, esforzndose por no dejar traslucir irona alguna:
	Para tu padre, fue en aquel momento cuando Granada cay de verdad en ma-
nos del enemigo.

	Durante das, Mohamed permaneci postrado en su casa, inconsolable, negn-
dose incluso a reunirse con los amigos para las comidas de ruptura del ayuno, los
tradicionales iftars; ninguno se lo tuvo en cuenta, sin embargo, pues su desgracia era
conocida de todos ha tarde misma del Mihrayn y, ms de una vez, los vecinos vinie-
ron a traerle, como a un enfermo, los platos que no haba podido degustar en casa
de ellos. Salma procuraba pasar inadvertida, no dirigindole la palabra ms que pa-
ra contestar a sus preguntas, impidindome que lo mohestara, evitando imponerle su
presencia, pero sin alejarse nunca de l para que no tuviera que pedir dos veces la
misma cosa.
	Aunque mi madre estaba preocupada, segua teniendo su temperamento pues
estaba convencida de que eh tiempo acabara con eh dolor de su primo. Lo que he
dola era ver a Mohamed tan apegado a su concubina y, sobre todo, que hubiera de-
mostrado ese apego de tal forma en presencia de todas has comadres del Albaicn.
Cuando, en mi adolescencia, he pregunt si, a pesar de todo, no se haba sentido sa-
tisfecha entonces de que su rival se hubiese marchado, lo neg muy convencida:
	Una esposa prudente intenta ser ha primera de las mujeres de su marido pues
sera ilusorio querer ser la nica.
	Y aadi, con fingida jovialidad:
	Digan lo que digan, ser esposa nica es tan desagradable como ser hijo nico.
Se trabaja ms, es ms aburrido, hay que aguantar sola los malos humores y las exi-
gencias del hombre. Es cierto que estn los celos, has intrigas, has disputas pero, por
lo menos, es algo que ocurre de puertas para adentro pues, en cuanto el marido se
pone a buscar distracciones fuera de casa, todas sus mujeres lo pierden.
	Sin duda, por esa razon se asust Salma cuando, el ltima da de ramadn, Mo-
hamed se levant de un brinco de su sitio habitual y sali de casa con paso resuelto.
Tard dos das en enterarse de que haba ido a ver a Hamed, conocido como al-fak-
kak, el viejo liberador de Granada, que desempeaba, desde haca veinte aos,
la difidil pero lucrativa tarea de rescatar a cautivos musulmanes en territorio cris-
tiano.
	Siempre ha habido en la regin de Al-Andahus personas encargadas de buscar a
los prisioneros y conseguir su redencin. Los haba no slo entre nosotros, sino tam-
56
57
bin entre los cristianos que haca mucho que haban adquirido ha costumbre de
nombrar a un alfaqueque mayor, a menudo un alto personaje del Estado, asistido
por otros muchos liberadores. Eran has familias de los cautivos las que denunciaban
las desapariciones: un soldado que haba cado en manos del enemigo, un habitante
de una ciudad sitiada, una campesina capturada durante una razzia. El fakkak, o
uno de sus representantes, iniciaba entonces sus investigaciones, yendo a territorio
enemigo, a veces incluso a comarcas lejanas, disfrazado de mercader o incluso pre-
valecindose de su antigua categora, para hallar a las personas desaparecidas y ne-
gociar la suma del rescate. Como muchas familias no podan pagar ha suma reclama-
da, se organizaban colectas y ninguna limosna era ms apreciada por los creyentes
que la que haba de servir para ha redencin de los fieles esclavizados. Muchas per-
sonas piadosas se arruinaban rescatando cautivos a los que, a menudo, ni siquiera
conocian, sin esperar ms retribucin que ha benevolencia del Altsimo. En cambio,
algunos liberadores no eran sino buitres que se aprovechaban del desconsuelo de las
familias para arrebatarles el poco dinero que posean.
	Hamed no era de esos; su modesta vivienda daba fe de ello.
	Me acogi con la fra cortesa de quienes reciben continuamente demandas, me
cont mi padre con reticencias que eh tiempo no haba borrado. Me invit a sentar-
me en un mullido almohadn y, tras preguntarme debidamente por la salud, me
rog que le expusiera lo que me llevaba a l. Cuando se lo dije, no pudo evitar soltar
una ruidosa carcajada que acab en prolongada tosedilla. Ofendido, me levant para
despedirme, pero Hamed me cogi de ha manga. "Por ha edad, podra ser tu padre,
me dijo; no debes guardarme rencor. No tomes mi risa como una ofensa sino como
un homenaje a tu increil,he audacia. As que ha persona que quieres recobrar no es
una musulmana sino una cristiana castellana a ha que has tenido la osada de seguir
temendo cautiva en tu casa dieciocho meses despus de ha cada de Granada, cuan-
do la primera decisin que tomaron los vencedores fue liberar con gran pompa a los
ltimos setecientos cautivos cristianos que quedaban en nuestra ciudad:' Por toda
respuesta, dije: "5i' Me observ, contempl durante un buen rato mis ropas y, juz-
gndome sin duda respetable, se dirigi a m despacio y con benevolencia: "Hijo
mo, entiendo perfectamente que he tengas apego a esa mujer y, si me dices que
siempre la has tratado con miramientos y que sientes gran cario por ha hija que te
ha dado, te creo de buen grado. Pero convncete de que se no era el trato que reci-
bian todos los esclavos, ni aqu ni en Castilla. Los ms se pasaban eh da acarreando
agua o fabricando sandalias y por la noche los encerraban como a animales, con ca-
denas en los pies y eh cuello, en srdidas bodegas subterrneas. Miles de hermanos
nuestros sufren an esa suerte y ya nadie se preocupa de liberarles. Piensa en ellos,
hijo mo, y aydame a rescatar a unos cuantos en vez de perseguir una quimera,
pues, puedes estar seguro de ello, nunca ms en la tierra andaluza podr un musul-
mn mandar a un cristiano, ni siquiera a una cristiana. Y site obstinas en querer re-
cobrar a esa mujer, tendrs que pasar por una iglesia:' Lanz una imprecacin, se
pas las manos abiertas por el rostro, antes de proseguir: "Refgiate en Al y pidele
que te conceda paciencia y resignacin:'
	Cuando estaba levantndome para irme, decepcionado y furioso, prosigui mi
padre, Hamed me dio, en tono confidencial, un ltimo consejo: "En esta ciudad hay
muchas viudas de guerra, muchas hurfanas indefensas, muchas mujeres desampa-
radas. Seguramente las hay tambin en tu familia. No ha prescrito eh Libro a los
hombres que puedan que les den su proteccin? En el momento de has grandes des-
gracias, como la que ahora se abate sobre nosotros, es cuando un musulmn genero-
so est obligado a tomar dos, tres o cuatro esposas, pues, al mismo tiempo que au-
menta sus placeres, realiza un acto loable y til a la comunidad. Maana es la fiesta;
piensa en todas aqullas que la celebrarn con lgrimas:' Dej al viejo fakkak sin sa-
ber si era el Cielo o el Infiemo quien me haba guiado hasta su puerta.
	An hoy sera incapaz de decirlo. Pues, al final, Hamed iba a actuar con tanta
habilidad, tanta abnegacin, tanto celo que la vida de todos los mos se vera trastor-
nada durante aos.
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El ao de la travesa
899 de la hgira
(12 de octubre de 1493-1 de octubre de 1494)







	-Una patria perdida es como los restos mortales de un allegado; enterradlos
con respeto y creed en la vida eterna.
	Las palabras de Astaghfirullah resonaban al ritmo del rosario de mbar que sus
delgados y piadosos dedos desgranaban infatigablemente. En tomo al predicador,
cuatro rostros barbudos y serios, entre los que se hallaba el de mi padre, Mohamed,
cuatro caras largas en las que se dibujaba una misma angustia que el jeque atizaba
sin miramientos.
	-Marchaos, emigrad, dejad que Dios gue vuestros pasos, pues si accedis a vi-
vir en la sumisin y ha humillacin, si accedis a vivir en un pas en eh que se hace
mofa de los preceptos de la Fe, en el que se insulta a diario al Libro y al Profeta
-oracin y salvacin para l!- daris del islam una mala imagen envilecedora de
la que el Altsimo os pedir cuentas el da del Juicio. Est escrito en eh Libro que ese
da eh ngel de la muerte os preguntar: No es bastante grande ha tierra de Dios?
No podais abandonar vuestro pas para buscar asilo en otro sitio? A partir de
ahora, tendris eh infierno por morada.
	En ese ao de pruebas y tribulaciones era cuando se acababa eh plazo de tres
aos concedido a los granadinos para optar por la sumisin o eh exilio. Segn el
acuerdo de capitulacin, tenamos hasta principios del ao cristiano de 1495 para
decidimos, pero como la travesa rumbo al Magreb de ultramar se revelaba azarosa
a partir del mes de octubre, vala ms marcharse en primavera o, a todo tardar, en
verano. Al que quera quedarse, le haban aplicado desde eh primer momento el ca-
lificativo ya en uso para designar al musulmn que viva en territorio cristiano: do-
mesticado, mudayyan, una palabra deformada por los castellanos en mudjar.
A pesar de esta apelacin infamante, muchos granadinos vacilaban.
	El concilibulo en eh patio de nuestra casa del Albaicn -Dios nos la devuel-
va!- se pareca a tantos otros que tenan lugar aquel ao en nuestra ciudad para de-
batir el destino de nuestra comunidad, a veces el de uno solo de sus miembros. As-
taghfirullah asista siempre que poda, profiriendo palabras encendidas con voz apa-
gada para dejar bien patente que estaba ya en pas enemigo. Si an no haba tomado
el camino del exilio, se apresuraba a puntualizar, era nicamente para apartar a los
dubitativos de la senda de ha perdicin.
	Los dubitativos no faltaban entre los presentes, empezando por mi padre que no
haba perdido ha esperanza de recuperar a Warda y a su hija, que se haba jurado a s


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mismo que no se marchara sin llevrselas consigo en las mismsimas narices de to-
dos los soldados de Castilla y Aragn. A fuerza de insistir, visita tras visita, haba
conseguido de Hamed eh liberador la promesa de hacerle llegar un mensaje a su
concubina. Tambin haba logrado, por medio de una fuerte suma, encargarle una
misin semejante a un mercader genovs, de nombre Bartolom, afincado desde ha-
ca mucho en Granada y que haba hecho fortuna en el rescate de cautivos. Por eso
no quera alejarse antes de recoger eh fruto de sus costosas diligencias. La desgracia
lo haba convertido en otro hombre. Tan insensible a ha reprobacin general como a
has lgrimas de Salma, hua de los infortunios que lo rodeaban refugindose en el
propio.
	Hamza eh barbero, nuestro vecino, tena otras razones para vacilar. Posea tierras
compradas palmo a palmo a lo largo de veinte aos de delicadas y lucrativas circun-
cisiones y se prometa no emigrar antes de revender a buen precio hasta la ltima
cepa; para ello, haba que esperar, pues, entre los que se iban, muchos, impacientes
por emprender eh viaje, vendan a precio de saldo sus tierras y los compradores eran
los amos.
	-Quiero que esos malditos rum paguen eh mximo -deca para justificarse.
	Astaghfiruhlah, ah que Hamza siempre haba admirado, quera evitar que l, cuya
cuchilla haba purificado a la mitad de los nios del Albaicin, se hallara en estado de
impureza.
	Otro de nuestros vecinos, Saad, viejo jardinero que padeca de ceguera desde
hacia poco, no se senta con valor para marcharse.
	-No se vuelve a plantar un rbol viejo fuera de su tierra -repeta.
	Hombre piadoso, humilde y temeroso de Dios en todo, haba venido a or de
boca del jeque lo que preconizaban para su caso los ulemas impregnados de ha Pala-
bra y de la justa Tradicin.
	Hamza y Saad llegaron a casa poco despus de la oracin de medioda, recor-
daba mi madre. Mohamed los invit a entrar mientras yo rae retiraba contigo a mis
habitaciones. Tenan has mejillas lvidas y sonrean forzadamente, lo mismo que tu
padre, que los acomod en unos viejos almohadones, en un rincn umbro del patio,
y no cruz con ellos ms que unos inaudibles balbuceos. Eh jeque lleg una hora
despus y hasta entonces no me llam Mohamed para que preparara un refresco.
	Astaghfiruhlah iba acompaado de Hamed, cuyos vnculos con eh dueo de la
casa conoca. Eh viejo liberador se haba encariado con la locura de mi padre y, si
lo vea a menudo desde haca un ao, no era tanto por hacerlo entrar en razn
como por tener cerca su audacia, su juventud y sus turbulentos amores. Aquel da,
sin embargo, haba algo solemne en la visita del fakkak. Haba vuelto a ser eh digna-
tario religioso que conoca la gente; pretenda poner mirada severa tras los prpados
surcados por mil arrugas, sus palabras eran fruto de su largo comercio con la adver-
sidad.
	-Toda mi vida he estado en contacto con cautivos que slo soaban con la li-
bertad y no puedo entender que un hombre libre y sano de mente elija voluntaria-
mente la cautividad.


61
L
1
	El viejo Saad fue el que contest eh primero:
	-Si nos marchamos todos, eh islam quedar extirpado para siempre de esta tie-
rra y cuando lleguen los turcos, por la gracia de Dios, para cruzar el acero con los
rum, ya no estaremos aqu para prestarles ayuda.
	La voz sentenciosa de Astaghfirullah impuso silencio al jardinero.
	-La religin prohbe eh consumo de animales muertos, de sangre, de carne de
cerdo, igual que prohbe el homicidio.
	Y aadi, apoyando con todas sus fuerzas ha mano en el hombro de Saad:
	-Todo musulmn que permanece en Granada aumenta eh nmero de morado-
res del pas de los infieles y contribuye as ah fortalecimiento de los enemigos de
Dios y de su Profeta.
	Al anciano le corri por ha mejilla una lgrima que se desliz tmidamente, entre
los pelos de ha barba:
	-Soy demasiado viejo y demasiado pobre, estoy demasiado enfermo para arras-
trarme por los caminos y navegar por los mares. No ha dicho el Profeta: haced lo
que os resulta fcil y no busquis intilmente ha dificultad?
	Hamed se apiad del jardinero y, arriesgndose a contradecir al jeque, cit con
voz modulada un versculo reconfortante del sura de has mujeres:
	-...exceptuando a los impotentes, hombres, mujeres y nios, que no disponen de
ningn medio y ante los cuales no se abre ningn camino, pues a sos es posible que
Dios les d ha absolucin. El es eh dueo de la absolucin, El es el dueo del perdn.
	Saad se apresur a aadir:
	-Al Todopoderoso ha dicho ha verdad.
	Astaghfirulhah no neg ha evidencia:
	-Dios es bueno y su paciencia no tiene lmites. No exige lo mismo a quienes
pueden y a quienes no pueden. Si deseas emigrar, para obedecerlo, pero no puedes,
El sabr leer en tu corazn y te juzgar por tus intenciones, no te condenar al in-
fiemo, pero bien podra estar tu infierno en esta tierra y en este pas. Tu infierno
ser ha humillacin cotidiana para ti y para las mujeres de tu familia.
	Pegando, de pronto, al suelo caliente las palmas de has manos, gir todo el cuer-
po hacia mi padre y, luego, hacia el barbero, mirndohos fijamente:
	-Y t, Mohamed? Y t, Hamza? Tambin sois pobres e invlidos? No sois
notables, personajes de primera fila de la comunidad? Tenis alguna excusa para
no obedecer los preceptos del islam? No esperis ningn perdn, ninguna indulgen-
cia, si segus el camino de Yahya eh renegado, pues eh Altsimo es exigente con aque-
llos a quienes ha colmado con sus beneficios.
	Ambos hombres juraron, no sin gran apuro, que no pensaban en absoluto eterm-
zarse en tierra de infieles y que slo queran poner un poco de orden en sus nego-
cios para marcharse en buenas condiciones.
	-Malhaya quien cambia eh paraso por bienes terrenales! -exclam Astaghfl-
rullah, mientras que eh liberador, no queriendo poner en eh disparadero a Mohamed,
pues saba que estaba nervioso y era capaz de cometer locuras, se diriga a los recal-
citrantes en tono paternal:


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	-Desde que ha cado en manos de los infieles, esta ciudad es para cada uno de
nosotros un lugar de infamia. Es una crcel, y la puerta se est cerrando poco a Po-
	co. Cmo no aprovechis esta ltima oportunidad para escapar?
	  Ni has imprecaciones del predicador ni las reprimendas del liberador decidieron
	a mi padre a abandonar su ciudad. Al da siguiente de la reunin, empez a ir de
	nuevo a casa de Hamed para pedirle nuevas de su amada. Salma sufra en silencio y
	esperaba el exilio.
	  Ya estbamos viviendo, deca, los primeros calores del verano pero en los jardi-
	nes de Granada los paseantes no abundaban y a las flores hes faltaba esplendor. Las
	ms hermosas casas de la ciudad se haban quedado vacas, has tiendas de los zocos
	no exhiban sus mercancas y ha algaraba de las calles haba enmudecido, incluso en
	los barrios pobres. En las plazas pblicas, los soldados castellanos slo hallaban ya
	mendigos pues a todos los musulmanes a los que hes preocupaba su honorabilidad y
	que no se haban marchado les avergonzaba exponerse a has miradas.
	  Y aada, con voz abrumada:
	  Cuando se desobedece al Altsimo, es mejor hacerlo a escondidas, pues pavo-
	nearse con eh propio pecado es pecar doblemente.
	  Se lo repeta continuamente a mi padre, sin conseguir conmoverlo.
	  -Los nicos ojos que se observan por las calles de Granada son los de los que
	no se han marchado. Qu reproches se atreveran a hacerme?
	  Adems, afirmaba, su mayor deseo era alejarse de esta ciudad en la que se haba
	hecho befa de su honor de hombre; pero no huira como un chacal. Se marchara
	con ha frente muy alta y mirada desdeosa.
	  Pronto lleg du-l-qada, eh penltimo mes del ao, y le toc a Hamza ponerse en
	camino: acuciado por su anciana madre, ha partera, que lo acosaba con sus lamenta-
	ciones, acusndolo de querer arrastrar a todos los suyos a la Gehena, se march sin
	vender las tierras, prometindose volver solo al cabo de unos meses en busca de
	comprador. Para Astaghfirullah tambin haba sonado la hora del exilio. No se llev
	ni oro ni vestiduras de gala, slo un Corn y provisiones para eh camino.
	  Luego, vino el mes de du-l-hiyya, eh cielo se tom ms nuboso y has noches
	ms frescas. Tu padre segua empecinado, pasndose los das yendo del liberador al
	genovs, volviendo por la tarde abatido o presa de gran excitacin, inquieto o cal-
	mado, pero siempre sin decir ni una palabra de la marcha. Luego, de repente, a me-
	nos de dos semanas del ao nuevo, se apoder de l una desconcertante agitacin
	febril, quera marcharse inmediatamente, tena que estar en Almera tres das des-
	pus. Por qu en Almera? No haba puertos ms prximos como Adra, donde se
	haba embarcado Boabdih, o La Rbida, o Salobrea, o Almucar? No, tena que
	ser Almera, y haba que llegar all antes de que pasaran tres das. La vspera de la
	marcha, Hamed vino a desearnos buen viaje y me di cuenta de que no era ajeno a ha
	exaltacin de Mohamed. Le pregunt si l tambin emigraba. "No, me contest con
	una sonnsa, yo no me marchar hasta despus de la liberacin del ltimo cautivo
	musulmn".
	  Salma insisti.
	63

L
	-Corres eh riesgo de quedarte an mucho tiempo en tierra infiel!
	El liberador puso una sonrisa enigmtica pero no carente de melancola:
	-A veces hay que desobedecer al Altsimo para obedecerlo mejor -mascull
como si hablara slo para si... o quiz directamente con su Creador.
	Nos marchamos al da siguiente, antes de la oracin del alba, mi padre a caballo,
mi madre y yo en una mula, nuestros equipajes amontonados en otras cinco acmi-
las. Camino de la puerta de Nayd, al sur de la ciudad, nos unimos a otras cuantas
decenas de viajeros con los que hicimos eh camino para garantizar mejor nuestra se-
guridad. Los bandidos abundaban en las cercanas de ha ciudad y en los puertos de
montaa, pues nadie ignoraba que se enviaban continuamente a la costa riquezas
considerables.
	En mis ojos de nio dej un recuerdo inolvidable la extrema confusin que rei-
naba en el puerto de Almera. A mucha gente se he haba ocurrido, como a noso-
tros, marcharse en el ltimo momento y se apretujaba para tomar por asalto la me-
nor barquichuela. Ac y acull, algunos soldados castellanos se dedicaban a calmar,
con amenazadores alaridos, a quienes se atropellaban; otros comprobaban, con mi-
rada vida, el contenido de un arca. Estaba convenido que los emigrantes se podan
llevar todos sus bienes, sin restriccin alguna, pero con frecuencia no estaba de ms
dejar una moneda de oro entre las manos de un oficial demasiado insistente. En ha
plaza, proliferaban los regateos, a los dueos de las embarcaciones les echaban sin
parar sermones acerca de la suerte que reserva Dios a quienes se aprovechan de las
desgracias de los musulmanes, pero sin resultados aparentes ya que las tarifas de la
travesa seguan subiendo de hora en hora. El afn de lucro adormece las concien-
cias y los momentos de enloquecida ansiedad se prestan poco al desprendimiento.
Resignados, los hombres aflojaban has bolsas haciendo seas a la familia de que se
diera prisa. Una vez a bordo, se esforzaban para evitarles a sus mujeres y a sus hijas
excesivas promiscuidades, tarea nada fcil cuando se amontonaban trescientas per-
sonas en una fusta que nunca ha llevado a ms de cien.
	Mi padre se neg, en cuanto llegamos, a mezcarse con la muchedumbre. Desde
lo alto de su montura, pase lentamente ha mirada por todo eh puerto, antes de din-
girse a una pequea cabaa de madera en cuyo umbral lo recibi solcitamente un
hombre bien vestido. Nosotros lo seguamos a distancia; nos hizo seas de que nos
acercramos. Minutos despus, estbamos cmodamente sentados encima de nues-
tros equipajes en una fusta vaca a ha que tuvimos acceso por una pasarela que reti-
raron al embarcarnos nosotros. Eh hombre, que no era otro que el hermano de Ha-
med, estaba al frente de la aduana de Almera, cargo del que los castellanos an no
lo haban privado. La embarcacin he perteneca y no haba de llenarse de pasajeros
hasta el da siguiente. Mi madre me dio, as como a mi padre, un trozo de jenjibre
para mascarlo y evitar el mareo; ella tambin cogi un buen trozo. Pronto cay la
tarde y todos nosotros cedimos al sueo, no sin haber comido unas albndigas que
haba mandado que nos llevaran nuestro anfitrin.
	Al alba, nos despertaron los gritos y el tumulto. Decenas de hombres vociferan-
tes, de mujeres con velos blancos o negros, de nios chillones o pasmados tomaban
por asalto nuestra fusta. Tenamos que aferramos a nuestros equipajes para que no
nos quitaran el sitio. O incluso nos arrojaran por la borda. Mi madre me estrech
con fuerza cuando la embarcacin empez a alejarse de la costa. A nuestro alrede-
dor, rezaban y se lamentaban mujeres y ancianos y los ruidos del mar apenas cu-
bran sus voces.
	Slo mi padre conserv la serenidad aquel da de exilio y en sus labios Salma pu-
do incluso leer, durante toda la travesa, una extraa sonrisa, pues haba sabido re-
servarse, en eh corazn mismo de la derrota, una minscula parcela de victoria.
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2.	El libro de Fez
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	Yo tena tu edad, hijo mo, y nunca ms he vuelto a ver Granada. Dios no ha
querido que mi destino se escriba entero en un solo libro sino que se desarrolle, ola
tras ola, al ritmo de los mares. En cada travesa, me ha aligerado de un porvenir
para prodigarme otro; en cada nueva orilla, ha unido a mi nombre eh de una partida
abandonada.
	De Almera a Melilla, en un da y una noche, mi existencia cambi de rumbo. La
mar era bonancible, sin embargo, y eh viento manso; pero en eh corazn de los mos
creca la tormenta.
	Hamed el liberador haba hecho bien has cosas, Dios lo perdone. Cuando la
costa de Andaluca no fue a nuestras espaldas sino una minscula raya de remordi-
miento, corri hacia nuestro rincn de la fusta una mujer, saltando despreocupada-
mente por encima de equipajes y viajeros. Su paso alegre desentonaba con su atuendo,
unos velos tan oscuros, tan tupidos que a todos nos hubiera costado trabajo recono-
cerla de no haber llevado a Mariam en brazos.
	Los nicos gritos de alegra fueron los mos y los de mi hermana. La emocin,
as como las cien miradas que los asediaban, haban dejado de piedra a Mohamed y
a Warda. En cuanto a Salma, me abraz algo ms fuerte. Por su respiracin conteni-
da, por algunos suspiros que se he escaparon, comprenda que sufra. Las lgrimas le
corran, sin duda, al abrigo del velo, y no sin razn, pues la pasin desenfrenada de
mi padre pronto iba a llevamos a todos al borde de la ruina.
	Mohamed el alamn, tan sereno y de repente tan indomable! A veces lo he per-
dido, en mi juventud, para volverlo a encontrar en ha edad madura, cuando ya no
estaba, y he tenido que esperar a las primeras cenas, los primeros arrepentimientos,
antes de convencerme de que todo hombre, incluso mi padre, tena derecho a errar
eh camino si crea perseguir la felicidad. A partir de entonces, empece a amar sus ex-
travios, como espero que ames t los mos, hijo. Te deseo, incluso, que te extraves a
veces t tambin. Y te deseo que ames, como l, hasta la tirana y permanezcas mu-
cho tiempo disponible para las nobles tentaciones de la vida.







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El ao de las hospederas
900 de la hgira
(2 de octubre de 1494-20 de septiembre de 1495>







	Antes de llegar a Fez, jams haba puesto los pies en una ciudad, jams haba
observado ese hormiguero ajetreado de las callejuelas, jams haba sentido en el ros-
tro ese poderoso soplo, como el viento en alta mar, pero cargado de gritos y de olo-
res. Es cierto que nac en Granada, majestuosa capital del reino de Andaluca, pero
ya estaba muy avanzado el siglo y slo la he conocido agonizante, vaca de sus hom-
bres y de su alma, humillada, extinguida y, cuando sal de nuestro arrabal del Al-
baicn, ste ya no era para los mos ms que un vasto campamento de barracas, hos-
til y desmantelado.
	Fez era otra cosa y tuve toda mi juventud para enterarme. De nuestro primer en-
cuentro, aquel ao, no me quedan ms que recuerdos borrosos. Me haba acercado
a la ciudad montado en una mua, lastimoso conquistador medio dormido, sujeto
con mano firme por mi padre, pues todos los caminos estaban en cuesta, tan pina a
veces que la montura no avanzaba sino con paso vacilante y poco seguro. A cada sa-
cudida, me pona derecho antes de volverme a amodorrar. De pronto, son ha voz
paterna:
	-Hasan, despirtate si quieres ver tu ciudad!
	Emergiendo del sopor, me di cuenta de que nuestro pequeo convoy estaba ya
al pie de unas murallas de color arena, altas y macizas, erizadas de innumerables
merlones puntiagudos y amenazadores. Deslizando una moneda en la mano de un
portazguero, pudimos cruzar una puerta. Estbamos dentro de los muros.
	-Mira -insista Mohamed.
	Alrededor de Fez se alineaban, hasta donde se perdan de vista, colinas en que
se incrustaban incontables casas de ladrillo y piedra, adornadas, en muchos casos,
como en Granada, con azulejos.
	-All, en aquella llanura que cruza el uadi, est el corazn de la ciudad. A ha la-
quierda, la orilla de los andaluces, fundada hace siglos por emigrados de Crdoba; a
la derecha, la orilla de los de Kairun, en cuyo centro estn la mezquita y ha escuela
de los kairuanes, ese gran edificio de tejas verdes donde, si Dios quiere, recibirs 138
ensenanzas de los ulemas.
	Escuch distrado esas doctas explicaciones pues lo que ms me entr entonces
por los ojos fue el espectculo de los tejados: aquella tarde de otoo, gruesos nuba-
rrones suavizaban ha luz del sol y, por doquier, sentados como en azoteas, haba mi-
hes de ciudadanos, platicando, gritando, bebiendo, riendo, fundindose todas sus
en una inmesa algarabia. A su alrededor, tendida o puesta a secar en el suelo,
de ricos y pobres se estremeca con cada sopo de la brisa, como el velamen
o navo.
un rumor embriagador, un bajel boga de tempestad en tempestad y, a veces,
fraga, no es eso acaso una ciudad? En mi adolescencia, pas a menudo das en-
~s ante un paisaje, soando sin freno. El da que llegu a Fez no fue sino un arre-
pasajero. El trayecto desde Melilla me haba agotado y estaba ansioso por ile-
a casa de Jali. En verdad, no haba guardado ningn recuerdo de mi to, que
icruigrado a Berbera cuando yo contaba un ao, ni de mi abuela que se haba
rchado con l que era el mayor de sus hijos. Pero estaba seguro de que su clido
~bimiento nos hara olvidar los horrores del viaje.
Fue clido, desde luego, para Salma y para m. Mientras ella desapareca con to-
 sus pertrechos bajo los velos desplegados de su madre, yo me encontr en bra-
 de Jahi que me contempl un buen rato sin decir palabra antes de darme en ha
>ite el ms afectuoso de los besos.
-Te quiere como todo hombre quiere al hijo de su hermana -me deca mi ma-
a-, adems, como l slo tiene hijas, te considera como su propio hijo.
Haba de probrmelo en repetidas ocasiones. Pero aquel da su solicitud me re-
ilt nefasta.
Tras haberme dejado en el suelo, Jali se volvi hacia Mohamed.
-Uevaba mucho tiempo esperndote -he dijo en un tono en que apuntaba el
n~roche, ya que nadie ignoraba el embarazoso idilio que haba retrasado la emigra-
 del alanun.
Ambos hombres se abrazaron, a pesar de todo. Luego mi to se volvi por pri-
~ra vez a Warda que se haba quedado aparte. Estuvo a punto de posar los ojos en
	pero se le escabulleron con presteza hacia la lontananza. Haba optado por no
da. No era bien recibida en su casa. Ni siquiera Mariam, adorable chiquilla regor-
ta y sonriente, recibi la menor caricia.
<Tema ese recibimiento ypor eso me alegr cuando Warda apareci en eh barco, me
~plic ms adelante mi madre. Siempre haba soportado en silencio los descarros de
~hamed. Su comportamiento me haba humillado a ojos de todo eh vecindario y toda
unada haba acabado por guasearse de sus calaveradas. A pesar de ello, no dejaba de
cirme a m misma: "Salma, eres su mujer y le debes obediencia; un da, harto de li-
ir, volver a ti!" Mientras tanto estaba resignada a inclinar pacientemente ha cabeza.
hermano, tan orgulloso, tan altivo, no poda hacer lo mismo. Hubiera olvidado eh
Isado, sin duda, si hubiramos llegado los tres solos. Pero recibir bajo su techo a la ru-
iiyya de la que todo el mundo deca que haba embrujado a su cuado lo hubiera con-
~rtido en el hazmerrer de los emigrados granadinos, que no son menos de seis mil en
~Z, todos los cuales lo conocen y lo respetan.>
Excepto yo, colmado de atenciones y soando ya con deleitosos mimos, todos
 mos respiraban con dificultad.
<Era como si estuviramos asistiendo a una ceremoma que un genio malvado
'hiera transformado de boda en funeral, me dijo Mohamed. Siempre he considera-


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do a tu to como un hermano y senta deseos de gritarle que Warda se haba fugado
de su aldea para reunirse conmigo jugndose ha vida, que haba abandonado el pas
de los rum para unirse a nosotros, que ya no tenamos derecho a considerarla como
una cautva, que ni siquiera tenamos derecho a llamarla rumiyya. Pero de mi gar-
ganta no sala ningn sonido. No me quedaba ms que dar media vuelta y salir, en
un silencio sepulcral.
	Salina lo sigui, pisndole los talones, sin vacilar ni un instante, aunque estaba a
punto de desmayarse. De todos, era la ms afectada, ms an que Warda. Cierto es
que la concubina se haba visto humillada. Pero por lo menos, tena el consuelo de
saber que a partir de ese momento Mohamed no poda abandonarla jams sin per-
der su prestigio, y, mientras temblaba en un rincn, la reconfortaba el sentimiento
de haber sido vctima de una injusticia. Un sentimiento que hiere pero que pone bl-
samo en ha herida; un sentimiento que mata a veces pero que, con mayor frecuencia,
proporciona a has mujeres poderosas razones para vivir y luchar. Salma no tena
nada de todo esto.
	Me senta destrozada por la adversidad, para m era eh da del Juicio, estaba
perdiendo a tu padre, despus de haber perdido mi ciudad natal y ha casa en que ha-
ba parido.

	As que volvimos a montar en las mulas sin saber qu direccin tomar. Moha-
med refunfuaba mientras daba puetazos a su acmila en la cruz:
	-Por ha tierra que cubre a mi padre y a mis abuelos, si me hubieran dicho que
iban a recibirme as en este reino de Fez nunca hubiera abandonado Granada!
	Sus palabras restallaban en nuestros atemorizados odos:
	-Marcharse, abandonar casa y tierras, cruzar montes y mares para no encon-
trar ms que puertas cerradas, bandidos en los caminos y miedo a las epidemias!
	Era cierto que, desde que habamos llegado a la tierra de Africa, desgracias y
contrariedades no haban dejado de cebarse en nosotros. Y ello desde el instante en
que nuestra fusta atrac en el puerto de Melilla. Pensbamos encontrarnos all con
un remanso del islam en que has palmas de todas las manos posaran sobre nosotros,
tranquilizadoras, para espumar el cansancio de los viejos y las lgrimas de los dbi-
les. Pero en eh muelle slo nos haban recibido entrecortadas preguntas: <Es cierto
que los castellanos estn a punto de llegar? Habis visto sus galeras? Los que as
nos interrogaban, no pensaban en absoluto en preparar la defensa del puerto, sino
en unirse cuanto antes a ha desbandada. Al ver que nos tocaba a nosotros, refugia-
dos, dispensar las palabras del apaciguamiento, nos corra ms que prisa poner una
montaa o un desierto entre nosotros y aquella orilla que se entregaba, abierta, a los
invasores.
	Se present a nosotros un hombre. Era mozo de mulas, deca, y deba partir sin
tardanza hacia Fez. Si queramos, nos alquilara sus servicios por una mdica canti-
dad, unas cuantas decenas de dirhems de plata. Deseoso de abandonar Melilla antes
de la noche y atrado sin duda por ha tarifa, Mohamed accedi sin regatear. Pidi,
no obstante, al mozo que fuera por el camino de ha costa hasta Bedis antes de bajar
72
en derechura al Sur, hacia Fez; pero el hombre tena una idea mejor, un atajo que
nos hara ganar, juraba, dos das enteros. Lo segua todos los meses, conoca sus me-
nores asperezas como eh lomo de su mula. Tan buenos argumentos present que,
media hora despus de desembarcar, ya estbamos en camino, mi padre y yo en una
acmila, mi madre en otra con eh grueso del equipaje y Warda y Mariam en la terce-
ra; eh mozo de mulas caminaba a nuestro lado con su hijo, un detestable granuja de
unos doce aos, descalzo, con los dedos mugrientos y bizco.
	No habamos caminado tres millas cuando dos jinetes con velos azules se presen-
taron ante nosotros con puales curvos en las manos. Como si slo estuvieran espe-
rando una seal, el mozo de mulas y su hijo echaron a correr cuesta abajo sin hacer
ms averiguaciones. Los bandidos se acercaron. Al percatarse de que tenan que
vrselas con un solo hombre obligado a proteger a dos mujeres y a dos nios y al
sentirse, as, confiados del todo, se pusieron a palpar con mano experta eh carga-
mento de las mulas. Su primer trofeo fue una arqueta de ncar donde Salma haba
metido, imprudentemente, todas sus alhajas. Luego, se pusieron a sacar, uno tras
otro, esplndidos vestidos de seda as como una sbana bordada que haba formado
parte del ajuar de mi madre.
	Acercndose a continuacin a Warda, uno de los bandidos le orden:
	-Salta!
	Al parecer sta desconcertada, vino hacia Mohamed y he puso en el cuello ha
punta de un pual. Aterrada, la concubina se sacudi y gesticul como un pelele de-
sarticulado, pero no despeg los pies del suelo. Sin percatarme de lo trgico de ha si-
tuacin solt una franca carcajada que mi padre cort frunciendo eh ceo. El malhe-
chor voceaba:
	-Salta ms alto!
	Warda salt lo mejor que pudo y se oy un tintineo de monedas.
	-Dame eso!
	Metindose la mano bajo el vestido, sac una modesta bolsa que arroj rodando
al suelo con ademn desdeoso. Eh bandido la recogi sin darse por ofendido y se
volvi hacia mi madre.
	-Ahora t.
	En ese instante, son a lo lejos ha llamada del almuecn de una aldea. Mi padre
levant la mirada hacia el sol, inmvil en lo alto del cielo y, con mano gil, cogi del
costado de su montura su alfombrilla de creyente que extendi en la arena; luego,
postrndose de hinojos, mirando hacia La Meca, se puso a recitar en voz alta la ora-
cin del medioda. Todo ello visto y no visto y con tal naturalidad que los bandidos
no saban muy bien cmo reaccionar. Mientras se consultaban con ha mirada, surgi
del camino, como por milagro, una densa polvareda delante de nosotros, a menos
de una milla. A los malhechores no les dio tiempo ms que a subirse a los caballos
para poner pies en polvorosa en sentido contrario. Estbamos salvados, ma madre
no haba tenido que cumplir la orden.
	<Si lo llego a hacer, no se habra odo un tintineo sino una autntica traen, pues
tu padre me haba hecho cargar con cientos de dinares, bien apretados en diez grue-
L
73
sas bolsas, y yo me las haba atado alrededor de las costillas, convencida de que ja-
ms hombre alguno se atrevera a registrarme tan a fondo.
	Cuando los providenciales transentes llegaron a nuestra altura, vimos que se
trataba de un destacamento de soldados. Mohamed se apresur a contarles con to-
do detalle la maquinacin de que habamos sido vctimas. Precisamente, replic su
comandante con una sonrisa en los labios, l y sus hombres tenan como misin pa-
trullar por ese camino, infestado de salteadores desde que los andaluces llegaban
por barcos enteros a Melilla. En general, aadi con el tono ms anodino, a los via-
jeros les cortan eh cuello y el mozo viene a recuperar sus animales y la parte del bo-
tn que he dejan. Segn el oficial, muchos granadinos que haban ido a Fez o a Tre-
mecn haban vivido similares desventuras. En cambio, a los emigrantes que haban
optado por Tnez, Tetun, Sal o ha Mitiya de Argel no los haban importunado.
	-Volved al puerto y esperad -nos aconsej-, en cuanto se forme una caravana
de mercaderes, marchad con ella. Ir necesariamente acompaada de guardias y es-
taris a salvo.
	Cuando mi madre pregunt si tena alguna probabilidad de recuperar su valiosa
arqueta, contest, como hombre prudente, con un versculo del Corn:
	-Puede ocurrir que una cosa os parezca detestable y os resulte beneficiosa; pue-
de ocurrir que os alegris de una cosa y os cause la desgracia; pues Dios sabe y vo-
sotros no sabis.
	Antes de comentar:
	-Estas mulas que se han visto obligados a dejaros los salteadores sern ms ti-
les que has alhajas; cargarn con vosotros y con vuestro equipaje y no atraern a los
ladrones.
	Seguimos al pie de la letra los consejos de aquel hombre y as fue como, al cabo
de diez das, llegamos a nuestro destino, extenuados pero a salvo. Para comprobar
que los nuestros nos negaban la hospitalidad.

	Ahora tenamos que encontrar un techo que nos cobijara, lo que no resultaba f-
cil desde que los emigrados andaluces, que haban llegado a Fez en oleadas sucesi-
vas, se haban apropiado de todas las casas disponibles. Cuando haba desembarca-
do Boabdil, tres aos antes, lo acompaaban, segn dicen, setencientas personas,
que ahora tenan su propio barrio donde la vida segua rigindose por los usos de la
Alhambra, slo que sin eh orgullo. Lo habitual era que los recin llegados se hospe-
daran, durante un tiempo, en casa de sus parientes ms allegados, que es lo que no-
sotros habramos hecho de no haber estado Warda. Tal como se presentaban las co-
sas, no poda ya ni pensarse en pasar una sola noche en casa de Jali, donde mi padre
pensaba, con toda la razn, que lo haban escarnecido.
	Quedaban has hospederas, las fonduks. No hay menos de doscientas en Fez, la
mayora muy limpias, cada una dotada de una fuente as como de letrinas recorridas
por abundantsima agua corriente que arrastra constantemente has inmundicias ha-
cia eh ro, divido en mil canales afluentes. Algunas tienen ms de ciento veinte habi-
taciones espaciosas que dan todas ellas a pasillos. Las habitaciones se alquilan com-
pletamente vacas, sin ni siquiera una cama, y el hospedero no provee a los clientes
ms que de una manta y una esterilla para dormir, dejndoles el cuidado de com-
prar sus propios alimentos y mandarlos guisar. Muchos se amoldan, sin embargo,
pues las hospederas no son slo lugares de paso para viajeros, sino tambin vivien-
das para algunos viudos de Fez que no tienen ni familia ni suficiente dinero para
costearse casa y servidumbre, que se alojan a veces de dos en dos en la misma habi-
tacin para repartirse el alquiler y las tareas cotidianas, para hacerse compaa en su
desamparo. Nosotros habamos de instalarnos del mismo modo por unos das, los
necesaros para encontrar una vivienda ms decente.
	No era, sin embargo, la vecindad de estos desdichados la que preocupaba a mi
padre sino ha de una muy diferente ralea. Como haba visitado Fez en su primera ju-
ventud, recordaba an ha fama de ciertas hospederas, tan detestable que ningn
ciudadano honrado hubiera querido traspasar sus umbrales sin dirigir la palabra a
uno de sus hospederos, porque en ellas vivan los llamados al-hiwa. Como he dicho
en mi Descripcin de Africa, cuyo manuscrito se ha quedado en Roma, son unos
hombres siempre vestidos de mujeres, que usan afeites y adornos, que se rapan la
barba, no hablan sino con voz de falsete y, durante el da, se dedican a hilar lana. La
gente de Fez no los ve ms que cuando hay funerales, pues es costumbre contratar-
los junto con las plaideras para que el desconsuelo sea mayor. Hay que saber que
cada uno de estos seres tiene un concubino y se conduce con l exactamente igual
que una mujer con su marido. Que el Altsimo nos gue lejos de los caminos equi-
vocados!
	Mucho ms peligrosos son los forajidos que infestan esas mismas hospederas.
Asesinos, bandidos, contrabandistas, chulos, agentes de todos los vicios se sienten
en ellas seguros como en un territorio exterior al reino, organizando a su gusto el
trfico del vino, los fumaderos de kif y la prostitucin, conchabndose para perpe-
trar sus fechoras. Me he preguntado durante mucho tiempo por qu la polica de
Fez, tan diligente a la hora de sancionar la avaricia de un comerciante y el hambre
de un ladrn de pan, no interviene nunca en tales lugares para hacerse cargo de esos
truhanes y acabar con unos hechos que desagradan a Dios tanto como a los hom-
bres. No he necesitado muchos aos para dar con la respuesta: cada vez que eh ejr-
cito del sultn sala de campaa, esos hosteleros eran los encargados de procurarle
gratis el personal necesario para la cocina de los soldados. A cambio de esta partici-
pacin en el esfuerzo militar, el soberano hes dejaba hacer lo que les vena en gana.
Es cierto que, en toda guerra, orden y desorden son cmplices.
	Para estar seguros de no caer en uno de esos lugares de mala fama, tenamos que
buscar una hospedera en las proximidades de la mezquita de los kairuanes. All es
donde se instalan los ricos mercaderes de paso. Aunque el precio de las habitaciones
es ms elevado que en otros sitios, estos establecimientos estn siempre llenos; los
clientes los invaden por caravanas enteras. La tarde de nuestra llegada tuvimos,
pues, mucha suerte al encontrar alojamiento en un establecimiento regentado por
un inmigrado granadino. Mand a uno de sus esclavos a comprarnos, en el mercado
del Humo, pescaditos fritos, buuelos de carne, aceitunas y unos cuantos racimos de


	74	75
<1
uvas. Tambin nos dej en eh umbral de ha puerta una alcarraza de agua fresca para
ha noche.
	En vez de unos das, estuvimos cerca de seis semanas en esta posada, hasta que
el propio hospedero nos encontr, no lejos del mercado de las flores, al fondo de
una callejn, una casa pequea, la mitad de ha que tenamos en Granada, cuya puer-
ta de entrada era baja y algo srdida, tanto que no se poda acceder a ella sin chapo-
tear en un enorme charco de barro. Cuando nos la propuso, nos explic que viva en
ella un mercader andaluz que haba decidido ir a afincarse a Constantinopla la
Grande para desarrollar all su actividad. Pero la realidad era muy otra, como iban a
apresurarse a explicarnos nuestros vecinos: nuestro predecesor, constantemente en
cama, incapacitado para ejercer su comercio, sin haber tenido a lo largo de tres aos
que haba pasado en Fez ni un solo da de felicidad, se haba vuelto, sencillamente, a
Granada. Dos de sus hijos haban sucumbido a la peste y su hijo el mayor haba
contrado, segn decan, una enfermedad vergonzosa, la que llaman las bubas.
Cuando llegamos nosotros, todo Fez estaba obsesionado con ese mal; se extenda
tan aprisa que pareca que ningn hombre haba de librarse de l. En los primeros
tiempos, se aislaba a las personas afectadas en habitaciones aparte, como a los le-
prosos, pero eh nmero creci tan aprisa que hubo que devolverlos al seno de sus fa-
milias. La ciudad entera se estaba convirtiendo en un inmenso barro infestado, nin-
guna medicina resultaba eficaz.
	El rumor que rodeaba al mal era casi tan asesino como ste. La gente de ha ciu-
dad susurraba que nunca se haba manifestado entre ellos hasta ha llegada de los an-
daluces. Estos se defendan proclamando que las bubas las haban extendido sin
duda los judos y sus mujeres; quienes, a su vez, acusaban a los castellanos, a los
portugueses e incluso, en ocasiones, a los marinos genoveses o venecianos. En Italia,
esa misma plaga se llama eh mal francs.
1
	Aquel ao, creo que fue por la primavera, mi padre se puso a hablarme de Gra-
nada. Lo hara con frecuencia, en lo sucesivo, retenindome durante horas a su
lado, siempre sin mirarme, sin saber si lo escuchaba, si entenda, si conoca los per-
sonajes y los lugares. Se sentaba, cruzando has piernas, se le iluminaba eh rostro, mo-
dulaba ha voz, se le esfumaban cansancio y enfado. Durante minutos u horas, se
converta en narrador. Dejaba de estar en Fez, dejaba sobre todo de estar entre
aquellas paredes pestilentes que olian a rancio. Viajaba por su memoria y no regre-
saba sino a disgusto.
	Salma lo miraba con compasin, con inquietud, con pnico a veces. En su acti-
tud no descubra ni la nostalgia del terruo ni eh reflejo de has dificultades de su vida
de emigrado. Para ella, mi padre haba dejado de ser eh mismo el da que Warda se
haba marchado y el regreso de la concubina no haba solucionado nada. Esos ojos
ausentes, esa voz cohibida, esa atraccin por el pas de los rum, esas obsesiones que
lo hacan actuar contra toda prudencia daban a entender que Mohamed estaba bajo
los efectos de un hechizo. Quera librarlo de l a toda costa, aunque tuviera que
consultar uno a uno a todos los adivinos de Fez.
El ao de los adivinos
901 de la hgira
(21 de septiembre de 1495-8 de septiembre de 1496)






	Las mujeres honradas de Fez, cuando tienen que cruzar el mercado de las flores,
aprietan el paso, se arrebujan un poco ms en sus velos y lanzan a derecha e izquier-
da miradas de animal acorralado; porque, si la compaa del arrayn o del narciso
no tienen en si nada de reprensible, nadie ignora la curiosa costumbre de los feses
de rodearse de flores, en macetas o cortadas, cada vez que se entregan a los placeres
prohibidos del alcohol. Para algunos devotos, comprar un ramo perfumado llegaba
a ser algo casi tan culpable como procurarse una jarra de vino y los floristas no va-
lan, a sus ojos, ms que los taberneros, tanto ms cuanto que unos y otros eran a
menudo andaluces, prsperos y libertinos.
	La propia Salma no dejaba nunca de modificar sus andares en cuanto pasaba por
ha plaza cuadrada donde se halla eh mercado de las flores, menos por beatera que
por un legtimo deseo de respetabilidad. Yo haba acabado por notar su comporta-
miento y por divertirme con l como con un nuevo juego cuando, correteando a su
hado, finga echar una carrera con ella.
	Un da de aquel ao, mientras cruzbamos ha plaza, mi madre apret an ms eh
paso. Riendo a carcajadas, ech a correr. Pero en lugar de sujetarme, cosa que sola
hacer, ech a correr tambin ella, cada vez ms aprisa. Como yo no poda seguirla,
se volvi rpidamente, me cogi en brazos y volvi a emprender ha carrera con ma-
yor celeridad, voceando, demasiado cerca de mi odo, una palabra que yo no enten-
da. Slo cuando se detuvo en ha otra punta de la plaza entend por fin la razn de
su prisa y eh nombre que gritaba: Sara!
	Sara ha Vistosa. Segua oyendo hablar a menudo de ha juda pero su cara ya no
me deca nada.
	-El mismo Dios es quien te enva a esta comarca -jade mi madre al llegar
junto a ella.
	Sara hizo una mueca que denotaba diversin:
	-Eso es lo que no para de repetir nuestro rabino. Yo no estoy tan segura.
	Todo en ella me pareca curioso, sus ropas de todos los colores, su risa saltarina,
sus dientes de oro, sus voluminosos pendientes, sin olvidar el asfixiante perfume que
me dio en la cara cuando me abraz. Mientras ha miraba fijamente, sin verguenza, se
puso a contar con mil gestos y mil voces cuanto le haba pasado desde que se haba
marchado, poco antes que nosotros, del arrabal del Albaicin.
	-Cada da doy gracias al Creador por haberme guiado hacia eh exilio, pues los
	76	77

t
1
que eligieron eh bautismo ahora son vctimas de las peores persecuciones. Siete pri-
mos mos estn en ha crcel, a una sobrina la han quemado viva junto con su marido,
acusados de haber seguido siendo judos en secreto.
	Me dej en eh suelo antes de proseguir, en voz ms baja:
	-Todos los conversos son sospechosos de practicar los ritos judos; ningn es-
paol puede escaparse de la Inquisicin hasta que no ha probado que tiene pureza
de sangre, es decir, que no se encuentra en su ascendencia, por mucho que se re-
monte, ningn judo ni ningn moro. Y, sin embargo, el propio rey Femando tiene
sangre juda igual que Torquemada, eh inquisidor. Que las llamas del infierno los
persigan hasta el fin de los tiempos!
	Sara, pues, no lamentaba en absoluto haber huido con los suyos a Portugal, aun
cuando en seguida se haba dado cuenta de que slo los judos ricos podan elegir
domicilio all y eso a condicin de derramar oro sobre el rey y sus consejeros. En
cuanto a los judos modestos, pronto iban a tener que elegir, como en Castilla, entre
convertirse o irse.
	-As que me apresur a hacerme a ha mar rumbo a Tetun, donde pas unos
meses; luego, vine a Fez con mi hija mayor y mi yerno que espera establecerse aqu
con un to joyero. Mi hija la segunda y su marido han ido, como la mayora de los
nuestros, al pas del Gran Turco, nuestro protector. Que eh Altsimo le prolongue ha
vida y le d la victoria sobre nuestros enemigos!
	-Eso es lo que esperamos todos -asinti mi madre-. Si Dios tiene la bondad
de devolvernos algn da nuestro pas, el turco ser su brazo.
	La revancha sobre los castellanos era, ciertamente, uno de los deseos ms fer-
vientes de Salma. Pero lo que acaparaba, por el momento, su mente no era tanto eh
destino de Granada como el de su propio hogar. Si se alegraba tanto de volver a ver
a Sara era porque recordaba con qu xito la haba ayudado a recuperar a Moha-
med cuando haba estado a punto de perderlo antes de nacer yo. Esta vez no basta-
ra un elixir; Salma quera a toda costa consultar a los adivinos y como su madre,
gravemente enferma, no poda acompaarla, contaba con ha presencia tranquiliza-
dora de ha Vistosa.
	-Cmo est tu primo? -pregunt sta.
	-Como Dios he consiente estar!
	A ha juda, evidentemente, no se he escap la ambiguedad de la frmula. Le puso
a m madre la mano en el hombro. Ambas me miraron al mismo tiempo con el rabi-
llo del ojo, se acercaron un paso y entablaron, en voz baja, una conversacin de ha
que slo me llegaban retazos. En boca de Salma se repitieron varias veces las pala-
bras rumiyya y brujera, quiz tambin droga>; la juda se mostr atenta y tran-
quilizadora.
	Ambas mujeres se dieron cita en el mismo sitio dos das despus para empezar el
recorrido de los adivinos. Y me enter ese da, pues mi madre haba decidido que la
acompaara. Tal vez no quera dejarme en manos de Warda. Tal vez le pareca ms
respetable, tanto a ojos de mi padre como de los vecinos, desplazarse con un nio,
muestra viva de ha honradez de sus idas y venidas. Para m, a mis siete aos, fue, en


78
cualquier caso, una experiencia tan maravillosa como inesperada. y ungustiosa a n
tos, he de reconocerlo.
	Nuestra primera visita fue a una vidente llamada Um-Bassar. Decan que eh su
tn de Fez la consultaba cada novilunio y que haba hechizado a un emir que]
amenazaba, producindole una ceguera. A pesar de su fama, viva en una casa ta
modesta como la nuestra, situada en el zoco de los perfumeros, al fo~ldo de una ax
gosta galera de soportales. Nos bast con apartar una cortina para entrar. UE
criada negra nos mand sentarnos en un cuartito, antes de llevarnos a una sala u
poco mayor, al final de un oscuro pasillo. Um-Bassar estaba sentada en un mniens
almohadn verde, con eh cabello cubierto por un pauelo del misnio color orlad
con hilos dorados; a su espalda haba una colgadura que representaba los veintioch
tabernculos de la luna y delante tena una mesa baja con una vasija de barro vidri~
do.
	Mi madre se sent enfrente de la adivina y he expuso a media voz lo que la tra
Sara y yo nos habamos quedado atrs, de pie. Um-Bassar verti agua en el rec
piente y aadi una gota de aceite, sobre ha que sopl tres veces. ReCit unas cuai
tas frmulas incomprensibles y luego hundi la mirada en ha vasija de barro, dicie
do con voz cavernosa:
-Los genios estn aqu, unos llegan por tierra, otros por mar.
De pronto, se volvi hacia m y me hizo seas:
-Acrcate ms!
Desconfiado, no me movi.
-Acrcate, no tengas miedo!
Mi madre me tranquiliz con la mirada. Me aproxim, con paso 1nedroso.
-Mira para abajo!
	El espectculo era, lo confieso, bastante asombroso. Los reflejos danzarines c
las gotitas de agua, en la cara brillante del nfora, producan una ilusin de mov
miento continuo. Mirando fijamente durante unos segundos y dejando correr
imaginacin podan observarse toda clase de seres y objetos.
	-Has visto cmo se mueven los genios?
	-Si -contest, como es natural.
	Hubiera contestado que si a cualquier pregunta, pero mi madre era toda odo
Por ha meta que se haba fijado, por el precio que pagaba, no quera llevarse u
chasco. Um-Bassar me mand que volviera a mi sitio. La adivina permaneci ei
tonces inmvil unos momentos.
	-Hay que esperar a que se calmen los genios, estn demasiado agitados, explic
en tono confidencial.
	Hubo un silencio prolongado; luego se puso a conversar con sus genios. Les si
surraba preguntas, despus se asomaba al recipiente para observar los gestos q
hacan con has manos o la mirada.
	-Tu primo volver a ti despus de tres signos -decret sin conci~etar si se trat
ba de tres das, tres semanas, tres meses o tres aos.
	Mi madre desembols una moneda de oro y se fue, perpleja y pe~1sativa. Durai
L
te eh camino de regreso me pidi que no le dijera nada a nadie de aquella visita, ni
siquiera a mi padre, so pena de que los genios se me subieran encima mientras
dorma.
	Una semana despus, nos reunimos de nuevo con la Vistosa en la plaza cuadra-
da, tan prxima a nuestra casa. Esta vez la visita fue a una morada suntuosa no lejos
del palacio del sultn. El saln en el que nos recibieron era amplio y alto y el techo
estaba pintado de azul y oro. Haba all varias mujeres, todas gruesas y sin velos, que
no parecieron ni mucho menos encantadas de yerme. Hablaron unos momentos de
m y luego una de ellas se levant torpemente, me tom de la mano y me instal en
un rincn apartado de ha habitacin prometiendo traerme unos jueguetes. Los ju-
guetes no llegaron pero no tuve tiempo de aburrirme pues, al cabo de unos minutos,
Salma y Sara vinieron a recogerme.
	Debo decir sin demora que necesit muchos aos para enterarme de la verdad
de lo ocurrido aquel da. Slo recuerdo que, segn se alejaban, mi madre y la Visto-
sa no dejaban de refunfuar pero que, entre enfado y enfado, cruzaban bromas y se
echaban a reir ruidosamente. Recuerdo tambin haber odo hablar, en el saln, de
al-Amira, la Princesa.
	Se trataba de un personaje singular. Viuda de un primo del sultn, versada en to-
das has ciencias ocultas, haba fundado una extraa cofrada, formada nicamente por
mujeres, algunas elegidas por sus dotes de videncia, otras, simplemente, por su belle-
za. La gente con larga experiencia de la vida llama a estas mujeres sahacat, pues sue-
len hacer uso unas de otras, lo que no puedo expresar con un trmino ms decente.
Cuando va a verlas una mujer, ha hacen creer que las unen lazos de amistad con cier-
tos demonios que dividen en varias clases: demonios rojos, demonios blancos, demo-
nios negros. Ellas mismas cambian de voz para hacer creer que son esos demonios
quienes hablan por sus bocas, como lo he expuesto en mi Descripcin de Africa. Esos
demonios ordenan con frecuencia a has visitantes, cuando tienen buen tipo, que se
desnuden del todo y cambien con ellos, es decir, de hecho, con la Princesa y sus acli-
tas, besos amorosos. Si ha mujer accede, por estupidez o por gusto, a prestarse a ese
juego, ha invitan a formar parte de la cofrada y se organiza un suntuoso banquete en
su honor en eh que todas has mujeres bailan juntas al son de una orquesta de negros.
	A los diecisis o diecisiete aos fue cuando me enter de la historia de la Prince-
sa de los demonios. Slo entonces adivin qu haba hecho huir tan precipitadamen-
te a mi madre y a Sara.
	A pesar de ese contratiempo, Salma no quera por nada del mundo interrumpir
su bsqueda. Pero, en su siguiente visita, se mostr ms circunspecta en la eleccin
del adivino. Y as, fuimos los tres, pasadas unas semanas, a casa de un hombre muy
respetado en la ciudad, un librero astrlogo que tena eh comercio cerca de la Mez-
quita Mayor de los kairuanes. Nos recibi en su casa, en una sala que, por todo mo-
biliario, tena libros en has paredes y una esterilla en el suelo, y quiso puntualizar, en
cuanto llegamos, que no era ni mago ni alquimista sino que slo intentaba leer los
signos enviados por Dios a sus criaturas. En apoyo a sus afirmaciones, cit unos
versculos del Libro:


80
r
Hay en la tierra signos para aquellos cuya fe es slida
Tambin los hay en vosotros, no los veis?
En eh Cielo se encuentran los bienes que nos estn destinados
Y tambin lo que nos amenaza.
	  Tras habernos tranquilizado as sobre su fe y su honorabilidad, nos pidi que nos
	retirramos hasta eh extremo de la habitacin, enroll la esterilla y, con una tiza, tra-
	z en el suelo varios crculos concntricos. Dibuj en el primer crculo una cruz, en
	cuyos extremos escribi los cuatro puntos cardinales y, en el interior, traz el nom-
E	bre de los cuatro elementos. Dividi, a continuacin, el segundo crculo en cuatro
cuadrantes y cada cuadrante en siete partes, es decir, veintiocho partes en has cuales
inscribi las veintiocho letras del alfabeto rabe. En los otros crculos puso los siete
planetas, los doce meses del ao latino y otros signos diversos. Esta operacin, lla-
mada zairaya, es larga y complicada y no me hubiera acordado de ningn detalle si
no la hubiera visto cumplirse tres veces ante mis ojos. Lamento simplemente no ha-
ber aprendido a hacerla yo pues, de todas las ciencias ocultas, es la nica cuyos re-
sultados son indiscutibles, incluso a ojos de ciertos ulemas.
	Al terminar el dibujo, el astrlogo le pregunt a mi madre qu buscaba. Tom
una por una las letras de su pregunta, apunt su valor numrico y, mediante un
complicadsimo clculo, hall el elemento natural al que corresponda cada una de
has letras. Al cabo de una hora de garabatear, nos lleg su respuesta en verso:

La muerte va a pasar y, luego, las olas del mar,
Entonces regresarn la mujer y su fruto.

	Mi madre estaban tan turbada que no le sali la voz y el hombre intent cal-
marla:
	-Cuando se quiere saber el futuro, hay que contar con cruzarse a veces con la
muerte. Acaso no est al final de cada destino?
	Salma hall fuerzas para replicar, temblorosa, casi suplicante:
	-Al final, sin duda; pero aqu aparece al principio de ha prediccin.
	Por toda respuesta, el hombre alz la vista y las palmas de las manos a lo alto. Ni
una palabra ms sali de su boca y, cuando mi madre quiso pagarle, se neg con un
gesto que no admita rplica.

	La cuarta visita fue la que perdi a Salma. Se trataba, en esta ocasin, de uno de
esos individuos a los que llaman en Fez muazzimin, reputados por su arte en expul-
sar demonios. Mi abuela, Dios tenga misericordia de ella!, haba elogiado a ese
hombre que, segn deca, haba resuelto mil casos mucho ms complicados que eh
nuestro. De hecho, estaba tan solicitado que tuvimos que esperar dos horas en la an-
tecmara hasta que acab con otras seis clientes.
	En cuanto Salma le expuso su caso sonri con condescendencia, jurndole que
antes de siete das se habra olvidado del problema.
L


	-Tu primo tiene en ha cabeza un diablo minsculo que habra que sacarle. Si es-
tuviera aqu lo curara en eh acto. Pero te voy a transmitir el poder de exorcizarlo por
ti misma. Te ensear una frmula que he recitars encima de la cabeza mientras
duerme, esta noche, maana y pasado maana; te doy tambin este frasco de perfu-
me. Verters una gota al pronunciar cada frmula.
	La primera noche, mi padre durmi con Salina y a sta no he cost ningn traba-
jo recitar la frmula y verter la gota de elixir. La segunda noche, sin embargo, ocu-
rri lo que cualquier persona sensata hubiera podido adivinar. Mohamed estaba con
Warda y mi madre se desliz temblando en su habitacin. Cuando se dispona a ver-
ter eh lquido, ha concubina dio un grito estridente, mx padre se despert y, haciendo
ademn de defenderse, agarr a su frgil agresora por el tendn. Salma cay al sue-
lo, sollozando.
	Al ver el frasco que llevaba en la mano, Mohamed llam a su mujer bruja, loca,
envenenadora y, sin esperar a que amaneciera, le grit tres veces seguidas: Ana ta-
lika, anfi talika, ana talika, notificndole de esta forma que, a partir de ese mo-
mento, estaba libre de l y divorciada.





























82
El ao de las plaideras
902 de la hgira
(9 de septiembre de 1496-29 de agosto de 1497)







	Aquel ao vino a nuestra casa Boabdil en persona a dar el psame. Quiero decir
a casa de Jali, puesto que con l era con quien viva yo desde que mi padre haba re-
pudiado a Salma. El sultn destronado entr en eh saln, seguido de un chambeln,
de un secretario y de seis guardias vestidos a ha usanza de ha Alhambra. Murmur
unas palabras de circunstancias ah odo de mi to, que le estrech largamente la
mano, antes de cederle el divn alto, el nico de la casa. Los hombres de su squito
haban permanecido de pie.
	Mi abuela haba fallecido durante la noche y, desde por ha maana, haban em-
pezado a afluir los granadinos de Fez. Boabdil haba llegado sin anunciarse, mucho
antes de ha oracin de medioda. Ninguno de los presentes tena buena opinin de l
pero sus ttulos, aunque ficticios, no dejaban de impresionar a sus antiguos sbditos.
Adems, ha circunstancia no se prestaba ni poco ni mucho a los rencores ni a los
arreglos de cuentas. Salvo para Astaghfirullah que, habiendo llegado poco despus
que eh sultn, no lo gratific ni con una mirada, se sent en el primer almohadn li-
bre y empez a recitar muy alto, con su voz cascada, los versculos apropiados para
el acontecimiento.
	Algunos labios rezaban, otros permanecan inmviles, con mueca soadora, di-
vertida a veces, otros ms charlaban infatigablemente. En la sala de los hombres,
slo Jali tena lgrimas en los ojos. Todava lo estoy viendo, como si se materializara
ante m. Tambin me estoy viendo, sentado a ras del suelo, no alegre, es cierto, pero
tampoco demasiado triste, paseando vidamente los secos y despreocupados ojos
por la concurrencia. De Boabdil, que haba engordado mucho, al jeque, al que los
aos y el exilio haban dejado esqueltico y anguloso. El turbante que llevaba pare-
ca ms inmenso, ms desmesurado que nunca. Cada vez que se callaba, se alzaban
los desagradables alaridos de la plaideras, de rostro embadurnado de hollin, cabe-
llos revueltos, mejillas araadas hasta hacerse sangre, mientras que, en un rincn del
patio, los plaideros, vestidos de mujer, maquillados y con el afeitado apurado, agi-
taban febrilmente has panderetas cuadradas. Para imponerles silencio, Astaghfiru-
llah volvi a salmodiar ms alto, desafinando ms, con ms fervor. De vez en cuan-
do, un poeta callejero se levantaba para recitar en tono triunfal una elega que ya
haba servido para otros cien fallecidos. Fuera, se alz un ruido de pucheros: eran
las vecinas que traan ha comida, pues no se guisaba en casa de un difunto.
	Una fiesta, la muerte. Un espectculo.


83




	Mi padre no lleg hasta medioda, explicando de forma confusa que acababa de
enterarse haca muy poco de la triste nueva. Todos lo miraban de soslayo, de una
manera muy particular, todos se crean obligados a saludarlo con frialdad o incluso
a ignorarlo. Yo me senta dolido. Hubiera querido que no estuviera all, que no fue-
ra mi padre. Avergonzado de mis pensamientos, fui hacia l, apoy ha cabeza en su
hombro y no me volv a mover. Pero, mientras me acariciaba lentamente la nuca,
me puse a pensar, no s por qu, en eh librero astrlogo y en su prediccin.
	As pues, la muerte haba pasado. Sin confesrmelo, me senta algo aliviado por
eh hecho de que la vctima no fuera ni ni madre m mi padre. Salma haba de decir-
me ms adelante que tema que fuera yo. Lo que no poda decir, ni siquiera muy
bajo, en lo hondo de su corazn, slo el viejo Astaghfirullah iba atreverse a expre-
sarlo, cierto es que por medio de una parbola.
	Habindose levantado para pronunciar eh elogio de la difunta, se dirigi en pri-
mer lugar a mi to:
	-Cuentan que un califa de tiempos pasados haba perdido a su madre, a ha que
quera como t queras a ha tuya, y que se puso a gemir sin ningn comedimiento.
Un sabio se acerc a l. Prncipe de los Creyentes, le dijo, tienes que dar las gracias
al Altsimo, pues ha honrado a tu madre hacindote llorar sobre sus restos, en lugar
de humillara hacindola llorar sobre los tuyos. Hay que dar las gracias a Dios
cuando la muerte sobreviene dentro del orden natural de has cosas y remitirse a Su
sabidura cuando, por desgracia, ocurre de otro modo.
	Prosigui con una oracin que la concurrencia murmur a la vez que l. Luego,
volvi a coger, sin transicin, eh hilo del sermn:
	-Demasiadas veces oigo en los funerales a creyentes, hombres y mujeres, mal-
decir de la muerte. Sin embargo, ha muerte es un regalo del Altsimo y no se puede
maldecir lo que viene del Eh. Os parece una provocacin la palabra regalo? Es,
sin embargo, ha exacta verdad. Si la muerte no fuera inevitable, el hombre habra
perdido su vida entera evitndola. No habra arriesgado, ni intentado, ni emprendi-
do, ni inventado, ni construido nada. La vida habra sido una perpetua convalecen-
cia. S, hermanos, demos gracias a Dios por habemos dado eh regalo de ha muerte
para que la vida tenga un sentido; la noche, para que eh da tenga un sentido; el si-
lencio, para que la palabra tenga un sentido; ha enermedad, para que ha salud tenga
un sentido; la guerra, para que ha paz tenga un sentido. Agradezcmosle que nos
haya dado el cansancio y las penas, para que eh descanso y las alegras tengan un
sentido. Dmosle gracias, Su sabidura es infinita.
	La concurrencia pronunci a coro las gracias: Alhamdulillah! Alhamdutillah!
Observ que un hombre, al menos, haba permanecido en silencio, con los labios
agrietados y las manos crispadas. Era Jali.
	<Tena miedo, me explic ms adelante. Me deca a m mismo: Con tal de que
no se extralimite!" Desgraciadamente, conoca demasiado a Astaghflrullah para
abrigar la menor ilusin al respecto.
	De hecho, el discurso empez a tomar otros derroteros.
	-Si Dios me hubiera dado de regalo ha muerte, si me hubiera llamado a Si en hu-
gar de hacerme vivir la agona de mi ciudad, habra sido cruel conmigo? Si Dios
me hubiera evitado ver con mis propios ojos a Granada cautiva y a los creyentes
deshonrados, habra sido cruel conmigo?
	El jeque alz bruscamente ha voz, sobresaltando a todos los presentes:
	-Soy yo eh nico aqu que piensa que vale ms ha muerte que la deshonra?
Soy eh nico que grita: Oh, Dios, si he fallado en mi misin con ha comunidad de
'los Creyentes, aplstame con Tu poderosa mano, brreme de la superficie de la tie-
rra como a una plaga daina. Oh, Dios, jzgame hoy mismo pues ha conciencia me
pesa demasiado, me confiaste la ms bella de Tus ciudades, pusiste entre mis manos
la vida y el honor de los musulmanes, por qu no me llamas para pedirme cuen-
tas?
	Jaii estaba baado en sudor, as como cuantos se hallaban cerca de Boabdil. Este
ltimo se haba puesto ms blanco que una espiga de crcuma. Hubirase dicho que
su sangre real lo haba abandonado para no compartir su vergi.ienza. Si haba veni-
do, por indicacin de uno de sus consejeros, para estrechar los lazos con sus anti-
guos sbditos y poder pedirles pronto que contribuyeran a los gastos de su corte, la
empresa acababa en derrota. Una ms. Los ojos se le iban desesperadamente hacia
la puerta pero su cuerpo, torpe en exceso, permaneca hundido en el asiento.
	Fue la misericordia, el cansancio o, simplemente, ha casualidad lo que movi a
Astaghfiruhhah a interrumpir el requisitorio para seguir has oraciones? Para ma to,
fue una intervencin del Cielo. Y no bien hubo pronunciado eh jeque Doy testimo-
nio de que no hay ms divinidad que Dios y de que Mahoma es Su Mensajero, Jali
aprovech para saltar, literalmente, de su sitio y dar la seal de partida hacia eh ce-
menterio. Las mujeres acompaaron al sudario hasta el umbral de la puerta, agitan-
do pauelos blancos en seal de desconsuelo y despedida. Boabdil desapareci por
una puerta excusada. A partir de ese momento, los granadinos de Fez podan morir
tranquilos: ha deformada silueta del sultn derrocado ya no volvera a turbarlos en eh
ltimo viaje.

	Eh duelo dur otros seis das. Qu mejor remedio para la pena que causa ha
muerte de un ser querido que el agotamiento? Al alba, llegaban has primeras visitas;
has ltimas se iban entrada ha noche. La tercera tarde, a los allegados no les queda-
ban ya lgrimas; a veces, faltaban a las conveniencias sonriendo o riendo, lo que no
dejaban de criticar los presentes. Slo resistan las plaideras que crean incrementar
su paga llorando a ms y mejor. A los cuarenta das del fallecimiento, el duelo vol-
vi a empezar, con eh mismo ceremonial, durante otros tres das.
	Esas semanas de luto dieron ocasin a mi padre y a ma to para mantener alguna
que otra conversacin conciliadora. No se trataba an de una reconciliacin, ni mu-
cho menos, y mi madre evit cruzarse con el que la haba repudiado. Pero, desde la
perspectiva de mis ocho aos, cre descubrir una esperanza en el horizonte.
	Entre otros temas, mi padre y mi to haban tratado de mi porvenir. Coincidan
en que ya era hora de que empezara a ir a la escuela. Otros nios iban ms tarde,
pero yo daba, al parecer, muestras de inteligencia precoz y era intil dejarme todo el
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85

1


da en casa en compaa de las mujeres. Podra ablandarse mi carcter y resentirse
mi virilidad. Vinieron a explicrmeho uno tras otro y, solemnemente, me acompaa-
ron ambos una maana a la mezquita del barrio.
	Eh maestro, un joven jeque con turbante y una barba casi rubia, me pidi que le
recitara ha Fatiha, primer sura del Libro. Lo hice sin una falta, sin la menor vacila-
cin. Se mostr satisfecho:
	-Tiene buena elocucin y una memoria exacta; no necesitar ms de cuatro a
cinco aos para aprenderse el Corn de memona.
	Yo no caba en m de orgullo pues sabia que muchos alumnos estaban seis aos
en la escuela y, a veces, siete. Tras memorizar el Libro de Dios podra ingresar en eh
colegio donde se ensean has distintas ciencias.
	-Tambin le ensear unos rudimentos de ortografa, de gramtica y de caligra-
fa -precis el maestro.
	Cuando le preguntaron qu retribucin quera, dio un paso atrs:
	-Mi retribucin slo la espero del Altsimo.
	No sin aadir, sin embargo, que eh padre de cada alumno daba lo que poda a ha
escuela en las fiestas y un presente ms sustancioso al final del ltimo ao, eh da de
la Gran Recitacin.
	Prometindome aprender cuanto antes los ciento catorce suras, empec ensegui-
da con asiduidad, cinco das a la semana, has clases del jeque. No haba menos de
ochenta nios en mi clase, entre siete y catorce aos. Cada alumno vena a la escue-
la vestido a su antojo pero a ninguno se he hubiera ocurrido llevar trajes suntuosos,
de seda o con bordados, salvo en ciertas ocasiones. De todos modos, los hijos de los
prncipes o de los grandes del reino no iban a las escuelas de las mezquitas. Reciban
en sus casas la enseanza de un jeque. Salvo esta excepcin, haba en la escuela
nios de muy diversa condicin, hijos de cades, de notarios, de oficiales, de funcio-
nados reales o municipales, de comerciantes y de artesanos; hasta algunos hijos de
esclavos, enviados por sus amos.
	El aula era grande, en anfiteatro. Los mayores se sentaban detrs, los ms pe-
queos delante, cada cuai con su tablilla en la que escriba los versculos del da al
dictado del maestro. Este tena a menudo en la mano una caa que no dudaba en
utilizar cuando a uno de nosotros se le escapaba un juramento o cometa alguna fal-
ta grave. Pero ningn alumno dejaba de perdonrseho y a l nunca le duraba el ren-
cor hasta el da siguiente.
que la haban creado para l, slo para sus ojos, para sus piernas, slo para su cora-
~n. Y me propona que la compartiramos.
-	Cierto es que perteneca, por nacimiento, al ms generoso de los gremios.
	El primer da que fui a ha escuela me sent en la primera fila, creo. Lo bastante
cerca para ver al maestro y ofrlo, lo bastante lejos para estar al abrigo de sus pregun-
tas y de sus inevitables enfados. A ma lado, estaba el ms endiablado de todos los
nios del barrio: Harn, el Hurn de mote. Era de mi edad, tena la tez muy more-
na, la ropa usada y remendada pero siempre limpia. Desde la primera pelea, ramos
amigos unidos en ha vida y en la muerte. Nadie lo vea sin preguntarle por m, nadie
me vea a m sin asombrarse de que no estuviera conmigo. En su compaa, explor
Fez y ma adolescencia. Yo me senta extranjero, l sabia que la ciudad he perteneca,
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El ao de Harn el Hurn
903 de la hgira
(30 de agosto de 1497-18 de agosto de 1498)







	Aquel ao cay Melilla en manos de los castellanos. Haba venido una flota para
atacarla, ha hall desierta, abandonada por sus habitantes que haban huido hacia las
colinas prximas, llevndose sus bienes. Los cristianos se apoderaron de la ciudad y
empezaron a fortificara. Sabe Dios si la abandonarn un da!
	En Fez, los refugiados granadinos se asustaron. Crean que eh enemigo hes pisaba
los talones, que los perseguira hasta eh corazn mismo de los pases del islam y has-
ta eh fin del mundo.
	La inquietud aumentaba entre los mos pero a m, volcado por completo en mis
estudios y en mis nacientes amistades, no me afectaba todava.

	La primera vez que Harn vino a casa, muy timido todava, se lo present a mi
to dicindole a qu gremio perteneca su familia. Jali tom en sus manos las de mi
amigo, ms menudas pero ms rugosas ya, y pronunci estas palabras que, en eh mo-
mento, me hicieron sonrer:
	-Si la hermosa Sharazad los hubiera conocido, habra dedicado una noche apa-
cible a contar su historia, le habra aadido genios, alfombras voladoras y linternas
mgicas y, antes del alba, habra convertido milagrosamente a su jefe en califa, sus
chozas en palacios y sus ropas de trabajo en trajes de ceremonia.
	Se refera a los mozos de cuerda de Fez. Trescientos hombres, sencillos todos
ellos, todos ellos pobres, analfabetos casi todos y que, sin embargo, haban sabido
convertirse en el gremio ms respetado de ha ciudad, eh ms solidario, el mejor orga-
nizado.
	Cada ao, aun hoy, eligen un jefe, un cnsul, que organiza minuciosamente su ac-
tividad. El es quien designa, al comienzo de la semana, a los que habrn de trabajar y
a los que descansarn, segn ha llegada de has caravanas, al estado de los zocos y la
disponibilidad de los compaeros. Lo que gana un mozo de cuerda en la jornada no
se lo lleva a casa sino que lo deposita todo en una caja comn. Al final de ha semana,
eh dinero se distribuye a partes iguales entre los que han trabajado, menos una parte,
reservada para has obras de beneficiencia del gremio, que son mltiples y generosas:
cuando muere uno de ellos, se hacen cargo de su familia, ayudan a la viuda a encon-
trar otro marido, se ocupan de los hijos de corta edad hasta que tienen un oficio. El
hijo de uno es eh hijo de todos. Eh dinero de la caja tambin sirve para los que se ca-
san: todos cotizan para garantizarles una suma que les permita poner casa.


88
r
El cnsul de los mozos de cuerda negocia en su nombre con eh sultn y sus cola-
		boradores. As, ha conseguido que no paguen impuestos ni gabela y que les cuezan
		eh pan gratis en los hornos de ha ciudad. Adems, si uno de ellos comete por desgra-
		cia un crimen que merezca la muerte, no lo ejecutan en pblico como a otros crimi-
		nales para que no caiga eh oprobio sobre eh gremio. A cambio, el cnsul ha de escu-
		driar sin complacencia la moralidad de cada nuevo aspirante para apartar a todo
		individuo sospechoso. La reputacin de los mozos de cuerda ha llegado a ser tan
		buena que los comerciantes se sienten obligados a echar mano de ellos para vender
		sus mercancas. As, los vendedores de aceite, que llegan del campo a los zocos con
		orzas de todos los tamaos, recurren a mozos especializados que comprueban per-
		sonalmente la capacidad de los recipientes y la calidad del producto y se la garanti-
		zan a los compradores. Igualmente, cuando un negociante importa un nuevo tipo de
		tejido, echa mano de mozos de cuerda pregoneros para vocear ha utilidad de su mer-
		canca. Por cada actividad, el mozo cobra una suma fija, de conformidad con una
		tarifa establecida por el cnsul.
		  Jams hombre alguno, por muy prncipe que sea, se atreve a atacar a uno de
		ellos pues sabe que tendra que vrselas con eh conjunto del gremio. Su divisa es una
		sentencia del Profeta: Ayuda a tu hermano, sea opresor u oprimido; pero inter-
		pretan estas palabras como lo hizo eh propio Meusajero cuando he dijeron: Al opri-
		mido lo ayudaremos, es natural. Pero, cmo habramos de ayudar al opresor? Y
		l contest: Lo ayudaris pudiendo ms que l e impidindole hacer el mal. As,
		era raro que un mozo de cuerda provocara una ria en los zocos de Fez; siempre ha-
		bia entre sus hermanos uno prudente para hacerlo entrar en razn.
		  Tales eran esos hombres, tan humildes y, sin embargo, tan orgullosos. Tan inde-
		fensos y, sin embargo, tan generosos. Tan alejados de los palacios y de las alcazabas
		y, sin embargo, tan hbiles para gobernarse a si mismos. Si, tal era ha raza a la que
		perteneca mi mejor amigo.
		  Todos los das, con los primeros albores, Harn el Hurn pasaba a recogerme
		para recorrer a mi lado los pocos centenares de pasos que llevaban de casa de Jali a
		la escuela. A veces nos contbamos algunos chismes, a veces repetamos los verscu-
		los estudiados la vspera. Las ms de las veces, no decamos nada, ramos amigos en
		silencio.
		  Una maana, al abrir los ojos, lo vi en mi habitacin, sentado a los pies de mi ar-
		mario-cama, en lo alto del cual estaba yo acostado. Me sobresalt, temiendo haber-
		me retrasado para la escuela y pensando ya en la caa del maestro, que iba a mm-
		bar al azotarme las pantorrillas. Harn me tranquiliz con una sonrisa.
		  -Estamos a viernes, no hay escuela pero si hay calles y jardines. Coge un trozo
		de pan y un pltano y luego renete conmigo en la esquina de la avenida.
		  Desde ese da, slo Dios sabe eh nmero de caminatas que dimos. Muchas veces em-
		pezbamos el paseo en la plaza de los Prodigios. No s si se llama as de verdad, pero as
		era como la llamaba Harn. Para nosotros no haba en ella nada que comprar, nada que
		coger, nada que comer. Slo haba cosas que mirar, que olfatear y que oir.
		  Ante todo, los enfermos fingidos. Unos aseguraban padecer del mal caduco, se
1
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sujetaban la cabeza con ambas manos, ha sacudan vigorosamente, dejando colgar
labios y mandbulas, luego se revolcaban por el suelo de manera tan experta que ja-
ms se hacan un rasguo, jams volcaban el platillo puesto junto a ellos para reco-
ger el bolo. Otros decan que padecan mal de piedra y geman sin cesar, fingiendo
atroces dolores, salvo si Harn y yo ramos los nicos espectadores. Otros exponan
a las miradas llagas y pstulas. Yo me apartaba de ellos a toda prisa, pues me haban 
dicho que bastaba con mirarlos para contraeras.
	Haba en la plaza numerosos saltimbanquis que cantaban estpidas romanzas y
vendan a ha gente crdula papelitos que contenan, decan ellos, frmulas mgicas
para curar todo tipo de enfermedades. Haba tambin curanderos ambulantes que
ponderaban sus productos milagrosos y se guardaban muy mucho de pasar dos ve-
ces por la misma ciudad. Haba igualmente exhibidores de jimios que se divertan
asustando a las mujeres encintas, as como encantadores de serpientes que se enros-
caban los animales alrededor del cuello. Harn no tema acercarse. Pero a m me
daban tanto miedo como asco.
	Los das de fiesta haba narradores. Recuerdo sobre todo a un ciego cuyo bastn
bailaba al ritmo de has aventuras de Helul, hroe de has guerras de Andaluca, o del
clebre Antar Ibn Shadad, el rabe ms valeroso. Una vez, mientras evocaba los
amores de Antar el negro y ha bella Abla, se interrumpi para preguntar si haba en-
tre el pblico nios o mujeres. Unos y otras se alejaron de mala gana, con ha cabeza
gacha. Yo esper un momento, eh suficiente para dejar a salvo mi amor propio. Cien
miradas reprochadoras se haban vuelto hacia m. Incapaz de sostenerlas, me dispo-
na a marcharme, pero, con un guio, Harn me hizo comprender que no haba ni
que planterselo. Me puso una mano en el hombro, se llev la otra a la cadera y no
se movi del sitio. El narrador prosigui su historia. La escuchamos hasta el ltimo
beso. Y slo despus de que ha muchedumbre se hubo dispersado continuamos
nuestra caminata.
	La plaza de los Prodigios estaba situada en eh cruce de varias calles transitadas.
Una, atestada de libreros y memorialistas, desembocaba en el atrio de la Mezquita
Mayor; otra, albergaba a los vendedores de borcegues y zapatos; la tercera, a los
comerciantes de bridas, de sillas de montar y de estribos; la cuarta, en fin, era para
nosotros de paso obligado. En ella se hallaban los lecheros, cuyas tiendas se adorna-
ban con jarras de maylica mucho ms valiosas que eh producto que en ellas se ven-
da. No era a esas lecheras a las que bamos, sino a los puestos de quienes, a sus
mismas puertas, les compraban cada tarde a bajo precio la leche que se haba que-
dado sin vender, se la llevaban a sus casas, ha dejaban cuajarse durante la noche y
volvan a venderla, al da siguiente, helada y rebajada con agua. Era una bebida que
quitaba ha sed y eh hambre y que no era gravosa ni para la bolsa ni para la conciencia
de los creyentes.

	Harn y yo slo estbamos empezando a descubrir Fez. Ibamos a desnudara
velo a velo como a una novia en su aposento nupcial. De aquel ao he guardado mil re-
cuerdos que me hacen revivir, cada vez que los evoco, eh candor despreocupado
de mis nueve aos. Es, sin embargo, eh ms doloroso de estos recuerdos eh que me
veo obligado a contar aqu pues, si lo omitiera, faltara a mi t~ea de testigo fide-
digno.
	Eh paseo haba empezado aquel da como todos los dems. llarn quera huro-
near, yo no he iba a la zaga en curiosidad. Sabamos que al oeste de la ciudad haba
un pequeo arrabal llamado el-Mers del que nuestro maestro slo hablaba con una
 especie de mueca preocupada. Estaba lejos? Era peligroso? Otros, en nuestro lu-
gar, habran parado mientes en estos detalles; nosotros nos contentbamos con ca-
minar.
	Al llegar al arrabal, a eso de medioda, no nos cost trabajo comprender de qu
se trataba. Por has calles, mujeres recostadas en has fachadas o en puertas abiertas
que slo podan ser de tabernas. Harn imitaba los andares ncitantes de una prosti-
tuta. Me re, imitando, a mi vez, el contoneo de una matrona.
	Y si furamos a ver qu haba en las tabernas? Sabamos que no se nos permita
entrar pero siempre podamos echar una ojeada deprisa y corrieido.
	As pues, nos acercamos a ha primera. Est oscuro. Slo vemos un grupo de
clientes. En medio, una abundante cabellera pelirroja. Nada ~ pues ya nos han
visto y echamos a correr a toda velocidad, derechos a la taberri~ de ha calle de al
hado. No hay ms luz pero nuestras miradas se orientan ms deprisa. Contamos cua-
tro cabelleras, unos quince clientes. En ha tercera, nos da tiempo a distinguir algunos
rostros, algunas copas relucientes, algunas jarras. Sigue eh jueg0. Nuestras incons-
cientes cabezas asoman de golpe a la cuarta. Nos parece que hay ms claridad. Dis-
tinguimos, muy cerca de la puerta, un rostro. Aquella barba, aquel perfil, aquel
porte? Saco la cabeza y salgo corriendo por ha calle. No huyo ni de los taberneros ni
de los encargados de echar a los borrachos. La imagen que quiero dejar atrs es la
de mi padre, sentado en la taberna, a una mesa, con una cabellera suelta a su lado.
Yo lo he visto, Harn es probable que lo haya reconocido. Nos ha visto l? No lo
creo.
	Desde aquel da, he tenido ocasin de ir ms de una vez a tabernas y a barrios
ms srdidos que el-Mers. Pero, aquel da, el suelo se me hundi. Hubirase dicho
eh da del Juicio. Senta vergenza, dolor. No paraba de correr, con las lgrimas res-
balndome por las mejillas, los ojos casi cerrados, un nudo en ha garganta, sin re-
suello.
	Harn iba detrs de m, sin hablarme, sin tocarme, sin siquiera acercrseme mu-
cho. Esper a que estuviera agotado, a que me sentara en el mnbral de una tienda
cerrada. El se sent a mi lado, siempre sin decir palabra. Y luego, al cabo de una
hora larga, cuando yo me estaba levantando, ms tranquilo, se incorpor e, imper-
ceptiblemente, me puso en eh camino de regreso. Hasta que, al crepsculo, no estu-
vimos a la vista de la casa de Jali, Harn no abri la boca:
	-Todos los hombres han ido siempre a las tabernas; a todoS los hombres les ha
 gustado siempre el vino. Si no, por qu hubira tenido que prohibirlo Dios?
	Al da siguiente, volv a ver a Harn el Hurn sin sentirme violento. Lo que te-
ma era ver a mi padre. Menos mal que tena que irse al campo donde estaba bus-
90
cando un terreno en arriendo. Volvi unas semanas despus, pero para entonces el	El ao de los 
inquisidores
destino ya haba ahogado mis penas y las suyas en desgracias mayores.	904 de la hgira
	(14 de agosto de 1498-7 de agosto de 1499)
		  Aquel ao, Hamed eh liberador muri bajo ha tortura en una mazmorra de ha Al-
		hambra; pasaba de los ochenta. Nadie era ms hbil que l para conseguir la libera-
		cin de un cautivo pero cuando tuvo que liberarse a s mismo sus palabras ya no te-
		nan fuerza. Era un hombre piadoso y abnegado y, si alguna vez se equivoc en un
		juicio, sus intenciones fueron, hasta el ltimo da, tan puras como has de un nio.
		Muri pobre, quiera Dios desvelarle ahora las riquezas del Edn!
		  Otros miles de personas sufrieron suplicio al mismo tiempo que l. Desde hacia
		varios meses, nos llegaban las noticias ms alarmantes de nuestra antigua patria
		pero pocos prevean la catstrofe que iba a abatirse sobre los ltimos musulmanes
		de Andaluca.
		  Todo haba empezado con la llegada a Granada de un grupo de inquisidores, re-
		ligiosos fanticos que proclamaron de entrada que todos los cristianos convertidos al
		islam deban volver a su religin primitiva. Algunos se resignaron pero ha mayora se
		opuso, recordando eh acuerdo cerrado antes de ha cada de ha ciudad que garantizaba
		expresamente a los conversos el derecho a seguir siendo musulmanes. Sm resultdo.
		Para los inquisidores, esta clusula era nula. A todo hombre que hubiera recibido el
		bautismo y se negara a Nolver a ser cristiano se lo consideraba como renegado y,
		como tal, mereca la muerte. Para intimidar a los recalcitrantes, se levantaron unas
		cuantas hogueras, como se haba hecho con los judos. Algunos ciudadanos abjura-
		ron. Otros, pocos, se dijeron que vala ms irse, aunque fuera tarde, antes de que ha
		trampa se cerrara sobre ellos. No pudieron llevarse ms que lo puesto.
		  Los inquisidores decretaron a continuacin que todo aquel que tuviera un cris-
		tiano entre sus antepasados haba de recibir obligatoriamente eh bautismo. Hamed
		fue uno de los primeros hostigados. Su abuelo haba sido un cautivo cristiano que
		haba optado por pronunciar el Testimonio del islam. Por ello, unos soldados caste-
		llanos fueron una noche, acompaados de un inquisidor, a su casa, en nuestro arra-
		bal del Albaicin. Alertados, los vecinos del anciano se echaron a ha calle para inten-
		tar impedir ha detencin. En vano. Al da siguiente prendieron a otras personas, en-
		tre has que haba dos mujeres, en otros barrios de ha ciudad. Siempre se formaban
		grupos y los soldados se vean obligados a desenvainar has espadas para abrirse ca-
		mino. Pero fue sobre todo en el Albaicn donde se multiplicaron los incidentes. No
		lejos de nuestra antigua casa, incendiaron una iglesia de reciente construccin. En
		represalia, saquearon dos mezquitas. Todos y cada uno tenan su fe a flor de piel.
	92	93
1
	Un da, se supo que Hamed haba sucumbido en una mazmorra a consecuenca
de los malos tratos que he haban infligido los inquisidores. Hasta el final, se haba
negado a convertirse, limitndose a recordar el compromiso firmado por los sobera-
nos cristianos.
	Cuando se supo ha noticia de su muerte, por todas has calles se oyeron llama-
mientos al combate. De todos los notables del arrabal del Albaicn, Hamed era el
nico que se haba quedado no para acercarse al enemigo sino para proseguir ha mi-
sin a la que haba consagrado la vida: liberar a los musulmanes cautivos. Por su no-
ble actividad as como por su edad, por todos los odios reprimidos en torno, la reac-
cin de los musulmanes fue inmediata. Se alzaron barricadas, hubo soldados, fun-
cionarios, religiosos muertos. Estall ha insurreccin.
	Por supuesto, los ciudadanos no estaban en condiciones de hacer frente al ejrci-
to de ocupacin. Con unas pocas ballestas, espadas, lanzas, porras, impidieron a las
tropas castellanas el acceso al Albaicn, intentaron organizarse, como un pequeno
ejrcito, para la guerra santa. Pero, tras dos das de combates, los aplastaron. Y co-
menz ha matanza. Las autoridades proclamaron que se ejecutara a todos los mu-
sulmanes por rebelin contra los soberanos, aadiendo insidiosamente que slo se
libraran quienes se convirtieran al cristianismo. La poblacin de Granada se bauti-
z entonces por calles enteras. En algunos pueblos de La Alpujarra, los campesinos
se resistieron; pudieron aguantar unas cuantas semanas; hasta dicen que consiguie-
ron matar al seor de Crdoba que diriga la expedicin contra ellos. Pero tampoco
all poda prolongarse la resistencia. Los campesinos tuvieron que negociar: a unos
cientos de familias se las autoriz a marcharse y vinieron a instalarse a Fez; algunas
personas se refugiaron en has montaas, jurando que no se las volvera a ver; todos
los dems recibieron eh bautismo. Ya nadie poda decir: AlIahu akbar en tierra
andaluza donde, durante ocho siglos, ha voz del almuecn haba convocado a los fie-
les a la oracin. Ya nadie poda recitar la Fatiha ante el cadver de su padre. Al me-
nos en pblico, pues aquellos musulmanes convertidos a la fuerza se resistan a re-
negar de su religin.
	Hicieron llegar a Fez mensajes desgarradores. Hermanos, deca una de sus car-
tas, si, cuando cay Granada, faltamos a nuestro deber de emigrar fue nicamente
por falta de medios, pues somos los andaluces ms pobres y ms dbiles. Hoy, he-
mos tenido que aceptar el bautismo pero tenemos miedo de exponernos a la ira del
Altsimo el da del Juicio y de probar has torturas de ha Gehena. Por eso os suplica-
mos a vosotros, nuestros hermanos emigrados, que nos ayudis con vuestros conse-
jos. Interrogad por nosotros a los doctores de ha ley acerca de lo que deberamos ha-
cer, nuestra angustia no tiene limites.
	Apiadados, los emigrantes granadinos de Fez celebraron aquel ao numerosisi-
mas reuniones, algunas en casa de Jali. A ellas asistieron notables, gente del pueblo,
pero sobre todo ulemas versados en la ley. Algunos venan de lejos para aportar el
fruto de su investigacin y de su reflexin.
	Recuerdo, as, haber visto llegar un da al muft de Orn, un hombre de unos
cuarenta aos con un turbante no menos imponente que eh de Astaghflrullah pero


94
que luca con cierta llaneza. Ms deferente de lo que sola, mi to fue a recibirlo a la
entrada de la calle y, durante la reunin, los presentes se limitaron a someterle con-
sultas sin atreverse en ningn momento a argumentar con l o a poner en duda sus
respuestas. Es cierto que el problema, tal y como se planteaba, exiga un gran domi-
alo de la Ley y de la Tradicin, as como gran valenta en ha interpretacin: aceptar
que cientos de miles de musulmanes renegasen de ha fe del Profeta era inconcebible;
	pedir a toda una poblacin que muriera en la hoguera era monstruoso.
	An recuerdo las primeras palabras del orans, pronunciadas con voz clida y
	serena:
	  -Hermanos, estamos aqu, alabado sea Dios, en tierra del islam y llevamos con
	orgullo nuestra fe como una diadema. Guardmonos de agobiar a quienes llevan su
	religin como quien lleva una brasa en ha mano.
	  Prosigui:
	  -Cuando les hagis llegar mensajes, sean vuestras palabras prudentes y mesura-
	das. Pensad que con vuestra carta se podra prender su hoguera. No los censuris
	por su bautismo; limitaos a invitarlos a que permanezcan, a pesar de todo, fieles al
	islam, y a que se lo enseen a sus hijos. Pero no antes de la pubertad, no antes de ha
	edad de guardar un secreto, pues un nio puede desvelar, con una palabra impru-
	dente, la verdadera fe de sus padres y causar as su perdicin.
	  Y si obligaban a aquellos desdichados a beber vino? Y silos incitaban a comer
	carne de cerdo para comprobar que ya no eran musulmanes?
	  -Que lo hagan, si se ven obligados a ello -dijo eh muft-, pero que protesten
	en su corazones.
	  Y si los fuerzan a insultar al Profeta, Dios lo proteja y lo salve?
	  -Que lo hagan, si se ven obligados a ello -repiti-, pero que digan lo contra-
	rio en sus corazones.
	  A aquellos hombres que, por no haber emigrado, vivan la ms cruel de las tor-
	taras, el muft les dio eh nombre de Ghuraba, Extraos, remitindose as a la Pala-
	bra del Mensajero de Dios: Eh islam ha empezado siendo extrao y seguir siendo
	extrao hasta el final. El Paraso es de los Extraos.
	  Para convocar a los musulmanes de todas has regiones a salvar a aquellos infortu-
	nados, ha comunidad granadina de Fez decidi enviar emisarios a todos los principa-
	hes soberanos del islam, al Gran Turco, al nuevo Sof de Persia, al sultn de Egipto y
	a otros cuantos de menor importancia. Dadas las funciones que desempeaba en la
	Alhambra, a Jali lo designaron para redactar cartas oficiales con las frmulas acos-
	tumbradas; qued igualmente encargado de escoltar el ms importante de los men-
	sajes, eh que iba dirigido al seor de Constantinopla la Grande. En cuanto estuvo
	propuesto, mi to visit al sultn de Fez as como a Boabdil, quienes he dieron cartas
	de recomendacin y credenciales.
	  Cada vez que evoco este viaje se me encoge eh corazn, aun hoy, aunque haya
	conocido despus las regiones ms extraas y los lugares ms inaccesibles. Siempre
	haba soado con conocer Constantinopla y, al enterarme de que Jali iba all, no




1


poda estarme quieto. Le daba vueltas en ha cabeza al asunto, preguntndome si po-
da esperar, con diez aos, hacer semejante viaje. Sin hacerme excesivas ilusiones,
me confi a mi to. Y cul no fue mi sorpresa cuando exclam, con los brazos abier-
tos en seal de bienvenida:
	-Dnde encontrara mejor compaero?
	A pesar del tono irnico, estaba visiblemente encantado ante la idea. Faltaba
convencer a mi padre.
	Aquel ao tambin estaba Mohamed ausente de ha ciudad, buscando un terreno
en arriendo para llevar una existencia apacible, lejos del ruido, lejos de las habladu-
ras, lejos de has miradas desaprobadoras. Durante dos semanas enteras lo esper,
pues, cada da, pidiendo continuamente noticias suyas a Warda y a Mariam. No sa-
ban nada. Esperaban, como yo.
	Cuando por fin lleg, me abalanc sobre l y me puse a hablar tan deprisa que
tuvo que hacerme volver a empezar varias veces. Desgraciadamente, opuso de in-
mediato una negativa irrevocable. Tal vez hubiera debido esperar a que Jali le pre-
sentara el viaje a su manera. El hubiera sabido encomiar con elocuencia las ventajas
de tal periplo. Quiz hubiera accedido Mohamed para no contrariar a mi to, con
el que acababa de recondiiarse? A m poda decirme que no sin rodeos. Pretext los
peligros del viaje, me cit personas que no haban vuelto, me habl de mis estudios
que me habra visto obligado a interrumpir para irme. Creo, sin embargo, que la
verdadera razn era que me notaba demasiado apegado a mi to, a la familia de mi
madre en general, y que tema que me alejara de l por completo. Como no poda
discutir con l, le supliqu que hablara con Jali pero se neg incluso a verlo.
	Durante una semana, me despert todas las maanas con los ojos inyectados en
sangre y ha almohada hmeda. Para consolarme, mi to me jur que ira con l al
viaje siguiente; haba de cumplir su palabra.
	Ueg el dia de ha partida. Jali deba unirse a una caravana de mercaderes que sa-
la para Orn, antes de tomar el barco. Desde el alba, vinieron en gran nmero los
granadinos a desearle que su misin tuviera xito y a contribuir con algunas mone-
das de oro a sus gastos. En cuanto a m, me reconcoma en mi rincn cuando un
anciano de mirada maliciosa vino a sentarse a mi hado. No era otro que Hamza, eh
barbero que me haba circuncidado. Me pregunt por mi padre, se lament de la
muerte del liberador a quien haba visto por ltima vez en nuestra casa del Albaicn.
Luego, se interes por mis estudios, por eh sura que estaba aprendiendo en ese mo-
mento e incluso empez a recitarlo. Su compaa era grata y estuve charlando una
hora con l. Me cont que haba perdido, al exiliarse, ha mayora de sus ahorros pe-
ro que todava poda, gracias a Dios, hacer frente a las necesidades de sus mujeres.
Haba vuelto a ponerse a trabajar, slo como barbero pues para has circuncisiones no
manejaba ya con seguridad la navaja. Acababa de alquilar un rincn en el hammam
del barrio para ejercer su oficio.
	De repente, una idea le ilumin la mirada.
-No te apetecera ayudarme cuando no ests en la escuela?
	Acced sin dudarlo.
	-Te pagar un dirhem a la semana.
	Me apresur a decirle que tena un amigo y que me gustara mucho que pudiera
ir <~onmigo. Hamza no tuvo inconveniente alguno. Recibira ha misma cantidad; ha-
ba muchas cosas que hacer en eh hamman.
	Cuando JaIi vino a darme, minutos despus, el beso del viajero, se sorprendi d~
yerme con los ojos secos y risueos. Le expliqu que iba a trabajar, que iba a cobraf
un dirhem a ha semana. Me dese xito en mi tarea; yo le dese xito en la suya.
	96	97
1
El ao del hammam
905 de la hgira
(8 de agosto de 1499-27 de julio de 1500)







	-Cuando pienso que toda esa gente se lava con estircol!
	Tard unos instantes en darme cuenta de lo que acababa de decir Harn. Luego,
nos echamos a rer ambos ruidosamente. Mi amigo no andaba equivocado, pues,
ciertamente, era con estircol con lo que se calentaba eh agua de los hammams de
Fez.
	Aquel da sabamos por experiencia, ya que eh dueo del bao nos haba manda-
do, provistos de dos mulas y unos cuantos dirhems, a recorrer has cuadras del barrio
y comprar eh estircol acumulado que habamos transportado fuera de la ciudad, a
un lugar que nos haba indicado. All nos estaba esperando un hombre para recibir
el cargamento; l era quien se encargaba de extender la valiosa cosecha para secarla,
lo que lleva un mes en verano y tres en invierno. Al regresar, llevbamos un montn
de estircol duro como la madera y listo para quemarlo. Con eso es con lo que ali-
mentaban la caldera del hammam. Lo que explica hasta qu punto, una vez descar-
gado el ltimo cargamento, estbamos impregnados Harn y yo del color y del olor
de lo que habamos transportado.
	Nos habamos apresurado, pues, a despojamos de la ropa para abalanzamos ha-
cia ha sala de agua caliente. La aventura nos resultaba divertida. En cuanto veamos
a un amigo en la estufa, disfrutbamos preguntndole si el agua no he pareca distin-
ta aquel dia.
	Para toda ha gente de la ciudad, el hammam es eh lugar de cita ms agradable. Se
quitan todos la ropa en las cabinas, junto a ha puerta de entrada, luego se renen,
desnudos, sin verguenza alguna. De colegiales hablan de sus maestros, se cuentan
sus bromas pasando por alto las azotainas consecutivas. De adolescentes hablan de
mujeres, acusndose mutuamente de beber los vientos por una u otra, encomiando
cada uno sus hazaas amorosas. De adultos se vuelven ms reservados sobre ese
particular pero intercambian recetas y consejos destinados a mejorar los efectos del
cuerpo, tema inagotable y mina de oro para los charlatanes. Eh resto del tiempo, ha-
blan de dinares, discuten de religin y de poltica, en voz alta o baja segn las opi-
niones que profesen.
	Muchas veces, los hombres del barrio se renen en el hammam para comer. Al-
gunos llevan ha comida, otros piden a un mozo de bao que vaya a comprarles algo
al vecino mercado. Pero no toman inmediatamente la colacin. Pasan primero a la
sala tibia, donde los mozos los lavan y les dan fricciones con aceites y ungentos.


98
1
Descansan un rato, tumbados en una alfombra de fieltro, con la nuca apoyada en un
cabezal de madera forrado tambin de fieltro, antes de entrar en la sala caliente
donde sudan. Regresan luego a ha sala tibia, se vuelven a lavar y descansan. Slo en-
tonces se dirigen hacia la sala fresca y se sientan alrededor de la fuente para comer,
charlar o rer o incluso cantar.
	En su mayora permanecen desnudos hasta el final de la comida, a excepcin de
los personajes importantes que evitan mostrarse as, conservan una toalla atada a la
cintura y no se la quitan ms que en las salas particulares que les estn reservadas,
unas salas impecablemente cuidadas siempre. All es donde reciben a sus amigos;
all es donde les dan masajes; all es, tambin, donde va el barbero a ofrecerles sus
servicios.
	Y luego estn las mujeres. Un nmero determinado de hammams hes estn reser-
vados en exclusiva, pero la mayor parte sirven para ambos sexos. En los mismos lo-
cales, pero no a las mismas horas. Donde yo trabajaba, los hombres iban de tres de
la madrugada a dos de la tarde. El resto del da, a los mozos de bao los sustituan
negras que colocaban una cuerda atravesada en la puerta para avisar a los hombres
de que ya no podan entrar y, si uno tena que hablar con su esposa, llamaba a una
de las empleadas para que le diese el recado.
	Cada vez que tenamos que ceder nuestro sitio y veamos tenderse ha cuerda y
llegar a las mujeres, Harn y yo nos preguntbamos qu pasara en el hammam
cuando se converta en dominio de has mujeres. En los primeros tiempos, intentba-
mos convencernos de que no haba ninguna novedad respecto a lo que sabamos de
los hombres, idnticos masajes, idnticas fricciones, idnticas chcharas, idnticos
festejos, idnticas toallas para que se envolvieran las personas de categora. Sin em-
bargo, cuando observbamos la puerta de entrada, por la tarde, veamos llegar no
slo gran nmero de vendedoras con sus capachos sino tambin personas inquietan-
tes, echadoras de buenaventura, curanderas, quiz tambin magas. Era cierto que
preparaban elixires, que hechizaban a los hombres, que clavaban agujas mgicas en
figurillas de cera? Me quedo corto si digo que estbamos intrigados; era algo que se
haba convertido para nosotros en una insoportable obsesin.
	Y en un desafo.
	-Maana voy, pase lo que pase. Quieres venir conmigo? -me dijo un da
Harn.
	Lo mir a los ojos; no estaba bromeando.
	-Quieres venir conmigo?
	Me arm de valor para decirle que no.
	-Pues mejor -dijo Harn-. Ir solo. Pero estate aqu a primera hora de la tar-
de, exactamente en este sitio.
	Al da siguiente estaba lloviendo, haba poca luz. Fui a apostarme al lugar indi-
cado desde donde poda observar la entrada del hammam sin que me vieran. No ha-
ba visto a Harn en todo el da. Me preguntaba si ya estaba dentro, si iba a poder
entrar; contaba con que lo pusieran de patitas en la calle; tambin tema verlo salir
con veinte mujeres pisndole los talones y tener que salir, a mi vez, a escape por las


99
calles. De lo nico que estaba seguro era de que el Hurn no habra renunciado a su
delirante proyecto. De vez en cuando, miraba al sol o, cuando menos, a su halo tras
has nubes. Me estaba impacientando.
	En la puerta del hamman no haba ningn movimiento desacostumbrado. Unas
mujeres entraban, otras salan, algunas iban totalmente cubiertas con vestiduras ne-
gras o blancas, otras slo se tapaban el cabello y la parte de abajo del rosto. Algu-
nas iban acompaadas de nias pequeas. A veces, incluso, de nios de corta edad.
En un momento dado, se dirigi hacia m una mujer gorda. Cuando lleg a mi altu-
ra, se detuvo un instante, me pas revista de pies a cabeza y luego continu su cami-
no mascullando palabras incomprensibles. Mi aspecto emboscado haba debido de
parecerle sospechoso. Pasado un buen rato, otra mujer, tapada por completo pero
mucho ms menuda, se dirigi al lugar en que yo estaba apostado. No las tena to-
das conmigo. Ella tambin se par y se volvi hacia m. A punto estuve de poner
pies en polvorosa.
	-As que ests aqu, a salvo, y tiemblas!
	Era la voz de Harn! Slo me dej tiempo para lanzar una inteijeccin.
	-No hagas ninguna sea, ningn ruido! Cuenta hasta cien y, luego, renete
conmigo en casa!
	Me estaba esperando en ha puerta.
	-Cuenta, estall.
	Se tom tiempo antes de contestar, en eh tono ms indolente que pudo:
	-He llegado, he entrado, he hecho como si buscara a alguien y, luego, he salido.
	-Te has desnudado?
	-No.
	-Has visto algo?
	-S, montones de cosas.
	-Cuenta, as te estrelle Dios!
	No dijo nada. En ha boca no se le dibujaba la menor sonrisa, eh menor rictus. Pe-
ro los ojos le chispeaban de satisfaccin y de malicia. Yo estaba a punto de perder la
paciencia. Ganas me daban de molerlo a golpes.
	-Qu quieres, que te ruegue, que te d con ha frente en has babuchas?
	Al Hurn no le impresionaban en absoluto mis sarcasmos.
	-Aunque me rogaras, aunque te prosternaras a mis pies no te dira nada. Yo me
he arriesgado y t no has querido. Si quieres saber lo que ocurre entre las mujeres,
tendrs que venir conmigo la prxima vez.
	Yo estaba aterrado.
	-Es que piensas volver?
	Era algo que le pareca tan evidente que ni se dign contestar.
	Al da siguiente, me hallaba en mi puesto y, esa vez, lo vi entrar. Haba mejorado
an ms sus ropajes. No se haba conformado con ponerse un grueso vestido negro
sino que se haba anudado a ha cabeza un pauelo blanco que le cubra el cabello y
parte de la frente y las mejillas e iba atado bajo ha barbilla. Por encima, un velo fino,
transparente. El disfraz era tan perfecto que me habra hecho picar por segunda vez.
1
100
L
	Cuando me reun con l, pareca turbado. Le ped noticias de su expedicin, se
neg a contestar, a pesar de mi insistencia y mis voces. Guard un obstinado silen-
cio; pronto me olvid del episodio. Sin embargo, eh propio Harn haba de recor-
drmeho aos despus y en unos trminos que se me han grabado para siempre en ha
memoria.
	Deba de estar acabando eh ao cuando mi to regres de su periplo. En cuanto
se enteraron, los andaluces de Fez acudieron, en grupos sucesivos, para escuchar su
relato y enterarse de los resultados de su misin. Describi minuciosamente eh viaje
por mar, eh miedo a naufragar y a toparse con piratas, su visin de Constantinopla,
eh palacio del gran Turco, los jenzaros, su visita a las diversas comarcas de Oriente,
Siria, Irak, Armenia, Tartaria.
	Pero pas bastante deprisa a lo ms importante.
	-Por doquier, mis anfitriones se han mostrado convencidos de que un da no le-
jano los castellanos sern derrotados, con permiso del Altsimo, de que Andaluca
volver a ser musulmana y de que cada uno podr volver a su casa.
	No sabia cundo ni en qu circunstancias, reconoci, pero poda dar fe del po-
dero invencible de los turcos, del terror que a todo hombre inspira la vista de sus
tropas tan numerosas. Se mostraba convencido del inmenso inters que tenan por
eh destino de Granada, de su voluntad de liberarla de los infieles.
-Cundo crees que volveremos?
	No pareci entender qu quera decir:
	-Volver dnde?
	Me expliqu esa reaccin por el cansancio del viaje.
	-A Granada, no hablabas de eso?
	Se qued mirndome un buen rato, como para calibrarme, antes de decir con
voz calmosa y firme:
	-Hasan, hijo mo, ya tienes doce aos y he de hablarte como a un hombre (an
vacil un momento). Escchame bien. Lo que he visto en Oriente es que el Sof de
Persia se dispone a guerrear contra los turcos a los que preocupa ante todo su con-
ficto con Venecia. En cuanto a Egipto, acaba de recibir de los castellanos un carga-
mento de trigo en seal de amistad y alianza. Esa es ha realidad. Tal vez, dentro de
unos aos, cambien las cosas; pero, hoy por hoy, ninguno de los soberanos musul-
manes que he visto me ha parecido preocupado por la suerte de los granadinos, ya
se trate de nosotros, los exiliados, ya de esos pobres Extraos.
	En mis ojos haba menos decepcin que sorpresa.
	-Vas a preguntarme -prosigui Jali- por qu le he dicho a esa gente que esta-
ba aqu lo contrario a la verdad. Mira, Hasan, todos esos hombres siguen teniendo
colgada de ha pared ha llave de su casa de Granada. Todos los das ha miran y, al mi-
rarla, suspiran y rezan. Todos los das vuelven a su memoria alegras, costumbres y,
sobre todo, un orgullo que no volvern a conocer en eh exilio. La nica razn de vi-
vir que tienen es pensar que pronto, gracias al sultn o a ha Providencia, recuperarn
su casa, el color de sus piedras, eh aroma de su jardn, eh agua de su fuente, intactos,
sm antelacin, como en sus sueos. As viven, as morirn y, despus de ellos, sus


101
hijos. Quiz sea menester que alguien se atreva a ensearles a mirar la derrota frente	El ao de 
los leones enfurecidos
a frente, a explicarles que, para levantarse, hay que admitir, primero, que se est 906 de la 
hgira
cado. Quiz sea menester que alguien les diga la verdad un da. Yo no tengo valor (28 de julio 
de 1500-16 de julio de 1501)
para hacerlo.






	Mi hermana Mariam haba crecido sin que yo me diera cuenta. Dos prolongadas
separaciones la haban convertido en una extraa. Ya no vivamos bajo eh mismo te-
cho, ya no tenamos los mismos juegos. Cuando me cruzaba con ella, ya no haba
complicidad en nuestras conversaciones ni eran de entendimiento nuestras miradas.
Fue preciso que aquel ao me llamara desde el lomo de una mula para que la viera
de nuevo, para que la mirara, para que recordara a la nia a la que quera y a la que
pegaba hasta hacerla llorar.
	Era a comienzos de verano, en un olivar camino de Mequinez. Mi padre haba
decidido que ira con l, lo mismo que Warda y Mariam, a visitar el interior de has
tierras. Segua buscando terrenos en arriendo. Tena idea de desarrollar, con agr-
nomos andaluces conocidos suyos, cultivos que se practicaban poco y mal en tierra
africana, sobre todo la morera para el gusano de seda.
	Con mil detalles me habl de una empresa de envergadura en la que iba a parti-
cipar uno de los hombres ms ricos de Fez. Segn lo escuchaba, me dio la impresin
de que haba superado la fase de abatimiento y cansancio que haba seguido a la
marcha de Granada, afliccin que haba agravado ha prdida de una de sus mujeres
primero y, luego, ha otra. Ahora ya haca proyectos, desafiaba, arremeta, eh deseo le
asomaba de nuevo a los ojos.
	En aquel viaje, yo montaba, igual que l, a caballo; has mujeres iban en mulas y
haba que avanzar a su paso. En un momento dado, Warda se acerc a Mohamed.
Me reun con Mariam. Ella afloj ha marcha, imperceptiblemente. Los padres se ale-
jaban:
-Hasan!
	An no he haba dirigido la palabra desde que habamos salido de Fez, cuatro
horas antes. Volv hacia ella una mirada que quera decir, todo lo ms: <Tienes
problemas con la montura?> Pero ella se haba apartado eh ligero velo color arena y
una sonrisa triste le iluminaba eh rostro blanquecino.
	-Tu to te quiere como si fueras su hijo, no?
	La pregunta me pareci fuera de lugar y sin objeto. Asent en eh tono ms expe-
ditivo posible ya que no senta deseo alguno de traer a colacin con ha hija de Warda
mis relaciones con la familia de mi madre. Pero su intencin era otra.
	-Cuando yo tenga hijos, los querrs como l te quiere a ti?

-Claro, dije.
	102	103

A1.
	Pero mi Claro!> fue demasiado rpido, demasiado desabrido. Y molesto.
Tema ha continuacin. Se hizo esperar. Miraba a hurtadillas a Mariam; su silen-
cio me violentaba tanto como sus preguntas. Ya no me miraba pero no se haba
vuelto a bajar el velo a pesar del polvo del camino. Me volv hacia ella y la contem-
pl por primera vez desde haca mucho. No tena la cara menos redonda que cuan-
do la vi acercarse, en brazos de su madre, en la fusta del xodo. No tena la piel me-
nos sonrosada. No he relucan menos los labios. Sin embargo, el color de los prpa-
dos he daba apariencia de una mujer. Y tambin la silueta. Adems, mientras la es-
taba observando, se irgui y adivin los pechos. El corazn le lata, o era el mo?
Baj la vista. En un ao haba madurado, se haba puesto hermosa y turbadora.
	-Cuando tenga hijos, los querrs?
	Hubiera debido sentirme irritado pero sonre porque me acord de repente de la
forma en que, desde que tena un ao, reclamaba el mismo juguete tres, cuatro, diez
veces, sin parar y en el mismo tono.
	-Claro que los querre.
	-Y hablars tambin con su madre como tu to habla con Salma?
	-S, claro.
	-Irs a menudo a su casa? Le preguntars si est bien? Escuchars sus pe-
nas?
	-Si, Mariam, si!
	Tir bruscamente de la brida; la mua se encabrit. Yo me detuve. Me mir fija-
mente:
	-Y por qu no me hablas nunca? Por qu no vienes a preguntarme si lloro
por las noches? Mi deber es temer a todos los dems hombres. Hoy a mi padre,
maana a mi marido; a todos los que no son de mi familia y de los que debo mante-
nerme apartada.
	Afloj la brida, la mua ech a andar al trote corto. Me di prisa, para permane-
cer a su hado. Segua sin hablarle pero, curiosa sensacin, tema por ella y la contem-
plaba con sbito afecto. Me pareca que la acechaba un peligro.

	A medio camino entre Fez y Mequinez, nos detuvimos a pasar la noche en un
pueblo llamado La Verguenza. El imn de la mezquita local nos ofreci hospitalidad
a cambio de una limosna para los hurfanos de los que se ocupaba. Era un hombre
sin demasiada cultura pero muy amable y no vacil en explicarnos por qu el pueblo
tena tal nombre.
	Los habitantes, confes, conocidos desde siempre por su gran avaricia, se resen-
tan de esa reputacin. Las caravanas de mercaderes evitaban detenerse all. Un da,
habindose enterado de que el rey de Fez estaba cazando leones por aquellos para-
jes, decidieron invitarlo, as como a toda su corte y, en su honor, mataron unos
cuantos corderos. El soberano comi, pues, y durmi. Queriendo dar prueba de ge-
nerosidad, pusieron ante su puerta un odre inmenso y acordaron llenarlo hasta arri-
ba de leche para el desayuno real. Los habitantes tenan que ordear sus cabras y,
luego, ir pasando de uno en uno con su cubo para vaciarlo en el odre. Dado el ta-
mao de ste, cada campesino se dijo que poda rebajar la leche con una buena can-
tidad de agua sin que nadie lo notara. De modo que, al da siguiente, al rey y a su
squito se hes sirvi un lquido casi transparente que no saba ms que a avaricia.
	No obstante, si an recuerdo mi paso por ese pueblo no es por eh incurable vicio
de sus habitantes, sino ms bien por el indescriptible miedo que sent en l.
	El imn nos haba recibido bien y, para dormir, nos haba ofrecido una cabaa
de madera prxima a ha mezquita que tena, al lado mismo, un cercado para nues-
tros animales. Warda y Mariam se acostaron dentro; mi padre y yo preferimos dor-
mir en el tejado, donde podramos disfrutar del fresco de aquella noche estival. All
nos encontrbamos, pues, cuando, a eso de la medianoche, atrados por el olor de
los caballos y de las mulas, dos enormes leones llegaron ante nuestra puerta e inten-
taron arrancar la barrera de espino que protega a nuestras monturas. Los caballos
se haban puesto a relinchar como posesos, coceaban los muros de la cabaa que, a
cada sacudida, amenazaba con venirse abajo y as durante dos horas o ms, hasta
que uno de los leones, irritado sin duda por los miles de espinas que se he clavaban
en cada arremetida, se volvi hacia ha puerta y se puso a araara y raspara. Mi pa-
dre y yo obsevbamos el espectculo impotentes, sabiendo que has fieras podan lle-
gar hasta has mujeres y devoraras sin que pudiramos hacer otra cosa que observar-
las desde lo alto del tejado, a menos que quisiramos arrojarnos en sus fauces por
pundonor. Desde abajo nos llegaban ahora los gritos de Mariam y los rezos de War-
da que invocaba a la Virgen en castellano.
	Mohamed, por su parte, con voz trmula, formulaba un voto: si escapbamos
con vida, interrumpira eh viaje para ir en peregrinacin a la ciudad de Taghya a de-
positar una ofrenda en la tumba del wali Bu [za, un santo conocido por sus muchos
milagros contra los leones.
	No s si la intercesin ms eficaz fue ha del wali o ha de ha madre del Mesas, pero
lo cierto es que los leones acabaron por cansarse y, con las primeras luces del alba,
se alejaron aunque sus rugidos, no mucho menos aterradores, nos llegaban todava
desde la cercana montaa. Y hasta que el pueblo no se anim, a primeras horas de
la maana, no tuvimos valor para abandonar nuestro refugio. Sin embargo, antes de
volver a ponernos en camino, tenamos que esperar que pasara una larga caravana,
pues Mohamed, resuelto a cumplir la promesa sin dilacin, quera reunirse en Me-
quinez con un grupo de peregrinos que salan para Taghya.
	Al llegar all, una semana despus, y ver ha inmensa muchedumbre que iba,
como nosotros, a la tumba del wali, comprend el permanente terror que inspiran los
leones a los habitantes de Aflica. Haba de percatarme ms an de ello a lo largo de
mis viajes. Cuntas veces, al llegar a un pueblo, no habr visto a ha gente reunida,
sobresaltada porque a una familia acaban de devorarla esos animales salvajes!
 Cuntas veces, queriendo ir por un camino, no me habrn desviado los guas por ha
sencilla razn de que los leones acababan de diezmar a una caravana entera! Se ha
llegado a dar el caso de que una sola de esas fieras se atreviera a atacar a un desta-
camento de doscientos soldados de caballera y matara a cinco o seis antes de batir-
se en retirada.


	104	105
	Seguramente, eh len es eh animal ms valiente de todos, no me desagrada decir-
lo puesto que era eh nombre de esa fiera el que iba a llevar durante ocho aos en Ita-
lia. He de puntualizar, sin embargo, que los de has zonas fras son mucho menos fe-
roces que los de los pases clidos. En Fez, cuando se quiere hacer callar a un fanfa-
rrn, se le dice: Eres tan valiente como los leones de Agla a los que los chotos les
comen la cola. Es cierto que, en la localidad que lleva ese nombre, basta con que
un nio corra detrs de un len gritando para que ste huya. En otro pueblo de
montaa, llamado Piedra Roja, acuden junto a las casas a comerse los huesos que
les dejan y todo eh mundo pasa a su lado sin temor. Tambin he odo decir
que cuando una mujer se halla sola frente a un len, en un lugar apartado, basta
con que le descubra cierta parte de su cuerpo para que ha fiera d un potente rugido,
baje ha mirada y se vaya. Que cada cual piense lo que quiera!
	Al volver de aquella peregrinacin improvisada, me acord del vago sentimiento
de temor por Mariam que haba experimentado. Una premonicin del asalto de los
leones a nuestra cabaa? En el momento, lo pens. Es cierto que a los doce aos
crea an que, de las fieras y los hombres, las primeras eran has ms nocivas.
El ao de la Gran Recitacin
907 de la hgira
(17 de julio de 1501 -6 de julio de 1502)






	El prometido de Mariam tena cuatro veces su edad, dos veces su estatura, una
fortuna mal adquirida y ha sonrisa de quienes han aprendido muy pronto que la vida
es una perpetua estafa. En Fez lo llamaban el Zerual y muchos lo miraban con en-
vidia, pues, tras haber sido pastor, se haba construido el palacio de mayor tamao
de la ciudad, despus del del soberano, se entiende, elemental prudencia para quien
quiera conservar la cabeza pegada al tronco.
	Nadie sabia cmo haba crecido la fortuna del Zerual. Los cuarenta primeros
aos de su vida, decan, haba recorrido con sus cabras la montaa de Beni Zerual,
en eh Rif, a treinta millas del mar. Mucho despus he tenido oportunidad de visitar
esa regin donde he podido observar un fenmeno extraordinario: en lo hondo de
un valle, hay una abertura en el suelo, dirase una gruta; de ella sale continuamente
una gran llama; alrededor se ha formado una charca parda que contiene un liquido
viscoso de olor persistente. Muchos extranjeros acuden para contemplar ese prodi-
gio y arrojan ramas y trozos de madera que se consumen al instante. Algunos creen
que es la boca del Infierno.
	No lejos de ese inquietante lugar se encuentran, a lo que dicen, unos pozos se-
cretos en que los romanos haban sepultado sus tesoros antes de abandonar Africa.
Haba dado el pastor con uno de esos escondrijos al azar de un pastoreo? Eso era
lo que yo haba odo cuchichear en Fez mucho antes de que el tal Zerual hiciera
irrupcin en mi vida. Sea como fuere, una vez descubierto aquel tesoro, en vez de
despilfarrarlo inmediatamente, como suelen hacer aquellos a quienes sorprende la
fortuna, haba madurado despacio en su mente una estratagema. Tras haber vendi-
do, poquito a poco, una parte del tesoro, haba acudido un da, ricamente ataviado,
a la audiencia pblica del sultn de Fez.
	-Cuntos dinares de oro le sacas a Beni Zerual al ao? -le pregunt al mo-
narca.
	-Tres mil -2-contest el soberano.
	-Yo te dar seis mil, pagaderos por adelantado, si me lo arriendas.
	Y nuestro Zerual consigui lo que quera y adems un destacamento de solda-
dos para ayudarlo a cobrar eh impuesto, a sacarles a los habitantes sus menores aho-
rros, mediante amenazas o torturas. Al acabar el ao, volvi al palacio del soberano.
	-Me haba equivocado. No han sido seis mil sino doce mil dinares los que he
nodido conseguir.
	106	107


t
	lmpresionado, el seor de Fez le haba arrendado al Zerual eh conjunto del Rif y
le haba confiado cien ballesteros, trescientos soldados de caballera y cuatrocientos
de infantera para ayudarlo a esquilmar a ha poblacin.
	Durante cinco aos, el rendimiento de los impuestos fue mucho ms considera-
ble que en eh pasado, pero los rifeos empezaban a empobrecerse; muchos fueron a
instaharse a otras provincias del reino; algunas ciudades costeras llegaron incluso a
pensar en entregarse a los castellanos. Intuyendo que has cosas se estaban poniendo
feas, eh Zerual cedi su cargo, dej el Rif y vino a instalarse a Fez con el dinero que
haba robado. Como segua gozando de la confianza del monarca, se construy un
palacio y empez a dedicarse a toda clase de negocios. Avido, despiadado pero muy
hbil y siempre al acecho de ideas astutas.
	Mi padre lo haba conocido por mediacin de un rico emigrado andaluz y le ha-
ba expuesto su proyecto de criar gusanos de seda. Interesadsimo, el Zerual haba
hecho mil preguntas sobre la oruga, el capullo, la baba, la hilera, pidiendo a uno de
sus consejeros que recordara con detalle. Se haba declarado afortunado por colabo-
rar con un hombre tan competente como Mohamed.
	-Es -dijo risueo- la alianza de la inteligencia con ha fortuna.
	Al contestarle mi padre que todo Fez conoca la inteligencia y la habilidad del
Zerual, ste haba replicado:
	-No sabes t, que has ledo tantos libros, lo que la madre de un sultn de tiem-
pos antiguos dijo al nacer su hijo? No te deseo que tengas inteligencia, pues ten-
drs que ponerla al servicio de los poderosos; te deseo que tengas suerte, para que
la gente inteligente est a tu servicio. Esto es probablemente lo mismo que dese
mi madre al nacer yo -concluy eh Zerual riendo a carcajadas.
	La entrevista le pareci alentadora a mi padre aunque su interlocutor hubiese so-
licitado, al final, un plazo de reflexin; quera poner al monarca al corriente del pro-
yecto, conseguir su acuerdo, consultar con algunos tejedores, con algunas exporta-
doras. Sin embargo, para demostrar su gran inters por eh asunto, le adehant a Mo-
hamed cuatrocientas monedas de oro y tambin con el seuelo de una alianza entre
ambas familias.
	Al cabo de unos meses, creo que era eh shabdn de aquel ao, el Zerual llam a
mi padre. Lo inform de que su proyecto estaba aprobado y de que haba que em-
pezar los preparativos, localizar algunas plantaciones de moreras, plantar ms, con-
tratar trabajadores cualificados, construir los primeros criaderos de gusanos. El
propio rey estaba entusiasmado. Quera inundar de sedas Europa y los pases mu-
sulmanes, en cantidad suficiente para disuadir a los negociantes de ir hasta China
para importar tan valiosa mercanca.
	Mi padre saltaba de jbilo. As que su sueo iba a realizarse a una escala que su-
peraba con mucho sus esperanzas. Ya se vea rico, tendido en unos inmensos almo-
hadones de seda, en un palacio recubierto de maylica; sera el primero de los nota-
bles de Fez, eh orgullo de los granadinos, persona de confianza del sultn, benefac-
tor de has escuelas y de las mezquitas...



108
	-Para sellar el trato -prosigui el Zeruah-, qu mejor que una alianza de
sangre? No tienes una hija casadera?
	En el acto, Mohamed he prometi a su socio capitalista ha mano de Mariam.
	Por pura casualidad, me enter, das despus, del contenido de esa conversacin
que iba a cambiar muchas cosas en mi vida. Sara ha Vistosa haba ido al harn del
Zerual a vender sus perfumes y sus baratijas, como ya lo haca en las casas y pala-
cios de Granada. Durante toda la visita, has mujeres no haban hablado ms que de
ha nueva boda de su seor, bromeando sobre su infatigable vigor y discutiendo acer-
ca de las consecuencias que tendra esta nueva adquisicin para has actuales favori-
tas. El hombre ya tena cuatro esposas que eran las que la Ley le autorizaba a tener;
tena, pues, que repudiar a una, pero ya estaba acostumbrado y sus mujeres tam-
bin. La divorciada consegua una casa contigua y, a veces, hasta permaneca en la
misma y se cuchicheaba que algunas haban quedado encinta tras la separacin sin
que eh Zeruah se mostrara sorprendido ni ofendido.
	Sara, como es natural, corri esa misma tarde a casa de mi madre para contarle
has habladuras. Yo acababa de volver de ha escuela y estaba mordisqueando unos
dtiles y escuchando, distrado, ha chchara de ambas mujeres. De pronto, me llam
ha atencin un nombre. Me acerqu:
	-Hasta hes ha dado tiempo a ponerle a Mariam un mote: el gusano de seda.
	Hice que ha Vistosa me repitiera, palabra por palabra, la historia y, luego, le pre-
gunt ansiosamente:
	-Crees que mi hermana ser feliz en casa de ese hombre?
	-Feliz? Las mujeres slo intentan evitar lo peor.
	La respuesta me pareci demasiado general y evasiva:
	-Hblame de ese Zeruah!
	Era una orden de hombre. Puso un gesto algo burln pero contest:
	-No es que tenga muy buena reputacin. Astuto, sin demasiados escrpulos.
Inmensamente nco...
	-Dicen que ha saqueado el Rif...
	-Todos los prncipes han saqueado siempre las provincias y nunca hes ha nega-
do nadie por eso la mano de su hija o de su hermana.
	-Y cmo es con has mujeres?
	Me mir de pies a cabeza, detenindose con insistencia en ha fina pelusa de mi
rostro.
	-Qu sabes t de las mujeres?
	-S lo que tengo que saber.
	Empez a rerse, mi mirada resuelta la interrumpi. Se volvi hacia mi madre,
como para preguntarle si deba proseguir semejante conversacin conmigo. Como
sta le indicara que si, Sara tom aliento y me puso una pesada mano en el hombro:
	-Las mujeres de ese Zerual viven encerradas en su harn; jvenes o viejas, li-
bres o esclavas, blancas o negras, no son menos de un centenar que intrigan conti-
nuamente para pasar una noche con el seor, para conseguir un privilegio para su
hijo, una alfombra para su cuarto, una joya, un perfume, un elixir. Las que esperan


109


1
el afecto de un marido no lo conseguirn, has que buscan ha aventura acaban estran-
guhadas, las que slo quieren vivir en paz al abrigo de la necesidad, sin esfuerzo, sin
guisar, sin faenas caseras, sin que un marido hes pida una alcarraza o una bolsa de
agua caliente, sas pueden ser felices. A qu categora pertenece tu hermana?
	Yo estaba furioso.
	-No te parece escandaloso que, al cerrar un negocio, se he d como prima a un
viejo comerciante una nia de trece aos?
	-A mi edad, lo nico que a veces logra escandalizarme es la ingenuidad.
	Me volvi hacia mi madre, malhumorado:
	-T tambin piensas que ese individuo tiene derecho a arrebatarles el dinero a
los musulmanes, a tener cien mujeres en vez de cuatro, a hacer as mofa de la Ley de
Dios?
	Se refugi en un versculo revelado:
	-El hombre se vuelve rebelde en cuanto vive desahogado.
	Sin despedirme siquiera de ninguna de las dos, me levant y me fui. En derechu-
ra a casa de Harun. Necesitaba que alguien de mi entorno se indignara. Que alguien
me dijera que ha Tierra no se ha creado para entregrseha, con sus mujeres y sus ale-
gras, al Zerual y a los de su calaa. La mueca que puso mi amigo en cuanto men-
cion ese nombre me reconcili con la vida. Lo que haba odo l del prometido de
Mariam no era muy distinto de lo que ya saba yo. Eh Hurn me jur solemnemente
abrir una investigacin entre los mozos de cuerda del gremio para averiguar ms co-
sas de l.
guido por un esclavo que llevaba una ancha sombrilla, recorr las calles de la ciudad,
rodeado de los alumnos de mi clase que cantaban al unsono. Al borde del camino,
algunos transentes me saludaban con la mano y yo corresponda a sus saludos. De
trecho en trecho, un rostro conocido, Jali, mi madre, dos primas, algunos vecinos,
Hamza eh barbero con los mozos del hammam y, algo apartadas, en un porche, War-
da y Mariam.
	En cuanto a mi padre, me estaba esperando ante la sala donde haba de darse un
banquete en mi honor. Llevaba bajo el brazo el traje nuevo que, segn la tradicin,
tena yo que ponerle ah maestro en prueba de gratitud. Me contemplaba con enter-
necedora emocion.
	Lo observ yo tambin. En un instante, se me agolparon en la mente tantas im-
genes suyas: conmovedor cuando me describa Granada, afectuoso cuando me aca-
riciaba la nuca, terrorfico cuando haba repudiado a mi madre, odioso cuando ha-
ba sacrificado a mi hermana, lastimoso cuando estaba dermmbado en la mesa de
una taberna. Cuntas verdades me daban ganas de gritarle desde lo alto de mi
montura! Pero sabia que se me volvera a hacer un nudo en ha lengua cuando tocara
eh suelo con los pies, cuando tuviera que devolverle al prestamista caballo y sedas,
cuando hubiera dejado de ser el efmero hroe de la Gran Recitacin.
	Ser amigos, tener trece aos, apenas una promesa de barba y declarar ha guerra a
la injusticia: veinte aos despus, es la estampa de la felicidad. En aquel momento,
cuntas frustraciones, cuntos sufrimientos! Cierto es que yo tena dos buenas razo-
nes para luchar. La primera era la sutil llamada de socorro que me haba lanzado
Mariam camino de Mequinez, llamada cuya angustia contenida meda yo ahora por
completo. La segunda era ha Gran Recitacin, que vena a insuflar a mi adolescencia
eh orgullo de saber los preceptos de ha Fe y ha voluntad de no permitir que se hiciera
mofa de ellos.
	Para entender lo que supone la Gran Recitacin en la vida de un creyente hay
que haber vivido en Fez, ciudad del saber que parece edificada en torno a las escue-
las, a has madrasas, igual que se edifican algunos pueblos en torno a una fuente o a
la tumba de un santo. Cuando, despus de unos cuantos aos de paciente memori-
zacin, uno acaba sabindose de memoria cada sura, cada versculo del Corn,
cuando el maestro lo declara a uno apto para la Gran Recitacin, ello supone pasar
de golpe de ha infancia a la vida de hombre, del anonimato a la notoriedad. Para
unos es el momento de empezar a trabajar, para otros, el de ingresar en el colegio,
lugar de ciencia y autoridad.
	La ceremonia que se organiza en tal ocasin le da al joven fes ha impresin de
haber entrado en eh mundo de los poderosos. Por lo menos eso es lo que sent yo
aquel da. Vestido de seda como un hijo de emir, montado en un caballo de raza, se-
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L


El ao de la estratagema
908 de la hgira
(7 de julio de 1502-25 de junio de 1503)







	-El Zerual nunca ha sido el pobre pastor que dice ser. Y nunca encontr un te-
soro. La verdad es que, durante aos, ha sido un bandido, un salteador de caminos,
un asesino y su fortuna mcial no ha sido sino el fruto de un cuarto de siglo de ra-
pias. Pero ah no acaba la cosa.
	Harn haba estado huroneando admirablemente semana tras semana pero, a
pesar de mis frecuentes splicas, se haba negado a revelarme el menor indicio hasta
que ha investigacin no hubiera acabado.
	Aquel da, haba venido a esperarme ante la mezquita de los kairuanes. Yo tena
clase de tres a cinco de la maana con un erudito sirio que estaba de paso en Fez.
Harn haba dejado los estudios y ya llevaba la tnica corta y terrosa de los mozos
de cuerda; pronto haba de empezar su trabajo de cada da.
	-Lo ms grave -continu el Hurn- es que es un individuo celoso hasta la de-
mencia, permanentemente convencido de que sus mujeres intentan engaarlo, sobre
todo las ms jvenes y hermosas. Basta una denuncia, una calumnia, una palabra in-
sidiosa que deje caer un rival para que la infeliz muera estrangulada. Los eunucos
del Zerual se encargan a continuacin de hacer que parezca que ha muerto ahoga-
da, de una cada fatal o de esquinencia. Ya van por lo menos tres mujeres muertas
en circunstancias cuando menos sospechosas.
	Estbamos caminando, arriba y abajo, bajo los soportales de la mezquita ilumi-
nados por numerosas lmparas de aceite. Harn call, esperando mi reaccin. Pero
yo estaba demasiado agobiado para articular eh menor sonido. Era cierto que saba
que el hombre a quien estaba prometida mi hermana era capaz de muchos desma-
nes y, por eso, intentaba impedir el matrimonio. Pero ahora ya no se trataba de evi-
tarle a una adolescente una vida triste y aptica: se trataba de librarla de las garras
de un asesino, de un monstruo sanguinario. El Hurn no estaba menos preocupado
que yo pero su mente no se demoraba nunca en has lamentaciones:
	-Cundo ha de celebrarse la ceremonia?
	-Dentro de dos meses todo lo ms. El contrato est firmado, los preparativos
van ya muy adelantados, mi padre est reuniendo la dote, han encargado las sba-
nas y los colchones de gala, el traje de Mariam ya est listo.
	-Tienes que hablar con tu padre, a solas, pues si se entrometiera cualquier otra
persona se obcecara y ya nada podra impedir ha desgracia.
	Segu su consejo, excepto en un detalle. Le dije a mi madre que comprobara por
medio de Sara si las informaciones de Harn eran verdicas. La Vistosa lo confirm
todo una semana despus, no sin haberme hecho jurar sobre el Corn que jams
mencionara su nombre en este asunto. Necesitaba este nuevo testimonio para poder
enfrentarme a mi padre sin que el menor asomo de duda se me pasara por la mente.
	A pesar de esta precaucin, me pas una noche entera dndole vueltas en ha ca-
beza a lo que podra decirle para imciar el tema, primero, para aguantar los asaltos,
despus, y en definitiva, si el Altsimo se mostraba comprensivo conmigo, para con-
vencerlo. Se formaron y se desbarataron en mi mente mil rplicas, desde las ms h-
biles hasta las ms secas, pero ninguna dur hasta la maana, de manera que tuve
que enfrentarme con mi padre al da siguiente sin la menor idea, sin el menor princi-
pio de argumento.
	-Quisiera decirte algo que a lo menor te disgusta.
1
Estaba engullendo, como cada maana, su papilla de escanda cocida, sentado en

	un almohadn de cuero en un rincon del patio.
-Has hecho alguna tontera?
	-No se trata de m.
Saqu fuerzas de flaqueza.
	-Desde que la gente sabe que mi hermana va a casarse con el Zerual, a veces
vienen a contarme cosas inquietantes.
	Con el tazn en los labios, sorbi ruidosamente.
	-Quin? Lo que sobran en esta ciudad son envidiosos!
	No me di por enterado.
	-Dicen que varias mujeres suyas han muerto estranguladas.
	-Si alguien te vuelve a decir semejante cosa, contstale que si esas mujeres han
recibido un castigo, ser porque lo merecan y que las jvenes de nuestra familia han
sido siempre irreprochables.
-Ests seguro de que Mariam ser feliz con...?
	-Mtete en tus asuntos.
	Se limpi la boca con la manga y se levant para marchase. Me agarr a l, lasti-
moso.
	-No te vayas as! Djame hablar contigo!
	-Le he prometido tu hermana a ese hombre y no tengo ms que una palabra.
Adems hemos firmado y la boda se celebrar dentro de unas semanas. En lugar de
quedarte aqu escuchando patraas, haz algo til! Ve a ver si avanza el trabajo de los
colchoneros.
	-En todo lo que se relacione con esa boda, me niego a...
	La bofetada. Tan violenta que ha cabeza me estuvo dando vueltas durante un
buen rato. Detrs de m, oi el grito ahogado de Warda y de Mariam que, refugia-
das tras una puerta, no haban perdido detalle de la conversacin. Mi padre me co-
gi la mandbula con la mano, apretndomela con fuerza y sacudindomela febril-
mente.
	-No vuelvas a decirme nunca: me niego! No vuelvas a hablarme nunca en ese
tono!
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	No s lo que me dio en aquel momento. Tena la impresin de que por mi boca
hablaba otro:
	-Jams te habra hablado en ese tono si no te habiera visto sentado en una ta-
berna!
	Nada ms decirlo, ya estaba arrepentido. Hasta el fin de mis das me arrepentir
de haber pronunciado esas palabras. Hubiera querido que volviera a abofetearme,
que me moliera a golpes, antes que verlo derrumbarse, como lo hizo, en eh almoha-
dn, como atontado, con eh rostro entre las manos. De qu hubiera servido que he
pidiera perdn? Sal de su casa, huyendo de m mismo, sin ver a nadie, con la cabe-
za hueca y dolorida. Aquella noche no dorm ni en casa de mi padre ni en casa de
mi to. Llegu al atardecer a casa de Harn, me ech en una estera y no me volv a
levantar.
	Hasta eh da siguiente. Era viernes. Al abrir los ojos, vi a ma amigo mirndome
de hito en hito. Tuve la impresin de que llevaba horas en la misma postura:
	-Un poco ms y te pierdes ha oracin de medioda.
	No exageraba casi, pues el sol estaba muy alto.
	-Cuando llegaste ayer tarde tenias cara de haber matado a tu padre, como deci-
mos nosotros.
	Mi sonrisa no fue sino una horrible mueca. Le expliqu lo ocurrido.
	-Has hecho mal en decirle eso. Pero l tambin hace mal, y mucho ms que t,
al entregarle su hija a un verdugo. Vas a dejar que se comeca un crimen contra tu
hermana para reparar tu propia falta?
	Eso era precisamente lo que estaba a punto de hacer. Pero, as expresada, ha cosa
me pareca infame.
	-Puedo recurrir a Jali, l encontrar argumentos para convencer a ma padre.
	-Abre los ojos, ya no es a tu padre a quien hay que convencer.
	-No ser Mariam quien pueda negarse a ha boda! Si se atreviera a abrir la
boca, mi padre le rompera los huesos!
	-Queda el novio!
	Yo no entenda. Deba de estar, efectivamente, medio dormido.
	-Eh Zerual?
	-S, l, y no me mires con esos ojos. Levntate y sgueme!
	Por el camino me fue explicando la estratagema. No era ala puerta del rico ban-
dido donde haba que ir a llamar, sino a ha de un anciano que no tena nada que ver,
ni de cerca ni de lejos, con ha boda de mi hemana. Y que, sin embargo, era el nico
que an poda impedirla.
	Astaghflrullah.
	Nos abri l mismo. Nunca lo haba visto sin turbante. Pareca casi desnudo y
abultaba la mitad. No haba salido en todo el da, pues le dola el costado desde ha-
ca dos viernes. Tena setenta y nueve aos, nos dijo, y pensaba que ya haba vivido
bastante, pero slo Dios es juez.
	La visita de dos chiquillos de aspecto atribulado lo intrigaba.
	-Espero que no vengis a anunciarme una mala noticia.
	Harn tom h~ palabra. Lo dej. La iniciativa era suya. Que siguiera con ella
hasta el final.
	-Una mala noticia, s, pero no una defuncin. Una boda contraria a la Ley de
Dios no es una mala noticia?
	-Quin se casa?
	-La hermana de Hasan, Mariam...
	-La hija de la rumiyya?
	-La madre no viene al caso. Puesto que el alamn es musulmn, la hija es mu-
sulmana.
	El jeque miraba al Hurn afectuosamente.
	-Quin eres? No te conozco.
	-Soy Harn, hijo de Abas el mozo de cuerda.
	-Sigue. Me agrada lo que dices.
	Alentado por estas palabras, mi amigo explic el objeto del paso que acabba-
mos de dar. No se entretuvo en la suerte de las mujeres del Zerual, pues saba que
ese argumento no conmovera demasiado a Astaghfirullah. En cambio, evoc la
vida licenciosa del novio, sus relaciones con sus antiguas esposas y, luego, se detuvo
ampliamente en su pasado, en has matanzas de viajeros, sobre todo los primeros
emigrantes andaluces, en el expolio del Rif.
	-Lo que cuentas basta para mandar a un hombre al fuego del Infierno hasta eh
final de los tiempos. Pero, qu pruebas tienes? Qu testigos puedes citar?
	Harn adopt un tono humilde:
	-Mi amigo y yo somos demasiado jvenes, no hace nada que hemos superado
la Gran Recitacin y nuestra palabra no tiene mucho peso. No sabemos gran cosa
de la vida y es posible que nos causen indignacin actos que a ojos de los dems
puedan parecer habituales. Ahora que hemos dicho cuanto sabemos, ahora que he-
mos descargado nuestras conciencias, te toca a ti, venerable jeque, ver lo que ha de
hacerse.
	Cuando estuvimos fuera, mir al Hurn con aire dubitativo. Pareca seguro de
haber actuado bien.
	-Lo que he dicho, lo pienso de verdad. Hemos hecho cuanto podamos. Ya slo
nos queda esperar.
	Pero su aspecto jovial deca otra cosa.
	-Me parece que ests encantado, observ, y no veo el motivo por ninguna
parte.
	-Es posible que Astaghflrullah no me conociera pero yo lo conozco a l desde
hace aos. Y confo en su mal genio.
	Al da siguiente, el jeque pareca curado. Se vio circular febrilmente su turbante
por los zocos, agitarse bajo los soportales, antes de ir a meterse en un hammam. El
viernes siguiente, a la hora de mayor afluencia, tom la palabra en su mezquita ha-
bitual, la ms frecuentada por los emigrantes andaluces. Con la mayor candidez del
mundo, se puso a contar la vida ejemplar de un hombre respetadsimo al que no
nombrar, evocando el bandolerismo, el pillaje, el libertinaje, con alusiones tan


	114	115
1

concretas que todos los asistentes acabaron por cuchichear el nombre del Zerual,
aunque no se hubiera pronunciado ni una sola vez.
	-Tales son los hombres a los que respetan y admiran los creyentes en estos
tiempos de decadencia! Tales son los hombres a los que estis orgullosos de abrir
las puertas de vuestras casas! Tales son los hombres a los que sacrificis vuestras hi-
jas como a divinidades de antes del islam!
	Antes de acabar el da, no se hablaba en la ciudad ms que de este incidente. Al
propio Zerual le repitieron palabra por palabra eh discurso del jeque. En el acto,
mand buscar a mi padre, insult en su presencia a Granada y a todos los andalu-
ces, he notific, tartamudeando de rabia, que ya no haba ni que hablar del acuerdo,
de la boda ni de los gusanos de seda, que lo instaba a devolverle inmediatamente los
dinares que le haba adelantado, que eh alamn y todos los suyos no tardaran en la-
mentar amargamente lo hecho. Aterrado, Mohamed intent protestar de su inocen-
cia, pero los guardaespaldas lo echaron sin ningn miramiento.
	Con frecuencia, cuando se anula as una boda en el ltimo momento, en un am-
biente de rencor y, sobre todo, cuando eh novio se siente escarnecido, hace que cun-
da el rumor de que su prometida no era virgen o de que era de costumbres ligeras,
para que no pueda encontrar otro marido. No me hubiera sorprendido que el ban-
dido rechazado hubiera reaccionado de esa manera, por lo muy humillado que se
senta.
	Pero nunca, en mis peores pesadillas, hubiera podido imaginar la venganza que
meditaba el Zeruah.























116
r
El ao de la brizna atada
909 de la hgira
(26 de junio de 1503-13 de junio de 1504)
	Aquel ao haba comenzado resbaladizo, apacible y estudioso. Eh dia de ao
nuevo, que cay en pleno verano, se chapoteaba por las calles de tanto como las ha-
ban regado las noches anteriores, con motivo del Mihrayn. A cada tropezn, a ca-
da charco de barro, me acordaba de mi padre que tanto odiaba esta fiesta y has cos-
tumbres que con ella se relacionaban.
	No lo haba vuelto a ver desde nuestra ria, quiera Dios perdonarme un da!,
pero preguntaba por l con regularidad a Warda y a Mariam. Sus respuestas nunca
eran tranquilizadoras. Habindose arruinado para dotar esplndidamente a mi her-
mana y hallndose a un tiempo endeudado, frustrado en sus sueos y privado del
afecto de los suyos, Mohamed buscaba eh olvido en has tabernas.
	Sin embargo, en las primeras semanas del ao, pareca estar empezando a repo-
nerse, lentamente, de la ruptura con el Zerual. Haba acabado por arrendar, en ha
cumbre de una montaa, a seis millas de Fez, una mansin antigua, algo deteriorada
pero con una vista soberbia de ha ciudad y amplias tierras donde juraba que iba a
producir las mejores uvas y los mejores higos del reino: yo sospechaba que tambin
iba a producir su propio vino, aunque la montaa perteneciese a las posesiones de ha
Mezquita Mayor. Proyectos, en verdad, ms modestos que eh cultivo de ha seda; pe-
ro, por lo menos, no ponan a mi padre a sueldo de un bandido como el Zeruah.
	De este ltimo no haba vuelto a saberse nada desde hacia meses. Haba olvida-
do su descalabro, haba hecho borrn y cuenta nueva, l de quien se deca que gra-
baba en mrmol ha menor injuria? Me haca preguntas a m mismo, de vez en cuan-
do, inquietudes pasajeras que barran mis muy absorbentes ocupaciones de estu-
diante.
Se me pasaba el tiempo en las aulas; en ha mezquita de los kairuanes, desde la
medianoche hasta la una y media, de acuerdo con eh horario de verano, eh resto del
e da en eh ms clebre colegio de Fez, ha madrasa Bu-Inania; dorma en los interva-
los, un poco al amanecer, un poco por ha tarde; ha inactividad me resultaba insopor-
table, eh reposo me pareca superfluo, tena apenas quince aos, un cuerpo rebosan-
te de vitalidad, un mundo por conocer y pasin por la lectura.
	Nuestros profesores nos hacan estudiar cada da comentarios del Corn o de ha
Tradicin del Profeta y se entablaba una discusin. De las Escrituras, pasbamos a
menudo a la medicina, a ha geografa, a las matemticas o a la poesa, a veces inchu-
so a ha filosofa o a la astrologa, a pesar de la prohibicin formal de estas disciplinas


117

1
por parte del soberano. Tenamos la suerte de que nuestros maestros fueran hom-
bres versados en todas has ramas del conocimiento. Para distinguirse del pueblo
llano, algunos llevaban los turbantes enrollados en torno a unos gorros altos y pun-
tiagudos, semejantes a los que iba a ver entre los mdicos durante mi estancia en
Roma. Los estudiantes llevbamos un gorro corriente.
	A pesar de su ciencia y de su forma de vestir, nuestros profesores eran en su ma-
yora hombres amables, pacientes a ha hora de explicar, atentos a los talentos de
cada uno. A veces nos invitaban a su casa para enseamos su biblioteca; uno tena
quinientas obras, otro mil, otro ms de tres mil y nos animaban a que cuidramos la
caligrafa para poder copiar los libros ms valiosos pues as es, insistan, como se di-
funde la ciencia.
	Cuando tena un rato entre dos clases, iba al punto de los mozos de cuerda. Si
estaba Harn bamos a tomar leche cuajada o a dar una vuelta por la plaza de los
Prodigios y sus aledaos donde raramente quedaba decepcionada nuestra curiosi-
dad. Si eh Hurn estaba ausente, cruzaba eh mercado de las flores para ir a ver a Ma-
nam.
	Ambos habamos acordado que pondra una brizna de hierba atada en una ren-
dija del muro exterior cada vez que mi padre estuviera pasando la semana en eh
campo. Un da, sera a finales de safar, eh segundo mes del ao, fui; estaba la brizna
atada. Toqu la campanilla. Warda grit desde dentro:
	-No est mi marido. Estoy sola con mi hija. No puedo abrir.
	-Soy yo, Hasan!
	Confusa, me explic que minutos antes haban venido unos hombres, haban lla-
mado a la puerta con insistencia, exigiendo que los dejara pasar. Estaba asustada.
Mariam, que me pareci plida y frgil, tambin.
	-Qu pasa en esta casa? Tenis cara de haber llorado has dos.
	Les volvieron a correr las lgrimas, pero Warda se rehzo al momento.
	-Desde hace tres das, esto es un infierno. No nos atrevemos ni a salir a la calle.
Los vecinos vienen continuamente a preguntarnos si es cierto que...
	Se le quebr la voz y fue Mariam quien sigui diciendo, con aire ausente:
	-Preguntan si no padezco eh mal.
	Cuando en Fez se dice <el mal, se alude a ha lepra y cuando se dice eh barrio,
sin ms, es eh de los leprosos.
	An no me haba percatado de lo que acababan de decirme cuando oi repique-
tear en la puerta.
	-En nombre del sultn, polica! Ahora ya no estis solas! Acaba de entrar un
hombre. Puede hablar con nosotros.
	Abr. No haba menos de diez personas, un oficial, cuatro mujeres con velos
blancos y los dems, soldados.
	-Es aqu donde vive Mariam, hija de Mohamed al-Wazzan el Granadino?
	El oficial desenroll un papel.
	-Esto es una orden del jeque de los leprosos. Tenemos que llevamos a ha llama-
da Mariam al barrio.
	En la mente, un nico pensamiento me daba vueltas: Si esto pudiera no ser
ms que una vulgar pesadilla! Me oi a m mismo decir:
	-Eso no son ms que calumnias! Jams ha tenido una mancha en eh cuerpo!
Es pura como un versculo revelado!
	-Ya lo veremos. Estas cuatro mujeres estn comisionadas para examinarla en eh
acto.
	Se metieron con ella en una habitacin. Warda intent seguirlas pero se lo impi-
dieron. Yo me qued fuera tambin, con la mente confusa pero intentando, a pesar
de todo, que el oficial se aviniera a razones. Este me contestaba con calma, hacien-
do como si se adhiriera a mis puntos de vista pero acababa diciendo, al final de cada
una de mis parrafadas, que era funcionario, que tena que cumplir rdenes, que ha-
ba que dirigirse al jeque de los leprosos.
	Al cabo de diez minutos, las mujeres salieron de la habitacin; dos de ellas suje-
taban a Mariam por debajo de los brazos y la arrastraban. Tena los ojos abiertos pe-
ro el cuerpo desmadejado; no le sala ni un sonido de ha garganta; pareca incapaz
de darse cuenta de lo que he pasaba. Una de las mujeres le cuchiche dos palabras al
odo al oficial; ste hizo una sea a uno de sus hombres que le ech por encima a
Mariam una tela burda de color terroso.
	-Tu hermana est enferma. Tenemos que llevrnosla.
	Intent interponerme; me apartaron con rudeza. Y eh siniestro cortejo ech a an-
dar. Al fondo del callejn se haban juntado unos cunosos. Grit, amenac, gesticu-
l. Pero Warda me sigui, suplicante.
	-Vuelve dentro, por el Cielo! No hay que amotinar a todo eh vecindario. Tu
hermana podra no casarse ya nunca.
	Volv hacia la casa, cerr de un portazo y me puse a dar puetazos a las pare-
des, insensible al dolor. Warda se acerc a m, sollozaba pero conservaba la mente
lcida.
	-Espera que se alejen y luego irs a hablar con tu to. Tiene conocidos en pala-
cio. Podr hacer que vuelva.
	Me agarr por ha manga y tir de m hacia atrs.
	-Clmate, tienes has manos desolladas.
	Los brazos se me derrumbaron pesadamente en los hombros de Warda a ha que
estrech, lleno de rabia, sin aflojar, sin embargo, los puos como si siguiera apo-
rreando la pared. Se desplom, apoyndose en mi. Sus lgrimas me corran por eh
cuello; su cabello me velaba los ojos, ya slo respiraba su aliento abrasador, hmedo
y perfumado. Ni yo pensaba en ella ni ella pensaba en mi. Para nosotros no existan
nuestros cuerpos. Pero, de pronto, existan por su cuenta, acalorados por la furia.
Nunca, antes, me haba sentido hombre, nunca la haba sentido a ella mujer. A pe-
sar de sus treinta y dos aos, la edad de ser abuela, tena eh rostro sin una arruga y el
cabello negro azabache. No me atreva ya a moverme por miedo a traicionarme, ni a
hablar por miedo a alejarla, ni siquiera a abrir los ojos por miedo a tener que reco-
nocer que estaba abrazado a la nica mujer que me estaba rigurosamente prohibida,
la de mi padre.


	118	119
	Por dnde bogaba su pensamiento en aquellos instantes? Se senta resbalar,
como yo, hacia el engranaje del placer? No lo creo. Estaba slo entumecida, em-
botada en cuerpo y alma? Necesitaba aferrarse al nico ser que comparta su an-
gustia? Nunca lo sabr, pues nunca hemos hablado de ello, nunca nada, en nuestros
gestos ni en nuestras palabras, quiso recordar que hubo un momento en que ramos
hombre y mujer unidos por ha mano despiadada del Destino.
	Le corresponda a ella deshacer el abrazo. Lo hizo imperceptiblemente, con es-
tas palabras de tierno alejamiento:
	-Vete, Hasan, hijo mo. Dios nos ayudar. Eres el mejor hermano que Mariam
puede tener!
	Corr, contando a media voz los pasos para no poner la mente en ninguna otra
cosa. Hasta casa de Jali.

	Mi to me escuch sin pestaear pero lo not afectado, ms de lo que hubiera
credo dada ha total ausencia de relaciones entre mi hemana y l. Cuando hube aca-
bado mi relato, me explic:
	-El jeque de los leprosos es un hombre con gran poder en esta comarca. Slo l
est habilitado para sacar de Fez a las personas contagiadas, slo l tiene autoridad
sobre los habitantes del barrio. Pocos cades se atreven a oponerse a sus decisiones y
al propio sultn rara vez se le ocurre inmiscuirse en su macabro dominio. Adems,
es un hombre riqusimo, pues muchos creyentes, al morir, dejan propiedades a be-
neficio del barrio, bien porque el mal haya afectado a su familia, bien porque se ha-
yan apiadado al ver a esos desdichados. Y eh jeque es quien administra todas esas
rentas. Una parte ha utiliza para procurar a los enfermos alojamiento, alimentos y
atenciones, pero le quedan sumas importantes que emplea en toda clase de transac-
ciones para aumentar su fortuna personal. Es muy probable que est asociado con
el Zerual en algn negocio y que haya accedido a hacerle un favor para permitirle
vengarse de nosotros.
	Haba odo claramente a mi to decir nosotros! Mi sorpresa no he pas inad-
vertida.
	-Sabes desde hace mucho lo que pienso de la pasin de tu padre por esa rumiy-
ya. Un da perdi la cabeza porque ella estuvo a punto de abandonarle, porque a l
le haba parecido que estaba en juego su honor, porque quera, a su manera, tomarse
una revancha sobre los castellanos. Desde entonces no ha vuelto a recuperar el juicio.
Pero lo que acaba de ocurrir no atae ni a Mohamed ni a Warda ni siquiera a esa in-
fortunada Mariam; el Zerual ha escarnecido a toda ha comunidad granadina de Fez.
Tenemos que luchar, aunque slo se trate de ha hija de ha rumiyya. Una comunidad se
desintegra en cuanto consiente en abandonar al ms dbil de sus miembros.
	Sus argumentos eran lo de menos; su actitud me devolva ha esperanza.
	-Crees que podremos salvar a mi hermana?
	-Pidele al Altsimo que te d esperanza y paciencia! Tendremos que luchar
contra personajes poderosos y diabolicos. Ya sabes que el Zerual es amigo del
sultn.


120
	-Pero si Mariam ha de vivir mucho tiempo en el barrio, acabar siendo leprosa
de verdad.
	-Hay que ir a verla, decirle que no se mezcle con los dems, llevarle de comer
carne de tortuga que ayuda a combatir el mal. Y, sobre todo, que se cubra el rostro
continuamente con un velo empapado en vinagre.
	Le cont esa conversacin a Warda. Esta se hizo con los productos indicados y
cuando mi padre regres a ha ciudad, das despus, fue con l a los confines del ba-
rrio. Un vigilante llam a Mariam que vino a verlos. Pareca agobiada, abrumada,
despavorida, con los ojos inyectados en sangre en eh rostro lvido. Un ro la separaba
de sus padres, que pudieron hablar con ella, prometerle una pronta liberacin, darle
consejos. Lo que queran entregarle, se lo confiaron al guarda, ponindole unos
cuantos dirhems en la mano.
	Cuando regresaron, los estaba esperando en la puerta. Mi padre hizo como si no
me viera. Puse una rodilla en tierra y he tom ha mano que me llev a los labios. Al
cabo de unos prolongados segundos, ha apart, me la pas por eh rostro y luego por
la nuca, dndome unas palmaditas. Me incorpor y me arroj en sus brazos.
	-Hamos algo de comer -he dijo a Warda con voz cansada-. Tenemos que
hablar.
	Warda se afan.
	En cuanto a la conversacin, ni l ni yo dijimos gran cosa. En aquel momento, lo
importante era seguir as, juntos, de hombre a hombre por vez primera, sentados en
ha misma esterilla, hundiendo la mano del mismo modo en el mismo plato de
cuscs. El compromiso matrimonial de Mariam nos haba malquistado; su suplicio
haba apresurado nuestra reconciliacin. Tambin iba a contribuir al acercamiento
entre Mohamed y la familia de mi madre.
	Aquella tarde, Jali vino a casa de mi padre cuyo umbral no haba traspasado
nunca desde nuestra llegada a Fez, diez aos antes. Warda he sirvi como a un invi-
tado de categora, le ofreci horchata y puso ante l una inmensa cesta llena de
uvas, de albaricoques, de peras y de ciruelas. A cambio recibi benvolas sonrisas y
palabras de aliento. Luego se retir tras una puerta para dejamos hablar.

Eh resto del ao transcurri en su totalidad en infatigables gestiones y en inter-
minables concilibulos. A veces, algunas personas ajenas a la familia se unan a no-
sotros, aportando sus consejos y compartiendo nuestras decepciones. Eran granadi-
nos en su mayora, pero tambin haba dos amigos mos. Uno era Harn, por des-
contado, que pronto iba a hacer suyo el problema, hasta el punto de desposeerme
de l. El otro se llamaba Ahmed. En el colegio tena el sobrenombre de el Cojo.
Cuando evoco su recuerdo, no puedo evitar permanecer unos instantes pensativo,
perplejo, en tanto la pluma suspende su sinuoso rasgueo. Hasta en Tnez, hasta en
El Cairo, hasta en La Meca y hasta en Npoles he odo hablar del Cojo y nunca he
de de preguntarme si este antiguo amigo dejar alguna huella en la Historia o si
pasar por la memoria de los hombres como un nadador audaz cruza el Nilo, sin
modificar su curso ni su crecida. Como cronista, sin embargo, tengo el deber de ol-
121

1
vidar mis resentimientos para contar lo ms fielmente posible lo que he sabido de
Ahmed desde el dia en que entr, por primera vez aquel ao, en clase donde lo re-
cibieron las risas y los sarcasmos de los estudiantes. Los jvenes fesies son despiada-
dos con los forasteros, sobre todo si dan ha impresin de llegar en derechura de su
provincia de origen y, ms an, si arrastran alguna tara.
	El Cojo haba recorrido el aula con ha mirada, como para quedarse con cada
sonrisa, con cada rictus; luego, haba venido a sentarse a mi hado, bien porque aquel
fuera para l eh sitio de ms fcil acceso, bien porque hubiera visto que yo lo miraba
de otra manera. Me haba estrechado vigorosamente ha mano, pero lo que dijo no
era un simple saludo.
	-T eres, como yo, forastero en esta maldita ciudad.
	Ni preguntaba ni hablaba en voz baja. Mir a mi alrededor, violento. Insisti:
	-No tengas miedo de los feses. Estn demasiado atiborrados de ciencia para
que les quede el menor valor.
	Casi gritaba. Yo me senta embarcado en contra de mi voluntad en un rencor
que no senta. Intent zafarme, adoptando un tono de broma:
	-Cmo dices eso t que vienes a buscar ha ciencia a una madrasa de Fez?
	Sonri con condescendencia:
	-No busco ha ciencia pues es seguro que entorpece has manos ms que una ca-
dena. Has visto alguna vez a un doctor de ha Ley mandar un ejrcito o fundar un
reino?
	Mientras hablaba, entr el profesor con paso lento y majestuosa silueta. Por res-
peto, toda la clase se levant.
	-Cmo quieres que un hombre luche con esa cosa que le oscila en la cabeza?
	Yo estaba ya lamentando que Ahmed se hubiera puesto a mi hado. Lo mir ho-
rrorizado.
	-Baja ha voz, te lo ruego, va a ofrte eh maestro.
	Me dio en la espalda una palmada paternal.
	-No seas tan medroso! Cuando eras nio, no decas en voz alta verdades que
los adultos ocultaban? Bueno, pues t eras quien tena razn en aquel momento.
Tienes que volver a hallar en ti el tiempo de la ignorancia pues tambin era eh tiem-
po del valor.
	Como para ilustrar lo que acababa de afirmar, se levant, avanz cojeando hasta
eh elevado asiento del profesor y se dirigi a l sin reverencia, lo que acall al instan-
te todo ruido en eh aula.
	-Me llamo Alimed, hijo del jerife Saadi, descendiente de la Casa del Profeta,
oracin y salvacin para l! Si cojeo, es porque me hirieron el ao pasado cuando
combata contra los portugueses que invadieron los territorios de El Sus.
	Ignoro si estara ms emparentado que yo con eh Mensajero de Dios; en cuanto a
la cojera, era de nacimiento como supe despus por uno de sus parientes. Dos men-
tiras, pues, pero que intimidaron a cuantos estaban presentes, empezando por el
profesor.
	Ahmed volvi a su sitio con la cabeza muy alta. Desde el primer da de colegio


122
se haba convertido en el ms respetado y admirado de los estudiantes. Ya no ca-
minaba sino rodeado de una bandada de condiscpulos sumisos que rean cuando
rea, temblaban cuando se enfadaba y compartan todas sus enemistades. Que
eran de lo ms tenaz. Un da, uno de nuestros maestros, fes de rancio abolengo,
se haba atrevido a emitir dudas acerca de la ascendencia que reivindicaba el Co-
jo. Una opinin que no poda tomarse a la ligera, pues aquel profesor era el ms
clebre del colegio ya que haba conseguido, haca poco, el privilegio de pronun-
ciar el sermn semanal en la Mezquita Mayor. En el primer momento, Aluned no
contest, conformndose con lanzarles una sonrisa enigmtica a los estudiantes
que lo interrogaban con la mirada. El viernes siguiente, la clase entera se despla-
zo para escuchar al predicador. Apenas hubo dicho ste las primeras palabras, al
Cojo le dio un interminable ataque de tos. Poco a poco, empezaron a toser otros,
tomando eh relevo y, al cabo de un minuto, miles de gargantas sonaban y carras-
peaban al unsono, curioso contagio que se prolong hasta el final del sermn, de
modo que los fieles volvieron a sus casas sin haber odo ni una palabra. A partir
de entonces aquel profesor se guard muy mucho de volver a hablar de Alimed y
de su noble pero dudosa ascendencia.
	Yo nunca segu las huellas del Cojo y, seguramente, era por eso por lo que me
respetaba. Unicamente nos veamos a solas, a veces en mi casa, a veces en la suya,
es decir, en la propia madrasa donde haba habitaciones destinadas a los estudiantes
cuya familia no viva en Fez; los suyos vivan en los confines del reino de Marra-
kech.
	He de reconocer que, hasta cuando estbamos solos los dos, algunas de sus acti-
tudes me repelan, me inquietaban e incluso a veces me asustaban. Pero tambin se
mostraba, en ocasiones, generoso y abnegado. As fue, en todo caso, como se me
manifest aquel ao, pendiente de mis menores momentos de abatimiento, atinando
en cada ocasin con el tono necesario para devolverme los nimos.
	De su presencia, as como de la de Harn, tena yo gran necesidad, aun cuando
ambos parecan incapaces de salvar a Mariam. Slo mi to pareca estar en condicio-
nes de efectuar las gestiones que se imponan. Vea a hombres de ley, a emires del
ejrcito, a dignatarios del reino; unos se mostraban tranquilizadores, otros, apura-
dos, otros prometan una solucin antes de la prxima fiesta. Nosotros no soltba-
mos una esperanza ms que para aferrarnos a otra, igualmente yana.
	Hasta que Jali consigui, al cabo de mil intercesiones, llegar al hijo mayor del
soberano, eh prncipe Mohamed eh Portugus, as apodado porque lo haban captu-
rado a ha edad de siete aos en la ciudad de Arcila y conducido a Portugal donde es-
tuvo muchos aos cautivo. Ahora tena cuarenta aos, la edad de mi to, y permane-
cieron un buen rato juntos hablando de poesa y recordando los infortunios de Ah-
daluca. Cuando, al cabo de dos horas, Jali mencion el problema de Mariam, eh
prncipe se mostr indignadsimo y se comprometi a hacer llegar el caso a odos de
su padre.
	No tuvo tiempo, pues el sultn muri, curiosa coincidencia, al da siguiente mis-
mo de la visita de mi to a palacio.


123

1
Ir
  Decir que los mos lloraron mucho tiempo al anciano monarca sera una pura	El ao de la caravana
mentira, no slo porque era amigo del Zeruall sino tambin porque los lazos recien-	910 de la 
hgira
temente creados entre su hijo y Jali nos permitan augurar lo mejor.	(14 de junio de 1504-3 de 
junio de 1505)








	Aquel ao fue el de mi primer gran viaje que haba de conducirme, cruzando el
Atlas, Segehmesse y Numidia, hacia la llanura sahariana y, luego, hacia Tombuct,
misteriosa ciudad del pas de los negros.
	A Jali le haba encargado eh nuevo sultn de Fez que llevara un mensaje al pode-
roso soberano del Sudn, eh Askia Mohamed Tur, anuncindole su subida al poder
y prometindole establecer entre sus dos reinos has ms amistosas relaciones. Como
me haba prometido cinco aos antes, con ocasin de su periplo por Oriente, mi to
me invit a acompaarlo; yo le haba hablado de ello a mi padre que, por respeto a
mi sedosa pero ya abundante barba, no pens en oponerse.
	La caravana se haba puesto en marcha nada ms empezar a refrescar el otoo;
se compona de doscientas monturas que transportaban hombres, vveres y regalos.
Llevbamos guardias en camello para protegernos durante todo el trayecto, as
como soldados a caballo que haban de emprender el camino de regreso en los um-
brales del Shara. Se necesitaban tambin camelleros y guias avezados, as como
criados en nmero suficiente para que la embajada pareciera considerable a ojos de
nuestros anfitriones. A la comitiva oficial se haban unido, tras solicitar el permiso
de mi to, varios negociantes con sus mercancas, con ha intencin de beneficiarse a
un tiempo de la proteccin real a lo largo del camino y del trato de favor que no de-
jaramos de recibir en Tombuct.
	Los preparativos haban sido demasiado minuciosos, demasiado largos para mi
gusto. Los ltimos das ya no lograba dormir ni leer, ya no respiraba sino a entrecor-
tadas y fatigosas bocanadas. Necesitaba partir en el acto, aferrarme lo ms arriba
posible a la joroba de un camello, dejar que me tragara la inmensidad desrtica don-
de hombres, animales, agua, arena y oro tienen todos el mismo color, eh mismo va-
lor, la misma insustituible futilidad.
	Muy pronto descubr que tambin era posible dejarse tragar por la caravana.
Cuando los compaeros de viaje saben que, juntos, habrn de caminar dnrante se-
manas y meses en la misma direccin, de afrontar los mismos peligros, de vivir, co-
mer, orar, divertirse, pasar penalidades, morir a veces, dejan de ser extraos entre s;
ningn vicio permanece oculto, ningn artificio perdura. Vista de lejos, ha caravana
es una comitiva; vista de cerca, es una aldea, con sus chismes, sus bromas, sus moti-
nes, sus intrigas, sus conflictos y sus reconciliaciones, sus veladas de canto y poesa,
una aldea para ha que todas las comarcas estn lejos, incluso aquella de la que proce-
	124	125
1

de, incluso aquellas que cruza. Un alejamiento as es lo que yo estaba necesitando
para olvidar has agotadoras angustias de Fez, la saa del Zerual, ha crueldad sin ros-
tro del jeque de los leprosos.
	El mismo da de ha partida, cruzamos la ciudad de Sefr, situada al pie del Atlas,
a quince millas de Fez. Los habitantes son ricos pero visten pobremente, con la ropa
llena de manchas de aceite, por culpa de un prncipe de la familia real que se cons-
truy all una residencia y que agobia a impuestos a toda persona que parezca gozar
de cierta prosperidad. Al pasar por la calle mayor, mi to acerc su montura a la ma
para cuchichearme al odo:
	-Si alguien te dice que ha avaricia es hija de ha necesidad, dile que se equivoca.
Son los impuestos los que han engendrado la avaricia!
	No lejos de Sefr, la caravana tom eh puerto por donde pasa eh camino de Nu-
midia. Dos das despus, estbamos en pleno bosque, cerca de has ruinas de una ciu-
dad antigua llamada Am eh-Asnam, el Manantial de los Idohos. Haba all un templo
donde hombres y mujeres solan reunirse al atardecer, en cierta poca del ao. Una
vez cumplidos los sacrificios rituales, apagaban las luces y cada cual haca uso de la
mujer que el azar le haba puesto al lado. Pasaban as toda la noche y por la maa-
na, se les recordaba que, durante eh ao, ninguna de las mujeres presentes tena de-
recho a acercarse a su marido. A los nios que nacan durante ese lapso de tiempo,
los criaban los sacerdotes del templo. Este qued destruido, as como la ciudad en-
tera, durante la conquista musulmana; pero el nombre ha sobrevivido, testigo nico
de aquella sociedad ignorante.
	Dos das despus pasamos cerca de una aldea de montaa rebosante de vestigios
antiguos. La llaman Los Cien Pozos>, porque en sus proximidades hay pozos de
tal profundidad que diranse grutas. Cuentan que uno de ellos tiene varios pisos en
cuyo interior hay salas tapiadas, unas grandes y otras pequeas, pero todas con la
misma disposicin. Por eso, los buscadores de tesoros vienen ex profeso desde Fez
para bajar, con ayuda de cuerdas y provistos de faroles. Muchos no vuelven a salir
jams.
	Una semana despus de salir de Fez, atravesamos una localidad llamada Um
Yunaiba, donde subsiste una extraa costumbre: hay un ro, que bordean las carava-
nas, y dicen que ningn hombre que pase por ah debe avanzar si no es bailando y
dando saltos y que, sino lo hace, contraer las fiebres cuartanas. Todo nuestro grupo
se puso a ello alegremente, hasta yo, hasta los guardias, hasta los obesos mercaderes,
movidos por juego unos, por supersticin otros, otros por evitar has picaduras de los
insectos, con excepcin de mi to, a quien le pareci que su dignidad de embajador
le prohiba esa clase de chiquillada. Habra de lamentarlo cruelmente.
	Estbamos ya en las altas montaas, donde sopla, incluso en otoo, un viento
del norte glacial e imprevisible. No esperaba hallar, en lugares tan elevados y de cli-
ma tan rudo, gente tan bien vestida y, sobre todo, tan instruida. Hay, en particular,
en una de las montaas ms fras una tribu llamada Mestasa cuya principal actividad
consiste en copiar, con la mejor letra, gran nmero de libros y venderlos en el Ma-
greb y en otros lugares. Un viejo mercader genovs residente en Fez, el seor Tom-
126
Inaso de Marino, que se haba unido a nuestra caravana y con el cual tuve frecuentes
conversaciones, compr en una sola aldea un centenar de libros de esos, admirable-
mente caligrafiados y encuadernados en cuero. Me explic que los ulemas y los altos
personajes del pas de los negros compraban muchos y que se trataba de un comer-
co muy lucrativo.
	Como nos habamos detenido a pasar ha noche en esa localidad, acompa al ge-
novs a una cena que he daba su proveedor. La casa estaba bien edificada, con mr-
moles y maylica, tapices de hana fina en has paredes y, en el suelo, alfombras, de
lana tambin, pero de agradable colorido. Todos los invitados parecan muy prspe-
ros y no pude por menos de hacerle a nuestro anfitrin, con mil precauciones de
lenguaje, una pregunta que me quemaba los labios: cmo era posible que los habi-
tantes de esta regin tan fra, tan montaosa, estuviesen tan favorecidos en haberes
y saberes?
	El seor de la casa se ech a reir:
	-Quieres comprender, en resumidas cuentas, por qu los habitantes de estos
montes no son todos unos patanes, unos mendigos y unos desharrapados?
	Yo no lo habra dicho as pero era exactamente eso lo que me intrigaba.
	-Has de saber, joven visitante, que eh mayor regalo que eh Altsimo puede ha-
cerle a un hombre es eh de haberlo hecho nacer en una alta montaa por ha que pa-
sen las rutas de las caravanas. La ruta es el vehculo del conocimiento y de ha rique-
za, la montaa procura proteccin y libertad. Vosotros, los habitantes de las ciuda-
des, tenis a vuestro alcance todo el oro y todos los libros, pero tenis prncipes ante
los cuales inclinis ha cabeza...
	Recapacit:
	-Puedo hablarte como un anciano to a un sobrino, como un anciano jeque a
un discpulo, sin andarme con rodeos sobre las enseanzas de la vida? Me prome-
tes no escandalizarte?
	Mi amplia sonrisa lo anim a proseguir.
	-Quienes viven en una ciudad consienten en renunciar a toda dignidad, a todo
amor propio, a cambio de ha proteccin de un sultn que ha vende cara aun cuando
no sea ya capaz de otorgara. Quienes viven lejos de has ciudades, pero en las llanu-
ras y has colinas, se libran del sultn, de los soldados y de los recaudadores de im-
puestos; sin embargo, estn a merced de las tribus de saqueadores nmadas, rabes
y, a veces, hasta berberes, que infestan la regin, y nunca pueden levantar un muro
sin el temor de verlo pronto derruido. Quienes viven en un lugar inaccesible, pero
lejos de las rutas, estn, en verdad, al abrigo tanto de la esclavitud como del pillaje;
no obstante, al no tener intercambio alguno con otras comarcas, acaban viviendo
como animales, ignorantes, sin recursos y amedrentados.
	Me ofreci una copa de vino que rechac cortsmente. Eh tom una y bebi un
trago antes de continuar:
	-Slo nosotros somos unos privilegiados: vemos pasar por nuestra aldea a gente
de Fez, de Numidia, del pas de los negros, mercaderes, dignatarios, estudiantes y
ulemas; cada uno nos trae una moneda de oro o un traje, un libro para leer o copiar,


127

1
o slo un relato, una ancdota, riqueza y sabidura, al abrigo de estos montes inac-
cesibles que compartimos con has guilas, las cornejas y los leones, nuestros com-
paeros de dignidad.
	Le cont estas palabras a mi to que suspir sin decir nada y, a continuacin, alz
la mirada al cielo. No s si era para encomendarse al Creador o para observar el
vuelo de un ave de presa.
	Nuestra siguiente etapa fue en los montes del Ziz, as llamados porque en ellos
nace un ro de ese mismo nombre. Los habitantes de esta regin pertenecen a una
tribu berber muy temida, los Zanaga. Son hombres fornidos, llevan una tnica de
lana directamente sobre ha piel y se enrollan alrededor de has piernas trapos que les
sirven de calzas; lo mismo en invierno que en verano, van destocados. Me es impo-
sible, no obstante, describir a esta gente sin evocar algo increble que se ve entre
ellos y que parece ser cosa de milagro: circulan entre las casas gran nmero de ser-
pientes, tan mansas y dciles como gatos o perrillos. Cuando alguien se pone a co-
mer, se renen a su alrededor para coger las migajas de pan y los dems alimentos
que les echan.
	Durante la tercera semana de nuestro viaje, bajamos los montes del Ziz, a travs
de inmensos palmerales de frutos tiernos y exquisitos, en direccin a la llanura don-
de se halla Segelmesse. O mejor debera decir donde se hallaba esa ciudad tan ad-
mirada por los viajeros de los tiempos pasados. Decan que la haba fundado el pro-
pio Alejandro Magno, que su calle mayor tena la longitud de medio da de marcha,
que todas sus casas estaban rodeadas de un jardin y de un vergel, que posea presti-
giosas mezquitas y madrasas clebres.
	De sus murallas, antao tan altas, no quedan ms que algunos tramos medio de-
rruidos e invadidos por la hierba y el musgo. De sus habitantes no quedan ms que
clanes enemigos, cada uno de los cuales est afincado con su jefe en una aldea forti-
ficada prxima a las ruinas de ha antigua Segelmesse. Su principal preocupacin es
dificultar la vida al clan que reside en la aldea vecina. Se muestran despiadados unos
con otros, llegando incluso a destruir las canalizaciones de agua, a cortar has palme-
ras a ras de suelo, a incitar a las tribus nmadas a que devasten las tierras y has casas
de sus adversarios, hasta eh punto que me parece que merecen su suerte.
	Contbamos con permanecer tres das en el territorio de Segelmesse para que
descansaran hombres y monturas, comprar algunos vveres, reparar algunos utensi-
lios; estaba escrito que permaneceramos all varios meses pues, al da siguiente mis-
mo de nuestra llegada, mi to cay enfermo. A veces le daban escalofros durante eh
da, cuando eh calor era asfixiante, sudaba por todos los poros por ha noche, cuando
haca tanto fro como en las altas montaas. Un mercader judo de la caravana, muy
versado en medicina, diagnostic unas cuartanas que parecan ser el castigo por ha-
berse negado Jali a seguir ha danzarina costumbre de Um Yunaiba. Slo Dios es
dueo de la recompensa y del castigo!

	No me apartaba un instante de ha cabecera de mi to, atento al menor gesto, a la
menor mueca, contemplndolo a veces durante horas, mientras dorma con sueo
IT
agitado. De repente, lo not avejentado, dbil, indefenso, mientras que dos das an-
tes era capaz de tener en vilo a toda una asamblea hablando de los rum, de los leo-
nes o de las serpientes. Gracias a sus dotes de poeta y orador, gracias tambin a sus
vastos conocimientos, haba impresionado a Mohamed eh Portugus que, desde su
llegada al poder, lo haba hecho acudir cada semana. Se hablaba de que iba a recibir
un nombramiento de consejero, de secretario o de gobernador de una provincia.
	Recuerdo que un da, a su regreso de palacio, le haba preguntado a Jali si haba
vuelto a hablar de Mariam. Me haba contestado con tono algo apurado:
	-Estoy ganndome poco a poco ha confianza del soberano. Pronto estar en
condiciones de conseguir de l, sin ha menor dificultad, la liberacin de tu hermana.
Por el momento, he de actuar con la mayor delicadeza posible: sera un error pedir-
le algo.
	Luego, haba aadido, riendo a modo de excusa:
	-As tendrs que comportarte cuando hagas poltica!
	Poco despus del nombramiento de Jali como embajador, yo haba vuelto a ha
carga. Entonces he haba hablado al soberano y ste he haba prometido que a su re-
greso de Tombuct la joven estara en su casa. Mi to he haba dado expresivamente
las gracias y me haba comunicado la noticia. Yo haba decidido entonces ir, por pri-
mera vez, al barrio para contarle a Mariam ha promesa del monarca as como la no-
ticia de mi viaje.
	Haca un ao que no la vea, por exceso de afecto pero, tambin, por cobarda.
No pronunci ni una palabra de reproche. Me sonri como si acabramos de sepa-
ramos unos instantes antes, me pregunt por las clases, me pareci tan serena que
me sent intimidado, contrito, desorientado. Quiz hubiera preferido verla sollozar,
tener que consolarla, aunque de lejos puesto que nos separaba un ro. Le anunci
triunfalmente ha promesa del soberano. Reaccion lo imprescindible para no herir-
me. Le habl de mi marcha, puso cara de entusiasmo pero no supe si lo haca debi-
do a una sbita alegra o por burla. Ese ro que un hombre robusto hubiera podido
cruzar en dos saltos se me antojaba ms profundo que un barranco, ms ancho que
un brazo de mar. Mariam estaba tan lejos, tan impenetrable; su voz me llegaba
como una pesadilla. De pronto, una anciana leprosa a la que no haba visto acercar-
se, le puso a mi hermana en el hombro una mano sin dedos. Grit y cog unas pie-
dras para arrojrselas, pidindole que se alejara. Mariam se interpuso, protegiendo a
la leprosa con su cuerpo:
	-Suelta esas piedras, Hasan, que vas a lastimar a mi amiga!
	Hice lo que me deca pero me senta al borde del desmayo. Le hice un gesto de
despedida y me volv para marcharme, partindoseme eh alma. Mi hermana volvi a
gritar mi nombre. La mir. Se haba acercado hasta la orilla del agua. Lloraba; era la
primera vez desde que yo estaba all:
	-Vas a sacarme de aqu, verdad?
	Lo dijo con voz suplicante y que me result tranquilizadora. Con un gesto, que
me sorprendi a m ms que a nadie, extend ha mano ante m como si la pusiera so-
bre el Libro y pronunci, con voz lenta y alta, este juramento:
	128	129


t
	-Juro no casarme antes de sacarte de este barrio maldito.
	Sonri abiertamente. Me volv entonces y me alej a toda prisa, pues quera con-
servar esa imagen de ella durante todo mi viaje. Ese mismo da, fui a ver a mi padrc
y a Warda para darles noticias de su hija. Antes de llamar a la puerta, me qued uz
instante inmvil. En una rendija del muro exterior, estaba todava, parda y seca, la
brizna atada por Mariam el da de su captura. La tom y me la llev furtivamente a
los labios. Luego, la volv a dejar en su sitio.

	Estaba pensando una vez ms en aquella brizna cuando Jali abri los ojos. Le
pregunt si estaba mejor; me dijo que s con la cabeza pero se volvi a dormir al ins-
tante. Sigui as, entre la vida y la muerte, incapaz de moverse, hasta el principio de
la estacin clida, cuando cualquier travesa del Shara habra sido imposible. Tuvi-
mos, pues, que esperar varios meses en la regin de Segelmesse antes de proseguir
nuestro viaje.































130
El ao de Tombuct
911 de la hgira
(4 de junio de 1505-23 de mayo de 1506)






	Mi to pareca completamente restablecido cuando reanudamos la marcha aquel
ao, al comienzo de la estacin fresca, en direccin a Tabelbala, situada en pleno
desierto de Numidia, a trescientas millas del Atlas, a doscientas millas del sur de Se-
gelmesse, en una regin donde eh agua escasea, as como ha carne, salvo ha de los
avestruces y los antlopes, y donde slo la sombra de una palmera atena a veces la
tirana del sol.
	Habamos previsto nueve das para esa etapa y, desde la primera velada, Jali se
puso a hablarme de Granada, de forma algo parecida a como lo haba hecho mi pa-
dre unos aos antes. Quiz la enfermedad de uno y el abatimiento del otro haban
surtido el mismo efecto, el de empujarlos a transmitir su testimonio y su sabidura a
una memoria ms joven, menos amenazada, que el Altsimo preserve mis pginas
del fuego y del olvido! De una noche para otra, esperaba yo la continuacin de su
relato, nicamente interrumpido a veces por los ladridos de un chacal demasiado
cercano.
	Al tercer da, sin embargo, nos salieron al encuentro dos soldados. Eran porta-
dores de un mensaje del seor cuyas tierras se hallaban al oeste de nuestra ruta. Se
haba enterado de que eh embajador del rey de Fez estaba de paso por ha regin y te-
na muchsimo empeo en verlo. Jail se inform por un gua que le dijo que el rodeo
nos retrasara dos semanas por lo menos. Se excus, pues, ante los soldados, dicin-
doles que un enviado del soberano no poda visitar a los seores que se hallaban
fuera de su ruta, tanto ms cuanto que la enfermedad ya haba retrasado considera-
blemente su misin. No obstante, para dejar bien patente en qu estima tena a ese
seor -del que ms adelante me confes que nunca haba odo hablar-, enviara a
su sobrino a besarle la mano.
	Sbitamente me vea, pues, convertido en embajador, yo que an no haba cum-
plido los dieciocho aos. Mi to hizo que me acompaaran dos soldados a caballo y
me provey de algunos regalos que haba de darle, en su nombre, a ese amable
seor: un par de estribos decorados al estilo moruno, un par de soberbias espuelas,
un par de cordones de seda trenzados con hilos de oro, uno violeta y otro azul celes-
te, un libro de nueva encuadernacin que contaba la vida de los santos personajes
de Africa, as como un poema de elogio. El viaje dur cuatro das que aprovech
para escribir, a mi vez, unos cuantos versos en honor de mi anfitrin.
	Llegado que hube a la ciudad, que se llamaba Uarzazat, creo, me avisaron de


131


L
A
que el seor estaba cazando leones en has montaas de los alrededores y de que ha-
ba dejado instrucciones para que fuera a reunirme con l. Le bes la mano y le
transmit los saludos de mi to. Puso a mi disposicin un alojamiento en que pudiera
descansar hasta su regreso. Volvi antes de la cada de ha noche y me convoc a su
palacio. Me present, pues, le volv a besar la mano, he di, uno a uno, los regalos, que
fueron muy de su agrado, y, a continuacin, he tend eh poema de Jali que mand leer
a su secretario, haciendo traducir cada palabra, pues no sabia mucho de rabe.
	Lleg la hora de comer, que estaba esperando con impaciencia, pues no tena
nada en el estmago desde por ha maana, salvo unos cuantos dtiles. Nos trajeron
carne de cordero asada y cocida, envuelta en una finsima pasta hojaldrada, algo pa-
recido a la lasaa italiana pero con ms cuerpo. Luego, trajeron eh cuscs, el fta~,
otra mezcla de carne y pasta, as como diversos platos que no recuerdo. Una vez que
estuvimos todos ampliamente saciados, me levant y recit mi propio poema. El
seor hizo que le tradujeran algunas frases pero, el resto del tiempo, se limit a ob-
servarme con mirada enternecida y protectora. En cuanto hube terminado, se retir
a dormir, pues la caza lo haba agotado, pero al da siguiente por la maana, muy
temprano, me invit a desayunar con l, mand a su secretario que me diera cien
monedas de oro para que se las entregara a mi to, as como los dos esclavos para su
servicio durante el viaje. Me encarg que le dijera que esos presentes slo eran para
agredecerle su poema y no la contrapartida de los regalos que aqul le haba hecho.
Me entreg tambin diez monedas de oro para cada uno de los soldados a caballo
que me acompaaban.
	A m me reservaba una sorpresa. Empez por darme cincuenta monedas de oro
pero, cuando sal, el secretario me hizo seas de que lo siguiera. Recorrimos un pa-
sillo hasta una puerta baja que nos condujo a un patinillo. En el centro, un caballo,
hermoso pero pequeo, montado por una soberbia amazona morena con eh rostro
descubierto.
	-Esta joven esclava es eh regalo del seor por tu poema. Tiene catorce aos, ha-
bla bien el rabe. La llamamos Hiba.
	Tom las riendas y me las puso en ha mano. Tir de ellas, mirando hacia arriba,
sm dar crdito a mis ojos. Mi regalo sonrio.
	Plenamente satisfecho de haber conocido a un seor tan generoso y corts, volv
directamente a Tabalbala, donde me estaba esperando la caravana. Le anunci a mi
to que haba cumplido perfectamente mi misin y le cont detalladamente cada pa-
labra, cada gesto. Le entregu los presentes a l destinados, he transmit las palabras
que los acompaaban y, para acabar, le cont mi deliciosa sorpresa. En ese punto de
mi historia, eh rostro se he ensombreci.
	-Seguro que te han dicho que esa esclava hablaba rabe?
	-Claro, y he podido comprobarlo durante el camino de regreso.
	-No lo dudo, pero si tuvieras ms edad y ms seso, hubieras interpretado de
otra forma las palabras del secretario. Regalarte esa esclava puede ser una manera
de honrarte pero, tambin de insultarte, de hacerte patente eh envilecimiento de
quienes hablan tu lengua.


132
r
	-Hubiera debido rechazarla?
Mi to se ech a rer de buena gana:
	-Ya veo que te vas a desmayar slo de pensar que hubieras podido dejar a esa
muchacha en eh patio en que la encontraste.
	-Entonces, puedo quedarme con ella?
	Me sala el tono de un nio que no quiere soltar un juguete. Jali se encogi de
hombros e hizo seas a los camelleros de que se dispusieran a marchar. Cuando me
estaba alejando, me volvi a llamar:
	-Has tocado ya a esa muchacha?
	-No -le contest con ha mirada baja-. Durante eh camino, hemos dormido al
aire libre y tena a los guardias cerca.
	Haba malicia en eh rictus que puso:
	-Tampoco la tocars ahora, pues antes de que volvamos a dormir bajo techado
habr pasado el mes de ramadn. Como viajero, no ests obligado a ayunar pero
debes mostrar de alguna otra manera tu sumisin al Creador. Mandars a tu esclava
que se cubra de pies a cabeza, le prohibirs que se perfume, que se pinte, que se pei-
ne y hasta que se lave.
	No protest, pues comprend inmediatamente que eh celo religioso no era el ni-
co motivo de esta recomendacin. Con frecuencia se han visto en las caravanas dis-
putas, ataques de locura e incluso crimenes debido a la presencia de una sirvienta
hermosa y mi to quera evitar a toda costa cualquier tentacin, cualquier actitud
provocadora.
	Nuestra siguiente etapa nos condujo hacia los oasis del Tuat y del Ghurara, ca-
beza de lnea de has caravanas saharianas. Es all, en efecto, donde los mercaderes y
los dems viajeros se esperan para partir juntos.
	Muchos comerciantes judos estaban establecidos en estos oass pero haban sido
vctimas de una curiosa persecucin. El mismo ao de la cada de Granada, que era
tambin el ao de la expulsin de los judos espaoles, haba venido a Fez un predi-
cador de Tremecn que incitaba a los musulmanes a exterminar a los judos de ha
ciudad. En cuanto se enter, el sultn mand expulsar a aquel agitador que fue a re-
fugiarse a los oasis del Tuat y del Ghurara y consigui sublevar a la poblacin contra
los judos; los asesinaron a casi todos y se incautaron de sus bienes.
	En esa comarca hay muchas tierras cultivadas, pero son ridas, pues no se las
puede regar ms que con agua de los pozos; son tambin tierras pobres y para enri-
quecerlas los habitantes utilizan un mtodo poco comn. Cuando llega un visitante,
lo invitan a alojarse en sus casas, sin pedirle nada a cambio, pero recogen el estircol
de las monturas y hacen comprender a las personas que los ofenderan si hicieran
sus necesidades fuera de sus casas. Por eso se ven los viajeros obligados a taparse la
nariz cuando pasan junto a un campo cultivado.
	Esos oasis son la ltima estacin en que hay la posibilidad de aprovisionarse
como es debido antes de cruzar el Shara. Las aguadas se van espaciando cada vez
ms y se precisan ms de dos semanas para llegar al primer lugar habitado. Hay que
precisar tambin que en ese lugar, llamado Teghaza, no hay ms que minas de las


133


L
que se extrae sal. La guardan hasta que viene a comprarla una caravana para ven-
derla en Tombuct, donde siempre escasea. Cada camello puede llevar hasta cuatro
barras de sal. Los mineros de Teghaza no tienen ms vveres que los que les llegan
de Tombuct, situada a veinte das de camino, o de alguna ciudad igualmente aleja-
da. A veces se ha dado el caso de que, al haberse retrasado alguna caravana, se haya
encontrado a algunos de esos hombres muertos de hambre en sus cabanas.
	Pero pasada esa localidad es cuando el desierto llega a ser un autntico infierno.
Ya slo se encuentran osamentas blanqueadas de hombres y de camellos muertos de
sed, los nicos animales vivos que se ven con profusin son las serpientes.
	En la zona ms rida de ese desierto se hallan dos tumbas coronadas por una
piedra que tiene grabadas unas inscripciones. En ellas puede heerse que en ese lugar
se hallan sepultados dos hombres. Uno era un rico mercader que, de paso por all y
torturado por ha sed, he haba comprado al otro, un caravanero, una taza de agua por
diez mil monedas de oro. Pero tras haber dado unos cuantos pasos, vendedor y
comprador se haban desplomado juntos, muertos de sed. Slo Dios dispensa vida
y bienes!

	Aunque fuera yo ms elocuente y mi pluma ms dcil, hubiera sido incapaz de
describir lo que se siente cuando, tras semanas de agotadora travesa, con los ojos
lacerados por los vientos de arena, la boca tumefacta por agua salada y tibia, el
cuerpo abrasado, sucio, dolorido de mil agujetas, se ven aparecer por fin los muros
de Tombuct. Es cierto que, al salir del desierto, todas las ciudades son bellas, todos
los oasis se asemejan al jardn del Edn. Pero en ningn otro lugar me ha parecido la
vida tan sonriente como en Tombuct.
	Habamos llegado a la puesta de sol; nos esperaba un destacamento de soldados
enviados por el seor de la ciudad. Como era demasiado tarde para que nos recibie-
ra en palacio, nos condujeron a unos alojamientos previstos para nosotros, segn eh
rango de cada cual. Mi to se instal en una casa prxima a la mezquita; a m me co-
rrespondi una amplia habitacin que daba a una plaza bulliciosa pero que estaba
empezando a vaciarse. Por la noche, tras un bao y una cena ligera, mand llamar a
Hiba, con permiso de Jali. Deban de ser las diez de la noche. Nos lleg un tumulto
desde ha calle: se haba reunido un grupo de jvenes que tocaban msica, cantaban y
bailaban en la plaza. Pronto haba de acostumbrarme a esos paseantes que iban a
volver durante toda mi estancia. Aquella noche, el espectculo me resultaba tan de-
sacostumbrado que me apost en la ventana y no me volv a mover. Quiz me sen-
ta, adems, intimidado por estar por vez primera en una habitacin con una mujer
que me perteneca.
	Esta haba reparado los estragos del camino y se encontraba descansada, son-
riente y sin velo como el da que me la haban regalado. Se acerc a la ventana y se
puso a mirar, como yo, a los bailarines, con el hombro imperceptiblemente pegado
al mo. La noche era fresca, fra incluso, pero a m me arda el rostro.
	-Quieres que haga lo que hacen ellos?
	Y, sin esperar mi respuesta, empez a bailar con todo el cuerpo, despacio prime-
ro y luego cada vez ms deprisa, pero sin perder un pice de su gracia; sus manos,
su cabello, sus velos, revoloteaban por la habitacin, llevados por su propio viento,
sus caderas se movan al ritmo de la msica negra, sus pies descalzos trazaban ara-
bescos en eh suelo. Me apart de la ventana para dejar que entrara el claro de luna.
	Hasta eso de la una de la maana, quizs incluso hasta ms tarde, no volvi el si-
lencio a ha calle. Mi bailarina se tendi en eh suelo, agotada, jadeante. Corr la corti-
na de la ventana, buscando un poco de coraje en la oscuridad.
	Hiba. Aunque la tierra de Aflica no me hubiera hecho ms que ese regalo, hu-
biera merecido para siempre mi nostalgia.
	Por ha maana, mientras dorma, mi amante tena la misma sonrisa que haba
adivinado yo toda la noche y ese mismo olor a mbar gris. Inclinado sobre su frente
tersa y serena, la cubra de emocionadas y silenciosas promesas. Desde la ventana
me llegaban de nuevo ruidos, pregones de vendedores, crujidos de paja, tintineos de
cobre, gritos de animales, as como olores trados por un viento suave pero fresco
que alzaba tmidamente la cortina. Lo amaba todo, lo bendeca todo, al Cielo, al de-
sierto, ah camino, a Tombuct, al seor de Uarzazat y hasta a aquel discreto dolor
que senta por todo el cuerpo, privilegio de mi primer viaje, ardiente y torpe, hasta
el fondo de una desconocida.
	Abri los ojos y los volvi a cerrar al instante, como si temiera interrumpir mi
ensoacin. Murmur:
	-Nunca nos separaremos!
	En la duda, sonri. Pos mis labios en los suyos. Le deslic de nuevo la mano
por la piel para avivar los recuerdos de la noche. Pero ya llamaban a la puerta.
Contest sin abrir. Era un sirviente enviado por mi to para recordarme que nos es-
peraban en palacio. Haba de asistir, con traje de gala, a la presentacin de creden-
ciales.

	En la noche de Tombuct el ritual es preciso y suntuoso. Cuando un embajador
consigue una entrevista con el seor de la ciudad, debe arrodillarse ante l, rozando
eh suelo con el rostro, coger con ha mano un poco de tierra, rociarse con ella la cabe-
za y los hombros. Los sbditos de este prncipe deben hacer lo mismo, pero slo la
primera vez que he dirigen la palabra; para has entrevistas sucesivas, se simplifica eh
ceremonial. El palacio no es grande pero s de aspecto harto armonioso; lo constru-
y, har unos dos siglos, un arquitecto andaluz conocido con el nombre de Ishak eh
Granadino.
	Aunque vasallo del Asida Mohamed Tur, rey de Gao, de Mal y de otras mu-
chas comarcas, el seor de Tombuct es un personaje considerable, respetado en
todo eh territorio de los negros. Dispone de tres mil soldados a caballo y de una infi-
nidad de soldados de infantera armados con arcos y flechas envenenadas. Cuando
se desplaza de una ciudad a otra, monta en camello as como las personas de su cor-
te y lleva consigo caballos conducidos a mano por lacayos. Si se topa con enemigos
y tiene que luchar, el prncipe y sus soldados montan a toda prisa en los caballos,
mientras que los lacayos traban a los camellos. Cuando el prncipe logra una victo-
	134	135



ir
na, captura y vende a toda la poblacin que ha luchado contra l, adultos y nios;
por eso hay en las casas de ha ciudad, aunque sean modestas, gran cantidad de escla-
vos de ambos sexos. Algunos amos utilizan a las esclavas para vender diversos pro-
ductos en los zocos. Se has reconoce con facilidad, pues son has nicas mujeres de
Tombuct que no llevan velo. Buena parte del pequeo comercio est en sus manos,
sobre todo ha alimentacin y todo lo que con ella se relaciona, actividad particular-
mente lucrativa, pues los habitantes de la ciudad se alimentan bien: granos y ganado
abundan; eh consumo de leche y mantequilla es considerable. Slo escasea la sal y,
ms que echarla en los alimentos, los habitantes tienen en la mano trozos que lamen
de vez en cuando entre dos bocados.
	Los habitantes de ha ciudad son, a menudo, ricos, sobre todo los mercaderes, nu-
merosisimos en Tombuct. El prncipe los trata con mucho miramiento aun cuando
no sean de all -incluso ha dado a dos de sus hijas en matrimonio a dos comercian-
tes extranjeros debido a su fortuna-. Se importan en Tombuct toda clase de pro-
ductos, sobre todo telas de Europa que se venden mucho ms caras que en Fez. Para
has transacciones no se utiliza moneda acuada sino trozos de oro puro; los pagos
pequeos se efectan con cauris, que son unas conchas que proceden de Persia y de
las Indias.
	Mis das transcurran deambulando por los zocos, visitando has mezquitas, inten-
tando hablar con cualquier persona que supiera algo de rabe y anotando, a veces,
por ha noche, en mi habitacin, lo que haba observado, ante ha mirada administrati-
va de Hiba. Nuestra caravana deba permanecer una semana en Tombuct, antes de
dirigirse hacia Gao, residencia de Asida, ltima etapa de nuestro viaje. Pero una vez
ms, sin duda debido a las fatigas del camino, mi to cay enfermo. Le volvieron a
dar las cuartanas ha vspera de ha partida. De nuevo estaba yo noche y da a su cabe-
cera y debo confesar que, en ms de una ocasin, perd toda esperanza de que se
curara. El seor de ha ciudad le mand a su mdico, un negro muy viejo con una so-
tabarba blanca, que haba ledo las obras de los orientales as como las de los anda-
luces. Prescribi una dieta severa y prepar unas decocciones que no sabra decir si
fueron eficaces o slo inofensivas, pues el estado de mi to no conoci, durante tres
semanas, ni mejora duradera ni fatal deterioro.
	Cuando eh mes de shawwal tocaba a su fin, Jali decidi, a pesar de su extrema
debilidad, volver sin tardanza a Fez; se avecinaban los grandes calores que nos ha-
bran impedido la travesa del Shara antes del ao siguiente. Como intentara disua-
dirlo, me explic que no poda ausentarse dos aos para cumplir una misin que hu-
biera debido concluir en cinco o seis meses, que ya haba gastado todo eh dinero que
tena asignado, as como el suyo propio, y que en cualquier caso, si el Altsimo haba
decidido llamarlo a Si, prefera morir rodeado de los suyos antes que en tierra ex-
traa.
	Eran acertadas sus razones? No me atrevera a hacer un juicio despus de tan-
tos aos. No puedo ocultar, sin embargo, que el viaje de regreso fue un suplicio para
toda la caravana, pues mi to, a partir del sptimo da, no estuvo en condiciones de
sostenerse sobre eh lomo de su camello. An habramos podido desandar lo andado,
pero nos lo prohibi. No nos quedaba ms solucin que instalarlo en unas improvi-
sadas parihuelas que guardias y sirvientes llevaron por turnos. Entreg eh alma antes
de que llegramos a Teghaza y hubo que enterrarlo en la ardiente arena, al borde del
camino, que Dios le reserve en Sus amplios jardines un refugio ms umbro!
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137
El ao del testamento
912 de la hgira
(24 de mayo de 1506-12 de mayo de 1507)







	Haba salido de Fez entre eh equipaje de mi to, sin ms tarea que ir en pos de l,
escucharlo y aprender siguiendo sus huellas; aquel ao, regresaba cargado con el pe-
so de una embajada inconclusa, de una caravana a la deriva y de ha mujer ms bella
que jams naciera en eh desierto de Numidia.
	Pero ha carga ms pesada era una carta. Ah salir de Tombuct, haba visto a Jahi
escribirla. Aprovechaba ha menor parada para tomar del cinturn tintero y clamo y
ponerse a garabatear despacio, con mano trmula e insegura por ha fiebre. Todos
nuestros acompaantes lo observaban de lejos sin molestarlo jams, pensando que
anotaba sus impresiones del viaje para el sultn. Despus de su muerte, buscando en-
tre sus papeles, descubr ha carta, enrollada, sujeta con un hilo dorado; empezaba as:

	En el nombre de Al, el clemente, el misericordioso, seor del da del Juicio, El que enva a
los hombres cuya vida se acaba signos del cuerpo y de la mente para que se dispongan a ver Su res-
plandeciente faz.
	Es a ti, Hasan, sobrino mo, hijo mo, a quien me dirijo, a ti a quien no dejo en herencia ni mi
nombre ni mi modesta fortuna sino nicamente mis preocupaciones, mis errores y mis vanas ambi-
ciones.

	Su primer legado fue la caravana. Sus recursos se agotan, an tiene un largo ca-
mino por recorrer, su jefe se muere y a ti se volvern los hombres y de ti esperarn
en cada instante ha orden ms justa, la opimn ms prudente y que los lleves a buen
puerto. Habrs de sacrificarlo todo para que este viaje acabe con dignidad.
	Ya en los oasis, hube de sustituir tres camellos enfermos, renovar has provisiones,
pagar los servicios de dos guas que se separaban de nosotros en Segehmesse, repar-
tir unos cuantos dirhems entre los soldados para hacerles ha etapa agradable y cal-
marlos hasta ha siguiente, hacer algunos regalos a los notables que nos hospedaban,
sacndolo todo de una caja donde ya no haba ms que dieciocho dinares, el resto
de una suma que le haba prestado a mi to un mercader andaluz que haba hecho
un trecho de camino con nosotros a la ida. Habra podido, a mi vez, contraer una
deuda pero, debido a nuestra precipitada marcha de Tombuct, ningn comerciante
haba tenido tiempo de unirse a nosotros, de modo que yo era, dentro de mi indi-
gencia, el viajero menos pobre. Hube de resolverme a vender diversos regalos que
haba recibido Jali a lo largo del viaje, entre otros los dos esclavos que he haba rega-
lado eh seor de Uarzazat, que supusieron unos cuarenta dinares. Para poder con-
servar a Hiba sin exponerme a censuras ni a sarcasmos, hice correr eh rumor de que
estaba embarazada de m, extremo este que ignoraba, pero hube de vender su caba-
llo, intil y embarazoso estuche para la travesa del desierto.
tie	El segundo legado me lo presentaba mi to por medio de una parbola de los
mpos antiguos. Le preguntaron un da a una beduina a cul de sus hijos quera
ms. Ella contest: al enfermo hasta que cure; al pequeo hasta que crezca; al viaje-
ro hasta que vuelva. Sabia que a Jali le preocupaba desde haca mucho la suerte de
su hija menor, Ftima, nacida en Fez eh ao anterior a nuestra llegada y cuya madre,
ha nica esposa que iali tuvo siempre, haba muerto al traerla al mundo. A la nia la
$	haba criado mi abuela y luego, tras el fallecimiento de sta, mi madre, pues mi to
no haba querido volver a casarse, temiendo sin duda que una madrastra se mostrara
injusta con sus hijas. Ftima, que contaba doce aos a la muerte de su padre, siem-
pre me haba parecido escuchimizada, gruona y poco lozana. Jali no me haba invi-
tado nunca abiertamente a casarme con ella, pero yo saba que me estaba destinada,
puesto que entra dentro del orden natural de las cosas que un primo acoja en su re-
gazo a una de sus primas, a veces a la ms hermosa pero tambin, con frecuencia, a
aquella que resulta menos fcil colocar por otro procedimiento.
	Me resign, pues, sabiendo que cumpla as el deseo ms ardiente de mi to, eh de
no dejar a su muerte a ninguna de sus hijas sin marido. Con has cuatro primeras, ha-
ba procedido con mtodo: a la mayor le haba destinado ha habitacin ms amplia
de ha casa y sus hermanas no haban tenido otro cometido que eh de ocuparse de ella
como sirvientas. Era ha nica que haba tenido derecho a trajes nuevos y alhajas,
hasta que se haba casado. La segunda haba ocupado entonces su lugar en ha habi-
tacin grande, acaparando as los honores; las dems haban seguido eh mismo ca-
mino, a excepcin de Ftima, demasiado joven an y que me estaba destinada.

	Mi tercer legado te pertenece por derecho, puesto que se trata de tu madre que hace ya diez
aos que vive bajo mi techo, negndose, como yo, a volverse a casar. Ya no es joven y su nica fe-
licidad seria que tu padre volviera a tomarla. S que tiene esa intencin, pero Mohamed tiene el
defecto de adoptar demasiado deprisa las malas decisiones y demasiado despacio las buenas. No te
lo he dicho: la vspera de nuestra partida, dejando a un hado todo amor propio, le puse a tu padre
sobre el tapete esta cuestin, sin rodeos. Me contest que no dejaba de pensar en ello desde nues-
tra reconciliacin. Haba pedido incluso su opinin a un imn que he haba explicado que no poda
volver a tomar a una mujer de la que se haba divorciado a no ser que ella se hubiera vuelto a 
casar
entre tanto. Le suger, pues, que Salma se casara con uno de nuestros allegados que se comprome-
tiera a no consumar el matrimonio y a repudiarla inmediatamente. Tambin le cont la historia de
aquel prncipe andaluz que haba querido tomar a su ex esposa y que no soportaba la idea de verla
unida a otro, aun de forma ficticia. Haba interrogado a un cad de su squito que le haba encon-
trado una solucin ms digna de un poeta que de un doctor de la Ley. La mujer haba de ir de no-
che a una playa, tenderse desnuda en ella y dejar que las olas he envolviesen el cuerpo, como si 
se
abandonara a los efluvios de un hombre. Luego, podra el prncipe volver a tomarla sin infringir 
la
Ley. Nuestra charla acab entonces en risas.


	138	139
	Yo en vez de rer, me qued de piedra, con la mano crispada sobre la carta. Ante
mis ojos inmviles volvan a pasar las lejanas imgenes en que me vea de nio, con
mi madre y Sara, en ha tienda del librero astrlogo, cuya voz me sonaba en los odos.

La muerte va a pasar y luego las olas del mar.
Entonces regresarn ha mujer y su fruto.

	Cuando regres a Fez, mis padres se haban vuelto a casar y se quedaron muy
asombrados y chasqueados de que no me sorprendiera. Me guard muy mucho de
preguntarles por qu medio haban burlado la prohibicin.
	La carta de Jali prosegua: Dejo tambin en tus manos mi embajada, aunque no
es a m a quien pertenece sino al sultn que me ha encomend. Gracias a esta mi-
sin, esperaba acercarme a l, pero, por ha tierra que cubre a mi padre!, me mova
menos el inters por conseguir favores y riquezas que el de ayudar a los mos. No
fue intercediendo por tu hermana como conoc al prncipe? En ella debes pensar t
tambin cuando adules ah monarca. Cuando ests en su presencia, dale los regalos
que he corresponden, luego cuntale, cuidando el lenguaje, los frutos de tus observa-
ciones en Tombuct; dile, sobre todo, que en eh pas de los negros, hay numerosos
reinos que luchan entre s constantemente pero que nunca pretenden extenderse
ms all. Cuando hayas cautivado su atencin y ganado su estima, hblahe de Ma-
riam, a no ser que ya est libre en eh momento en que escribo estas lneas.

	No lo estaba, como me hizo saber Harn, que vino a recibirme a la llegada de la
caravana, a las puertas de palacio. All era donde deba devolver las monturas eh co-
misano de los camellos, depositar los regalos ante el capitn de los lacayos, a ha es-
pera de la entrevista con el soberano. Acabados los trmites, regres a casa a pie,
charlando con Harn, contndole ha enfermedad de mi to y su posterior muerte,
evocando mis recuerdos de Segehmesse y de Tombuct, sin olvidarme de Hiba, que
me segua a unos pasos en seal de respeto y llevaba mi equipaje. Eh Hurn me puso
al tanto de las ltimas novedades de Fez: Astaghfirullah haba muerto y tambin
Hamza el barbero. Dios tenga misericordia de ellos! Ahmed eh Cojo haba vuelto a
su provincia, al sur de Marrakech, donde capitaneaba, junto con su hermano, un pe-
queo grupo de muyahidines que combatan contra los portugueses.
	En el domicilio de Jali, las mujeres iban de negro pues la triste nueva haba lle-
gado mucho antes que ha caravana. All estaba Salma, encantada de mi regreso, que
se apresur a contarme, cuchicheando, su nueva boda. Segua viviendo en casa de
mi to para no encontrarse con Warda bajo el mismo techo. Mohamed divida su
tiempo entre tres viviendas, has de sus mujeres y su casa de campo a cuyo alrededor
prosperaban sus cultivos.
	Tambin vi a Ftima a quien, desde luego, eh luto no haba vuelto menos gruona
ni ms lozana, y que me dedic una mirada de desconsuelo. Instintivamente, me volv
para ver si Hiba estaba detrs de mi. Curiosa sensacin, estaba repitiendo los gestos
de mi padre, atrapado entre dos mujeres, una risuea esclava y una llorosa prima.


140
r
	Al da siguiente, fui de nuevo a palacio donde me concedieron audiencia ese
mismo da, por respeto al luto de mi familia. Sin embargo, no se me concedi una
audiencia privada. Ah soberano lo rodeaban eh capitn de los lacayos, el canciller,
guardin del sello real, el maestro de ceremonias y otros cortesanos, vestidos todos
ellos mucho ms suntuosamente que eh propio monarca, que conversaban tranquila-
mente entre si mientras yo recitaba, emocionado, frases laboriosamente preparadas.
De vez en cuando, eh sultn prestaba odos a algn murmullo mientras me indicaba
con ha mano que no me intermmpiera. Visto el inmenso inters que despertaban mis
palabras, las abrevi cuanto me fue posible y call. El monarca se percat de ello
pasados algunos cuchicheos, dijo que estaba asombrado de mi elocuencia, lo que era
una forma como otra cualquiera de recordarme mi juventud. Me pidi que transmi-
tiera su condolencia a los mos, me dijo mecnicamente unas palabras acerca de mi
to, nuestro fiel servidor, y concluy expresando eh deseo de yerme en otra oca-
sin. La entrevista haba terminado. Me resista a salir, sin embargo, y ello a pesar
del ceo fruncido del maestro de ceremonias:
	-Si me concedirais un minuto ms, quisiera presentaros una splica.
	Y me puse a hablar de mi hermana, lo ms deprisa que pude, pronunciando en
dos o tres ocasiones la palabra injusticia, recordando la promesa hecha a Jali. El mo-
narca miraba a otra parte; estaba convencido de que no me escuchaba; una palabra
suya me prob lo contrario:
	-La leprosa?
	El canciller le susurr una palabra al odo, luego se dirigi a m con una palma-
dita en eh hombro:
	-Me estoy ocupando de ello. No quedars defraudado. No importunes a Su
Majestad con ese asunto!
	Le bes la mano al monarca y sal. Harn me estaba esperando fuera de has
veijas.
	-Sabes que acabas de cometer un crimen contra la Ley de Dios?
	A la primera ojeada se haba dado cuenta de que me haban desairado e intenta-
ba consolarme a su manera. Apret eh paso sin decir nada. Eh insisti:
	-He odo recientemente a un eminente jeque defender la tesis de que ha mayo-
ra de los soberanos de nuestra poca, si no todos, incrementan sus ingresos median-
te impuestos prohibidos por la Ley de Dios; de que todos son, pues, unos ladrones y
unos impios; y de que, en consecuencia, cualquiera que coma a su mesa, acepte de
ellos el menor regalo o establezca con ellos lazos de familia es cmplice de sus robos
y de su impiedad.
	Acompa mi respuesta con un gesto de mal humor.
	-Con palabras como sas ha sido como han empezado todas has guerras que
han dividido a los pases del islam. Adems, tranquilzate, el sultn no me ha invita-
do a su mesa, no me ha hecho ningn regalo y no me ha ofrecido ha mano de su hija.
Por tanto, no soy ni ladrn ni impo, no corro el riesgo de yerme con el fuego de la
Gehena. Pero mi hermana sigue con los leprosos!
	A Harn se le ensombreci el rostro.


141

1
	-Vas a ir pronto a verla?
	-Estoy esperando una respuesta del canciller. Prefiero verla despus, quiz ten-
ga alguna noticia que darle.
	Durante las semanas que siguieron, volv a tomar algunas clases en la madrasa
Bu-Inania. Me pidieron que contara mi viaje ante mis condiscpulos y que les descri-
biera, en particular, ciertas mezquitas que haba visto en el pas de los negros y tam-
bin tumbas de santos que haba tenido ocasin de visitar. Como haba tomado no-
tas detalladas, pude hablar durante dos horas largas y el profesor qued encantado.
Me invit a su casa y me anim a consignar por escrito mis observaciones, como ha-
ban hecho antes que yo Ibn Batuta y otros viajeros igualmente ilustres. Promet ha-
cerlo un da, si Dios lo permita.
	El maestro me pregunt tambin si deseaba trabajar, pues su hermano, director
del maristdn de ha ciudad, quera tomar a un joven estudiante como secretario, por
un salario de tres dinares al mes. Acept con entusiasmo; los hospitales y los hospi-
cios siempre me haban intrigado; quedamos en que empezara en eh otoo.

	Dej pasar dos meses antes de volver a palacio; no quera dar al canciller la im-
presin de que le meta prisa. Se mostr exageradamente amable, me dijo que lleva-
ba semanas esperndome, me ofreci un refresco, me habl, lloroso, de mi difunto
to y, luego, me anunci, en tono casi triunfal, que haba conseguido que cuatro ma-
tronas juradas volvieran a examinar a mi hermana.
	-Has de comprender, joven, que nuestro sultn, por muy poderoso que sea, no
puede permitirse hacer volver a la ciudad a una persona sospechosa de llevar en si
tan terrible enfermedad. Si a tu hermana la declaran sana y sin manchas, una carta
del soberano la sacar del barrio ese mismo da.
	La solucin me pareci razonable y decid contrsela a Mariam, en el tono ms
confiado posible, para devolverle la esperanza. Harn me pregunt si poda acom-
paarme; he contest que si, sin dudarlo, a pesar de mi sorpresa.
	Mariam dijo que se alegraba mucho de volverme a ver con buena salud despus
de tan largo viaje pero me pareci an ms lejana que la ltima vez que nos haba-
mos visto y blanca como la muerte. La mir de hito en hito.
	-Y t, cmo te encuentras?
	-Mucho mejor que la mayora de mis vecinos.
	-Esperaba que a mi regreso ya hubieras salido.
	-Tena demasiado que hacer aqu.
	El sarcasmo amargo que tanto me haba exasperado dos aos antes se haba
acentuado ms.
	-Te acuerdas de mi juramento?
	-Si lo mantienes, si no te casas, no tendr ni hijos ni sobrinos.
	Harun estaba detrs de m, observando ora eh ro, ora al guardia. A mi hermana
slo le haba dirigido un gesto de saludo tmido y furtivo; pareca como si no presta-
ra atencin a nuestra charla. De pronto, se aclar ruidosamente la garganta y mir a
Mariam directamente a los ojos.
	-Si te lo tomas as, si cedes al desnimo, saldrs de aqu loca de atar y tu libera-
cin no tendr ya ningn sentido. Tu hermano haba venido a darte una buena noti-
cia, fruto de sus diligencias en palacio.
	Ella se calm instantneamente al or esas palabras y escuch mis explicaciones
sin volver a acosarme con desplantes ni muecas burlonas.
	-Cundo tienen que examinarme?
	-Dentro de muy poco. Tienes que estar constantemente dispuesta.
	-Sigo estando sana. No me hallarn la menor mancha.
	-Seguro. Todo ir bien!

	Al salir de aquel lugar maldito, he lanc a Harn una mirada suplicante.
	-Crees que saldr?
	En vez de contestar, sigui andando, con la mirada puesta en eh suelo y aire pen-
sativo, durante unos cuantos minutos. De repente, se qued quieto, se llev has ma-
nos al rostro y has apart luego, pero sin abrir los ojos.
	-Hasan, he tomado una decisin. Quiero que Mariam sea mi mujer, la madre
de mis hijos.
	142	143
1
El ao del maristn
913 de la hgira
(13 de mayo de 1507-1 de mayo de 1508)







	En el hospicio de Fez hay seis enfermeros, un lampista, doce guardianes, dos co-
cineros, cinco barredores, un portero, un jardinero, un director, un asistente y tres
secretarios, todos debidamente remunerados, as como gran nmero de enfermos.
Pero, Dios me es testigo, ni un mdico. Cuando llega una persona achacosa, se le
instaha en un habitacin, con alguien para atenderla, sin prodigarle, sin embargo,
cuidado alguno, hasta que sane o se muera.
	Todos los enfermos que all acuden son extranjeros, pues los feses prefieren que
los atiendan en sus casas. Las nicas personas de la ciudad que estn en el hospicio
son los locos, a los que se reservan varias habitaciones. Por temor a que cometan
algn desmn, se los tiene siempre con los pies encadenados. Su pabelln est situa-
do a lo largo de un corredor cuyas paredes estn reforzadas por gruesas vigas y slo
avezados guardianes se atreven a acercarse. El que hes da de comer va armado de
una gran tranca y si ve que uno de ellos est soliviantado, he administra una tunda
que lo calma o lo deja sin sentido.
	Al empezar el trabajo en el maristn, me haban prevenido muy mucho en con-
tra de estos desgraciados. No tena que dirigirles nunca la palabra, ni siquiera darles
la impresin de que me fijaba en ellos. Sin embargo, algunos me inspiraban compa-
sin, sobre todo un hombre anciano, flaco y medio calvo, que pasaba eh da en ora-
ciones y salmodias y que besaba con ternura a sus hijos cuando venan a verlo.
	Un atardecer, me haba entretenido en mi escritorio para copiar de nuevo las p-
ginas de un registro sobre eh que haba volcado por descuido una taza de refresco.
Ah irme, mir de reojo hacia aquel hombre. Estaba llorando, puesto de codos en la
estrecha ventana de su cuarto. Cuando me vio, se cubri los ojos. Di un paso hacia
l. Se puso entonces a contarme, con el tono ms sosegado, que era un comerciante
temeroso de Dios, que lo haban internado por ha denuncia de un rival envidioso y
que su familia no consegua que lo pusieran en libertad, tan poderoso era su adver-
sario y tan bien situado estaba en palacio.
	Su historia no poda por menos de conmoverme. Avanc an ms hacia l, pro-
nunciando palabras de consuelo, prometiendo informarme sin dilacin a la maana
siguiente ante el director. Cuando estuve muy cerca, eh hombre se abalanz repenti-
namente hacia m, me agarr la ropa con una mano mientras que con la otra me
embadurnaba la cara con basura, lanzando carcajadas de demende. Los guardianes
que acudieron en mi ayuda me reprocharon vehementemente mi imprudencia.


144
	Por fortuna, eh hammam prximo al maristn estaba abierto a aquella hora para

los hombres. Pas en l una hora frotndome el cuerpo y el rostro y luego fui a casa
de Harn. Me encontraba an todo turbado.
	-Gracias a un loco, por fin he cado en la cuenta!
	Mis palabras eran entrecortadas y confusas.
	-He cado en ha cuenta de por qu todas nuestras gestiones fracasan, de por qu
eh canciller pone, al recibirme, un tono tan dulzn, una sonrisa tan forzada, de por
qu me hace sin cesar promesas que no cumple.
	Mi amigo permaneci impasible. Yo tom aliento.
	-En esta ciudad hay miles de personas que interceden sin tregua por un fami-
liar, segn ellas inocente, y que es a veces eh asesino ms sanguinario, segn ellas
sano de mente, y que se parece con frecuencia al loco que ha abusado de mi creduli-
dad, un familiar segn ellos curado de ha lepra y que quizs est carcomido hasta las
entraas. Cmo distinguirlos?
	Esperaba que eh Hurn me llevara ha contraria, como de costumbre. No lo hizo.
Estaba callado y pensativo, con la frente arrugada, y su respuesta vino acompaada
de una pregunta:
	-Cierto es lo que dices. Qu debemos hacer ahora?
	Curiosa reaccin. En los tiempos en los que Mariam era slo para l la hermana
de un amigo, no vacilaba en tomar ha delantera, pasando por encima de mis vacila-
ciones, recurriendo, por ejemplo, a Astaghfirullah, y provocando as un juicioso es-
cndalo. Ahora pareca menos seguro de si, siendo as que, de ambos, era a l a
quien ataa ms directamente ha suerte de la prisionera. En efecto, tras haberme in-
formado de que tena intencin de casarse con mi hermana, Harn no haba perdi-
do eh tiempo. Haba acechado a mi padre, en cuanto ste regres del campo, para ir
a visitarlo con su traje de viernes, y pedirle solemnemente la mano de Mariam. En
diferentes circunstancias, Mohamed eh alamn habra estimado que un mozo de
cuerda sin ms fortuna que la buena reputacin de su gremio no era un buen parti-
do. Pero Mariam haba cumplido ya los diecinueve aos, edad en la que, entre todas
las habitantes de Fez, slo algunas esclavas y algunas prostitutas no han celebrado
an sus bodas. Harn era un salvador inesperado y, a no ser por su amor propio, mi
padre le habra besado las manos a aquel heroico novio. Das ms tarde, dos nota-
ros redactaron el contrato de matrimonio; all se prevea que el padre de la novia
entregara cien dinares a su futuro yerno. A la maana siguiente, sin ms tardanza,
Warda fue a contarle la nueva a Mariam que, por primera vez desde su internamien-
to, recobr la esperanza y la sonrisa.
	Pero fue Harn el que perdi, de la noche a la maana, toda jovialidad, todo
buen humor, todo espritu travieso. Tena constantemente un rostro preocupado.
Aquella noche comprend por fin lo que he andaba por la cabeza a mi amigo. Insista
para que le diera mi opinin.
	-Est claro que no podemos dejar a Mariam indefinidamente entre los lepro-
sos! Puesto que nuestras gestiones no han servido para nada, qu sugieres que ha-
gamos ahora?
L
145
	A m no se me ocurra nada y ello volvi mi respuesta an ms rabiosa:
	-Cada vez que pienso en ella, vctima desde hace cuatro aos de la ms infame
injusticia, me dan ganas de agarrar al Zerual por eh pescuezo y de ahogarlo, y lo
mismo a su cmplice, eh jeque de los leprosos.
	Un el gesto a ha palabra. Harn no pareci impresionado en absoluto:
	-Esa piedra tuya es demasiado grande!
	Yo no lo comprenda. Repiti con un asomo de impaciencia en la voz:
	-Te digo que esa piedra tuya es demasiado grande, muy, muy grande. Cuando
estoy en ha calle con otros mozos, veo con frecuencia a gente que grita, se insulta y
provoca una aglomeracin. A veces, alguien coge una piedra. Si es del tamao de
una ciruela o de una pera, hay que sujetarle ha mano a ese hombre, pues corre eh
riesgo de malherir a su adversario. Si coge, en cambio, una piedra del tamao de
una sanda, podemos irnos tranquilos pues ese hombre no tiene la menor intencin
de tirarla; slo necesita sentir un peso en las manos desnudas. Amenazar con es-
trangular al Zerual y al jeque de los leprosos es una piedra del tamao de un mina-
rete y si estuviera en la calle me habra marchado encogindome de hombros.
	Sin fijarse, al parecer, en que yo me haba ruborizado de turbacin, Hartin sigui
hablando, separando las palabras como si cada una pasase por un filtro:
	-Hay que encontrar ha forma de que Mariam se escape sin que puedan cogerla
de nuevo y sin que molesten a su familia. No podr seguir viviendo en Fez, por su-
puesto, al menos por unos aos, y como tengo intencin de casarme con ella, tendr
que huir con ella.
	Lo conoca desde haca suficientes aos para saber que en su cabeza se estaba
fraguando un plan y que no me lo desvelara antes de tiempo. En cambio, no conse-
gua comprender lo que lo empujaba a actuar as. En nombre de mi amistad, no te-
na ms remedio que hablarle de ello.
	-Cmo puedes abandonar as, de grado, tu ciudad, tu familia, tu gremio, para
ir a vivir como un proscrito, como un malhechor, huyendo de montaa en montaa
por temor a que vuelvan a traerte cargado de cadenas, y todo por una muchacha a
la que no has dirigido la palabra ms que una vez en tu vida?
	El Hurn me puso la palma de la mano derecha en lo alto de ha cabeza, como
hacia cuando ramos ms jvenes antes de revelarme un secreto.
	-Es algo que no poda decirte antes e incluso hoy querra que me juraras que no
te vas a escandalizar.
	Jur, temindome lo peor, algn deshonor para mi familia. Estbamos sentados
en el suelo, en el patio de su casa. El Hurn apoy la espalda en ha fuentecilla de
piedra cuya agua no corra aquel da.
	-Te acuerdas de cuando entr clandestinamente en eh hammam de las mu-
jeres?
debajo, me anud en el pelo un pauelo; iba calzado con sandalias de madera y en-
vuelto en una toalla. Tena entonces once aos y ningtin vello del cuerpo poda des-
velar mi sexo. Me estaba paseando, pues, por el recinto cuando top con Warda y
con Mariam. La mirada de esta ltima se cruz con la ma y comprend en el acto
que me haba reconocido. Nos haba visto juntos con frecuencia y no poda conf un-
dirse. Me qued paralizado, esperando oir un alarido, yerme zarandeado y golpea-
do. Pero tu hermana no grit. Recogi su toalla, se envolvi rpidamente eh cuerpo,
mientras que en sus labios se dibujaba una sonrisa cmplice, luego, se llev a su ma-
dre con algn pretexto a otra sala. Sal a toda prisa, sin acabar de creerme que esta-
ba a salvo. Ese da sent que Mariam no fuera mi hermana; tard tres aos en ale-
grarme de ser slo el amigo de su hermano y de poder pensar en ella como un hom-
bre piensa en una mujer. Luego, las desgracias empezaron a caer sobre la muchacha
de ojos silenciosos.
	Al Hurn se le ensombreci, con la ltima frase, el rostro, radiante de felicidad
hasta aquel momento. Antes de iluminrsele de nuevo.
	-Aunque eh mundo entero la hubiera traicionado, el recuerdo del hammam me
hubiera impedido abandonarla. Hoy es mi mujer, la salvar como ella me salv a m
y haremos verdecer ha tierra que nos acoja.

	Harn vino a yerme una semana despus para despedirse. Llevaba por todo
equipaje dos bolsas de lana, una rebosante del oro de la dote, la otra con sus modes-
tos ahorros.
	-La pequea es para el guardin del barrio, para que haga la vista gorda cuando
Mariam se escape; ha grande es para nosotros, nos dar para vivir ms de un ao,
con ha proteccin del Altsimo.
	Pensaban digirse al Rif, con la esperanza de instalarse durante algn tiempo en
la montaa de los Beni Walid, los hombres ms valientes y generosos de todo el rei-
no. Muy ricos tambin, pues, aunque su tierra es frtil, se niegan a pagar un solo
dirhem de impuestos. Quien se ve injustamente proscrito de Fez sabe que siempre
puede hallar entre ellos asilo y hospitalidad, que incluso le costearn parte de sus
gastos y que, si sus adversarios intentan perseguirlo, los habitantes de las montaas
se las vern con ellos.
	Estrech fuertemente a Harn entre mis brazos pero se desprendi en seguida,
estaba impaciente por descubrir lo que le reservaba el Destino.
	Haban transcurrido siete u ocho aos, creo, pero recordaba an el menor guio,
eh menor latido. Asent con una sonrisa.
	-Te acordars, pues, de que, entonces, a pesar de tu insistencia, me haba nega-
do con obstinacin a decirte lo que haba visto. Entr envuelto en un velo y, por


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El ao de la novia
914 de la hgira
(2 de mayo de 1508-20 de abril de 1509)







	Aquel ao se celebr mi primera boda, querida por mi to moribundo as como
por mi madre, deseosa de separarme de Hiba que segua siendo eh objeto de mis
mejores caricias aunque no me haba dado ni hijo ni hija en tres aos de amores. Y,
siguiendo ha costumbre, tuve que poner solemnemente el pie sobre eh de Ftima, mi
prima, mi esposa, en el momento en que entraba en ha cmara nupcial, mientras
que, en la puerta, una mujer del vecindario esperaba el lienzo empapado en sangre
que ira a exhibir, jocosa y triunfante, en has narices de los invitados, seal de que ha
novia era virgen, de que el marido es potente, de que los festejos podan dar co-
mienzo.
	El ritual me pareci interminable. Desde por ha maana, vestidoras, peinadoras
y depiladoras, entre las que se hallaba ha insustituible Sara, se haban afanado en
tomo a Ftima, pintndola las mejillas de rojo, las manos y los pies de negro, entre
las cejas, un bonito dibujo en forma de tringulo y otro, alargado como una hoja de
olivo bajo el labio inferior. As pintada, la haban instalado en un estrado para que
todo eh mundo pudiera admirarla, mientras se ofrecan alimentos a has matronas que
la haban engalanado. Desde la cada de ha tarde, amigos y parientes se haban reu-
nido ante ha casa de Jali. Al fin haba salido la novia, ms turbada que turbadora, a
punto de tropezar con sus vestidos a cada paso, luego, se haba subido en una espe-
cie de arcn de madera de ocho caras cubierto de seda y de brocado que cuatro j-
venes mozos de cuerda, amigos de Harn, haban levantado por encima de sus ca-
bezas. Arranc entonces eh cortejo, precedido por flautas, trompas y panderetas, as
como por gran nmero de antorchas que enarbolaban los empleados del maristn y
mis antiguos compaeros del colegio. Estos caminaban a mi lado delante del arcn
de la novia; tras ella venan los maridos de sus cuatro hermanas.
	Habamos desfilado primero ruidosamente por los zocos -ya estaban cerrando
los puestos y vacindose las calles- antes de pararnos en ha Mezquita Mayor, donde
unos cuantos amigos nos rociaron con agua de rosas. Al llegar a este punto del tra-
yecto, eh mayor de mis cuados, que sustitua a mi to durante la ceremonia, me su-
surr que haba llegado para m eh momento de irme. Lo abrac antes de correr a
casa de mi padre donde haba una habitacin adornada para ha noche de la entrega.
All tena que esperar.
	Eh cortejo lleg una hora despus. A Ftima se ha entregaron a mi madre y fue
ella quien la llev de ha mano hasta eh umbral de la habitacin donde, antes de
dejamos, Salma me record con un guio lo que se supona que tena que hacer an-
tes que nada si quera afirmar de entrada mi autoridad de varn. Pis, pues, con
fuerza, eh pie de mi mujer, protegido, bien es verdad, por un zueco; luego, la puerta
se cerr. Fuera, gritos, risas, algunos muy cerca, as como el entrechocar de los pu-
cheros, pues eh primer banquete de bodas deba prepararse mientras se consumaba
el matrimonio.
	Envuelta en telas rojas y doradas, Ftima estaba ante m, lvida a pesar de los
afeites, inmvil, petrificada, sin resuello, esforzndose por sonrer, con una mirada
que daba tanta lstima que, con un gesto espontneo, ha atraje hacia m menos para
estrecharla en mis brazos que para intentar tranquilizarla. Me hundi la cabeza en el
pecho y rompi a llorar. La abrac para hacerla callar, temiendo que pudieran orla.
Se estrech contra m, ahogando poco a poco los sollozos, pero su cuerpo temblaba
y, lentamente, se me fue resbalando. Pronto no fue ms que un bulto que mis brazos
sostenan fuertemente.
	Mis amigos me haban avisado de que en la noche de bodas muchas jvenes se
esfuerzan por parecer ms ignorantes de lo que son, ms sorprendidas, ms escan-
dalizadas, pero ninguno me haba hablado de desmayos. Por otra parte, haba odo
decir con frecuencia en eh maristn que algunas viudas o algunas mujeres largo tiem-
PO desatendidas sufran frecuentes sincopes atribuidos por algunos a ha histeria;
pero nunca muchachas de quince aos y nunca en brazos de su marido. Zarande a
Ftima e intent incorporarla; se le fue la cabeza hacia atrs, con los ojos cerrados y
los labios entreabiertos. Ahora me toc a mi temblar y menos, lo confieso, por preo-
cupacin por mi prima que por temor al ridculo que me acompaara, indeleble
hasta eh fin de mis das, si abra repentinamente la puerta gritando:Socorro! La
novia se ha desmayado!
	No poda hacer nada mejor que arrastrar a mi prima hasta ha cama, acostarla de
espaldas, quitarle los zuecos, aflojarle el pauelo que llevaba anudado en la barbilla.
Pareca estar dormida nada ms, su respiracin, entrecortada haca un rato, se iba
tornando regular. Me sent a su hado, haciendo planes para escabullirme. Poda
hacerme una herida en un dedo con un alfiler, manchar eh lienzo de sangre y olvi-
darme de la noche de bodas hasta el da siguiente. Pero, sabra impregnar la tela
blanca en la forma en que deba estarlo sin que la vecina, testigo de innumerables
desfloraciones, descubriese la superchera? Pase por Ftima miradas desesperadas,
suplicantes, lamentables. La rojiza cabellera se haba extendido por ha almohada.
Pas ha mano por ella, tom un mechn, luego, lo solt con un suspiro antes de po-
nerme a darle palmaditas en la mejilla, cada vez ms rpidas y ms fuertes. Se he
dibuj una sonrisa en los labios, pero no sali del sueo. La sacud por el hombro,
frenticamente, hasta que se balance la cama. No pareci notarlo; ni siquiera he de-
sapareca ha sonrisa.
	Agotado, me ech, me estir, roc con los dedos la palmatoria. Durante un bre-
ve instante, pens en apagar la vela, dormir yo tambin y que pasara lo que tuviera
que pasar. Pero al momento siguiente, un araar en la puerta, impaciente, fortuito o
sencillamente imaginario, me record mis deberes. Los ruidos de fuera me parecan
	148	149
de repente ms incitantes, ms insistentes. No saba ya cunto tiempo llevaba en
aquella habitacin de pesadilla. De nuevo puse la mano sobre Ftima, buscndole a
tientas los latidos del corazn y cerr los ojos. Un leve olor a mbar gris hizo volver
a mis odos la msica negra de Tombuct. Hiba estaba ante m, en el claro de luna,
estaba terminando la danza, abra los brazos, tena una piel tersa y escurridiza. Y
perfumada con mbar gris del mar. Mis labios se estremecan en la b de su nombre,
mis brazos repetan los mismos abrazos, mi cuerpo recuperaba los mismos desvaros,
los mismos puntos de referencia, los mismos refugios.
	Ftima fue mujer mientras estaba privada. Abr ha puerta, la vecina se apoder
del precioso lienzo y comenz a lanzar los alaridos de rigor, los invitados todos bu-
lleron, se alz la msica, el suelo se puso a vibrar bajo los pasos de los bailarines. No
tardaron en venir a llamarme para que me incorporara cuanto antes a la fiesta. Insis-
tieron: tena tiempo de sobra de ver a mi mujer ya que, segn la tradicin, no deba
salir de casa antes de siete das.

	Cuando despert, la novia estaba de pie en el patio, con ha espalda apoyada en
la fuente, observando perezosamente a mi madre, muy atareada bruendo una gran
bandeja de cobre antes del segundo banquete de bodas, que se celebraba esa misma
noche y al que, segn la costumbre, slo estaban invitadas las mujeres, en el que
slo has sirvientas cantaban y bailaban. Salma estaba hablando a media voz, con cara
preocupada. Cuando me acerqu, se call de repente y se puso a frotar con algo ms
de energa. Ftima se volvi entonces y me vio. Puso una sonrisa beatfica, como si
hubiramos pasado la noche de amor ms maravillosa. Estaba descalza, con el mis-
mo vestido que la vispera, algo arrugado, con los mismos afeites, un poco menos
marcados. Puse ostensiblemente cara de estar de vuelta de todo antes de ir a sentar-
me al saln, al hado de mi padre, que me abraz con orgullo y pidi en voz alta una
cesta de fruta. Nos ha trajo mi madre y, al dejarla, me dijo bajito al odo, en tono de
reproche:
	-Ten paciencia con esta pobre chica!
	A ltima hora de ha tarde hice una breve aparicin por la fiesta de las mujeres, lo
suficiente para vislumbrar ha silueta de Hiba de quien me vera privado durante una
semana an. Cuando sal, Ftima me sigui hasta eh dormitorio, instigada sin duda
por mi madre. Me tom la mano y la cubri de besos.
	-Anoche te incomod.
	Sin contestar, me ech en el lado izquierdo de la cama y cerr los ojos. Se inclin
sobre m y articul con voz balbuciente, vacilante, que apenas se oa:
	-No quieres ver a mi hermanita?
	Me sobresalt, sin dar crdito a mis odos. Cierto es que Hiba me haba contado
en tono burln esa expresin que utilizaban algunas mujeres de este pas para nom-
brar su intimidad. Pero, cmo iba a esperrmelo en boca de Ftima que, ayer sin ir
ms lejos, se haba desmayado slo con ver la habitacin nupcial? Me volv hacia
ella. Tena las dos manos apretadas contra el rostro.
	-Quin te ha enseado a decir eso?
	Estaba avergonzada, tena miedo, lloraba. La tranquilic con una prolongada
carcajada y la abrac. Estaba perdonada.
	La semana concluy con un ltimo banquete, para eh que mis cuados me rega-
laron cuatro corderos enteros as como tarros llenos de confites. Al da siguiente sal
por fin de casa y me fui derecho al zoco para ejecutar eh ltimo gesto de ha intermi-
nable ceremonia nupcial: comprar algunos pescados y conflrselos a mi madre para
que se los arrojara sobre los pies a la novia, desendole salud y fecundidad.

	Antes de acabar eh ao, Ftima estaba encinta y sent en el acto ha necesidad de
encontrar un trabajo mejor remunerado que el de maristn. Hija de librero, mi ma-
dre me incit a lanzarme a los negocios, cosa que no me desagradaba en absoluto,
dada mi aficin a los viajes. Adorn su consejo con una prediccin que, en eh mo-
mento, me hizo sonrer:
	-Muchos hombres descubren el ancho mundo intentando slo hacer fortuna.
T, hijo mo, tropezars con un tesoro al intentar conocer el mundo.


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El ao de Fortuna
915 de la hgira
(21 de abril de 1509-9 de abril de 1510)






	Ftima me dio una hija en los ltimos das del verano; la llam Sarwat, Fortuna,
pues aquel ao vio eh principio de mi prosperidad. Si fue efmera, no ser yo quien
se queje, pues se me quit como me haba sido dada, por voluntad soberana del Al-
tsimo; yo no haba aportado ms que mi ignorancia, mi arrogancia y mi pasin por
ha aventura.
	Antes de meterme en negocios, fui a ver ah seor Tommaso de Marino, el viejo
genovs que conoc camino de Tombuct y que era, de todos los comerciantes ex-
tranjeros instalados en Fez, el ms respetado por su sabidura y su honradez. Quera
pedirle consejo y, quiz trabajar algn tiempo a su hado, acompaarlo en algunos
viajes. Aunque se hallaba en cama, me recibi con grandes muestras de amistad,
evocando conmigo ha memoria de mi to, as como recuerdos ms risueos de nues-
tra caravana.
	El motivo de mi visita lo sumi en una prolongada reflexin; pareca medirme
con ha vista, yendo de mi gorro de fieltro verde a mi barba cuidadosamente recorta-
da, luego, a mi chaqueta bordada de amplias y majestuosas mangas; sus blancas ce-
jas parecan una balanza que pesase los pros y los contras; luego, habiendo supera-
do, al parecer, sus vacilaciones, me hizo un ofrecimiento inesperado.
	-Es eh Cielo quien te enva, noble amigo mo, pues acabo de recibir de Italia y
Espaa dos importantes encargos de albornoces negros, uno de mil piezas, el otro
de ochocientas, que hay que entregar a principios del otoo. Como sabes, los ms
apreciados en Europa son los albornoces de Tefza, que yo mismo habra ido a bus-
car si tuviera mejor salud.
	Me explic el negocio; yo recibira dos mil dinares, mil ochocientos por comprar
la mercanca, a razn de un dinar por albornoz a precio de mayorista, el resto para
mis gastos y por mi trabajo. Si consegua obtener de los fabricantes mejor precio, mi
parte sera mayor; si me vea obligado a comprar ms caro, tendra que pagar de mi
bolsillo.
	Sin saber muy bien si haca un buen o un mal negocio, acept con entusiasmo.
Me dio, pues, ha suma en monedas de oro, me prest para eh viaje un caballo, dos
sirvientes y nueve mulas y me recomend rapidez y circunspeccin.
	Para no partir con has monturas de vacio, haba reunido todo eh dinero que poda
disponer, mis ahorros, los de mi madre, parte del legado que he haba dejado Jali a
Ftima, en total cuatrocientos dinares con los que compr cuatrocientos sables de


152
Fr











1
los ms corrientes, de aquellos, precisamente, que los fesies solian vender a los ha-
bitantes de Tefza. Cuando, al volver del zoco, le cont con orgullo a mi padre mi
voluminosa compra, a punto estuvo de rasgarse la tnica de consternacin y des-
consuelo:
	-Necesitars al menos un ao para dar salida a tantos sables en una ciudad pe-
quea! Y como la gente sabr que tienes prisa por volver, te los comprarn a precio

de saldo!
	Sus palabras eran sensatas, pero era demasiado tarde para dar marcha atrs,
puesto que ya haba recorrido los comercios de todos los artesanos para reunir mi
carga y la haba pagado al contado. Tuve que resignarme a volver con prdidas de
este primer viaje de negocios, dicindome que nadie puede aprender un oficio sin
lastimarse las manos o eh bolsillo.
	La vspera de la partida, mi madre vino a contarme, asustadsima, unos rumores
que haba odo en el hammam: en Tefza se estaban desarrollando graves aconteci-
mientos, se hablaba de una expedicin dirigida por el ejrcito de Fez para restable-
cer el orden. Pero, en vez de desaremarme, sus palabras avivaron mi curiosidad, tan-
to que a la maana siguiente, antes de ha salida del sol, ya estaba en camino sin ha-
ber intentado siquiera informarme. Diez das despus, haba llegado a mi destino sin
tropiezos. Para dar con un lugar presa de la mayor agitacin.
	An no haba cruzado la puerta de la ciudad cuando eh populacho se aglomer a
mi alrededor, unos interpelndome con aspereza, otros hacindome preguntas sin
descanso. Intent conservar la calma: no, no he visto las tropas de Fez venir hacia
aqu; si, he odo rumores, pero no he hecho caso de ellos. Mientras me esforzaba en
vano por abrirme camino, un hombre de gran estatura, vestido como un prncipe, se
acerc; la muchedumbre se apart en silencio para dejarlo pasar. Me salud hacien-
do un elegante gesto con ha cabeza y se present como jefe electo de ha ciudad. Me
explic que Tefza haba vivido hasta entonces en repblica, gobernada por un con-
sejo de notables, sin la proteccin de ningn sultn ni de ninguna tribu nmada, que
no pagaba impuestos ni tallas y se aseguraba la prosperidad gracias a la venta de sus
albornoces de lana, apreciados en eh mundo entero. Pero desde que haba estallado
un sangriento conflicto entre dos clases rivales, se haban multiplicado combates y
arreglos de cuentas mortferos, hasta tal punto que para hacer cesar ha carnicera el
consejo haba decidido desterrar de la ciudad a los miembros del chan que haba
abierto las hostilidades. Para vengarse, los expulsados haban recurrido al soberano
de Fez, prometiendo entregarle ha plaza. Los habitantes de la ciudad temian, pues,
un ataque inminente. Agradec a aquel hombre sus explicaciones, lo inform de mi
nombre y de la razn de mi visita, le repet lo poco que haba odo acerca de los
acontecimientos de Tefza, aad que no permanecera mucho tiempo all; slo eh ne-
cesano para vender los sables, comprar los albornoces y volverme a marchar.
El personaje me pidi que excusara el nerviosismo de sus compatriotas y orden
a la muchedumbre que me dejara pasar, explicando en berber que yo no era ni un
espa ni un mensajero de Fez, sino un simple comerciante andaluz que trabajaba por
cuenta de los genoveses. Pude, pues, entrar en la ciudad y dirigirme hacia la hospe-
153
dera. Sin embargo, antes de llegar a ella, divis en medio de mi camino a dos hom-
bres ricamente ataviados que discutan en voz alta mirndome. Cuando llegu hasta
ellos, hablaron a un tiempo: cada cual me rogaba que he hiciera eh honor de residir
en su domicilio y prometa tambin hacerse cargo de los servidores y has bestias. No
queriendo ofender a ninguno de los dos, rechac ambas invitaciones agradeciendo a
aquellos hombres su hospitalidad y me instal en la hospedera, harto poco confor-
table si se comparaba con ha de Fez; pero no me quejaba, pues desde hacia varias
noches no haba conocido ms techo que la estrellada bveda celeste.
	Apenas me hube instalado, empezaron a desfilar por mi cuarto has mayores for-
tunas de ha ciudad. Un rico comerciante vino a proponerme que le cambiara mis
cuatrocientos sables por ochocientos albornoces. Iba a aceptar cuando otro comer-
ciante, abalanzndose hacia mi odo, me propuso a media voz mil albornoces. Al no
tener experiencia alguna, necesit algn tiempo para comprender la razn de tanta
solicitud: como el ejrcito enemigo estaba cerca, los habitantes no pensaban ya ms
que en hibrarse de la totalidad de sus productos para ponerlos a salvo del inevitable
saqueo que vendra tras la toma de ha ciudad. Adems, has armas que transportaba
no podan llegar en mejor momento, cuando toda ha poblacin estaba movilizndo-
se para hacer frente al atacante. Era yo, pues, quien dictaba las condiciones: exigi a
cambio de mis sables mil ochocientos albornoces, ni uno menos; tras algunos dimes
y diretes, uno de los comerciantes, un judo, acab por aceptar. De esta forma, eh
mismo da de mi llegada tena en mi posesin toda ha mercanca requerida por el
seor de Marino sin haber tocado eh dinero que me haba confiado.
	No teniendo ya nada que vender, me dispuse a partir a ha maana siguiente.
Pero, como una amante en medio de ha noche, la fortuna haba decidido abandonar-
me. Hete aqu que, de nuevo, los ricos comerciantes de Tefza venan a visitarme;
unos me proponan ndigo o almizcle, otros, esclavos, cuero o cordobn, y cada pro-
ducto reducido a la dcima parte de su valor. Lo que me oblig a conseguir cuarenta
mulas para transportarlo todo. Los nmeros me brincaban en la cabeza; en mi pri-
mer viaje de negocios ya era rico.
	Llevaba tres das negociando, cuando unos pregoneros anunciaron la llegada del
ejrcito de Fez. Se compona de dos mil soldados de caballera ligera, quinientos ba-
llesteros, doscientos espingarderos a caballo. Al verlos llegar, atemorizados, decidie-
ron negociar. Y como yo era el nico fes presente en la ciudad, me suplicaron que
actuara como intermediario, cosa que, lo confieso, me pareci muy divertida. Ya en
la primera entrevista, eh oficial que mandaba el ejrcito real trabo amistad conmigo.
Era un hombre instruido, refinado, que tena, sin embargo, eh cometido de llevar a
cabo la ms espantosa de las misiones: entregar ha ciudad y sus notables a ha vengan-
za del chan enemigo. Intent disuadirlo de ello.
	-Los desterrados son traidores. Hoy he han entregado la ciudad al sultn, maa-
na se la entregarn a sus enemigos. Ms vale tratar con hombres de coraje, que co-
nozcan eh precio de la abnegacin, del sacrificio y de la fidelidad.
	Poda leer en sus ojos que se renda a mis razones, pero has rdenes que llevaba
eran claras: apoderarse de ha ciudad, castigar a los que levantaban las armas contra el
soberano y entregar el gobierno al jefe del chan desterrado, con una guarnicin para
asistirlo. Exista, sin embargo, un argumento que no poda dejar de lado:
	-Cunto espera obtener eh sultn a cambio de su proteccin?
	-Eh clan desterrado ha prometido veinte mil anuales.
	Hice unas breves cuentas mentales.
	Eh consejo de ha ciudad cuenta con treinta notables, a los que hay que aadir
doce ricos comerciantes judos. Si cada uno de ellos pagara dos mil dinares, seran
ochenta y cuatro mil...
	Eh oficial me interrumpi:
	La renta anual de todo el reino no llega a trescientos mil dinares. Cmo quie-
res que una ciudad pequea como sta pueda reunir semejante suma?
	-Existen en este pas riquezas insospechadas, pero la gente las esconde y no in-
tenta hacerlas fructificar, teme que la despojen de ellas los gobernantes. Por qu
crees que se acusa de avaricia a los judos en este pas? Porque eh menor gasto, la
menor ostentacin pondra su fortuna y su vida en peligro. Por esa misma razn,
tantas de nuestras ciudades mueren y se empobrece nuestro reino.
	Como representante del soberano, mi interlocutor no poda dejarme hablar de
ese modo en su presencia. Me pidi que fuera al grano:
	-Si les promete a los notables de Tefza que salvarn sus vidas y que respetarn
las costumbres de su ciudad, los convencer de que paguen esa suma.
	Cuando tuve ha palabra del oficial, me fui a ver a los notables y les comuniqu eh
acuerdo. Vindolos reticentes, les dije que acababa de llegar de Fez una carta con el
sello del sultn que exigia que se ejecutar de inmediato a todas has personalidades
de ha ciudad. Comenzaron a llorar y a lamentarse, pero, como he narrado en mi
Descripcin de Africa, en dos das quedaron depositados a los pies del oficial los
ochenta y cuatro mil dinares. Nunca haba visto yo semejante cantidad de oro y ha-
bra de enterarme ms adelante por boca del sultn de que ni l ni su padre haban
poseido antes suma tal en sus arcas.

	Al abandonar Tefza, recib ricos presentes de los notables, felices por haber sal-
vado la vida y la ciudad, as como una suma de dinero del oficial que me prometi
contarle ah soberano eh papel que yo haba desempeado en este curioso asunto; me
dio tambin un destacamento de doce soldados que acompaaron mi caravana has-
ta Fez.
	Antes incluso de ir a mi casa, fui a ver al seor de Marino. Le entregu su encar-
go y le devolv sus servidores, su caballo y sus mulas; he hice igualmente regalos por
valor de doscientos dinares y he narr mi aventura sin omitir detalle alguno, ense-
ndole todas has mercancas que haba podido adquirir por mi cuenta; las tas en
quince mil dinares por lo menos.
	-He necesitado treinta aos para reunir tal cantidad -me dijo sin asomo alguno
de celos o envidia.
	A mi me pareca que el mundo entero era mo, que ya no necesitaba nada de na-
die, que en lo sucesivo ha fortuna iba a obedecerme dcilmente. No caminaba, yola-


	154	155
h
1
ba. En el momento de despedirme del genovs, ste me estrech largamente la ma-
no inclinndose levemente hacia adelante; yo permanec tieso, con la cabeza alta y
la nariz apuntando al cielo. El anciano conserv con firmeza mi mano en la suya,
mucho ms tiempo de lo acostumbrado, luego sin enderezarse, me mir a los ojos:
	-La fortuna te ha sonredo, joven amigo mo, y me recogijo por ti tanto como si
fueras hijo mo. Pero ten cuidado, pues la riqueza y el poder son enemigos del recto
juicio. Cuando observamos un campo de trigo, no ves que algunas espigas estn
enhiestas y otras inclinadas? Es por que las primeras estn hueras! Preserva, pues,
aquella humanidad que te trajo a m y de esta forma te ha abierto, por voluntad del
Altsimo, los caminos de ha fortuna.
	Aquel ao fue testigo de la ms violenta ofensiva jams lanzada por los castella-
nos contra el Magreb. Tomaron dos de has principales ciudades de la costa. Orn en
el mes de muharram, Buga durante el de ramadn, Trpoli de Berbera haba de
caer al ao siguiente.
	Los musulmanes no han vuelto a recuperar ninguna de las tres ciudades.






























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1
El ao de	los dos palacios
916 de la hgira
(10 de abril de 1510-30 de marzo de 1511)
En tus mejillas he hecho florecer una rosa,
En tus habios he hecho nacer una sonrisa,
No me rechaces, pues nuestra Ley es clara:
Todo hombre tiene derecho a recoger
Lo que por s mismo ha sembrado.

	Yo tena ahora un poeta cortesano, enamorado de mi vino y mis sirvientas, vido
de mi oro, listo para cantar las alabanzas de mis visitantes y sobre todo las mas, en
cada fiesta, cada retorno de una caravana, a veces, mcluso simplemente a la hora de
las comidas, cuando se reunan a mi alrededor amigos, parientes, atentos emplea-
dos, atareados comerciantes, ulemas de paso, albailes encargados de la construc-
cin de mi palacio.
	Desde mi viaje a Tefza, mis riquezas se haban multiplicado, mis gentes recorran
Africa, de Bedis a Segelmesse, de Tremecn a Marrakech, cargados de dtiles, de
ndigo, de alhea, de aceites y de telas; yo slo viajaba con las grandes caravanas. El
resto del tiempo diriga mis negocios desde mi diwan y supervisaba, bastn en
mano, las obras de mi nueva morada, en lo alto de una colina, no lejos de ha casa de
mi to, donde me haba instalado como amo y seor al nacer mi hija, pero que me
pareca cada vez ms pequea, ms modesta, ms indigna de mi fortuna. Esperaba
con impaciencia el da en que pudiera vivir en mi palacio, mi soberbio, mi incompa-
rable palacio con el que soaba y del que hablaba continuamente y para cuya cons-
truccin haba contratado a los mejores artesanos con eh encargo de ejecutar a la
perfeccin cada uno de mis costosos deseos: techos artesonados, arcos cubiertos de
azulejos, fuentes de mrmol negro, sin reparar en gastos. Cuando una cantidad, a
veces me haca vacilar, all estaba mi poeta para declamar: Lo prudente a los veinte
aos no es ser prudente. Cierto es que era con mi oro con el que cincelaba sus pa-
labras.
	El da en que dieron comienzo las obras fue uno de los ms suntuosos de mi vi-
da. Al caer ha tarde, rodeado de una nube de cortesanos, fui a depositar en los ci-
mientos, en las cuatro esquinas del futuro edificio, preciosos talismanes y cabellos
infantiles cuidadosamente cortados de la cabeza de mi hija; me haba tornado sbi-
tamente sensible a ha magia y a has supersticiones y era el primero en asombrarme de
ello. Es sin duda la suerte de los hombres ricos y poderosos: conscientes de que su


157
~1
fortuna depende menos de sus mritos que de ha suerte, se ponen a cortejarla como
a una amante y a venerarla como a un dolo.
	Durante toda la noche, la casa de Jali retumb al son de una orquesta andaluza y
vibr con los sordos pasos de has bailarinas, todas ellas esclavas, entre las cuales ha-
ba dos compradas para aquella ocasin. A Hiba le prohiba bailar, pues, desde eh
da de Tombuct, no poda decidirme a permitirle que desplegara ante otros tan em-
briagador encanto. La hice sentar a mi lado, en el ms mullido de los almohadones
y ha rode con eh brazo; Ftima se haba retirado temprano a su cuarto, como exi-
gan has conveniencias.
	Me senta feliz al contemplar a Hiba jovial y despreocupada por primera vez
desde haca meses: se haba sentido humillada por el nacimiento de mi hija y, una
noche, al entrar en su cuarto, la haba sorprendido secndose una lgrima con la
punta del chal; cuando he pas los dedos por eh cabello, acaricindole furtivamente
ha oreja, me apart con mano suave pero firme, murmurando con voz quebrada que
no he conoca:
	-En mi pas, cuando una mujer es estril, no espera que su hombre ha repudie o
la deje. Se aleja, se esconde y deja que ha olviden.
	Me esforc en adoptar un tono risueo, eh mismo que ella sola emplear:
	-Cmo sabes que no vas a darme un nio precioso para el prximo ramadn?
	No sonri.
	-Ya antes de ha pubertad, el adivino de mi tribu haba dicho que nunca queda-
ra encinta. No lo cre, pero llevo contigo cinco aos y tienes una hija de otra.
	Habindome dejado sin argumentos, ha atraje hacia m; se solt con una mueca
de dolor.
	-Consentiras en darme ha libertad?
	-Para m eres una amante, no una esclava. Pero no querra que dejaras de per-
tenecerme.
	Cerr las manos sobre sus muecas, con fuerza, como garras, para atraer sus pal-
mas, una tras otra, hasta mis labios.
	-Has olvidado nuestra noche en Tombuct, has olvidado todas nuestras no-
ches y nuestras promesas de no separamos nunca?
	Un viento fresco entr por la ventana abierta, apagando de un soplo el candela-
bro de bronce. Todo estaba oscuro y triste, no vea ya los ojos de Hiba. Su voz me
lleg lejana, estremecida como si reprodujera alguna antigua endecha del desierto:
	-Muchas veces, los amantes se cogen de la mano y suean juntos con la felici-
dad que los espera. Pero por mucho que vivan, nunca sern tan felices como en ese
instante en que sus manos se enlazan y sus sueos se mezclan.
	Aquella noche acab por abrirme los brazos. Por cansancio, por deber, por re-
cuerdo, no lo s. Pero no se haba apartado ya de sus ojos un leve velo de tristeza.
	Me senta, por tanto, feliz al verla reir de nuevo y batir palmas acompaando a
ha orquesta andaluza. En medio de la cena, mi poeta se puso en pie para declamar
de memoria unos versos compuestos en mi honor. Desde el primer hemistiquio, mi
palacio era ya la Alhambra y sus jardines el Edn.


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t
	-Ojal entres en ellos el bendito da en que estn terminados con tu heredero
sentado en los hombros.
	Un estremecimiento de Hiba me recorri de repente el brazo que ha rodeaba. Me
dijo suspirando al odo:
	-Dios, cunto me gustara darte ese heredero!
	Como si ha hubiera odo, el poeta ha mir con tanta compasin como deseo; in-
terrumpiendo su recitado, improvis dos versos que pronunci con voz cantarina:

Es sed a la vera de un pozo eh amor,
El amor no es fruto, sino que es ha flor.

	Con gesto espontneo, tom mi bolsa y se la lanc. Deba de contener ms de
cincuenta dinares. Pero la sonrisa que ilumin el rostro de Hiba no tena precio.
Pas la noche entera cosechndola.

	Seis meses despus de aquel banquete, recib la noticia de un oficial de la guar-
dia real: el sultn me convocaba para el mismo da, nada ms terminar la siesta. Me
vest como lo exiga la circunstancia y sal para palacio muy intrigado y no sin cierto
brote de preocupacin.
	El soberano me acogi con amabilidad desbordante y su squito lo imit, lleno
de celo y haciendo mil muecas. Evoc mi primera visita, cuando volv de Tombuct,
as como mi mediacin en Tefza que haba aportado a su tesoro aquel ao ms oro
que toda ha ciudad de Fez. Tras haber elogiado a mi to, a mis antepasados, a Gra-
nada, se puso a alabar a sus allegados mi prosperidad, mi elocuencia, mi habilidad y
mis vastos conocimientos, adquiridos en las ms prestigiosas escuelas de Fez.
	-No conociste a Ahmed eh Cojo en la madrasa?
	-Cierto, mi seor.
	-Me han dicho que eras uno de sus mejores amigos, el nico al que escuchaba
con respeto y atencin.
	Comprend en el acto ha razn de la convocatoria y de las inesperadas alabanzas.
Alimed comenzaba a volverse importante, muchos jvenes estudiantes de Fez y Ma-
rrakech haban abandonado sus hogares para ir a tomar las armas a su lado en la lu-
cha contra la lenta invasin portuguesa que amenazaba a toda la costa atlntica. El
Cojo recorra el pas con sus secuaces, criticando con severas palabras al soberano
de Fez a quien ello preocupaba y que intentaba parlamentar con el peligroso rebel-
de. Usndome como mediador.
	Decid aprovechar la ocasin para zanjar algunas viejas cuentas pendientes que
me importaban mucho.
	-El jerife Ahmed vena con frecuencia a mi casa en los aos de colegio. Se por-
t como un verdadero hermano cuando internaron a mi hermana en el barrio de los
leprosos, quiera Dios borrar ese recuerdo de mi memoria y de la suya!
	El soberano carraspe para disimular su apuro.
	-Qu ha sido de esa desdichada?


159
	-Un excelente joven, un mozo de cuerda, consigui su mano y luego huy con
ella a alguna parte, sin atreverse a dar la menor noticia, como si fueran malhechores.
	-Quieres un salvoconducto para ellos? Un perdn? Mi secretario lo prepa-
rar.
	-Vuestra bondad no tiene lmites! Dios os conceda larga vida!
	No quedaba ms remedio que pronunciar has frmulas consagradas, pero estaba
decidido a no ceder. Le dije al odo al monarca:
	-Mi amigo el jerife Alimed qued muy afectado por la injusta suerte de mi her-
mana, vctima de la odiosa venganza del Zerual.
	-Me han contado eh papel que desempe ese hombre.
	Me sorprenda bastante enterarme de que el soberano haba estado al tanto de
aquellos acontecimientos con detalle; no le pregunt por qu no haba hecho nada
en aquel momento, pues quera ponerlo de mi parte. Prosegu, pues, siempre en voz
baja:
	-Para Alimed, eh Zerual se haba convertido en el ejemplo de esa depravacin
que, segn va diciendo, corrompe las costumbres de la gente de Fez. Incluso me he
enterado de que haba hablado de ese hombre varias veces en sus harengas.
	Dios lo gue por eh camino de la verdad!, aad prudentemente, para que no
pareciera que yo comparta las opiniones del Cojo.
	Eh sultn pareci reflexionar, vacilar. Luego, sin decir nada, se ajust eh turbante
y se enderez en eh asiento:
	-Querra que fueras a ver a Ahmed.
	Agache ha cabeza en seal de que estaba escuchando. Prosigui:
	-Intentars calmarlo, inculcarle mejores sentimientos hacia m, hacia nuestra
dinasta y hacia la ciudad de Fez, Dios la proteja de los infieles y los ambiciosos!
Estoy dispuesto a ayudar a ese joven jerife, con dinero y armas, en su hucha contra
los invasores portugueses, pero necesito tener eh flanco tranquilo si he de empren-
der, a mi vez, ha lucha para defender mi reino que est, hoy en da, muy debilitado.
Tnger est en manos de los portugueses, y tambin Arcila y Ceuta: Larache, Ra-
bat, Chela y Sal estn amenazadas, Anfa destruida y sus habitantes huidos. Al nor-
te, son los espaoles los que estn ocupando, una tras otra, las ciudades de la costa.
	Me atrajo hacia si y baj la voz. Su squito se alej, aunque no sin agudizar im-
perceptiblemente eh odo.
	-Dentro de unos meses, voy a lanzar a mi ejrcito de nuevo contra Tnger y
Arcila, con ha esperanza de que el Altsimo me conceda esta vez la victoria. Querra
que en este asunto eh jerife se comportara como un aliado y que, en vez de sublevar
a las provincias contra los reyes musulmanes, atacase a los portugueses al mismo
tiempo que yo, pues ambos somos combatientes de ha guerra santa. Puedo confiar-
te esa misin?
	-Lo har lo mejor que pueda, pues nada me es ms caro que ha unin de los
musulmanes. En cuanto me lo ordenes, partir hacia El Sus para entrevistarme con
Ahmed y har todo lo posible para tomarlo conciliador.
	Eh soberano me dio unas palmaditas en el hombro como muestra de satisfaccin
y pidi al capitn de los lacayos y al canciller, guardan del sello real, que se aproxi-
maran:
	-Mandaris esta misma tarde un mensajero a casa del Zerual. Le ordenaris
que se ausente de nuestra ciudad por dos aos al menos. Que haga una peregrina-
cin y, luego, que vaya por algn tiempo a su pueblo natal.
	Todos los cortesanos escuchaban con avidez. En cuestin de horas, eh rumor da-
ra, de boca en boca, ha vuelta a ha ciudad. Nadie se atrevera ya a saludar al deste-
rrado, nadie se atrevera a ir a verlo y ha hierba no tardara en crecer en el camino de
su casa. Yo saboreaba mi justa venganza, sin saber que iba a traer sobre los mos
desgracia acrecentada.
	Cuando me desped del soberano, me orden que volviera a la maana siguien-
te, pues deseaba consultarme acerca de las finanzas del reino. A partir de entonces,
estaba todos los das a su hado, asistiendo a sus audiencias, recibiendo a veces perso-
nalmente algunas peticiones, lo que no dejaba de despertar la envidia de los dems
dignatarios. Mas ello me preocupaba poco, pues mi intencin era partir en cuanto
llegara la primavera hacia El Sus y, cuando volviera, ocuparme de mis caravanas y
sobre todo de mi palacio que, en mi mente creca y se embelleca, pero, en el terre-
no, apenas adelantaba pues los ltimos meses de aquel ao haban sido lluviosos y
fros y ha obra de mis sueos no era ya ms que un charco de barro.
160
161

1
El ao del jerife cojo
917 de la hgira
(31 de marzo de 1511-18 de marzo de 1512)







	Aquel ao, como estaba previsto, el sultn de Fez y el jerife cojo lanzaron, cada
uno por su lado, sendos ataques contra los portugueses; el primero quera recuperar
Tnger, eh segundo intentaba liberar Agadir, ambos fueron rechazados y sufrieron
grandes prdidas, hecho del cual no se halla traza en los poemas compuestos en su
honor.
	Yo me las haba ingeniado para estar presente durante esos combates, imponin-
dome la tarea de poner cada noche mis impresiones por escrito. Al volver a leerlas
en Roma aos despus, me asombr ver que no haba dedicado ni una lnea al desa-
rrollo de has batallas. Unicamente haba retenido mi atencin eh comportamiento de
los prncipes y de sus allegados ante la derrota, comportamiento que no dej de sor-
prenderme aunque eh frecuentar la corte me hubiera librado de ciertas ingenuidades.
Citar nada ms un breve extracto de mis notas a ttulo de ilustracin:

	Hechos consignados en el da de hoy, anteltimo del mes de rab al-awwal del ao 917, que
corresponde al mircoles 26 de junio del ao de Cristo de 1511.
	Traen al campo los cadveres de los trescientos mrtires caldos ante Tnger. Para huir de tal
espectculo que me destroza el corazn, me dirijo a la tienda del soberano, al que encuentro con-
ferenciando con el guardin del real sello. Al yerme, el monarca me hace seas de que me aproxi-
me. <Oye, me dice, lo que nuestro canciller piensa del da de hoy! Este explica en mi honor:
<Deca a nuestro seor que lo que acaba de acontecer no es tan mala cosa, pues hemos mostrado a
los musulmanes nuestro ardor en la guerra santa, sin que los portugueses se sientan lo bastante
daados para buscar venganza. Muevo la cabeza como si aceptan su punto de vista, antes de pre-
guntar: <Y los muertos, es cierto que se cuentan por cientos?> Notando una entonacin crtica o
irnica, el canciller calla, pero es el propio soberano el que toma el relevo: No hay entre los
muertos ms que un pequeo nmero de soldados de caballera. Los dems slo son soldados de
infantera, pelagatos, rsticos, intiles de los que hay cientos de miles en mi reino, muchos ms 
de
los que nunca podr poner en pie de guerra! Su tono vacila entre ha despreocupacin y ha joviali-
dad. Con un pretexto cualquiera, me despido y salgo de la tienda. Fuera, al resplandor de una an-
torcha, estn reunidos unos soldados en torno a un cadver que acaban de traer. Al yerme salir, se
me acerca un viejo combatiente de barba rojiza: Dile al sultn que no flore a los muertos pues 
tie-
nen asegurada la recompensa en el da del Juicio. Le corren has lgrimas, se le quiebra ha voz de
repente: <Mi hijo mayor acaba de morir y yo estoy dispuesto a seguirlo al Paraso en cuanto mi
seor me lo ordene!> Se aferra a mis mangas y sus manos crispadas por ha desesperacin dicen al-
go muy diferente de lo que dicen sus labios. Un guardia viene a advertir al soldado de que no inx~
portune al consejero del sultn; el anciano se edipsa entre gemidos. Vuelvo a mi tienda.

	Das despus, deba partir hacia Eh Sus, para encontrarme con Alimed. Haba-
mos tenido ya un encuentro a principios de ao para transmitirle el mensaje de paz
del sultn; esta vez, el seor de Fez quera informar al Cojo de que los portugueses
haban tenido ms muertos que nosotros y de que el soberano estaba sano y salvo
por ha gracia del Altsimo. Cuando me reun con l, el Cojo acababa de poner sitio a
Agadir y sus hombres rebosaban entusiasmo. Muchos eran estudiantes procedentes
de todos los rincones del Magreb que anhelaban eh martirio como hubieran langui-
decido por una misteriosa prometida.
	Transcurridos tres das, la batalla segua en todo su apogeo y has mentes estaban
acaloradas por la embriaguez de la sangre, de la venganza, del sacrificio. Repentina-
mente, ante la estupefaccin de todos, Ahmed orden levantar eh sitio. A un joven
orans que criticaba en voz alta la orden de retirada lo decapitaron en el acto. Al
asombrarme yo de ver al Cojo fcilmente desanimado, tan pronto en abandonar la
empresa, se encogi de hombros:
	-Si quieres meterte en poltica, negociar con los principes, tienes que aprender
a despreciar la apariciencia de las cosas.
	Su risa burlona me record nuestras largas conversaciones en la madrasa. Como
estbamos solos en una tienda de campaa, lo interrogu sin rodeos. Se tom el
tiempo de explicarme:
	-Los habitantes de esta regin queran librarse de los portugueses que ocupan
Agadir e infestan toda la llanura de alrededor entorpeciendo la labranza de los cam-
pos. Puesto que el seor de Fez est lejos y el de Marrakech no sale nunca de su pa-
lacio si no es para su caza semanal, decidieron recurrir a m; reunieron la suma ne-
cesaria para permitirme equipar a quimentos soldados de caballera as como a va-
rios miles de infantera. Me vea, pues, obligado a realizar una intentona contra
Agadir, pero no tena ningn deseo de apoderarme de ella, pues habra perdido la
mitad de mis tropas en ha batalla y, algo an ms grave, me habra visto obligado a
fijar all el resto de mi ejrcito durante aos para defenderla de los sucesivos asaltos
de los portugueses. Tengo ahora algo mejor que hacer. Lo que tengo que movilizar,
volver a unificar por la astucia o por la fuerza de mi sable, para la lucha contra el in-
vasor, es todo el Magreb.
	Apret los puos con toda mi fuerza, repitindome que no deba contestar; pero
ya no era tan dcil a mis veinte aos.
	-As que -dije separando las palabras como si nada ms intentase compren-
der- quieres combatir a los portugueses, pero no es contra ellos contra quienes vas
a lanzar tus tropas: esos hombres que han acudido a tu llamada para la guerra santa,
los necesitas para conquistar Fez, Mequinez y Marrakech!
	Sin hacer caso de mis sarcasmos, Ahmed me cogi por los hombros:
	-Por Dios, Hasan, parece que no te das cuenta de lo que est pasando! Todo el
Magreb est en ebullicin. Van a desaparecer dinastas, provincias enteras van a


	162	163
quedar devastadas, de algunas ciudades no quedar piedra sobre piedra. Obsrva-
me, contmplame, tcame los brazos, ha barba, eh turbante pues maana ya no po-
drs fijar ha mirada en m ni rozarme el rostro con los dedos. En esta provincia soy
yo quien corta las cabezas y es mi nombre eh que hace estremecer a los campesinos y
a ha gente de las ciudades. Pronto, toda esta regin se inclinar a mi paso y algn da
hes contars a tus hijos que eh jerife cojo era amigo tuyo, que vino a tu casa y que se
preocup por la suerte de tu hermana. Yo ya ni me acordar.
	Ambos temblbamos, l de impaciente rabia, yo de miedo. Me senta amenaza-
do, pues, al haberlo conocido antes de su gloria, era como si le perteneciera un
poco; me quera, me despreciaba, me aborreca tanto como yo a mi viejo y remen-
dado manto blanco eh da en que consegu ha fortuna.
	Decid, por tanto, que haba llegado el da de alejarme de aquel hombre, puesto
que nunca ms podra hablarle de igual a igual, puesto que, en lo sucesivo, tendra
que despojarme de mi amor propio en su antesala.

	A finales de aquel ao se produjo un acontecimiento cuyos detalles no supe has-
ta mucho ms adelante, pero que iba a influir gravemente en ha existencia de los
mos. Lo cuento tal y como he podido reconstruirlo, sin omitir detalle alguno y de-
jando que sea eh Altsimo quien marque ha lnea divisoria entre eh crimen y el justo
castigo.
	Suceda, pues, que eh Zerual haba hecho una peregrinacin a La Meca como se
le haba ordenado y se haba dirigido luego a su tierra natal, ha montaa de los Beni
Zerual, en el Rif, para concluir all sus dos aos de destierro. Volva, no sin aprensin,
a aquella provincia donde tantas injustas recaudaciones haba llevado a cabo antao,
pero haba establecido algunos contactos con los principales jefes de los chanes, haba
repartido algunas bolsas y haba hecho que lo acompaaran durante el viaje cuarenta
guardias armados as como un primo del soberano de Fez, un prncipe alcohlico y
bastante carente de recursos al que invit a vivir consigo algn tiempo, con la espe-
ranza de hacer creer as a los montaeses que segua bien situado en la corte.
	La caravana, para llegar a ha regin de los Beni Zerual, tena que cruzar el terri-
torio de los Beni Walid. En un rocoso camino entre dos aldeas de pastores, esperaba
una silueta de anciana, bulto negro y terroso del que slo asomaba una mano abier-
ta, descuidadamente tendida a la caridad de los transentes. Cuando se acerc eh
Zerual, subido en un caballo enjaezado, seguido de un esclavo que lo tapaba con
una inmensa sombrilla, ha mendiga dio un paso hacia l y comenz a balbucear pa-
labras piadosas, implorantes, que apenas se oan. Un guardia he grit que se alejara,
pero su amo le mand callar. Necesitaba crearse una nueva reputacin en aquel pas
que haba saqueado. Sac de ha bolsa unas cuantas monedas de oro y las tendi os-
tensiblemente, esperando que ha vieja abriera las manos como un cuenco para reci-
birlas. En un abrir y cerrar de ojos, la mendiga asi al Zerual por ha mueca y tir
de l con violencia. Cay del caballo y slo eh pie derecho se he qued enganchado
en el estribo, de forma tal que tena eh cuerpo cado hacia atrs, el turbante barra eh
suelo y ha punta de un pual se le apoyaba en eh cuello.
r
	-Di a tus hombres que no se muevan! -aull la supuesta mendiga con voz
viril.
	El Zerual obedeci.
	-Ordnales que se alejen hasta la primera aldea!
	Minutos despus, no haba ya en el camino de montaa ms que un caballo im-
paciente, dos hombres inmviles y un pual curvo. Despacio, muy despacio, empe-
zaron a moverse. El salteador de caminos ayud al Zeruah a incorporararse, luego,
lo condujo a pie lejos del camino, entre las rocas, como una fiera que arrastra a su
presa en las fauces, y desapareci con l. Slo entonces se dio a conocer el agresor a
su vctima temblorosa.
	Harn el Hurn viva desde haca ms de tres aos en la montaa de los Beni
Walid, que lo protegan como si fuera uno de los suyos. Fue nicamente eh deseo
de venganza lo que le empuj a actuar como un bandido o eh temor de ver a su ene-
migo, instalado en has proximidades, ensaarse de nuevo con l, con Mariam y con
los dos hijos que ya le haba dado? El mtodo, sea como fuere, era el de un ven-
gador.
	Harn arrastr a su vctima hasta ha casa. Al verlos llegar, mi hermana se qued
ms aterrorizada que el Zerual. Su marido no le haba dicho nada de su proyecto ni
de la llegada de su antiguo prometido al Rif. Por otra parte, nunca haba visto al an-
ciano y no poda comprender lo que estaba sucediendo.
	-Deja aqu a los nios y sigueme -orden Harun.
	Entr con su prisionero en el dormitorio. Mariam se reuni con ellos y ech la
cortina de lana que serva para cerrar ha habitacin.
	-Mira a esta mujer, Zerual!
	Al or este nombre, a mi hermana se he escap una imprecacin. El anciano sin-
ti que la hoja del pual se le apoyaba en la mandbula. Se apart imperceptible-
mente, sin abrir la boca.
	-Desndate, Mariam!
	Ella mir al Hurn con ojos incrdulos, horrorizados. Eh grit de nuevo:
	-Te lo ordeno yo, Harn, tu marido! Obedece!
	La pobre criatura se descubri las mejillas y los labios, luego, eh cabello con
gestos torpes, entrecortados. El Zerual cerr los ojos y agach la cabeza de for-
ma ostensible. Si vea eh cuerpo desnudo de aquella mujer, sabia qu suerte he es-
peraba.
	-Levntate y abre los ojos!
	La orden de Harn vino acompaada de un movimiento brusco del pual. El
Zerual levant la cabeza, pero sigui con los ojos hermticamente cerrados.
	-Mira -insisti Harn, mientras Mariam se soltaba las ropas con una mano, se-
cndose las lgrimas con la otra.
	Eh vestido cay.
	-Mira ese cuerpo desnudo! Ves algn rastro de lepra? Exaninalo ms de
cerca!
	Harn se puso a zarandear al Zerual, empujndolo hacia Mariam, echndolo


	164	165
luego hacia atrs antes de volverlo a empujar con violencia, soltndolo. El anciano
se desplom a los pies de mi hermana que lanz un grito.
	-Basta, Harn, te lo suplico!
	Miraba con tanta compasin como terror~a aquel malfico pingajo que yaca a
sus pies. El Zerual tena los ojos entreabiertos pero ya no se mova. Harn se he
acerc, desconfiado, le tom el pulso, le toc los prpados, luego, se enderez sin
turbacin alguna.
	-Este hombre mereca morir como un perro a los pies de la ms inocente de sus
vctimas.
	Antes de caer la tarde, Harn haba enterrado al Zeruah bajo una higuera, sin
quitarle la ropa, ni los zuecos, ni has joyas.


































166
El ao	de la tempestad
918 de la hgira
(19 de marzo de 1512-8 de marzo de 1513)




y.

	Aquel ao, Ftima, mi mujer, muri de parto. Durante tres das la llor como
nunca la haba amado. El nio, un varn, no vivi.
	Poco antes del duelo de ha cuarentena, me convocaron urgentemente a palacio.
Eh sultn acababa de volver de su nueva campaa de verano contra los portugueses
y, aunque slo haba cosechado derrotas, no me explicaba las caras largas que me
recibieron nada ms cruzar ha gran portalada.
	Eh propio monarca no me demostr hostilidad alguna, pero su recibimiento care-
ca de entusiasmo y hablaba con voz sentenciosa:
	-Pediste hace dos aos eh perdn de tu cuado, Harn eh mozo de cuerda. Ac-
cedimos. Pero en lugar de enmendarse, en lugar de mostrarse agradecido, ese hom-
bre no ha vuelto nunca a Fez, prefiriendo vivir como un forajido en eh Rif, acechan-
do la ocasin para vengarse del anciano Zerual.
	-Nada prueba, Majestad, que Harn sea el agresor. Aquellas montaas estn
infestadas de salteadores de...
	Fue eh canciller quien me interrumpi, con tono ms elevado que eh del sobe-
t
rano:
	-Se acaba de encontrar eh cadver del Zerual. Estaba enterrado cerca de una
casa donde vivan tu hermana y su marido. Los soldados han reconocido a ha vcti-
ma, no le haban quitado has joyas. Es se el crimen de un simple salteador de ca-
minos?
	He de reconocer que ya desde las primeras noticias de la desaparicin del Ze-
rual, que haban llegado a Fez cuatro meses antes, e incluso sin conocer eh menor
detalle revelador, se me haba cruzado por has mientes la eventualidad de una ven-
ganza de Harn. Saba que eh Hurn era capaz de apurar sus odios y no ignoraba
que se haba asentado en aquella parte del Rif. No me resultaba fcil, pues, procla-
mar su inocencia. Pero no poda por menos de defenderlo, pues la menor vacila-
cin, viniendo de m, lo hubiera hundido.
	-Vuestra Majestad tiene un sentido de la justicia demasiado grande para con-
sentir en condenar a un hombre sin que ste haya podido defenderse. Sobre todo si
se trata de un miembro respetado del gremio de los mozos de cuerda.
	Eh sultn pareci irritado:
	-No estamos ya hablando de tu cuado, sino de ti, Hasan. T reclamaste el des-
tierro del Zeruali; porque t insististe fue por lo que se le orden que se exiliase en


167


su aldea; camino de ella lo atacaron y lo asesinaron. Grave es tu responsabilidad.
Mientras hablaba, se me nubl ha vista como si me estuviese resignando ya a
oscuridad de un calabozo. Vea mi fortuna confiscada, mis bienes dispersos, a mi fa-
milia humillada, a mi Hiba vendida en algn mercado de esclavos. Se me
las piernas y me corra el sudor, el fro sudor de ha impotencia. Me esforc, sin em-
bargo, por articular, trabajosamente, lastimeramente:
-De qu se me acusa?
De nuevo intervino eh canciller, a quien mi miedo demasiado visible volva torvo:
	-De complicidad, Granadino! De haber dejado a un criminal en libertad,
haber enviado a su vctima a la muerte, de haber hecho befa del perdn real y abu.
sado de la benevolencia de nuestro seor.
Intent recobrar el dominio de m mismo:
	-Cmo habra podido adivinar yo en qu momento iba a volver el Zeruah de
su peregrinacin y por qu camino? En cuanto a Harn, lo perd de vista hace ms
de cuatro aos y ni siquiera he podido comunicarle el perdn de que se beneficiaba.
	En realidad, he haba enviado a Harn mensaje tras mensaje, pero, en su testaru-
dez, no se haba preocupado de responder. Sin embargo, mi defensa no dej insen-
sible al soberano que recobr cierta entonacin amistosa:
	-No eres culpable de nada, sin duda, Hasan, pero las apariencias te acusan. Y la
justicia est en las apariencias, al menos en este mundo, al menos a ojos de la mu-
chedumbre. Pero tampoco puedo olvidar que en el pasado, cuando te confi alguna
misin, me serviste fleimente.
	Call. En su mente se estaba desarrollando una deliberacin que me guard muy
mucho de interrumpir ya que notaba que se inclinaba a la clemencia. El canciller se
le acerc con la intencin evidente de influir en l, pero el monarca he impuso silen-
cio secamente antes de decretar:
	-No sufrirs la suerte del asesino, Hasan, sino la de la vctima. Como al Zerual,
se te condena al destierro. Durante dos aos enteros no volvers a presentarte en
este palacio, no vivirs en Fez ni en ninguna de las provincias que me pertenecen.
A partir del vigsimo da del mes de rayab, cualquiera que te vea dentro de los lmi-
tes del reino te traer aqui encadenado.
	A pesar de la dureza de estas ltimas palabras, tuve que esforzarme para no de-
jar que se trasluciera mi alivio. Me haba librado del calabozo y de la ruina y un lar-
go viaje de dos aos no me infunda temor alguno. Se me conceda, adems, un mes
para poner orden a mis asuntos.

	Mi salida de Fez fue sonada. Tena empeo en partir para el destierro con la ca-
beza alta, vestido de brocado, y no de noche sino en pleno da, en atravesar las ca-
llejas bulliciosas seguido de una imponente caravana: doscientos camellos, cargados
de todo tipo de mercancas, as como de veinte mil dinares, un tesoro protegido por
cincuenta guardianes armados, vestidos y mantenidos a mi costa, lo bastante para
desanimar a los bandidos que infestaban los caminos. Por tres veces me detuve, ante
la madrasa Bu-Inania, en eh patio de la mezquita de los andaluces y luego en la


168
calle de los Alfareros, cerca de la muralla, para rociar a los mirones con unos cuan-
tos puados de monedas de oro, recogiendo a cambio alabanzas y ovaciones.
	Corra ciertos riesgos al organizar tal desfile. Alguna palabra malintencionada
cuchicheada al odo del canciller y luego al del monarca poda hacer que me detu-
vieran, acusndome de haber hecho mofa del castigo real que pesaba sobre m. Sin
	no me quedaba ms remedio que correr ese riesgo, no slo para halagar
embargo,
	amor propio, sino tambin pensando en mi madre, en mi padre, en mi hija, en
todos los mos, para que no viviesen avergonzados durante mi perodo de destierro.
	Les dej tambin, claro est, lo necesario para estar libres de necesidades duran-
te aos, alimentados, servidos y vestidos siempre con ropa nueva.
	Cuando estuve a dos millas de Fez, por eh camino de Sefr, seguro de que todo

peligro
	haba pasado ya, me acerqu a Hiba, subida en su montura, en un palanquin
bierto de sedas.
	  -No habr fes que recuerde haber presenciado nunca tan altiva retirada -dije
	contento.
	  Se mostr inquieta.
	  -No hay que desafiar has decisiones del Destino. No hay que burlarse de la ad-
	versidad.
	  Me encog de hombros, nada impresionado.
	  -Acaso no he jurado devolverte a tu tribu? All estars dentro de un mes. A
	menos que qmeras acompaarme a Tombuct y luego a Egipto.
	  Por toda respuesta, se conform con un Inshalah enigmtico y angustiado.
	  Cuatro das despus estbamos cruzando el puerto de los Cuervos, con un tiempo
	bastante ms fro de lo que habra supuesto en eh mes de octubre. Cuando paramos
	para pasar ha noche, los guardias instalaron eh campamento en una pequea depresin
	entre dos colinas, esperando as protegerse de los vientos helados del Atlas. Formaron
	un burdo crculo de tiendas, en cuyo centro se alzaba la ma, verdadero palacio de tela
	con caras adornadas con versculos cornicos artsticamente caligrafiados.
	  All deba dormir con Hiba. Esperaba aquel momento sin desagrado, pero cuan-
	do empez a oscurecer, mi compaera se neg obstinadamente a dormir en la tien-
	da sin razn aparente, pero con tal temor en ha mirada que renunc a discutir. Haba
	localizado ella a media milla del campamento ha entrada de una gruta. All pensaba
	dormir y en ningn otro sitio.
	  Pasar ha noche en una gruta del Atlas, tener por vecinos a hienas, leones, leo-
	pardos, quizs incluso a esos enormes dragones que abundan, a lo que cuentan, por
	aquellos parajes, y tan venenosos que con su contacto se deshace el cuerpo humano
	como si fuera de arcilla? Imposible inculcarle a Hiba aquel temor. Slo mi soberbia
	tienda ha aterrorizaba en aquella fra noche de otoo.
	  Tuve que ceder. Sobreponindome a mis propias aprensiones, me dej llevar ha-
	cia ha caverna a pesar de los reproches de los guardias y sus irreverentes ojeadas. Al
	ver a Hiba ridculamente cargada con un gran montn de mantas de lana, un farol,
	un odre de leche de camella y un largo racimo de dtiles, sentia mi respetabilidad
	algo baqueteada.
1
169




	Nuestro ahbergue result exiguo, era ms una cavidad de la roca que una an
ca galera, cosa que me tranquiliz, pues poda fcilmente tocar eh fondo y as
me as de que ninguna fiera viva all. Si exceptuamos a mi indomable Hiba, c
comportaba de modo cada vez ms extrao, amontonando piedras para estre
entrada, despejando a conciencia el suelo, envolviendo en lana eh odre y los
para protegerlos del hielo, mientras que yo, ocioso y burln, no paraba de esi
sarcasmos y reconvenciones, sin conseguir alegrarla o ponerla nerviosa y m<
distraerla de su febril trajn de hormiga.
	Acab por callarme. No por cansancio, sino por eh viento. Se haba puesto a sc
plar, en un momento, con tal fuerza que se volva ensordecedor. Junto a l caa, e
torbellinos, una densa nevada que amenazaba con penetrar a chorros en nuestro n
tiro. Sin turbacin alguna, Hiba vigilaba ahora con mirada experta su dispositivo
defensa y supervivencia.
	Maravillosa Hiba! Cierto es que no haba estado esperando aquel momez
para empezar a quererla. Pero nunca haba sido para m ms que la joya de mil
rn, joya rutilante, caprichosa y que, de abrazo en abrazo, sabia seguir siendo ha
canzable. Durante la tempestad del Atlas, sin embargo, iba a revelarse una muji
distinta. Mi nico hogar estaba en sus ojos, en sus labios, en sus manos.
	Sienpre he sentido pudor en decir te quiero pero mi corazn nunca se
avergonzado de querer. Y a Hiba la quise, por eh Dios todopoderoso, dispensad<
de tempestades y calmas, y la llam tesoro mio sin saber que a partir de entono
era cuanto posea, y ha llan vida ma, lo cual no era ms que hacerle jus
pues por su intervencin me permiti Dios librarme de la muerte.
	Dos das y dos noches rugi eh viento y se amonton la nieve que muy pronto ti
pon la entrada de la gruta dejndonos prisioneros en ella.
	Al tercer da, unos pastores vinieron a despejar ha entrada, no con intencin
salvamos, sino para refugiarse en ha gruta mientras coman. No parecieron alegrazi
al vernos yno tard en enterarme de la terrible razn. Sorprendidos por la tempo
tad, guardias y camellos haban perecido sepultados en el hielo. Al acercarme me
cuenta de que las riquezas haban sido presa de los saqueadores y los cuerpos pr~
de los carroeros. El lugar en que haba estado acampada mi caravana no era fil'
que desolacin y ruinas. Tuve ha presencia de nimo de no mostrarme afectado
por ha muerte de los hombres que haba contratado ni por la prdida de mi forflaa
Pues me haba dado cuenta a la primera ojeada de que los pastores no eran ajeI~"~
saqueo. Quizs incluso haban rematado a los heridos. Una palabra ma o de
poda condenamos a la misma suerte. Acallando todo mi rencor, puse ha cara fi
indiferente que pude y dije:
	-Ial es la decisin del Altsimo!
	Y en cuanto mis interlocutores asintieron con alguna sentencia, pregunt 8~
seguido:
	-Nos sera dado gozar de vuestra hospitalidad en tanto reanudamos la fil
cha?
	No ignoraba las extraas costumbres de esos nmadas. Mataran a un creya
menor vacilacin para apoderarse de una bolsa o de una montura, pero basta
ir a su generosidad para que se transformen en atentos y solcitos anfitrio-
un refrn que dice que siempre tienen un pual en la mano, ya para de-
ya para degollar un cordero en tu honor.

-qDos dinares de oro y cinco dirhems de plata! Los he contado, sopesado y sa-
una y mil veces. Es cuanto queda de mi inmensa fortuna, cuanto me queda
azar el Shara hasta el pas del Nilo y para volver a empezar mi vida!
	opuso a mis reiteradas lamentaciones una sonrisa indescifrable, pcara,
na y bondadosa a la vez, que slo consigui atizar mi ira.
-Dos dinares de oro y cinco dirhems de plata! -vocifer de nuevo-. Y ni una
itura, ni un solo traje, salvo ste, cubierto de la suciedad del viaje!
-Acaso no te pertenezco? Debo de valer cincuenta monedas de oro y quiz

	que quitaba a sus palabras cualquier sospecha de servilismo era eh guio que
.compaaba y, ante todo, aquel paisaje que Hiba abarcaba con gesto soberano:
ampo de indigos, a orillas del ro Dra, a ha entrada de ha aldea en que haba na-
<a venan corriendo unos chiquillos; luego, lleg eh jefe de la tribu, negro de
con rasgos finos y una sotabarba blanca, que reconoci en el acto a mi acom-
mute a pesar de diez aos de ausencia y la estrech entre sus brazos. Me dirigi
ihabra en rabe, declarando que se senta honrado al ofrecerme hospitalidad en
umilde morada.
	a me lo present como su to paterno; dijo de m que era su amo, lo cual era,
da, la pura verdad pero no quera decir nada en semejante circunstancia. No
milaba acaso solo, indefenso y rodeado de los suyos? Estaba a punto de decir
era m no era ya una esclava, cuando, frunciendo el ceo, me impuso silencio.
tado a no pronunciar ni una palabra ms, asist entonces, con tan gran sorpre-
mo deleite, a una escena de las ms extraas.
	ia entrado con Hiba y su to en ha casa de este ltimo y habamos tomado
Ito en una habitacin baja de techo, pero alargada, sobre una allombra de lana,
rna a la cual haban venido a distribuirse unos veinte personajes, los ancianos
tribu, cuyo gesto no mostraba regocijo alguno por eh encuentro que se supona
~mtaban celebrando.
	a tom la palabra. Me describi como un importante personaje de Fez, tan
Ido en la Ley como en las letras; narr en qu circunstancias me haba sido
Igada por el seor de Uarzazat e hizo un relato vivo y conmovedor de la
mtad de nieve que haba causado mi ruina. Y concluy con las siguientes
ras:
Antes de venderme a cualquier mercader de paso, este hombre ha querido
~ue a mi aldea. Le he jurado que no se arrepentira.
Dii indecible descaro, interpel a uno de los notables:
T, Abdallah, cunto estaras dispuesto a pagar para rescatarme?


	170	171


	-Vales ms de lo que puedo pagar -respondi confuso-. Sin embargo, puedo
contribuir con diez dinares.
	Pase los ojos por la concurrencia, buscando a su futura presa:
	-Y t, Alimed?
	Eh llamado Ahmed reprendi desdeosamente a Abdallah, antes de anunciar:
	-Treinta dinares para lavar el honor de ha tribu.
	Y de este modo fue dando la vuelta a la sala, utilizando juiciosamente has envi-
dias y rencillas de familias o chanes, para obtener, en cada ocasin, una contribucin
de mayor cuanta. Las cifras se iban sumando en mi mente. Mis dos miserables di-
nares se convirtieron en doce, en cuarenta y dos, en noventa y dos... El ltimo re-
querido fue el to de Hiba que, como jefe de la tribu, se vea en la obligacin de jus-
tificar su rango pasado por encima del ms generoso de sus administrados.
	-Doscientos dinares! -dej caer con orgullo.
	No daba crdito a mis odos pero aquella noche, mientras estaba echado en ha
habitacin donde el jefe me haba invitado a pasar la noche, vino a yerme Hiba con
la cantidad total, ms de mil ochocientos dinares.
	-Por el Dios que te ha hecho tan hermosa, Hiba, aclramelo! Qu juego es
ste? Cmo es posible que los hombres de esta aldea tengan tanto dinero? Y, sobre
todo, por qu me lo dan?
	-Para rescatarme!
	-Sabes muy bien que podras ser libre sin soltar ni una monedita de cobre.
	-Y para rescatarse tambin.
	Como yo segua manifestando ha ms total incomprensin, consinti al fin en ex-
plicrmelo:
	-Durante generaciones, mi tribu era nmada por el oeste del Shara, hasta que
mi abuelo, seducido por las ganancias, se puso a cultivar ndigo y a comercializar
con l. Esta aldea gana as mucho ms dinero del que necesita gastar y hay ms oro
enterrado en eh suelo de cada humilde cabaa que en la ms bella morada de Fez.
Pero, al escoger la vida sedentaria, los mos han perdido todas las virtudes guerreras.
Un da, cuando apenas era nbil...
	Se sent a mi hado, echando la cabeza hacia atrs, antes de proseguir:
	-Habamos salido muchos, jvenes y viejos, hombres y mujeres, para ir en pere-
grinacin a ha tumba de un wali, a un da de camino de aqu. Repentinamente, unos
jinetes de ha guardia del seor de Uarzazat se abalanzaron sobre nosotros. Eran cua-
tro, mientras que nosotros pasbamos de los cincuenta y ms de veinte eran hom-
bres armados. Pero a ninguno de mis compaeros se he ocurri utilizar has armas.
Huyeron todos sin excepcin, dejando a cada uno de los cuatro jinetes la posibilidad
de capturar a la muchacha que quisieran. Durante la curiosa ceremonia a la que aca-
bas de asistir, los ancianos de ha tribu no han hecho ms que saldar su deuda, repa-
rar su indignidad y ha de sus hijos.
	Apoy la cabeza en mi hombro:
	-Puedes tomar ese dinero sin verguenza ni remordimiento. Ningn otro hombre
lo merece tanto como mi amo adorado.


172
	Al pronunciar estas ltimas palabras, haba acercado sus labios a los mos. Mi
corazn lata con fuerza, pero miraba de reojo, inquieto, la delgada cortina que nos
separaba de la habitacin vecina donde se hallaba su to.
	Sin ningn apuro, Hiba se solt el vestido; al ofrecer su cuerpo de bano esculpi-
do a mi ojos y a mis caricias, me cuchiche:
	-Hasta aqu me habas tomado esclava. Tmame libre hoy! Por ltima vez.

	Al dejar a Hiba, toda mi prisa era encontrarme con su recuerdo en Tombuct y
quizs incluso con algn rastro de ella en aquella habitacin testigo de nuestro pri-
mer beso. El edificio segua all. Aunque perteneca al seor de la ciudad que lo re-
servaba para los visitantes ilustres, un dinar me franque sus puertas. De forma tal
que, la noche de mi llegada, me hallaba acodado en la misma ventana, aspirando el
aire del exterior para encontrar en l eh mbar gris que antao lo haba perfumado,
acechando los ritmos de la orquesta negra que pronto iban a sonar, estaba seguro de
ello, en la calle. Entonces me volvera hacia el centro de la habitacin y vera de
nuevo bailar la sombra de mi Hiba. Un fuerte viento levant la cortina que se puso a
revolotear y a girar grcilmente.
	Fuera, ruido de pasos, algunos gritos que se acercaban. La orquesta de mis re-
cuerdos quizs? Pero por qu la acompaaba tal escndalo? Mi perplejidad dur
poco por desgracia: la plaza del mercado estaba, de repente, animada como en ple-
no da, invadida por una muchedumbre demente y abigarrada que llenaba el cielo
con sus alaridos. Cmo no sentirse invadido por el miedo? Desde la ventana llam

a un anciano que corra menos que los dems. Se par y me dijo apresuradamente
en la lengua del pas unas cuantas palabras jadeantes. Al ver que no haba entendi-
do nada, sigui corriendo, indicndome que lo siguiera. Vacilaba an en hacerlo
cuando vi en eh cielo has primeras luces del incendio. Asegurndome de que llevaba
eh oro encima, salt por ha ventana y sal corriendo.
	Pas no menos de tres horas vagando de este modo, doblegndome a los capri-
chos de la muchedumbre enloquecida y enterndome, ms por los gestos que por las
palabras, de las nuevas del siniestro. Ms de ha mitad de Tombuct haba ardido, y
nada pareca capaz de impedir que el fuego, atizado por el viento, se propagase a
travs de las innumerables chozas con techo de paja peligrosamente prximas entre
si. Tena que alejarme con la mayor premura posible de aquel gigantesco brasero.
	La vspera haba odo que una caravana de mercaderes de diferentes proceden-
cias estaba reunida en las afueras de ha ciudad, dispuesta a partir en cuanto amane-
ciera. Me un a ella. Alrededor de cuarenta viajeros pasamos ha noche entera de pie
sobre un montculo, fascinados por eh espectculo del fuego y por el terrible clamor
que se alzaba junto con has llamas, chamor en eh que habamos acabado por distin-
guir los horrorosos alaridos de los quemados.
	Nunca ms podr recordar Tombuct sin volver a ver aquella estampa infernal.
Cuando lleg la hora de la partida, una nube de luto he velaba eh rostro e innumera-
bIes chisporroteos torturaban su cuerpo. Mi ms hermoso recuerdo estaba acabando
de consumirse.


173
	Cuando nuestros antiguos gegrafos hablaban del pas de los negros, slo nu~-
cionaban Ghana y los c~asis del desierto de Libia. Luego, llegaron los conquista<j~p~
de velado rostro, los pdredicadores, los mercaderes. Y hasta yo que no soy sino al
ltimo de los viajeros c.onozco el nombre de sesenta reinos negros de los cuales crti-
c quince, nno tras otro, aquel ao, desde el Nger hasta el Nilo. Algunos no han ll-
gurado nunca en ning.n libro, pero mentira si me atribuyese su descubrimiento, ya
que me linit a seguir Ja ruta habitual de las caravanas que salen de Yen, de Mal,
de Ualata o de Tombuct hacia El Cairo.
	No precisamos ms.~ de doce das para llegar, bordeando el Nilo, a la ciudad de
Gao. No tena muralla que la rodeara pero ningn enemigo se atreva a acercarw a
ella, tan giande era la Eama de su soberano, el Askia Mohamed, el hombre ms po-
deroso de todo el pas cie los negros. A los negociantes de la caravana les causaba no
poca satisfaccin detenerse en aquel lugar. Me explicaron que los habitantes de Gao
posean tanto oro que ~l tejido ms mediocre de Europa o Berbera poda venderme
all por un valor quince o veinte veces mayor. En cambio, ha carne, el pan, el arroz y
las calaba2as eran tan abundantes que se podan conseguir a precio ms bajo.
	Las etapas siguientes nos hicieron cruzar varios reinos entre los cuales merado-
nar los de Uangara, ~egzeg, Cano, as como el de Born, mucho ms importante
que los anteriores, pera donde evitamos quedarnos mucho tiempo. Pues nada ms
entrar en la capital, ncys topamos con otro grupo de mercaderes extranjeros que se
apresuraros a contarncs sus desgracias, tal y como lo narro en mi Descripcin de
Africa. El soberano de aquel pas tena muy curiosas costumbres. Le produca tal
placer alardear de su riqueza que todos los jaeces de sus caballos eran de oro, smf
como toda ha vajilla de su palacio. Incluso las cadenas con las que ataba a sus pe-
rros eran todas de oro fino, lo he visto con mis propios ojos! Atrados por tamaflo
lujo, y confundiendo, para desgracia suya, generosidad con ostentacin, aquellos
mercaderes haban venido, pues, desde Fez, desde El Sus, desde Gnova y Npoles,
con espada cinceladas e incrustadas de piedras preciosas, con tapices, con caballos
pura sangre y todo tipo de mercancas de gran valor.
	-El rey se mostr encantado -me cont uno de aquellos infortunados-. Lo
compr todo en el acto sin discutir siquiera el precio. Estbamos encantados. Desde
entonces, estamos esperando a que nos pague. Llevamos ms de un ao en Born,
yendo a diado a quejaznos a palacio. Nos contestan con promesas y, cuando insisti-
mos, con amenazas.
	No era tal el com1portamiento del soberano que visitamos a continuacin, el
seor de Gaoga. Estaba yo en su palacio para presentarle mis respetos cuando un
negociante egipcio de Ja ciudad de Damieta vino a darle a este rey un caballo muy
hermoso, an sable turco, una cota de mallas, una escopeta, varios espejos, unos ro-
sarios de coral y unos cuchillos cincelados, todo ello por un valor de unos cincUCBtA
dinares. El soberano acept con amabilidad este regalo, pero, a cambio, dio a aquel
hombre cinco esclavos, cinco camellos, un centenar de enormes colmillos de elefan-
te y, como si no bastaxa, aadi el equivalente de quinientos dinares de oro en ha
moneda de su pas.


174
	Tras dejar a aquel prncipe tan generoso, llegamos al reino de Nubia donde se
halla la gran ciudad de Dongola, situada a orillas del Nilo. Pensaba alquilar all una
barca para ir a El Cairo, pero me informaron de que el ro no era navegable en
aquella parte y de que haba que seguir la orilla hasta Asun.
	El mismo da de mi llegada a aquella ciudad, un marinero me propuso cogerme
a bordo de su cherme. En aquella embarcacin plana transportaba ya gran cantidad
de grano y de ganado pero todava poda, a lo que prometi, despejar para m un lu-
gar muy cmodo.
	Antes de embarcar, me ech de bruces en ha orilla y hund durante mucho rato eh
rostro en eh agua del Nilo. Al levantarme, tuve ha certidumbre de que tras la tempes-
tad que haba devastado mi fortuna, una vida nueva se me ofreca en aquel pas de
Egipto, una vida compuesta de pasiones, peligros y honores.
	Tena prisa por apoderarme de ella.
Ii
L
175













































j
1
	Cuando llegu a El Cairo, hijo mo, sta llevaba ya siglos siendo la prestigiosa
capital de un imperio y la sede de un califato. Cuando la abandon, no era ya ms

quela cabeza de partido de una provincia. Nunca recuperar, sin duda, su pasada
Dios ha querido que fuera testigo de esa decadencia, as como de los desastres
que ha precedieron. Navegaba an por el Nilo, soando con aventuras y alegres con-
qunstas, cuando se anunci la desgracia. Pero an no haba aprendido a respetarla ni
a descifrar sus mensajes.
	Perezosamente echado en el amplio cherme, con ha cabeza levemente alzada por
una traviesa de madera, acunado por la charla de los marineros que se difuminaba
armoniosamente entre el chapoteo del agua, miraba al sol, ya rojizo, que iba a desa-
parecer pasadas tres horas por ha orilla africana.
	-Maana al alba estaremos en Misr la Antigua -me grit un negro de la tripu-
lacin.
	Le contest con una sonrisa tan amplia como ha suya. Ningn obstculo me se-
paraba ya de El Cairo. No tena ms que dejarme llevar por eh inexorable flujo del
taempo y del Nilo.
	Estaba a punto de adormecerme, cuando subieron las voces de los marineros y
su conversacin se anim. Incorporndome, vi un cherme que iba ro arriba y aca-
baba de ponerse a nuestra altura. Necesit bastante rato para ver qu haba que fue-
ra extrao en aquella embarcacin que no haba visto acercarse. En ella se amonto-
naban, con cara de asombro, hermosas mujeres ricamente vestidas, junto con sus hi-
jos, en medio de cientos de ovejas cuyo olor me llegaba. Algunas llevaban sobre ha
frente alhajas en forma de guirnalda y en la cabeza cofias altas y estrechas como un
tubo.
	A veces basta un espectculo inslito para revelar un drama. Los marineros vi-
nieron hasta m en procesin, con caras largas y has palmas de has manos mirando al
cielo. Un largo silencio. Luego, de los labios del ms viejo, salieron reptando unas
palabras:
	-La peste!





179
El ao del ojo augusto
919 de la hgira
(9 de marzo de 1513-25 de febrero de 1514)






	La epidemia se haba declarado a principios de aquel ao, inmediatamente des-
pus de una violenta tormenta y de torrenciales lluvias, signos evidentes para todos
los cairotas de la clera del Cielo y de ha inminencia de un castigo. Los primeros
afectados fueron los nios, y los notables evacuaban apresuradamente a sus familias,
unos hacia Tor, al sur del Sina, donde eh aire es saludable, otros hacia los oasis,
otros hacia eh Alto Egipto, cuando posean all una residencia. Pronto se cruzaron
con nosotros innumerables embarcaciones, lamentables racimos de fugitivos.
	Habra sido imprudente seguir antes de conocer la extensin del mal. Atraca-
mos, pues, en ha orilla oriental, en un lugar desierto, decididos a quedamos all el
tiempo que fuera menester, alimentndonos con has mercancas que transportba-
mos y cambiando cada noche de sitio para desorientar a eventuales salteadores.
Cinco o seis veces ah da bamos a buscar noticias, remando hasta llegar cerca de los
que iban Nilo arriba para interrogarlos. La epidemia haca estragos en ha capital.
Cada da se contaban cincuenta, sesenta, cien defunciones en los registros; y se sabia
por experiencia que haba que contabilizar un nmero de muertos no declarados
diez veces mayor. Cada embarcacin traa una nueva cifra, siempre concreta, acom-
paada con frecuencia de explicaciones que no admitan discusin alguna. Por
ejemplo, el lunes de ha Pascua cristiana, ha tierra haba temblado tres veces; y al da
siguiente, sin ms tardar, se registraban doscientas setenta y cuatro defunciones. Al
vierues siguiente cay una granizada inslita para la estacin; se contaron ese mis-
mo da trescientas sesenta y cinco muertes. Por consejo de su mdico, el sultn de
Egipto, un anciano mameluco circasiano llamado Kansoh, decidi, para protegerse
de la peste, llevar en los dedos dos anillos de rubes; prohibi tambin eh vino y eh
hachs, as como el comercio de las prostitutas. En todos los barrios de ha ciudad se
acondicionaron nuevos aljibes para los baos mortuorios.
	Como es lgico, has vctimas no eran ya todas nios y sirvientes. Soldados y ofi-
ciales empezaban a sucumbir a cientos. Y el sultn se apresur a anunciar que l en
persona pensaba heredar sus equipos. Orden que se arrestara a has viudas de todos
los militares fallecidos hasta que hubiesen entregado en eh arsenal una espada con
incrustaciones de plata, una cota de mallas, un casco, un carcaj, as como dos caba-
los o su contravalor. Adems, estimando que la poblacin de El Cairo haba dismi-
nuido sensiblemente por mor de ha epidemia y que iba a reducirse an ms, Kansoh
decidi tomar, de la reciente cosecha, una importante cantidad de trigo que envi
inmediatamente a Damasco y a Alepo, donde podra venderla tres veces ms cara.
De la noche a ha maana, el precio del pan y de ha harina subi de forma desmesu-
rada.
	Cuando, poco despus de anunciar tales decisiones, sali eh sultn de su ciuda-
dela y cruz ha ciudad para ir a inspeccionar la onerosa recomstruccin del colegio
que haba de llevar su nombre, que haba diseado l mismo y cuya cpula acababa
de agrietarse por tercera vez, la poblacin de la capital lo abiiche. Hasta sus odos
llegaron gritos: Dios haga perecer a los que matan de hambre a los musulmanes!>
A ha vuelta, eh soberano evit cruzar el barrio popular de Bab Zuwaiha, prefiri vol-
ver a la ciudadela por calles menos bulliciosas.
	Estas noticias nos las cont un joven comerciante, rico y culto, que, huyendo de
ha capital con su familia en su barca personal, atrac unas cuantas horas junto a no-
sotros antes de proseguir su camino. Trabo inmediatamente amistad conmigo, me
pregunt por mi pas y mis recientes viajes, y sus preguntas estaban ms preadas de
sabidura que mis respuestas. Cuando hice que ha conversacin versara de nuevo so-
bre Egipto, me confi con voz serena:
	-Los monarcas, afortunadamente, se exceden a veces; si no fuera por eso, no
caeran nunca.
	Y luego aadi, chispendohe los ojos:
	-La locura de los prncipes es ha sabidura del Destino.
	Yo crea haberlo entendido:
	-Pronto habr una insurreccin, no es cierto?
	-Esa palabra no va con nosotros. Es cierto que en tiempo de epidemia la gente
de ha calle se porta valientemente pues el podero del sultn parece muy frgil frente
al del Altsimo que siega regimientos enteros de militares. Pero en has casas no hay
ni un arma, apenas algn cuchillo para cortar el queso. Cuando llega ha hora de los
grandes cambios, siempre viene un mameluco circasiano en lugar del anterior.
	Antes de seguir su camino eh mercader me hizo una propuesta inesperada que
acept agradecido, aunque, en eh momento, no calibr cun generosa era.
	-Voy a instalarme durante unos meses en Asiut, mi ciudad natal, y no querra
que mi casa de El Cairo permaneciera tanto tiempo abandonada. Me sentira muy
honrado si pudieras vivir en ella durante mi ausencia.
	Al esbozar un doble gesto de agradecimiento y rechazo, me cogi ha mueca:
	-No te hago un favor, noble viajero, pues, si mi casa permaneciera sin dueo,
sera presa de los saqueadores, sobre todo en estos tiempos dificihes. Si aceptaras, yo
te quedara muy agradecido y resolveras un problema que me preocupa.
	En semejantes condiciones, no poda por menos de aceptar. Sigui hablando
con el tono confiado de un hombre que ha madurado mucho tiempo su decisin:
	-Voy a redactarte un documento que certiflque que puedes disfrutar de mi pro-
piedad hasta mi regreso.
	Fue a coger en su barca papel, clamo y tintero, luego, volvi a sentarse en eh
suelo a mi lado. Mientras escriba, me iba preguntando mi nombre, mis sobrenom-
bres, mi rango; pareci satisfacerlo todo ello y me entreg, al tiempo que el docu-
	180	181
mento, un manojo de llaves cuya distribucin me indic. Me explic, por fin, con
palabras muy precisas, dnde hallar ha casa y cmo reconocerla.
	-Es un edificio blanco, rodeado de palmeras y sicomoros. Est en una pequea
elevacin, en eh extremo norte de la ciudad antigua, y da directamente al Nilo. He
dejado all a un jardinero que estar a tu servicio.
	Esto aumentaba mi impaciencia por llegar a mi destino. Pregunt a mi interlocu-
tor cundo podra esperarse que acabara ha peste.
	-Las epidemias precedentes acabaron todas antes del comieuzo de mesore.
	Le rogu que repitiera ha ltima palabra, pues crea haberla odo mal. Sonro
bondadosamente.
	-Mesore es, en eh ao copto, el mes en que llega a su punto ms alto ha crecida
de las aguas.
	Murmur:
	-Gran mrito tiene Egipto en ser musulmn cuando el Nilo y la peste se ajustan
an ah calendario de los faraones.
	Por su forma de bajar la mirada, por su sonrisa violenta, comprend que l no era
musulmn. Acto seguido, despleg gran actividad:
	-Se hace tarde. Creo que deberamos izar las velas.
	Dirigindose a uno de sus hijos que daba vueltas sin cansarse alrededor de una
palmera, grit:
	-Sesostris, sube a la barca, nos vamos!
	Me estrech la mano por ltima vez, no sin aadir con aire apurado:
	-En la casa hay una cruz y un icono. Si te ofenden, puedes descolgarlos y me-
terlos en una arca hasta que yo regrese.
	Le promet que nada cambiara de sitio, antes bien, y le di has gracias por su ex-
tremada fineza.
	Mientras conversaba con este copto, los marineros se haban apartado, gesticu-
lando con animacin. En cuanto mi bienhechor se hubo alejado, vinieron a anun-
ciarme, con tono solemne, su decisin de salir al da siguiente sin ms demora hacia
la capital. No ignoraban, aunque fuesen todos musulmanes, que la peste no desapa-
recera antes de mesore. Pero los impulsaban otras razones.
	-Eh hombre ha dicho que el precio de las mercancas ha subido de repente. Es
eh momento de ir al puerto viejo, de vender nuestra carga y de volver por fin a casa.
	No se me ocurri protestar. En lo que a m se refera, estaba como un amante
cansado de dormir noche tras noche a pocas brazadas del objeto de mis deseos.

	El Cairo al fin!
	En ninguna otra ciudad se olvida tan deprisa que se es extranjero. Eh viajero
queda, nada ms llegar, atrapado en eh torbellino de los rumores, de las ancdotas,
de has muecas expresivas. Cien desconocidos se acercan a l, he cuchichean al odo,
lo ponen de testigo, lo empujan por eh hombro para incitarlo con ms facilidad a ju-
rar o a reir, tal y como ellos esperan. A partir de ese momento, es partcipe del se-
creto, est al tanto de una fabulosa historia, no puede por menos de enterarse de lo


182
que va a pasar despus, aunque tenga que esperar a la caravana siguiente, hasta ha
siguiente fiesta, hasta la estacin de la crecida. Pero ya ha empezado otra historia.
	Aquel ao, cuando desembarqu agotado y aturdido a una milla de mi nueva
morada, toda ha ciudad, maltratada sin embargo por la peste, se rea descaradamen-
te del ojo augusto, del del monarca, se entiende. El primer vendedor de refrescos,
adivinando mi ignorancia con fruicin, se sinti en la obligacin de ponerme al da,
con prioridad sobre cualquier otra ocupacin, alejando con gesto desdeoso a sus
sedientos clientes. Lo que ms adelante me contaron notables y mercaderes no se
		diferenciaba en nada del relato de este hombre.
		  -Todo empez -me dijo- con una turbulenta entrevista entre el sultn Kansoh
		y eh califa.
		  Aquel califa era un anciano irreprochable que viva apaciblemente en su harn.
		El sultn lo haba tratado con rudeza y le haba exigido la dimisin, so pretexto de
		que estaba perdiendo vista, de que estaba ya casi ciego del ojo izquierdo y de que su
		firma apareca emborronada en los decretos. Kansoh quera, aparentemente, atemo-
		rizar al prncipe de los creyentes para sacarle unas cuantas decenas de miles de dina-
		res a cambio de que lo mantuviera en sus funciones. Pero eh anciano no se haba
		prestado al juego. Haba tomado una satinada hoja de papel y haba redactado con
		buen pulso su acta de abdicacin a favor de su hijo.
		  El asunto no habra ido ms all, una injusticia ms, pronto olvidada, si algn
		tiempo despus eh propio sultn no hubiera notado una maana un dolor en el ojo
		izquierdo. Esto suceda dos meses antes de mi llegada, en eh momento de mayor
		mortandad de la peste. Pero al soberano ya no le interesaba ha epidemia. Eh prpado
		se he caa. Pronto se cerr tanto que tena que levantrselo con eh dedo para echar la
		menor ojeada. Su mdico he diagnostic ptosis y prescribi una incisin.
		  Mi interlocutor acababa de ofrecerme una taza de refresco de rosa y me propuso
		que me sentara en un cajn de madera, lo que hice. A nuestro alrededor no haba ya
		aglomeracin alguna. La historia se reanud:
		  -Como el monarca se negaba categricamente, su mdico trajo a su presencia
		un oficial superior, comandante de mil, que padeca el mismo mal y lo oper en el
		acto. El hombre volvi una semana despus mostrando un ojo totalmente curado.
		  En vano. El sultn, deca mi narrador, prefiri consultar a una curandera turca
		que prometi curarlo sin recurrir a la cirugia, limitndose a aplicarle una pomada a
		base de acero en polvo. Pasados tres das de tratamiento, ha enfermedad se haba ex-
		tendido al ojo derecho. Eh viejo sultn no sala ya, no se ocupaba de ningn asunto,
		no estaba ya ni para llevar en ha cabeza su noria, eh pesado tocado de largos cuernos
		que haban adoptado los ltimos soberanos mamelucos de Egipto. Hasta tal punto
		que sus propios oficiales, convencidos de que pronto perdera la vista, se haban
		puesto a buscarle un sucesor.
		  La misma vspera de mi llega a El Cairo, ha ciudad rebosaba de rumores de cons-
		piracin. Los cuales, corno es lgico, haban llegado a odos del Sultn, que haba
		decretado un toque de queda desde eh crepsculo hasta eh amanecer.
		  -As que, concluy eh vendedor de refrescos, sealndome el sol en eh horizon-
	183


1
te, si vives lejos, deberas darte prisa porque dentro de siete grados se azotar en
pblico hasta hacerla sangrar a toda persona a qmen se encuentre por la calle.
	Siete grados era menos de media hora. Mir a mi alrededor. Ya no quedaban
ms que soldados en todas has esquinas echando nerviosas ojeadas hacia poniente.
No atrevindome a correr ni a preguntar el camino por miedo a parecer sospechoso,
me limit a seguir el ro, apretando eh paso y esperando a que ha casa fuera fcilmen-
te reconocible.
	Dos soldados venan a mi encuenro con paso y mirada inquisitivos, cuando vi un
sendero a mi derecha. Me met por l sin pensarlo ni un instante con ha curiosa im-
presin de haberlo recorrido cada da de mi vida.
	Estaba en mi casa. Eh jardinero estaba sentado en el suelo, ante la puerta, con
rostro inexpresivo. Lo salud con un gesto y saqu ostensiblemente las llaves. Sin
decir palabra, se apart para dejarme pasar y no pareci sorprendido en absoluto de
ver a un desconocido penetrar as en casa de su amo. Mi seguridad lo haba tranqui-
lizado. Sintindome de todas formas obligado a explicarle ha razn de mi presencia,
saqu del bolsillo, para enserseho, eh documento firmado por el copto. Eh hombre
no lo mir. Como no saba leer, se fi de m, regres a su sitio y no volvi a mo-
verse.

	A ha maana siguiente, cuando sal, segua en el mismo sitio, sin que pudiera sa-
ber si haba pasado all ha noche o si haba reanudado ha guarda al amanecer. Di
unos pasos por mi calle, que me pareci muy animada. Pero todos los transentes
me miraban. Aunque estaba acostumbrado a tal molestia que hes es propia a todos
los viajeros, notaba, sin embargo, una insistencia desusada que atribu a mi indu-
mentaria magreb. Pero no se deba a ella. Un frutero sali de su puesto para venir a
darme sabios consejos:
	-La gente se asombra al ver a un hombre de tu categora andar humildemente a
pie entre eh polvo.
	Sin esperar respuesta, llam a un burrero que me ofreci un animal majestuoso
provisto de una hermosa manta y puso a mi disposicin a un muchacho para que hi-
ciera la veces de lacayo.
	Sobre semejante montura, recorr ha ciudad vieja haciendo alto sobre todo en la
clebre mezquita de Amr y en el zoco de las telas, antes de hacer una incursin por
El Cairo nuevo de donde volv con ha cabeza llena de cuchicheos. A partir de ese
da, este paseo se convirti en cotidiano, ms o menos largo segn mi humor y mis
ocupaciones, pero siempre fructuoso. Pues me encontraba con notables, oficiales,
funcionarios de palacio, haca negocios. Ya desde eh primer mes, me has ingeni para
colocar en una caravana de camellos fletada por comerciantes magrebies un carga-
mento de crespn indio y de especias dirigido a un mercader judo de Tremecn. A
peticin ma, me envi un cofrecillo de mbar de Mesa.
	Entre negocio y negocio, recoga algunas confidencias. De esta forma me enter,
una semana despus de mi llegada, de que el sultn estaba ya en mejor disposicin.
Convencido de que su enfermedad era un castigo del Altsimo, haba convocado a
los cuatro grandes cades de Egipto, representantes de los cuatro ritos de ha Fe, para
reprocharles que le hubieran dejado cometer tantos crmenes sin haberlo recrimina-
do por ello. Se deca que haba prorrumpido en llanto ante los magistrados que se
haban quedado pasmados: pues el sultn era un hombre imponente, muy alto y
corpulento, con una majestuosa barba redondeada. Jurando que lamentaba amarga-
mente su comportamiento con eh anciano califa, haba prometido reparar sin tardan-
za el dao que haba causado. Y acto seguido haba dictado un mensaje para el pon-
tfice destituido y haba ordenado al comandante de la ciudadela que se lo llevara
inmediatamente. La nota deca as: Te traigo los saludos del sultn, que solicita tus
plegarias. Salva su responsabilidad de la conducta que tuvo contigo y deseara no
merecer tus reproches. No supo resistir un mal impulso.
	Ese mismo da, eh preboste de los mercaderes haba bajado de la ciudadela pre-
cedido de portadores de antorchas que se dispersaron por la ciudad para anunciar:
Por decreto de Su Real Majestad eh sultn, quedan abolidas las tasas mensuales y
semanales y todos los impuestos indirectos sin excepcin, incluidos los derechos so-
bre los molinos de Eh Cairo.
	El sultn estaba decidido a atraer a toda costa ha misericordia del Altsimo sobre
su ojo. Orden que reunieran en eh hipdromo a todos los hombres y mujeres sin
trabajo de la capital y les dio de limosna dos monedas de medio fada a cada uno, o
sea un gasto total de cuatrocientos dinares. Mand igualmente repartir tres mil dina-
res a los pobres, sobre todo a los que vivan en la mezquita de Al-Azhar, as como
en los monumentos mortuorios de la Karafa.
	Una vez tomadas estas medidas, Kansoh convoc de nuevo a los cades y les pi-
di que mandaran decir en todas las mezquitas del pas fervorosas plegarias por ha
curacin del ojo augusto. Slo tres magistrados pudieron acudir a ha llamada: eh
cuarto, eh cad malequita estaba enterrando aquel da a dos de sus hijos pequeos
vctimas de ha peste.
	Si eh sultn daba tanta importancia a quellas plegarias era porque haba acabado
por acceder a ha operacin, que se realiz, a peticin suya, un viernes nada ms aca-
bar ha oracin de medioda. Estuvo recluido en sus habitaciones hasta el viernes si-
guiente. Fue entonces a las tribunas de Acrafiah, mand venir a los prisioneros
arrestados en las cuatro crceles, en eh torren de la ciudadela, as como en ha Arka-
na, prisin del palacio real, y firm gran cantidad de excarcelaciones, sobre todo de
allegados suyos cados en desgracia. Eh ms clebre beneficiario de ha augusta cle-
mencia fue el maestro barbero Kamaledn, cuyo nombre recorri rpidamente El
Cairo, suscitando no pocos comentarios irnicos.
	Kamaledn, que era un apuesto mozo, haba sido durante mucho tiempo el favo-
rito del sultn. Por has tardes, he daba masajes en la planta de los pies para que dur-
miera. Hasta el da en que el soberano padeci una inflamacin de las bolsas y hubo
de ser sangrado; el barbero divulg ha noticia por la ciudad con gran lujo de detalles,
hacindose acreedor a la ira de su seor.
	Ahora estaba perdonado. No slo estaba perdonado, sino que, incluso, el sultn
se excusaba por haberlo maltratado y le peda, puesto que tal era su vicio, que fuera
	184	185
a contar por toda la ciudad que eh ojo augusto haba sanado. En realidad, tena an
los prpados vendados, pero eh soberano se senta suficientemente vigoroso para
reanudar sus audiencias. Tanto ms cuanto que estaban sucediendo acontecimientos
de excepcional gravedad. Acababa de recibir, en efecto, uno tras otro, a un enviado
del jerife de La Meca y a un embajador hind, que haban llegado unos das antes a
la capital para hablarle del mismo problema: los portugueses acababan de ocupar la
isla de Kamarn, controlaban frreamente ha entrada del mar Rojo y haban desem-
barcado tropas en has costas del Yemen. Eh jerife tema que atacaran a los convoyes
de peregrinos de Egipto que tenan por costumbre pasar por los puertos de Yanbu y
Yida, directamente amenazados ahora. El emisario hind haba venido, por su par-
te, con gran pompa, acompaado de dos enormes elefantes cubiertos de gualdrapas
de terciopelo rojo; he preocupaba ante todo eh comercio entre las Indias y el imperio
mameluco, sbitamente interrumpido por la invasin portuguesa.
	El sultn declar que se senta muy afectado e hizo ha observacin de que los as-
tros deban de ser particularmente desfavorables para los musulmanes aquel ao,
puesto que al mismo tiempo se presentaban la peste, la amenaza de los Santos Lu-
gares y su propia enfermedad. Orden al inspector de los graneros, el emir Jushka-
dam, que acompaase al emisario hind y a su comitiva hasta Yida y que se afincara
luego all para organizar su servicio de informacin acerca de las intenciones de los
portugueses; prometi igualmente armar una flota y mandarla l mismo si Dios he
daba salud.

	Hasta el mes de shabdn no se vio a Kansoh lucir de nuevo su pesada noria. Todo
el mundo comprendi entonces que estaba definitivamente curado y la ciudad reci-
bi rdenes de adornar has calles con colgaduras. Se organiz una procesin que
abran los cuatro mdicos reales vestidos con pellizas de terciopelo rojo adornadas
con martas cebellinas, regalo del agradecido soberano. Los altos funcionarios lleva-
ban todos ellos bandas de seda amarilla y en las ventanas de las calles por las que
pasaba el cortejo haba colgaduras del mismo color, en seal de regocijo. Los gran-
des cades haban adornado sus puertas con muselinas bordadas y salpicadas de gra-
nos de mbar, los timbales resonaban en ha ciudadela. Se haba levantado el toque
de queda y la msica y los cantos retumbaban al ponerse eh sol por todos los rinco-
nes de la ciudad. Luego, bien entrada ha noche, brotaron a la orilla del agua fuegos
artificiales recibidos por frenticas aclamaciones.
	En aquella ocasin en medio del regocijo general, sent repentinamente el irre-
sistible deseo de vestirme a ha egipcia. Dej, pues, mis ropas de fes, que guard cui-
dadosamente para el da en que me marchara, y luego me puse una estrecha tnica
de rayas verdes cosida en eh pecho y acampanada que llegaba al suelo. Me calc con
sandalias a la antigua usanza. Me enroll en ha cabeza un ancho turbante de crespn
indio. As ataviado mand venir un burro sobre eh cual me entronic en medio de mi
calle, rodeado de mil vecinos, para unirme a los festejos.
	Senta que aquella ciudad era mi ciudad y ello me proporcionaba un inmenso
bienestar. En pocos meses me haba convertido en un verdadero notable cairota.


186
r
Tena mi burrero, mi frutero, mi perfumista, mi orfebre, ini papelero, prsperos ne-
gocios, relaciones en palacio y ima casa que daba al Nilo.
	Crea haber alcanzado eh oasas de los frescos manantiales.






































187
El ao de la
920 de la hgira
(26 de febrero de 1514-14 de febrero de 1515)






	Me hubiera adormecido para siempre en los placeres y los horrores de El Cairo si
una mujer no hubiera elegido aquel ao para compartir conmigo su secreto, el ms
peligroso del mundo, puesto que poda privarme a la vez de esta vida y de ha otra.
	El da en que ha conoc haba empezado de modo espantoso. El muchacho que
conduca eh burro me haba desviado de nuestro habitual camino poco antes de en-
trar en ha ciudad nueva. Creyendo que quera evitar alguna aglomeracin, se lo per-
mit. Pero me condujo hasta un tumulto y luego, ponindome las riendas en la ma-
no, mascull una excusa y se echips sin que hubiera podido hacerle ni una pregun-
ta. Nunca se haba portado as y me promet hablar de ello con su amo.
	No tard en comprender eh porqu de tanta excitacin. Un destacamento de sol-
dados estaba llegando, en efecto, por ha calle Saliba, precedido de tambores y porta-
dores de antorchas. En medio de ha tropa, se arrastraba un individuo con el torso
desnudo y has manos estiradas hacia adelante, atadas por una cuerda de la que tira-
ba un jinete. E iban leyendo una proclama que deca que al hombre, un criado acu-
sado de robar turbantes en los zocos durante la noche, se he condenaba a que lo cor-
taran por la mitad. Yo saba que aquel suplicio se reservaba generalmente para los
asesinos, pero haba habido en los das anteriores una serie de robos y los comer-
ciantes reclamaban un castigo ejemplar.
	Eh desdichado no gritaba, se limitaba a gemir sordamente sacudiendo la cabeza
cuando, de repente, dos soldados se abalanzaron hacia l hacindole perder el equi-
librio. Incluso antes de llegar al suelo, uno lo cogi con fuerza por debajo de los bra-
zos mientras que el otro, al mismo tiempo, he sujetaba los pies. Se acerc eh verdugo
con una pesada espada entre has manos y de un solo tajo cort al hombre en dos por
la cintura. Apart ha vista, sintiendo en eh vientre una contraccin tan violenta que
mi cuerpo paralizado estuvo a punto de caer inerte. Una mano caritativa se alz ha-
cia m para sostenerme, as como ha voz de un anciano:
	-No hay que contemplar la muerte subido en una montura.
	En vez de poner pie a tierra, cosa de la que me senta incapaz, me aferr a mi
burro, di media vuelta y me alej, mientras se alzaban a mi alrededor las protestas
de aquellos a quienes mi maniobra impeda ver ha continuacin del espectculo:
acababan de colocar sobre un montn de cal viva ha parte superior del ajusticiado
que, erguido de cara a ha muchedumbre, iba a delirar durante largos minutos antes
de extinguirse.
r
	Para tratar de olvidar, decid acudir a mis ocupaciones, ir a informarme de las
salidas y llegadas de las caravanas y escuchar algunas habladuras. Pero, a medida
que iba avanzando, me pesaba ms y ms la cabeza. Estaba como deslumbrado; iba
bogando a la deriva de calle en calle, de zoco en zoco, medio inconsciente, aspiran-
do el olor del azafrn y del queso frito, oyendo, como en una lejana batahola, los
gritos de los vendedores que me llamaban. Privado del lacayo, que se haba queda-
do a presenciar eh macabro espectculo, mi burro iba errante siguiendo su humor y
sus costumbres. Esto dur hasta que un mercader, dndose cuenta de mi indisposi-
cin, cogi las riendas y me tendi una copa de agua azucarada perfumada con jaz-
mm que al instante me quit la opresin de has entraas. Estaba en Jan eh-Jahili y mi
bienhechor era uno de los ms ricos negociantes persas de ha plaza, un tal Akbar,
Dios lo colme de venturas! Me hizo tomar asiento, jurando que no me dejara salir
hasta que no estuviera totalmente restablecido.
	Llevaba all seguramente una hora y mi mente iba emergiendo lentamente de has
brumas cuando entr la circasiana. No s qu fue lo primero que me llam ha aten-
cin. Era su rostro tan hermoso y sin embargo tan descubierto, pues slo una ban-
da de seda negra sujetaba ha rubia cabellera? Era su cintura, tan fina, en aquella
ciudad donde slo se valoran las mujeres bien alimentadas? O quiz la manera am-
bigua, deferente pero no solcita, en que Akbar haba dicho:  Alteza! 
	Su squito no se diferenciaba en nada del de la burguesa ms humilde: una sola
sirvienta, una campesina de gestos torpes y cara siempre sonriente, que llevaba un
objeto plano mal envuelto en una sbana vieja y pasada.
	Mi mirada debi de ser demasiado insistente, pues ha circasiana volvi ostensi-
blemente el rostro, en vista de lo cual Alcbar vino a confiarme, en tono deliberada-
mente ceremonioso:
	-Es Su Alteza Real ha princesa Nur, viuda del eniir Aladino, sobrino del Gran
Turco.
	Me esforc por mirar a otra parte, pero ello atizaba mi curiosidad. En El Cario
nadie ignoraba el drama de aquel Aladino. Haba participado en ha guerra fratricida
que haba enfrentado a los herederos del sultn Bayaceto. En un momento dado, in-
cluso haba parecido triunfar, al apoderarse de la ciudad de Bursa y amenazar con
tomar Constantinopla. Pero su to Selim haba acabado por alzarse con la victoria.
Sin compasin, el nuevo sultn otomano haba mandado estrangular a sus propios
hermanos y diezmar a sus familias. Aladino haba conseguido huir, sin embargo,
y refugiarse en Eh Cairo donde se le haba recibido con todos los honores. Se le
haba adjudicado un palacio y sirvientes y se deca que se estaba preparando a ha
sazn para provocar un levantamiento contra su to con eh apoyo del imperio ma-
meluco, del sofl de Persia y de poderosas tribus turcas en eh mismo corazn de
Anatolia.
	Hubiera podido aquella coalicin con el temible Selim? Nunca se podr saber:
cuatro meses despus de su llegada, Aladino haba muerto de la peste. No haba
cumplido an los veinticinco aos y acababa de casarse con una hermosa circasiana
de ha que se haba prendado, la hija de un oficial de su guardia. Eh sultn de Egipto,
	188	189
apenado, segn se contaba, por la muerte del prncipe, presidi en persona la ora-
cin del ausente. Los funerales fueron grandiosos, tanto ms notables cuanto que se
desarrollaban siguiendo las costumbres otomanas mal conocidas entonces en Eh
Cairo: los caballos de Aladino iban delante con la cola cortada y la silla al revs; so-
bre has parihuelas, encima del cuerpo, iban su turbante y sus arcos quebrados.
	Sin embargo, dos meses despus, el seor de El Cairo volva a tomar posesin
del palacio de Aladino, decisin que censur la poblacin. A ha viuda del otomano
se le concedan una modesta casa y una renta tan irrisoria que se vea en la obliga-
cin de poner en venta los pocos objetos de valor que le haba dejado su marido.
	Todos estos hechos me los haban contado en su momento, pero no haban ad-
qumdo ningn significado especial. Mientras los estaba repasando en mi memoria,
me lleg la voz de Nur, desgarradora pero digna:
	-El prncipe hace proyectos en su palacio sin saber que en eh mismo instante, en
una choza, los dedos de un artesano estn tejiendo ya su sudario.
	Haba pronunciado estas palabras en rabe, pero con ese acento circasiano que
todos los cairotas reconocen sin esfuerzo, puesto que es eh de los sultanes y los ofi-
ciales mamelucos. Antes de que pudiera responder, haba vuelto eh mercader ofre-
ciendo un precio:
	-Setenta y cinco dinares.
	Ella palideci:
	-Es una pieza nica en el mundo!
	Se trataba de un tapiz bordado con rara precisin y rodeado de un marco de ma-
dera tallada. Representaba unos lobos que corran en manada hacia la cumbre de
una montaa nevada.
	Akbar me tom por testigo:
	-Lo que dice Su Alteza es la pura verdad, pero mi tienda est llena de objetos
de valor que no me queda ms remedio que malvender. Los compradores escasean.
	Asent imperceptiblemente con la cabeza por cortesa. Tomando confianza, in-
sisti:
	-Este ao es el peor desde que empec a trabajar, hace treinta aos. La gente
no se atreve ya a ensear sus dinares ni de lejos, por temor a que se le acuse de es-
conder algunas riquezas y a que vengan a quitrselas. La semana pasada, detuvieron
a una cantante por una simple denuncia. El suitn en persona he dio tormento mien-
tras los guardias le apretaban los pies. Todo lo que le sacaron fueron ciento cincuen-
ta monedas de oro.
	Se volvi atrs:
	-Cierto es que me hago cargo de por qu nuestro soberano que Dios guarde se
ve obligado a portarse as. Le faltan los ingresos de los puertos. En Yida no ha entra-
do un barco desde hace un ao por culpa de los corsarios portugueses. La situacin
es igual de mala en Damieta. En cuanto a Alejandra, la han abandonado los nego-
ciantes italianos que no encuentran ya negocio all. Y decir que era una ciudad que
tena en eh pasado seiscientos mil habitantes, doce mil mercaderes de especias que
abran hasta la noche y cuarenta mil judos que pagaban la yzia legal! Hoy en da,


190
	es un hecho que Alejandra ingresa al Tesoro menos de lo que cuesta. Eh resultado
lo estamos viendo a diario: hace siete meses que el ejrcito no come carne, los regi-
mientos andan revueltos y eh sultn busca eh oro donde cree que lo va a encontrar.
	La entrada de un cliente interrumpi su discurso. Al ver que el recin llegado no
llevaba nada en las manos, Akbar se dijo sin duda que se trataba de un comprador y
nos rog que lo perdonramos un momento. La princesa estaba a punto de irse,
pero la retuve:
	-Cunto esperas conseguir?
	-Trescientos dinares, ni uno menos.
	Le ped que me enseara eh tapiz. Haba tomado ya una decisin pero no poda
comprarlo sin mirarlo, por temor a que ha compra pareciese una limosna. Tampoco
quera mirarlo demasiado, por miedo a que se pudiera creer que quera hacer nego-
cio. Le lanc, pues, una mirada furtiva antes de declarar en tono neutro:
	-Trescientos me parece un precio razonable. Lo compro.
	Ella no se dej engaar:
	-Una mujer no acepta un regalo de un hombre al que no puede demostrar su
agradecimiento.
	Las palabras eran firmes, pero el tono lo era menos. Respond con acento falsa-
mente ofendido:
	-No es ningn regalo. Compro ese objeto porque he tengo aprecio!
	-Y por qu ibas a tenrselo?
	-Es un recuerdo.
	-Pero si es la primera vez que lo ves!
	-Basta a veces con vishumbrarlo para que un objeto se convierta en insusti-
tuible.
	Se ruboriz. Nuestras miradas se cruzaron. Nuestros labios se entreabrieron. Ya
ramos amigos. La sirvienta, ms jovial que nunca, circulaba entre nosotros, atenta a
recoger nuestros cuchicheos. Nos citamos: el viernes a las doce en ha plaza de Ezbe-
kieh, delante del exhibidor de burros.

	Desde mi llegada a Egipto, nunca haba faltado a la solemne oracin del viernes.
Pero aquel da falt sin demasiados remordimientos; bien pensado, era el Creador
quien haba hecho a aquella mujer tan hermosa y la haba puesto en mi camino.
	La plaza de Ezbekieh se iba llenando lentamente segn se iban vaciando las
mezquitas, pues todos los cairotas tenan costumbre de reunirse all tras la ceremo-
nia para jugar a los dados, escuchar los camelos de los narradores, perderse, a veces,
al final de la tarde, por las callejuelas vecinas donde algunas tabernas ofrecan un
atajo hacia el Edn.
	No divisaba an a mi circasiana, pero all estaba el exhibidor de burros, rodeado
ya de un racimo creciente de mirones. Me un a ellos, sin dejar de echar frecuentes
ojeadas a los rostros que me rodeaban y al sol con la esperanza de que se hubiera
movido unos grados.
	Eh saltimbanqui bailaba con su animal sin que se supiera quin imitaba los pasos


191

1
ir
de quin. Luego se puso a hablarle al burro. Le anunci que eh sultn haba decidido
empezar un gran edificio y que iba a requisar todos los burros de El Cairo para
transportar ha cal y has piedras. En eh acto, eh animal se dej caer al suelo, se puso
patas arriba, hinch la tripa y cerr los ojos. El hombre se hament entonces ante los
asistentes diciendo que se he haba muerto eh burro e hizo una colecta para comprar-
se otro. Cuando hubo recogido unas cuantas docenas de monedas, dijo:
	-No creis que mi burro ha expirado. Es un glotn que, reconociendo mi po-
breza, finge para que gane algo de dinero y le compre comida.
	Tomando una tranca, le dio al animal una buena tunda.
	-Venga, levanta ya!
	Pero el burro no se movi. El saltimbanqui sigui diciendo:
	-Habitantes de El Cairo, el sultn acaba de promulgar un edicto: toda la pobla-
cin deber salir a la calle maana para asistir a su entrada triunfal en ha ciudad. Se
requisa a los burros para llevar a las damas de la alta sociedad.
	Al oir esto, eh animal se puso de pie y empez a pavonearse, dando la impresin
de estar muy alegre. Su amo rea a carcajadas, igual que ha muchedumbre.
	-As que te gustan las mujeres bonitas! -dijo-. Pues aqu hay varias! A cul
te gustara llevar?
	Eh animal dio la vuelta a la concurrencia, pareci vacilar y luego se dirigi dere-
cho a una espectadora muy alta que estaba a unos pasos de m. Llevaba velos tan tu-
pidos que su rostro resultaba invisible. Pero reconoc en eh acto su porte. Asustada
por las risas y las miradas, se me acerc y se aferr a mi brazo. Me apresur a gritar-
le ah burro en tono de broma: No llevars a mi mujer! antes de alejamos ambos
con dignidad.
	-No esperaba verte cubierta con un velo. A no ser por el burro, no te habra re-
conocido.
	-Para eso me pongo velos, para que no me reconozcan. Estamos juntos, en la
calle, en medio de una muchedumbre curiosa y charlatana y nadie se da cuenta de
que no soy tu mujer.
	Y aadi con picarda:
	-Me quito el velo si quiero gustar a todos los hombres; lo llevo si quiero gustar-
le a uno solo.
	-A partir de ahora, odiar que lleves el rostro descubierto.
	-Querras no contemplarlo nunca?
	Era cierto que no podamos estar solos en una casa, ni en la suya ni en la ma, y
que tenamos que conformamos con recorrer la ciudad, uno al lado del otro. Eh da
de la primera cita, Nur insisiti para que furamos a visitar el jardn prohibido.
	-Lo llaman as -me explic- porque est rodeado de altas murallas y porque
el sultn ha prohibido la entrada para proteger una maravilla de la naturaleza: el
nico rbol del mundo que da el blsamo verdadero.
	Una moneda de plata en la mano del guardia nos permiti entrar. Inclinada so-
bre el blsamo, Nur se apart el velo y permaneci mucho rato inmvil, fascinada,
soadora. Repiti, como para si misma:


192
	-En todo eh mundo slo existe este pie. Es tan menudo, tan frgil y, sin embar-
go, tan valioso!
	A m el rbol me pareca muy corriente. Las hojas se parecan a has de ha vid, pe-
ro ms pequeas. Estaba plantado en eh centro de un manantial.
	-Dicen que si lo regaran con otra agua, se secara en seguida.
	Me pareci que esta visita la conmova pero no comprend ha razn. Pero ya al
da siguiente estbamos juntos de nuevo y me pareci alegre y llena de atenciones.
A partir de aquel da, nuestros paseos fueron cotidianos o casi, pues, a mediados de
semana, eh lunes y el martes, nunca estaba libre. Cuando se lo hice notar, al cabo de
un mes, reaccion airada:
	-Habras podido no yerme nunca o slo una vez al mes. Ahora que estoy conti-
go dos, tres, cinco das a la semana, me reprochas mis ausencias.
	-No cuento los das que te veo. Son los otros los que me parecen interminables.
	Era un domingo y nos hallbamos cerca de la mezquita de Ibn Tuln, ante el
hammam de has mujeres donde iba a entrar Nur. Pareca dudar.
	-Estaras dispuesto a acompaarme sin hacer ninguna pregunta?
	-Hasta la China si fuera preciso!
	-Entonces renete maana conmigo, con dos camellos y unos odres llenos, de-
lante de la Mezquita Mayor de Gizeh.

	Decidido a cumplir mi promesa, no la interrogu acerca de nuestro destino, de
forma tal que, al cabo de dos horas de camino, slo habamos cruzado algunas pala-
bras. No juzgu, sin embargo, contrario a nuestro acuerdo hacer la siguiente obser-
vacin:
	-Las pirmides no deben de estar lejos de aqu.
	-Justo!
	Animado por esta indicacin, segu:
	-Es ah donde vamos?
	-Justo.
	-Y vienes aqu todas las semanas para ver esas construcciones redondas?
	Le entr una risa franca y devastadora que no pudo por menos de molestarme.
Para dejar mi desaprobacin, puse pie a tierra y trab eh camello. No tard en volver
a mi encuentro.
	-Perdname por haberme redo. Es porque has dicho que eran redondas.
	-No me lo he inventado, Ibn-Batuta, eh gran viajero, dice textualmente que las
pirmides tienen forma circular.
	-No las habr visto nunca. O a mucha distancia, de noche, Dios lo perdone!
Pero no se lo censures. Cuando un viajero narra sus hazaas, se vuelve prisionero de
los cacareos admirados de los que lo escuchan. No se atreve ya a decir no lo s o
no lo he visto, por temor a quedar mal. Hay mentiras de has que tienen ms culpa
los odos que ha boca.
	Habamos reanudado eh camino. Sigui diciendo:
	-Y qu ms dice ese Ibn-Batuta de las pirmides?


193

	-Que has construy un sabio muy impuesto en los movimientos de los astros y
que haba previsto eh Diluvio; por eso construy esas pirmides en las que represen-
t todas las artes y todas las ciencias, para preservarlas de la destruccin y eh olvido.
	Temiendo ms sarcasmos, me apresur a aadir:
	-De todas formas, Ibn-Batuta precisa que se trata nicamente de suposiciones y
que nadie sabe en verdad a qu se destinaban esas curiosas construcciones.
	-Para m, las pirmides se construyeron slo para ser hermosas y majestuosas,
para ser la primera maravilla del mundo. Sin duda les haban asignado alguna otra
funcin, pero era slo un pretexto dado por el prncipe de entonces.
	Acabbamos de llegar a ha cima de una colina y las pirmides se perfilaban con
claridad en el horizonte. Sujet su montura y extendi ha mano hacia oriente con un
gesto tan emocionado que resultaba solemne.
	-Mucho despus de que nuestras casas, nuestros palacios y nosotros mismos ha-
yamos desaparecido, estas pirmides seguirn ah. Acaso no significa eso que ante
los ojos del Altsimo ellas son has ms tiles?
	Puse mi mano sobre la suya.
	-De momento, estamos vivos. Y juntos. Y los dos solos.
	Pase la mirada por el entorno y adopt de repente una entonacin traviesa:
	-Pues es verdad que estamos solos!
	Peg su montura a la ma y, apartando el velo, puso un beso en mis labios. Dios,
me habra quedado as hasta eh da del Juicio!
	No fui yo quien dej sus labios; tampoco ella se separ de m. La culpa ha tuvie-
ron los traviesos camellos que se alejaron demasiado pronto uno de otro, amenazan-
do con hacernos perder el equilibrio.
	-Se hace tarde. Y si furamos a descansar?
	-En las pirmides?
	-No, un poco ms all. Hay, a unas millas de aqui, una pequea aldea donde
vive el aya que me cri. Me espera todos los lunes por ha noche.
	Un poco en las afueras de la aldea haba una casucha de fehah, rodeada de barro,
al final de un caminito en cuesta que Nur tom conjurndome a que no ha siguiera.
Desapareci en la casa. La esper con la espalda apoyada en una palmera. Era casi
de noche cuando volvi acompaada de una vieja campesina, gruesa y bondadosa.
	-Jadra, te presento a mi nuevo marido!
	Me sobresalt. Mis ojos abiertos como platos toparon con el ceo fruncido de
Nur, mientras que eh aya imploraba al Cielo:
	-Viuda a los dieciocho aos! Espero que mi princesa tenga ms suerte esta vez.
	-Yo tambin lo espero! -grit espontneamente.
	Nur somi y Jadra balbuce una invocacin antes de conducirnos a una edifica-
cin de tierra, prxima a ha suya, y an ms exigua.
	-No es que sea un palacio, pero estaris en seco y nadie os despertar. Si me
necesitis, llamadme por ha ventana.
	No haba ms que una habitacin rectangular, iluminada por una vacilante vela.
Un leve olor a incienso flotaba a nuestro alrededor. Por ha ventana sin postigos nos


194
llegaba un prolongado mugido de bfalo. Mi circasiana ech la falleba de ha puerta y
apoy la espalda en sta.
	Primero cayeron sus cabellos sueltos, luego eh vestido. Alrededor del cuello des-
nudo luca un collar cuya piedra central se balanceaba como un pndulo, ufano, en-
tre los pechos; alrededor de ha cintura desnuda, un fino cinturn de hilos de oro
trenzados. Nunca haban contemplado mis ojos en mujer alguna tan opulenta des-
nudez. Vmo a susurrarme al odo:
	-Otras mujeres habran malvendido en primer lugar has alhajas intimas. Yo las
conservo. Las casas y los muebles se venden; no as el cuerpo y sus adornos.
	La estrech en mis brazos.
	-Estoy resignado desde esta maana a ir de sorpresa en sorpresa. Las pirmi-
des, tu beso, esta aldea, ha noticia de nuestra boda, y luego esta habitacin, esta no-
che, tus alhajas, tu cuerpo, tus labios...
	La bes apasionadamente. Cosa que la dispens de confesarme que, en lo tocan-
te a sorpresas, slo haba odo an Bismillah... y que faltaba el resto de la oracin.
	Pero no lleg antes del fin de ha noche, que fue deliciosamente interminable. Es-
tbamos echados el uno junto al otro, tan cerca que mis labios se estremecan con
sus susurros, con las piernas dobladas formaba una pirmide cuyo vrtice eran has
rodillas, pegadas una a otra. Las toqu y se separaron como si acabaran de remr.
	Mi circasiana! Mis manos esculpen an a veces las formas de su cuerpo. Y mis
labios no han olvidado nada.
	Cuando despert, Nur estaba de pie, con ha espalda apoyada en la puerta como
al comienzo de la noche. Pero llevaba un peso en los brazos y la risa de sus ojos era
fingida.
-Este es mi hijo Bayaceto que oculto como si fuera un hijo de la verguenza!
Se adelant y vino a depositarlo, como una ofrenda, en mis palmas resignadas.



















195


1
El ao de los rebeldes
921 de la hgira
(15 de febrero de 1515-4 de febrero de 1516)







	Este hijo no era de mi sangre, pero haba surgido para bendecir o castigar ha obra
de mi carne. Era, pues, mo y hubiera necesitado el valor de Abraham para inmolar-
lo en nombre de la fe. No es acaso en ha hoja del cuchillo enarbolado por el Amigo
de Dios por encima de la hoguera donde coinciden todas las religiones reveladas?
No me atrev a cometer ese crimen sagrado que glorifico cada ao en la fiesta del
Adha. Sin embargo, aquel ao eh deber me ordenaba sin rodeos que lo cometiese ya
que ante mis ojos estaba naciendo un imperio musulmn y aquel nio era una ame-
naza para l.
	-Un da, Bayaceto, hijo de Aladino, har temblar eh trono de los otomanos.
Slo l, ltimo superviviente de los prncipes de su linaje, podr alzar a las tribus de
Anatolia. Slo l podr reunir a su alrededor a los mamelucos circasianos y a los sa-
fawis de Persia para derribar al Gran Turco. Slo l. A menos que los agentes del
sultn Selim lo estrangulen.
	Nur estaba inclinada sobre la cuna de su hijo, sin saber qu tortura me infligian
sus palabras. Aquel imperio, cuya destruccin predeca de esta forma, era el que in-
vocaba en mis oraciones antes incluso de saber rezar, puesto que de l esperaba des-
de siempre la liberacin de Granada.
	Y estaba all, foijndose ante mi vista. Haba conquistado ya Constantinopla,
Servia y Anatolia; se dispona a invadir Siria, Irak, ha Arabia Desierta, ha Arabia Fe-
liz, ha Arabia Ptrea y tambin Egipto. Maana, sera dueo de Berbera, de Anda-
luca y de Sicilia tal vez. Todos los musulmanes se hallaran de nuevo reunidos,
como en tiempos de los Omeyas, en el seno del mismo califato floreciente y temible
que impondra su ley a has naciones infieles. Iba acaso a ponerme al servicio de
aquel imperio, sueo de mis sueos, esperanza de mis esperanzas? Iba a contribuir
a su despuntar? En modo alguno. Estaba ordenado a combatirlo o a huir de l.
Frente a Selim eh Conquistador, que acababa de inmolar, sin que lo retuviese la
mano de Dios, a su padre, a sus hermanos con toda su descendencia, y que pronto
iba a sacrificar a tres de sus propios hijos, frente a esa espada de la clera divina, ha-
ba un nio que yo estaba decidido a proteger, a alimentar en mi seno, hasta que
fuera hombre, emir, sepulturero de imperios, hasta que matase a su vez siguiendo ha
ley de su raza. No haba escogido nada de esto; la vida y mi carcter lo haban esco-
gido por mi.
	Ahora tena que irme de Egipto, donde Bayaceto y su madre estaban en peligro.
Nur haba mantenido su embarazo en secreto, salvo para Jadra que la haba ayuda-
do en el parto y se haba ocupado del nio desde el primer da. Si el aya, ya vieja,
mora, habra que llevar al nio a El Cairo donde pronto adivinaran su identidad.
Estara entonces a merced de los agentes de Selim, que abundaban en Egipto; el
propio sultn Kansoh que, aunque desconfiaba en grado sumo de los otomanos, los
tema demasiado para negarles la cabeza de un nio, podra entregarlo.
	Tena clara la solucin: casarme con Nur e ir con el nio a Fez donde podra
presentarlo como mo, para volver a Egipto cuando fuera mayor y su edad no reve-
lara ya sus ongenes.
	La boda fue sencilla puesto que Nur era viuda. Acudieron a mi casa unos cuan-
tos amigos y vecinos para comer y, entre ellos, un notario de origen andaluz. En el
momento de redactar el contrato, ste se fij en eh icono y en la cruz que haba en la
pared. Me rog que los descolgara.
	-No puedo -le dije-. Le he prometido al dueo de esta casa que no los tocar
hasta que l vuelva.
	El hombre de ley pareca molesto y tambin los invitados. Hasta que intervino
Nur:
	-Si no se pueden quitar estos objetos, nada impide que los tapemos.
	Y, sin esperar respuesta, acerc a la pared un biombo damasquinado. Satisfecho,
eh notario ofici.
	No pasamos ms de dos noches en la casa, que abandon a mi pesar. El azar me
ha haba brindado y me haba permitido disfrutarla durante cerca de dos aos, pues
eh copto no haba vuelto a aparecer ni dado seales de vida. Yo slo haba sabido
que una epidemia de peste haba asolado Asiut y su regin, diezmando gran parte
de la poblacin, y me haba imaginado por tanto que mi bienhechor haba sido sin
duda vctima de sta. Quiera Dios que me equivoque, pero no hallo otra explicacin
a su ausencia ni, sobre todo, a su silencio. Antes de partir, confi, sin embargo, las
llaves a mi orfebre, Daud eh alepino. Siendo, como era, el mismsimo hermano de
Yaacub, eh gerente de la Casa de la Moneda, familiar del sultn, poda impedir me-
jor que otro que cualquier mameluco se apoderase de ha casa vaca.

	Comenz nuestro viaje en el mes de safar, en vsperas de la Pascua cristiana. La
primera parada la hicimos en la casucha de Jadra, cerca de Gizeh, donde pasamos
una noche antes de volver con Bayaceto, que a la sazn contaba diecisis meses, a
Bulaq, el gran puerto fluvial de El Cairo. Gracias a un prudente alboroque, pudimos
embarcar sin demora en el cherme que llevaba a Alejandra una carga de azcar re-
finada procedente de la azucarera personal del sultn. Abundaban las embarca-
ciones en Bulaq y algunas eran muy cmodas, pero yo tena mucho empeo en lle-
gar al puerto de Alejandra bajo el guin del soberano, pues algunos amigos me
haban advertido de las dificultades con las que se topaban en has aduanas. A algu-
nos viajeros los registraban hasta el calzn, tanto a ha salida como a la llegada,
unos escrupulosos funcionarios que tasaban no slo la mercanca, sino tambin
los dinares.
	196	197
	Evitar este percance no poda por menos de permitirme apreciar mejor la gran-
deza de esta antigua ciudad, fundada por Alejandro Magno, un soberano del que eh
Corn habla con palabras elogiosas y cuya tumba no es ya ms que sombra de lo
que fue. Los habitantes recuerdan an la poca en que centenares de navos atraca-
ban constantemente en su puerto, procedentes de Flandes, de Inglaterra, de Vizca-
ya, de Portugal, de Apulia, de Siria y, sobre todo, de Venecia, de Gnova, de Ragu-
sa y de la Grecia turca. Aquel ao, lo nico que se amontonaban en ha rada eran re-
cuerdos.
	En eh centro de ha ciudad, de cara al puerto, se halla una colina que no exista,
cuentan, en tiempos de los antiguos y que se ha formado por acumulacin de minas.
Si se excava en aquel lugar, se encuentran con frecuencia jarrones y otros objetos de
valor. Sobre esa elevacin se ha construido una torrecilla donde reside da y noche
un viga cuya misin es vigilar los navos que pasan. Cada vez que avisa de la llegada
de uno a los funcionarios de la aduana, cobra una prima. En cambio, si se duerme o
abandona su puesto y llega un barco sin previo aviso, tiene que pagar una multa
igual al doble de la prima.
	En las afueras de ha ciudad pueden verse igualmente ruinas importantes en me-
dio de las cuales se eleva una columna muy gruesa y muy alta que construy, a lo
que cuentan los libros antiguos, un sabio llamado Tolomeo. Haba colocado en todo
lo alto un gran espejo de acero que mcendiaba, segn se dice, todo barco enemigo
que intentaba acercarse a la ciudad.
	Haba en verdad otras muchas cosas que visitar, pero todos tenamos prisa por
partir y nos prometimos volver un da a Alejandra con mente sosegada. Nos em-
barcamos, pues, en un navo egipcio que iba a Tremecn, donde descansamos una
semana entera antes de emprender eh camino.

	Me haba puesto mis ropas magrebies y, al cruzar las murallas de Fez, me haba
cubierto el rostro con un taylasdn. No quera que se supiera mi llegada antes de ha-
ber visto a los mos. Los mos, es decir, mi padre, mi madre, Warda, Sarwat, mi hija
de seis aos, as como Harn y Mariam a los que no esperaba ver pero de los que
pensaba recibir noticias.
	No pude por menos, sin embargo, de empezar por pararme ante las obras de mi
palacio. Estaban tal y como las haba dejado, salvo que haba crecido la hierba cu-
briendo los muros a medio edificar. Apart rpidamente los ojos y tambin la mira-
da, menos hmeda, de mi mula, a la que encamin hacia la casa de Jal, que distaba
unos pasos. Llam. Desde dentro me respondi una voz de mujer que no reconoc.
Llam a mi madre por su nombre.
	-Ya no vive aqu! -dijo la voz.
	La ma estaba demasiado ahogada por ha emocin para hacer ms preguntas. Me
dirig a casa de mi padre.
	Salma estaba ante la puerta y me abraz cumplidamente as como a Nur y a Ba-
yaceto, al que cubri de besos, no sin asombrarse de que le hubiera dado a mi hijo
un nombre tan poco comente y una piel tan clara. No dijo nada. Slo sus ojos ha-


198
blaban y en ellos vi que mi padre haba muerto. Me lo confirm con una lgrima.
Pero no era por ah por donde quera empezar:
	-Tenemos poco tiempo. Tienes que escuchar lo que tengo que decirte antes de
que vuelvas a marcharte.
	-Pero si no tengo intencin de volver a marcharme!
	-Escchame y lo entenders.
	Me habl de esta forma durante ms de una hora, dos quiz, sin vacilar y sin in-
terrumpirse, como si he hubiera dado ya mil vueltas a lo que iba a decirme el da que
volviera.
	-No quiero maldecir a Harn, pero sus acciones han trado una maldicin sobre
todos nosotros. Nadie en Fez lo censur por la muerte del Zeruali. Pero desgracia-
damente no se par ah.
	Me explic que, poco despus de mi destierro, el soberano haba enviado dos-
cientos soldados a prender al Hurn, pero los montaeses se haban puesto de su
parte. Diecisis militares haban muerto en una emboscada. Cuando se supo la noti-
cia, se puso por las paredes y se ley por las calles de Fez una proclama anunciando
que se pona precio a ha cabeza de Harn. Nuestras casas quedaron custodiadas por
ha polica. Haba guardias da y noche que hacan preguntas a cada visitante, hasta
tal punto que los amigos ms intimos se lo pensaban antes de presentarse en pblico
con los parientes del proscrito. Desde aquel da, se lea cada semana una nueva pro-
dama que acusaba a Harn y a su banda de haber atacado un convoy, desvalijado
una caravana y asesinado a los viajeros.
	-No es cierto! -exlam-. Conozco a Harn. Ha podido matar para vengarse
o para defenderse, pero no para robar!
	-Lo cierto slo he importa a Dios; para nosotros, lo esencial es lo que cree la
gente. Tu padre estaba pensando en emigrar de nuevo hacia Tnez o cualquiera otra
ciudad, cuando su corazn call, de repente, en ramadn del ao pasado.
	Salma respir hondamente antes de seguir:
	-Haba invitado a algunas personas a que vinieran a romper eh ayuno en su
compaa, pero nadie se haba atrevido a cruzar esta puerta. La vida se haba vuelto
una pesada carga para l. Al da siguiente a ha hora de ha siesta me despert el ruido
de una cada. Estaba en eh suelo, en eh patio por el que haba estado paseando ner-
viosamente desde por ha maana. Se haba dado en la cabeza con eh ifio de la pisci-
na. Ya no respiraba.
	Me invadi el pecho un calor atroz. Escond el rostro. Mi madre prosigui, sin
mirarme:
	-Ante ha adversidad, las mujeres doblan y los hombres quiebran. Tu padre era
esclavo de su amor propio. A mi me ensearon a sostenerme.
	-Y Warda?
	-Nos dej tras ha muerte de Mohamed. Sin su marido, sin su hija, ya no tena a
nadie en este pas. Creo que ha vuelto a su aldea, a Castilla, para acabar la vida en-
tre los suyos.
	Luego aadi a media voz:


199

1
	-Nunca debimos salir de Granada.
	-Quiz volvamos all.
	No se dign responder. Barri el suelo con la mano ante los ojos, como para es-
pantar una mosca pertinaz.
	-Ms vale que me preguntes por tu hija.
	-Estaba esperando que ha mencionaras. No me atreva a preguntarte. La dej
tan nia!
	-Es gordita y descarada. Est en este momento en casa de Sara que se la lleva a
veces a jugar con sus metos.
	Llegaron ambas una hora despus. Al contrario de lo que yo me esperaba, fue ha
Vistosa ha que se me ech en los brazos, mientras mi hija se mantena a respetable
distancia. Hubo, pues, que echar mano de las presentaciones. Como mi madre esta-
ba demasiado emocionada, Sara se encarg de ello.
	-Sarwat, es tu padre.
	La nia dio un paso hacia m y luego se par.
	-Estabas en Tomb...
	-No, no estaba en Tombuct, estaba en Egipto y te he trado un hermanito.
	Me la sent en las rodillas, la cubr de besos, aspir hondamente el olor de su ca-
bello negro y liso, acaricindole como en sueos la nuca. Me pareca que estaba re-
pitiendo de forma casi idntica una escena que haba visto cien veces: mi padre sen-
tado en su almohadn, con mi hermana.
	-Hay noticias de Mariam?
	Contest Sara:
	-Cuentan que la han visto espada en mano al hado de su hombre. Pero corren
tantas leyendas acerca de ellos...
	-Y t, crees que Harn puede ser un bandido?
	-En cada comunidad hay algunos rebeldes. Se los maldice en pblico y se reza
por ellos a solas. Incluso entre los judos. En este pas hay quienes no pagan el tribu-
to, suben a caballo y van armados. Los llamados Carayim. Seguramente, lo sabes.
	Asent:
	-Hay cientos de ellos, organizados como un ejrcito, que viven en los montes
de Desmensera y de Hintata, cerca de Marrakech.
	Pero deseaba volver a mi preocupacin primera.
	-De verdad crees que hay gente en Fez que reza en secreto por Harn y Ma-
riam?
	Fue Salma la que estall:
	-Si Harn fuera slo un bandido, no se habran ensaado tanto con l, procla-
ma tras proclama. Cuando fue contra el Zeruah, estuvo a punto de convertirse en
un hroe. Quisieron presentarlo como ladrn. En opimn del vulgo, eh oro mancha
ms que ha sangre.
	Luego, con voz ms lenta, como si otra persona hablase por su boca:
	-De nada sirve justificar a tu cuado. Si intentas defenderlo, te tratarn otra vez
como a su cmplice.
	Mi madre tema que mi deseo de ayudar a Harn y a Mariam me hiciera come-
ter nuevas imprudencias. Tena razn, sin duda, pero yo no poda por menos de in-
tentarlo. La forma misma en que se haba decidido mi destierro me hacia pensar
que el sultn de Fez me escuchara otra vez.
	El soberano estaba en aquel momento en campaa contra los portugueses por la
zona de Balun. Recorr el pas durante meses siguiendo al ejrcito real, armado a
veces y participando en algunas escaramuzas. Estaba dispuesto a todo con tal de
conseguir eh perdn. Entre combate y combate, charlaba con eh monarca, con sus
hermanos y con muchos de sus consejeros. Pero, para qu entrar en detalles cuan-
do eh resultado es tan decepcionante? Un familiar del sultn haba acabado por con-
fesarme que de muchos de los crmenes se haba culpado injustamente a Harn. Y
luego haba aadido con un acento de sinceridad que desarmaba:
	-Aunque pudiramos perdonarle a tu cuado lo que ha hecho, cmo podra-
mos perdonarle las cosas de que lo acusamos?
	Un da decid de repente abandonar mis gestiones. Cierto es que no haba conse-
guido lo que esperaba, pero al azar de has conversaciones haba recogido una infor-
macin que quera comprobar. Volv a Fez, cog a Salma, a Nur, a Sawat y a Baya-
ceto y, sin revelarles en absoluto mis intenciones, me puse en camino, decidido a no
volver a mirar hacia atrs. Slo posea ya en Fez un solar, unas ruinas pobladas de
aoranzas y vacias de recuerdos.

	Nuestro viaje dur semanas sin que yo desvelase su destino, que no era un lugar
sino un hombre: Aruy eh corsario, llamado Barbarroja. Me haba enterado, en efec-
to, de que Harn estaba con l. Fui, pues, directamente a Tremecn, luego segu el
camino de la costa hacia el este, evitando las ciudades ocupadas por los castellanos,
como Orn y Mazalquivir, parndome en los lugares en que poda encontrar grana-
dinos. Argel por ejemplo, y sobre todo Cherchell, cuya poblacin estaba compuesta
en su totalidad o casi por refugiados andaluces.
	Barbarroja haba adoptado como base la pequea ciudad portuaria de Yiyeli que
haba arrebatado a los genoveses el ao anterior. Antes de llegar all, sin embargo,
me enter de que estaba sitiando a ha guarnicin castellana de Buga. Como aquella
ciudad me pillaba de camino, decid dirigirme a ella, aunque dejando a los mos a
unas millas de all, con eh imn de la pequea mezquita de una aldea, prometindo-
me volver a recogerlos tras haber inspeccionado eh campo de batalla.
	En Buga fue donde encontr a Barbarroja, como lo cuento en mi Descripcin
de Africa. Tena, efectivamente, la barba muy roja por naturaleza, pero tambin gra-
cias a ha alliea, ya que tena cincuenta aos cumplidos, pareca an mayor y daba ha
impresin de que slo lo mantena en pie el empeo de vencer. Tena una cojera
muy acentuada y ha mano derecha de plata. Haba perdido el brazo en esa misma
ciudad de Buga, durante un asedio anterior que haba concluido en un desastre. Es-
ta vez eh combate pareca llevar mejores trazas. Haba ocupado ya la ciudadela vieja
de la ciudad y estaba empezando el cerco de otra fortaleza, cercana a la playa, don-
de los castellanos resistan.


200
201
T
	Eh da de mi llegada, haba una tregua en el combate. Delante de la tienda de
mando haba guardias, uno de los cuales era oriundo de Mlaga. Fue l quien corri
a llamar a Harn, con una deferencia tal que me hizo comprender que el Hurn era
un lugarteniente de Barbarroja. De hecho, acudi rodeado de dos turcos que despi-
di con gesto firme antes de abalanzarse hacia mi. Permanecimos largo tiempo
abrazados, intercambiando vigorosas palmadas con las que expresbamos por com-
pleto la amistad, la sorpresa y el dolor de la separacin. Harn empez por hacerme
entrar en la tienda y me present a Aruy como poeta y reputado diplomtico, por
razones que comprend ms adelante. Eh corsario hablaba como un rey, con frases
cortas y tajantes, cuyo sentido aparente era trivial y eh oculto dificil de captar. Evo-
c, por ejemplo, las victorias de Selim el Otomano y ha creciente arrogancia de los
castellanos, observando con tristeza que el sol del islam sale por oriente y se pone
por occidente.
	Despus de despedimos, Harn me condujo a su propia tienda, menos amplia y
con menos adornos pero que poda, no obstante, dar cabida a unas diez personas y
estaba muy bien surtida de bebidas y fruta. No necesit hacer preguntas para que el
Hurn comenzara a contestarlas.
	-Slo he matado a asesinos, slo he expoliado a ladrones. He vivido continua-
mente en el temor de Dios. A los nicos a los que he dejado de temer es a los ricos y
a los poderosos. Aqu lucho contra los infieles a los que cortejan nuestros prncipes,
defiendo has ciudades que ellos abandonan. Tengo por compaeros a desterrados, a
proscritos, a malhechores de todas las comarcas. Pero no sale acaso el mbar gris
de las entraas del cachalote?
	Haba pronunciado estas palabras una tras otra como si recitase la Fatiha. Lue-
go, en diferente tono:
	-Tu hermana se ha portado admirablemente. Una leona del Atlas. Est en mi
casa de Yiyeli, a sesenta millas de aqu, con nuestros tres hijos. Eh pequeo se llama
Hasan.
	No intent disimular mi emocin.
	-No he dudado de ti ni un instante.
	Desde la infancia, haba capitulado siempre muy deprisa en las discusiones con
Harn. Pero esta vez no poda por menos de explicarle qu consecuencias haban
tenido sus actos en nuestra familia. Se le ensombreci el rostro.
	-En Fez, he sido un suplicio para ellos. Aqu, ser su protector.
	Una semana despus, estbamos todos en Yiyeli. Lo que quedaba de mi familia
estaba reunido, diez fugitivos bajo el techo de un corsario. Recuerdo, sin embargo,
aquella poca como un breve perodo de felicidad poco frecuente que me hubiera
gustado prolongar.
El ao del Gran Turco
922 de la hgira
(5 de febrero de 1516-23 de enero de 1517)






	Yo andaba errante por eh mundo para poner a salvo a Bayaceto de la vindicta de
los otomanos, me encontr aquel ao con mujer y nio, en el mismsimo corazn de
Constantinopla y en la postura ms increble: inclinado hacia la mano tendida del
terrible Selim que me dedicaba una protectora mclinacin de cabeza y ha sombra de
una sonrisa. Se dice que a la presa le atraen con frecuencia los colmillos que se dis-
ponen a devorarla. Quiz sea sta la explicacin de mi loca temeridad. Pero en
aquel momento no lo vi desde ese punto de vista. Me haba limitado a seguir, lo me-
jor que supe, el desarrollo de los acontecimientos, esforzndome por rehacer mi
vida en la pequea extensin de tierra de ha que no me senta an desterrado. Pero
es menester que cuente cmo.
	Barbarroja prosperaba a ojos vistas, as como, a su sombra, Harn. Eh ataque
contra Buga haba fracasado al fin, pero eh corsario haba conseguido en los prime-
ros das del ao tomar el poder en Argel, tras haber matado con sus propias manos
al anciano seor de la ciudad, mientras a aquel desdichado le daban masajes en su
hammam.
	Cierto es que Argel no era tan grande como Orn o Buga; la ciudad no llegaba
a la extensin de un solo barrio de Tremecn, pero tena, sin embargo, aspecto de
ciudad, con sus cuatro mil hogares, sus zocos bien instalados, agrupados por oficios,
sus avenidas flanqueadas de hermosas casas, sus estufas, sus hospederas y, sobre
todo, sus esplndidas murallas construidas con gruesas piedras que se extendan por
la parte de la playa en una vasta explanada. Barbarroja ha convirti en su capital,
haba adoptado un ttulo regio y tena ha intencin de conseguir que lo reconocieran
todos los prncipes del islam.
	Por mi parte, tras el encuentro de Yiyeli, haba reanudado la marcha. Cansado
de vagar y frustrado por mi experiencia cairota, interrumpida de forma demasiado
brusca, abrigaba la esperanza de echar el anda en Tnez, al menos durante unos
aos. Me haba vestido, de entrada, a la moda del pas y llevaba un turbante cubier-
to por un velo, me alimentaba de baziin e incluso a veces de bessis y hasta iba inclu-
so a echarme al coleto una perniciosa preparacin llamada el-haschish, mezcla de
droga y azcar, que prodiga embriaguez, alegra y apetito. Es tambin un temible
afrodisiaco, muy apreciado por Abu-Abdallah, el soberano de Tnez.
	Gracias a Harn, que posea slidas amistades en ha ciudad, entre ellas las del
mizwar, comandante en jefe del ejrcito, haba podido encontrar fcilmente una
	202	203
casa en eh arrabal de Bab-eh-Bahr, y comenc a entrar en contacto con algunos fa-
bricantes de telas con la intencin de fundar una pequea sucursal mercantil.
	No me dio tiempo. Menos de un mes despus de mi llegada, Harn llam una
noche a mi puerta, acompaado de otros tres lugartenientes de Barbarroja, entre
ellos un turco al que haba saludado en Buga en ha tienda del corsario. El Hurn es-
taba ms serio que un cad.
	-Te traemos un mensaje de parte de Su Grandeza Victoriosa al-Qaim bi-Am-
rillah.
	Era un ttulo que haba merecido Barbarroja por degollar al emir de Argel. Me
peda que fuera a Constantinopla para llevarle al sultn un mensaje que le anunciara
la creacin del reino argelino, le diera testimonio de sumisin y fidelidad y le implo-
rara su apoyo en la lucha contra los castellanos que seguan ocupando una ciudadela
martima a la entrada del puerto de Argel.
	-Tanta confianza me honra. Pero ya sois cuatro. Para qu me necesitis?
	-Eh sultn Sehim no consiente en recibir a ningn embajador que no sea poeta,
que no le dirija versos de alabanza y agradecimiento.
	-Puedo escribir un poema y se lo lees t mismo.
	-No. Somos todos guerreros, mientras que t ya has llevado a cabo misiones de
embajador. Causar mejor impresin y eso es importante: nuestro seor tiene que
aparecer como un rey, no como un corsario.
	Call buscando algn pretexto para escapar a tan peligroso y poco grato trabajo,
pero Harn me acosaba sin tregua. Pareca que su voz viniera en derechura de mi
conciencia.
	-No tienes derecho a vacilar. Est naciendo en Oriente un gran imperio musul-
mn y nosotros, en Occidente, tenemos que tenderle ha mano. Hasta ahora hemos
soportado la ley de los infieles. Tomaron Granada y Mlaga, luego Tnger, Melilla,
Orn, Trpoli y Buga; maana, se apoderarn de Tremecn, de Argel, de Tnez.
Para hacerles frente necesitamos al Gran Turco. Te pedimos que nos ayudes en esta
tarea, no puedes negarte a ello. Ninguna ocupacin que tengas aqu puede ser ms
unportante. Y tu familia est segura. Adems, tendras todos los gastos cubiertos y
se te pagara esplndidamente.
	No dej de aadir, esbozando una sonrisa de pirata:
	-Y est claro que ni yo ni mis compaeros nos atreveramos a decirle a Barba-
rroja que te has negado.
	Tena tanto margen como un pajarillo perseguido por un halcn. Como no poda
revelar la verdadera causa de mi vacilacin sin traicionar el secreto de Nur, no en-
contraba argumentos.
	-Cundo habra que embarcarse?
	-Esta misma noche. La flota nos espera en La Goleta. Hemos dado un rodeo
para recogerte.
	Como si formulase ha ltima voluntad de un condenado, ped que me dejaran
hablar con Nur.
	Tuvo una reaccin admirable, no la de ha mujer del burgus en que se haba con-
r
vertido al casarse conmigo, sino la de ha hija de soldado que siempre haba sido. Y
de la madre de sultn que esperaba llegar a ser. Estaba de pie en nuestro cuarto, con
eh rostro y el cabello descubierto, la cabeza alta, mirndome a los ojos.
	-Tienes que ir?
Era una frase a medio camino entre la pregunta y la evidencia.
Me limit a decir:
-Si.
-Crees que hay alguna trampa?
-Ninguna. Apostara la cabeza!
	-Eso es precisamente lo que hay que evitar. Pero si tanta confianza tienes en
Harn, vamos todos.
	No estaba seguro de haber entendido bien. Me explic con voz decidida:
	-Es menester que los ojos de Bayaceto tengan una oportunidad de contemplar
su ciudad y su palacio. Quiz no tenga otra ocasin durante su juventud. El viaje
por mar ofrece peligros, es cierto, pero mi hijo debe acostumbrarse a ellos. Dios
debe protegerlo o hacerlo perecer.
	Estaba tan segura de si misma que no me atrev a discutir sus razones y prefer
dar un rodeo:
	-Harn no acceder nunca a que me lleve a mujer y nio.
	-Si accedes a su peticin, no puede negarse a la tuya. Hblale, sabrs dar con
has palabras oportunas.
	Al alba, habamos pasado ya Gamarth. Tena la impresin, acrecentada por el
mareo, de navegar en medio de una pesadilla.
	Extraa ciudad Constantinopla. Tan cargada de historia y, sin embargo, tan nue-
va por sus piedras y por sus hombres. En menos de setenta aos de ocupacin turca
ha cambiado totalmente de cara. Cierto es que sigue existiendo Santa Sofa, la cate-
dral convertida en mezquita donde suele acudir el sultn, con su squito, todos los
viernes. Pero ha mayor parte de los edificios los han construido los nuevos conquis-
tadores y no paran de surgir otros nuevos, palacios, mezquitas y madrasas, o incluso
simples barracas de madera donde acuden a hacinarse miles de turcos recin llega-
dos de las estepas donde llevan una vida nmada.
	A pesar de este xodo, el pueblo vencedor sigue siendo, en su capital, una mino-
ra entre otras y no la ms opulenta, exceptuando la familia reinante. En las ms
hermosas villas, en las tiendas mejor surtidas del bazar, se ven sobre todo armenios,
griegos, italianos y judos, estos ltimos procedentes a veces de Andaluca tras la ca-
ida de Granada. No son menos de cuarenta mil y coinciden a ha hora de alabar la
equidad del Gran Turco. En los zocos, los turbantes de los turcos y los casquetes de
los cristianos y judos pasan unos junto a otros sin odio ni resentimiento. Salvo algu-
nas excepciones, las calles de la ciudad son estrechas y estn llenas de barro, de for-
ma tal que has personas de categora no pueden circular a no ser que los lleve a cues-
tas algn hombre. Miles de personas se dedican a este penoso oficio; la mayora son
recin llegados que no han encontrado an mejor ocupacin.
	El da en que desembarcamos, estbamos todos demasiado agotados para ir


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ms all de la zona del puerto. Habamos hecho la travesa en mala estacin, pues
haba que llegar a Constantinopla antes de que ha abandonara el sultn para su cam-
paa de primavera. Pasamos, pues, la primera noche en la hospedera de un griego
de Canda, primo lejano de Barbarroja. Y a la maana siguiente, sin ms dilacin,
nos presentamos en el serrallo donde moraba eh sultn. Nur permaneci fuera de la
veija, hablndole al odo a media voz a Bayaceto, sin importarle su edad, sus oca-
sionales gruidos ni sus risas inoportunas. Sospecho que aquel da le cont docu-
mentalmente toda la sangrienta y gloriosa historia de su dinasta hasta su nacimiento
dos aos antes.
	En cuanto a m, estaba unos pasos ms all, al otro lado de la sublime puerta,
ataviado con una larga tnica de seda con adornos de oro, paseando una y otra vez
la vista por eh poema que tena que recitar ante el sultn y que haba tenido que
componer en alta mar, entre mareo y mareo. A mi alrededor, miles de soldados, de
funcionarios, pero tambin ciudadanos de toda condicin, guardando todos silencio
por respeto a la persona del sultn. Esper durante ms de dos horas convencido de
que me mandaran volver ms adelante.
	Pero eso era no estimar en lo que vala ha importancia de Barbarroja y el inters
que por l senta el otomano. Pronto vino un paje a recogerme, junto con Harn y
sus acompaantes, para guiamos, cruzando la puerta de En Medio, hasta el patio
del diwan, amplio parque florido por donde vi correr avestruces. Delante de m, a
pocos pasos, divis una hilera de espahis inmviles en sus enjaezadas monturas.
Cuando de repente levant la vista, me empezaron a zumbar los odos, not una
opresin tal en ha garganta que me senta incapaz de pronunciar palabra. Se trataba
del miedo? Se trataba del cansancio del viaje? O era slo la proximidad del sul-
tn? Al cruzar ha hilera, slo percib destellos. Me esforzaba por caminar con nor-
malidad, imitando al paje que me preceda, pero me senta a punto de tropezar y de-
rrumbarme; tema ms que nada quedarme sin habla a los pies del terrible Selim.
	All estaba, sentado ante m, pirmide de seda sobre unos almohadones de bro-
cado, aparicin esperada pero sbita, sin embargo, que con una fra mirada disip la
bruma de mis ojos sin calmar mi temor. No era ya ms que un autmata, pero un
autmata que funcionaba con gestos exactos que pareca dictarme el impasible sul-
tn. Y eh poema me brot entonces de la memoria, sin elocuencia pero sin balbu-
ceos, acompaado al llegar a los ltimos versos de algunos gestos tmidos que me
costaron esfuerzos y sudores. Eh sultn mova la cabeza cruzando a veces alguna
concisa palabra con su squito. No llevaba barba, sino un ancho bigote que se retor-
ca sin cesar; me pareci que tena la tez cenicienta y los ojos demasiado grandes pa-
ra la cara y ligeramente achinados. Sobre el turbante, pequeo y ceido, luca un
rub incrustado en una flor de oro. De la oreja derecha le penda una perla en forma
de pera.
	Acabado el poema, me inclin sobre la augusta mano y la bes. Selini llevaba en
un dedo un anillo de plata muy basto, regalo, a lo que me dijeron, de su astrlogo.
Cuando me hube incorporado, un paje me visti con una larga tnica de pelo de ca-
mello y me invit a seguirlo. La audiencia haba terminado. Poda comenzar la dis-
cusin, en otra sala, con los consejeros. Apenas particip en ella. Mi papel era re-
presentar y no negociar, tanto ms cuanto que has conversaciones comenzaron en
rabe pero continuaron en turco, lengua que conoca muy poco antes de mi estancia
en Roma.
	Pude, sin embargo, recoger una informacin muy grave gracias al error de un
consejero. Nada he es ms nefasto al hombre que una lengua que patine, deca eh
califa Ah, Dios honre su faz! Ahora bien, la lengua de ese dignatario no haca ms
que patinar. Mientras se estaba hablando de la ciudadela de Argel, ocupada por los
 infieles, aquel hombre deca continuamente la ciudadela de Eh Cairo y hasta ha-
blaba de circasianos en lugar de castellanos, hasta que otro consejero, aunque mu-
cho ms joven, le lanz una mirada tan furibunda que lo hizo palidecer, sintiendo
cmo se he tambaleaba la cabeza sobre los hombros. Fueron esa mirada y esa palidez
ms que los lapsus has que me hicieron comprender que acababa de desvelar algo
grave. Aquel ao, efectivamente, eh sultn Selim quera hacer creer que sus prepara-
tivos de guerra se dirigan contra eh sof de Persia; incluso haba invitado al sultn de
Eh Cairo a unirse a l para luchar contra los herejes. Siendo as que en realidad eh
otomano haba decidido ir contra el imperio mameluco.
	Nada ms acabar las conversaciones, me falt tiempo para ir a contrseho a Nur,
cosa que, por mi parte, era peor que un patinazo de lengua. Como hubiera debido
preveerlo, mi circasiana se enardeci no en apariencia, sino en lo ms hondo. Que-
ra advertir a toda costa a sus hermanos de raza del peligro que los amenazaba.
	-Eh sultn Kansoh es un anciano enfermo e irresoluto que seguir escuchando
tan tranquilo las promesas de amistad de Selim hasta que eh sable otomano le rebane
eh cuello a l y a todos los circasianos. Fue, sin duda, un valiente soldado en su ju-
ventud, pero ahora lo nico que he preocupa es cuidarse los prpados y sacarles oro
a sus sbditos. Hay que avisarlo de las intenciones de Constantinopla; slo nosotros
podemos hacerlo, puesto que somos los nicos que las conocemos.
	-Sabes lo que me ests proponiendo? Que haga de espa, que salga de la ante-
camara de Sehim para ir a contarle a Kansoh lo que all se ha dicho. Sabes que lo
que nos estamos diciendo t y yo en esta habitacin bastara para que nos cortaran
ha cabeza?
	-No intentes asustarme. Estoy a solas contigo y hablo en voz baja.
	-Por ti sal de Egipto y eres t quien me propone volver!
	-Tenamos que irnos para salvaguardar ha vida de Bayaceto; hoy, es menester
volver para salvar a mis hermanos y tambin el porvenir de mi hijo. Van a matar a
todos los circasianos, eh sultn Sehim los coger por sorpresa, se apoderar de sus
tierras, construir un imperio tan poderoso y extenso que mi hijo no podr aspirar
nunca ms a l. Si hay algo que se pueda intentar, tengo que hacerlo con peligro de
mi vida. Podemos ir a Galata y tomar el primer barco para Alejandra. Despus
de todo, los dos imperios no estn en guerra an e incluso se supone que son
aliados.
	-Y si te dijera que no?
	-Dime: No, no intentars salvar de ha matanza a los de tu raza, No, no hu-

	206	207
chars para que tu hijo sea un da seor de Constantinopla, dime esas palabras y
obedecer. Pero habr perdido el gusto por ha vida y por el amor.
	No dije nada. Ella insisti:
	-De qu pasta ests hecho para aceptar perder una ciudad tras otra, una patria
tras otra, una mujer tras otra, sin luchar nunca, sin sentirlo nunca, sin mirar nunca
hacia atrs?
	-Entre la Andaluca que dej y el Paraso que me est esperando, la vida es slo
una travesa. No voy a ninguna parte, no codicio nada, no me ato a nada, me fo de
mi pasin por la vida, de mi instinto de la felicidad, y tambin de la Providencia.
No fue eso lo que nos uni? Dej sin vacilar una ciudad, una casa, una vida, para
seguir tu camino, para halagar tu saa.
	-Y ahora, por qu has dejado de seguirme?
	-Me canso de las obsesiones. Desde luego que no te abandonar aqu, rodeada
de enemigos. Te volver a llevar entre los tuyos para que puedas avisarlos; pero all
se separarn nuestros caminos.
	No estaba seguro de haber llegado a un buen acuerdo ni de tener el valor de
cumplirlo. Pensaba que, por lo menos, me haba marcado a m mismo los lmites de
la aventura a la que me haba dejado arrastrar. En cuanto a Nur, me pareci que es-
taba radiante. Le importaban poco mis reticencias mientras no se interpusieran en
su camino. De mis circunspectas palabras slo oy eh si que yo ni siquiera haba
pronunciado. Y en el acto, sin esperar, mientras yo hilvanaba en mi cabeza la menti-
ra que le iba a contar a Harn para poder dejarlo plantado, se puso a hablar de bar-
cos, de muelles y de equipajes.

	Cuando, al regresar al pas del Nilo, eh aduanero del puerto de Alejandra me
pregunt, entre registro y registro, si era cierto que los otomanos se disponan a in-
vadir Siria y Egipto, contest con una maldicin contra todas las mujeres de la tierra
y, en particular, has circasianas rubias, cosa a la que mi interlocutor, con gran asom-
bro por mi parte, asinti muy animado, como si fuera la explicacin evidente de las
venideras desgracias.
	Durante todo el trayecto hasta Eh Cairo, Nur tuvo que soportar reproches y sar-
casmos. Pero, en cuanto estuvimos tres das en ha capital, tuve que reconocer que no
haba andado del todo errada al emprender su peligrosa accin. Los rumores que
circulaban eran tan contradictorios que reinaba en las mentes la confusin ms total,
no slo entre eh pueblo llano, sino tambin en la Ciudadela. El sultn haba decidido
salir para Siria al encuentro de las tropas otomanas; luego, findose de informacio-
nes tranquilizadoras, haba anulado ha expedicin. A los regimientos que haban re-
cibido rdenes de ponerse en camino se hes haba dicho que volviesen a los cuarte-
les. Al califa y a los cuatro grandes cades se les haba pedido dos veces que se dis-
pusiesen a acompaar al soberano a Alepo; por dos veces se haban dirigido sus co-
mitivas a la ciudadela en previsin de la gran salida; por dos veces se hes haba
comunicado que se volvieran a casa.
	Para mayor confusin, un plenipotenciario otomano haba venido con gran


208
pompa a renovar las promesas de paz y amistad, sugiriendo una vez nis una alianza
contra los herejes y los infieles. Semejante espera y semejante incertidumbre embo-
taban la combatividad del ejrcito y eso era sin duda lo que pretenda conseguir el
Gran Turco con sus engaos. Era, pues, importante que un testimonio venido de
Constantinopla hes abriese los ojos a los responsables. Pero haba que encontrar eh
medio de transmitirlo de forma que pudiera inspirar confianza sin qu~ se divulgaran
las fuentes.
	A Nur se he ocurri escribir una carta e ir a depositarla, sellada, ~n el domicilio
del secretario de Estado, Tumanbay, el segundo personaje en importancia del sulta-
nato, el ms popuiar dirigente de Egipto. Pens que el mensaje de una mujer circa-
siana se he transmitira sin demora al gran mameluco.
	Esa misma noche, llamaron a mi puerta. Tumanbay haba venido solo, cosa in-
creble en esa ciudad, donde al menor comandante de diez no se he ocurra nunca
desplazarse sin una nutrida y ruidosa escolta. Era un hombre de unos cuarenta aos,
alto, elegante, de tez clara, bigote alargado a la moda circasiana, barba corta y cui-
dadosamene recortada. En cuanto oy mis primeras palabras de bienvenida, se puso
serio. Mi acento lo haba inquietado, pues la comunidad magreb de El Cairo era
conocida por sus simpatas hacia los otomanos. Me apresur a llamar a Nur. Esta se
present con el rostro descubierto. Tumanbay la reconoci. Como hermana de raza
y viuda de un oponente de Selim, slo poda inspirarle plena confianza.
	El secretario de Estado se sent, pues, sin cumplidos para escuchar mi historia.
Le repet lo que haba odo sin aadir ninguna floritura, sin omitir detalle. Cuando
call, empez por tranquilizarme:
	-Es ste un testimonio que no pienso hacer pblico. Lo que cuenta es ha intima
conviccin de los dirigentes. He quedado convencido y, tras lo que acabo de or, pe-
lear con mayor fuerza an para que el sultn lo est tambin.
	Pareci reflexionar intensamente. Apareci una mueca en sus labios. Luego dijo,
como si continuara una conversacin anterior:
	-Pero con un sultn, nada es nunca sencillo. Si he insisto mucho, pensar que in-
tento alejarlo de Eh Cairo y no querr irse.
	Su confidencia me dio valor:
	-Por qu no te vas t con el ejrcito? No tienes acaso treinta aos menos
que l?
	-Si consiguiera una victoria, temera mi vuelta al frente de has tropas.
	Paseando la mirada a su alrededor, el secretario de Estado se fij en el icono y
en la cruz copta de ha pared. Sonri, rascndose ostensiblemente ha cabeza. Tena
buenas razones para estar intrigado: un magreb vestido a la egipcia, casado con
una circasiana viuda de un emir otomano, que adornaba su casa a ha usanza cris-
tiana! Iba a contarle cmo haba cado aquella casa en mis manos, pero me inte-
rrumpi.
	-No me ofusca ver esos objetos. Es cierto que soy musulmn por la gracia de
Dios, pero nac cristiano y me bautizaron, igual que al sultn y a todos los mame-
lucos.


209
1
Dicho esto, se puso en pie y se despidi reiterando sus agradecimientos.
	Sentada en un oscuro rincn del cuarto, Nur no haba participado en ha conver-
sacin. Pero sta la satisfizo.
	-Aunque no fuera ms que por este encuentro, no siento haber venido de tan
lejos.
	Los acontecimientos no tardaron en parecer darle la razn. Se supo, en efecto,
que el sultn haba acabado por decidirse a partir. Vimos a su batalln salir del hi-
pdromo, cruzar ha plaza Rumaila, antes de pasar por la cuesta de los Bueyes y la
calle Saliba, donde, aquel da, haba acudido yo para contemplar el espectculo.
Cuando pas el sultn, entre ovaciones, a unos pasos de m, me fij en que, en lo
alto de la sombrilla, en vez del calado pjaro de oro, insignia de los mamelucos, ha-
ba una media luna de oro; se murmuraba a mi alrededor que se haba ordenado eh
cambio tras haber recibido una carta del otomano que pona en duda el fervor reli-
gioso de Kansoh.
	A la cabeza del interminable cortejo del sultn iban quince filas de camellos en-
jaezados con pompones brochados de oro, otros quince enjaezados con pompones
de terciopelo multicolor; vena luego la caballera, y abran la marcha cien corceles
cubiertos por caparazones de acero con incrustaciones de oro. Ms all, podan ver-
se palanquines colocados sobre mulos con gualdrapas de seda amarilla, destinados
al transporte de la familia real.
	La vspera, se haba nombrado teniente general de Egipto a Tumanbay, con ple-
nos poderes; pero corra el rumor de que el sultn se haba llevado consigo todo el
oro del Tesoro, varios millones de dinares, as como los objetos de valor de los reales
almacenes.
	Le haba pedido a Nur que me acompaara para asistir al acontecimiento en pro
del cual haba trabajado. Me haba rogado que fuera solo, asegurando que no se en-
contraba bien. Cre que quera evitar mostrarse en pblico; no tard en descubrir
que estaba encinta. No me atreva a alegrarme demasiado, pues, por una parte, al
acercarme a los treinta, deseaba ardientemente un hijo de mi sangre, pero, por otra,
no ignoraba que el estado de Nur me impeda a partir de aquel momento dejarla e
incluso huir de El Cairo con ella, que era lo que la prudencia me aconsejaba.
Transcurrieron tres meses durante los cuales nos llegaban con regularidad noti-
as acerca del avance del soberano: Gaza, Tiberades, luego Damasco, donde ocu-
 un incidente. Eh gerente de la Casa de la Moneda, un judo llamado Sadaka, ha-
arrojado, siguiendo la costumbre, monedas de plata nuevas a los pies del sultn
durante su entrada triunfal en la ciudad. Los guardias de Kansoh se haban abalan-
za do para recoger las monedas de forma que el sultn haba recibido tales empello-
que haba estado a punto de caer del camello.
	Se supo que, despus de Damasco, el sultn haba ido a Hama, a Alepo. Luego,
el silencio. Durante ms de tres semanas. Un silencio que al principio no turb el
menor rumor. Hasta el sbado, decimosexto da de shabdn, el 14 de septiembre de
1517, no lleg a la ciudadela un mensajero, jadeante y cubierto de polvo. Se haba
celebrado un combate en Maij Dabek, no lejos de Alepo. El sultn participaba en l,


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1
tocado con un pequeo birrete, envuelto en su manto blanco y con eh hacha al hom-
bro, rodeado por eh califa, los cades y cuarenta portadores del Corn. Al principio,
el ejrcito egipcio haba llevado ventaja y he haba arrebatado al enemigo seis bande-
ras y pesadas piezas de artillera colocadas en carros. Pero al sultn lo haban trai-
cionado, principalmente Jairbak, gobernador de Alepo, que estaba compinchado
con los otomanos. Estando al mando del ala izquierda, haba dado media vuelta,
	motivo por eh cual haba cundido al punto el desaliento en todo eh ejrcito. Al darse
	cuenta de lo que estaba pasando, a Kansoh le haba dado un ataque de hemipleja.
Haba cado del caballo y haba muerto en el acto. En la confusin, ni siquiera ha-
ban encontrado su cadver.
Los habitantes de Eh Cairo estaban aterrados, tanto ms cuanto que pronto se
fueron sucediendo otros rumores acerca del avance de los otomanos, que recorran
	en sentido inverso ha ruta del ejrcito egipcio: Alepo haba cado en sus manos por
tanto; luego, Hama. En Jan eh-Jalili, saquearon algunas tiendas que pertenecan a
turcos de Asia Menor y a magrebies, pero Tumanbay restableci enrgicamente el
orden y, para atenuar los efectos de estas desastrosas noticias, anunci ha abolicin
de todas las tasas y rebaj el precio de los productos de primera necesidad.
	Aunque el secretario de Estado tuviera la situacin en sus manos, esper un mes
antes de proclamarse sultn. Aquel da acababa de caer Damasco, a su vez, en ma-
nos de Selim; pronto seguira Gaza. Como careca de soldados, Tumanbay orden
	que se crearan milicias populares para la defensa de la capital; mand vaciar las
crceles y anunci que se les perdonaran todos los delitos, incluidos los de san-
gre, a quienes se alistasen. Cuando, en los ltimos das del ao, el ejrcito oto-
mano se acerc a El Cairo, el sultn mameluco reuni sus tropas en el campo de
Raidanieh, al este de la ciudad; hes aadi varios elefantes y caones recin fun-
didos; mand cabar un trinchera larga y profunda con la esperanza de sostener un lar-
go asedio.
	No era sta, sin embargo, la intencin del otomano. Tras haber concedido a su
ejrcito tres das para descansar del largo paso del Sina, Selim orden un asalto ge-
neral con tal profusin de caones y una ventaja numrica tan aplastante que el
ejrcito egipcio sufri una desbandada en pocas horas.
	Y de este modo, en el ltimo da del ao, eh Gran Turco hizo su solemne entrada
en Eh Cairo, precedido de pregoneros que prometan a todos los habitantes que sal-
varan la vida, recomendndohes que volvieran al da siguiente, sin demora, a sus
ocupaciones. Era un viernes y el califa, a quien haban capturado en Siria y trado
en eh squito del conquistador, orden ese da que se dijera eh sermn en todas has
mezquitas de la capital en nombre del sultn hijo de sultn, soberano de los dos
continentes y de los dos mares, destructor de los dos ejrcitos, seor de los
dos Iraks, servidor de los santuarios sagrados, eh victorioso rey Selim shah.
	  Nur tena los ojos inyectados en sangre. Estaba tan afectada por el triunfo del
	Gran Turco que tem por la vida del hijo que llevaba. Como le faltaban pocos das
para salir de cuentas, tuve que hacerle jurar que se quedara quieta en la cama. Yo
me consolaba prometindome a m mismo imos de este pas en cuanto se restable-
	211
ciese. En mi calle, todos los notables haban escondido en las sepulturas familiares
los objetos de valor y las sbanas por temor al saqueo.
	Aquel da, sin embargo, mi lacayo y el burro se presentaron ante mi puerta como
solan para llevarme a ha ciudad. El muchacho me cont, riendo, que segn vena
haba tropezado con ha cabeza cortada de un oficial mameluco. Como a m no me
hacia ninguna gracia, se atrevi a opinar que me tomaba las cosas demasiado en se-
rio. Lo que le vali un revs:
	-As que, lo rega paternalmente, acaban de ocupar la ciudad, tup~ est in-
vadido, todos los dirigentes asesinados o huidos, los sustituyen otros que vienen de
la otra punta del mundo y me reprochas que me tome has cosas en serio?
	No tuvo ms respuesta que encogerse de hombros y decir la siguiente frase de
secular resignacin:
	-Eh que toma a mi madre se convierte en mi padrastro.
	Luego se volvi a echar a reir.
	Haba un hombre, sin embargo, que no estaba en absoluto resignado. Se trataba
de Tumanbay. Se estaba disponiendo a escribir has pginas ms heroicas de la histo-
ria de Eh Cairo.
El ao de Tumanbay
923 de la hgira
(24 de enero de 1517-12 de enero de 1518)
	  Dueo de Eh Cairo, el Gran Turco no cesaba de exhibirse como si quisiera barrer
	con su sombra indeleble cada lugar sagrado, cada barrio, cada puerta, cada aterrori-
	zada mirada. Caminando ante l, los heraldos no se cansaban de clamar que la po-
	blacin no tena ya nada que temer por su vida ni por sus bienes mientras que, en
	ese mismo momento, proseguan has matanzas y los saqueos, a veces a pocos pasos
	de la comitiva del sultn.
	  Los circasianos eran las primeras vctimas. Se persegua sin tregua a los mamelu-
	cos o a sus descendientes. Cuando cogan a algn alto dignatario del antiguo rgi-
	men, lo suban en un burro, de cara a la cola, con el turbante azul en la cabeza y
	unas campanillas alrededor del cuello. Lo paseaban por las calles con tal atavo an-
	tes de decapitarlo. Luego se exhiba su cabeza en lo alto de una prtiga y se les
	echaba el cuerpo a los perros. En cada campamento del ejrcito otomano haba cen-
	tenares de esas prtigas hincadas en eh suelo, unas junto a otras, macabros bosques
	que a Selim he agradaba recorrer.
	  Los circasianos, naturalmente, engaados al principio por las promesas otoma-
	nas, no tardaron en quitarse sus habituales tocados, casquetes o ligeros turbantes,
	para lucir voluminosos turbantes y confundirse, de este modo, con la poblacin. En
	vista de lo cual, los soldados otomanos empezaron a deterner a todos los transen-
	tes por igual, acusndolos de ser circasianos disfrazados y exigiendo eh pago de un
	rescate para dejarlos marchar. Cuando las calles se hallaban vacas, los militares for-
	zaban las puertas de las casas y, so pretexto de estar buscando mamelucos huidos,
	violaban y saqueaban.
	  El cuarto da del ao, el sultn Selim se encontraba en el arrabal de Bulalc donde
	su ejrcito haba instalado eh mayor campamento. Haba asistido a algunas ejecucio-
	nes oficiales y ordenado luego que arrojasen de inmediato al Nilo los centenares de
	cadveres decapitados que se amontonaban en el campamento. Luego fue al ham-
	mam para purificarse antes de dirgirse a una mezquita cercana al desembarcadero
	para la oracin de la tarde. Ya anochecido, haba vuelto al campamento y haba lla-
	mado a algunos de sus ayudantes para que acudieran a su lado.
	  Acababa de empezar ha reunin cuando se produjo un tumulto inusual: centena-
	res de camellos cargados de estopa en llamas corran hacia las posiciones otomanas
	incendiando has tiendas. Reinaba ya ha oscuridad y, aprovechando el desconcierto
	as provocado, miles de hombres armados rodearon eh campamento. Al frente de s-
212
213
.
tos, Tumanbay. En su tropa haba soldados, desde luego, pero sobre todo gente del
pueblo, marineros, aguadores, antiguos condenados que se haban unido a has mili-
cias populares. Algunos iban armados con puales, otros tenan slo hondas o inclu-
so garrotes. Sin embargo, con ayuda de la oscuridad y de la sorpresa, sembraron la
muerte en has filas de los otomanos. En lo ms encarnizado de la batalla, el propio
Selim qued cercado y slo el ensaamiento de sus guardias le permiti abrirse ca-
mino hacia el exterior. El campamento estaba en manos de Tumanbay que, sin per-
der un instante, orden a sus partidarios que se lanzaran en pos de las tropas de
ocupacin por todos los barrios de El Cairo y que no hicieran prisioneros.
	Calle tras calle, reconquistaron la capital. Los circasianos se haban puesto a per-
seguir a los soldados otomanos con la ayuda activa de la poblacin. Las vctimas,
convertidas en verdugos, se comportaban de forma despadada. Fui testigo, no lejos
de mi casa, del suplicio de siete turcos que se haban refugiado en una mezquita.
Perseguidos por una veintena de cairotas, haban buscado refugio en lo alto del mi-
narete y se haban puesto a disparar con fusiles sobre la muchedumbre. Pero los
alcanzaron, los degollaron y los arrojaron cubiertos de sangre desde lo alto del
edificio.
	La batalla haba empezado al caer la tarde del martes. El jueves, Tumanbay vino
a instalarse en ha mezquita de Sheiju de la calle Saliba, que convirti en su cuartel
general. Pareca tan dueo de la ciudad que, al da siguiente, se pronunci de nuevo
eh sermn en su nombre desde los plpitos.
	No por ello era menos precaria la situacin. Pasada la sorpresa del ataque imcial,
los otomanos haban reaccionado. Haban tomado de nuevo Bulak, se haban infil-
trado en la parte vieja de El Cairo, hasta las proximidades de mi calle, y estaban re-
cuperando a su vez, paso a paso, eh terreno perdido. Tumanbay controlaba sobre to-
do los barrios populares del centro, cuyo acceso haba cortado con zanjas cavadas a
toda prisa o con barricadas.
	Entre todos los das que ha creado Al, fue ese viernes y ningn otro el que eli-
gi Nur para sentir los dolores de parto. Tuve que salir, arrastrndome, escabulln-
dome por el jardn, para avisar a una comadrona de la vencidad que slo accedi a
salir de su casa tras una hora de megos y a precio de oro: dos dinares si era una
nia, cuatro si era un nio.
	Cuando tuvo el tenue surco sonrosado entre los hinchados muslos de ha criatura,
me grit despechada:
	-Dos dinares!
	A lo que respond:
	-Si todo sale bien, te dar cuatro a pesar de todo!
	Abrumada por tanta generosidad, prometi volver unos das despus para reali-
zar gratis ha extirpacin. Le ped que no lo hiciera, explicndole que esa costumbre
no exista en mi pas, cosa que la sorprendi y contrari.
	Mi hija me pareci tan hermosa como su madre e igual de blanca. La llam
Hayat, Vida, y no dese nada mejor para ella, como para toda mi familia, que
saliera indemne de la orga asesina de El Cairo, donde se estaban enfrentando
dos imperios, uno embriagado por su triunfo, el otro empeado en no perecer.
	Por las calles segua la lucha en todo su apogeo. Los otomanos haban vuelto a
apoderarse de la mayora de los arrabales e intentaban avanzar hacia eh centro, pero
lo hacan con lentitud y sufriendo muy duras prdidas. Sin embargo, como el resul-
tado del combate no era ya dudoso, soldados y milicianos fueron desertando poco a
poco del campo de Tumanbay mientras que el sultn mameluco combati un da
entero a la cabeza de un puado de leales, de algunos fusileros negros y de los circa-
sianos de su escolta personal. En ha noche del sbado, se resolvi abandonar la ciu-
dad, sin perder, sin embargo, nada de su arrojo. Mand decir que volvera pronto
con fuerzas ms numerosas para echar a los invasores.
	~,Cmo describir lo que hicieron los otomanos cuando pudieron penetrar de
nuevo en los barrios de Eh Cairo? Para ellos no se trataba ya, como en el momento
de su primera victoria, de dejar fuera de combate a las tropas circasianas que haban
ofrecido resistencia; ahora tenan que castigar a toda la poblacin de Eh Cairo: los
soldados del Gran Turco invadieron las calles con orden de matar a todo ser vivo.
Nadie poda salir de la ciudad maldita ya que todos los caminos estaban cortados;
nadie poda buscar un refugio, puesto que incluso los cementerios y las mezquitas
se haban convertido en campos de batalla. No quedaba ms remedio que encerrar-
se a cal y canto en casa con la esperanza de que pasara el huracn. Dicen que aquel
da, desde el amanecer hasta el ltimo cuarto de la noche, murieron ms de ocho
mil personas. Las calles estaban totalmente cubiertas de cadveres de hombres, de
mujeres, de nios, de caballos y de asnos, mezclados unos con otros en un intermi-
nable y sangriento cortejo.
	Al da siguiente, Selim mand izar por encima de su campamento dos estandar-
tes, uno blanco y otro rojo, para indicar a sus hombres que ya estaba cumplida ha
	venganza y que la carnicera deba terminar. Oportunamente, pues de haber seguido
las represalias unos das ms con la misma furia, el Gran Turco no habra conquista-
do en aquel pas ms que un gigantesco osano.
	Durante todos estos sangrientos das, Nur no haba dejado de rezar por la victo-
ria de Tumanbay. Mis propios sentimientos no eran muy diferentes. Eh haber acogi-
do una noche bajo mi techo al sultn mameluco me haca ms sensible a su valor. Y
ante todo, estaba Bayaceto. Tarde o temprano, una sospecha, una denuncia, una ha-
bladura lo pondran en manos de los otomanos, as como a toda su familia. Por la
	seguridad del nio proscrito, por ha nuestra, era menester que Tumanbay triunfara.
Cuando eh domingo me di cuenta de que haba perdido definitivamente ha partida,
	tuve contra l un arrebato de decepcin, de miedo y de rabia contenida, y declar
que nunca habra debido acometer empresa tan aventurada ni arrastrar tras si a la
poblacin trayendo sobre ella ha ira de Selim.
	Aunque estaba an muy dbil, Nur se incorpor sobresaltada como si ha desper-
tara una pesadilla. En su rostro lvido slo se vean los ojos de mirada perdida.
	-Acurdate de las pirmides! Cuntos hombres murieron para construirlas,
hombres que hubieran podido pasar an muchos aos labrando la tierra, comiendo,
emparejndose! Y luego habran muerto de ha peste sin dejar rastro. Por la voluntad


	214	215
T
del farnn, levantaron un monumento cuya silueta perpetuar para siempre eh
recuerdo de su trabajo, de sus sufrimientos, de sus ms nobles aspiraciones. Eso
es lo que ha hecho Tumanbay. No valen ms cuatro das de valor, cuatro das
de dignidad, de desafo, que cuatro siglos de sumisin, de resignacin, de mez-
quindad? Tumanbay ha dado a El Cario y a su pueblo el mejor regalo que existe:
un fuego sagrado que iluminar e infundir calor a ha larga noche que est empe-
zando.
	Las palabras de Nur slo me convencieron a medias, pero no intent llevarle ha
contraria. Me limit a rodeara suavemente con los brazos para hacer que se echara
de nuevo. Hablaba eh lenguaje de su raza; yo no tena ms ambicin que sobrevivir
con los mos, que alejarme para contar un da en una satinada hoja de papel ha cada
de El Cairo, de su imperio, de su ltimo hroe.
	No poda salir de ha ciudad hasta pasadas unas semanas para que Nur estuviera
en condiciones de ponerse en camino. Mientras tanto, la vida en Eh Cairo se tornaba
cada vez ms difcil. Escaseaban los alimentos. No se encontraban quesos, mante-
quilla ni fruta, eh precio de los cereales suba. Se deca que Tumanbay haba decidi-
do matar de hambre a ha guarnicin otomana impidiendo el abastecimiento de la
ciudad desde has provincias que an controlaba; se haba puesto de acuerdo, ade-
ms, con las tribus nmadas rabes que nunca se haban sometido a ningn poder
egipcio para que acudieran y devastaran los alrededores de la ciudad. Se afirmaba
que, al mismo tiempo, Tumanbay haba trado de Alejandra material de guerra, fle-
chas, arcos y plvora, que haba reunido tropas de refresco y que estaba dispuesto a
lanzar una nueva ofensiva. De hecho, se multiplicaban los enfrentamientos, sobre
todo por la zona de Gizeh, volviendo impracticable eh camino de las pirmides que
tenamos que tomar para recoger a Bayaceto.
	Haba que intentar huir a pesar de todo, corriendo eh riesgo de que nos cortara
el camino una pan-ulla otomana, desertores mamelucos o alguna partida de saltea-
dores? No me resolva a ello hasta que me enter de que eh sultn Selim haba deci-
dido deportar a Constantinopla a varios miles de habitantes. Se habl primero del
califa, de los dignatarios mamelucos y de sus familias. Pero la lista no dejaba de au-
mentar: albailes, carpinteros, marmolistas, soldados, herreros, operarios de todas
las especialidades. No tard en enterarme de que los funcionarios otomanos estaban
haciendo listas nominales de todos los magrebies y de todos los judos de ha ciudad
para deportarlos.
	Yo haba tomado ya una decisin. Prometindome salir antes de tres das, estaba
dando una vuelta por la ciudad para poner en orden algunos asuntos cuando me lle-
g un rumor: se deca que haban capturado a Tumanbay, traicionado por eh jefe de
una tribu beduina.
	Hasta el medioda, sonaron gritos que se confundan con las llamadas a oracin.
Cerca de m, pronunciaron un nombre: Bab Zuwaila. Y era cierto que miles de ciu-
dadanos, hombres y mujeres, jvenes y viejos, se apresuraban a dirigirse hacia aque-
lla puerta. Los imit. Haba all una muchedumbre que creca sin cesar y que resulta-
ba tanto ms impresionante cuanto que permaneca casi en silencio. Sbitamente, se


216
	abri para dejar pasar a una columna otomana formada por unos cien soldados de
	caballera y el doble de infantera.
	  Dando la espalda a ha muchedumbre, formaron tres crculos concntricos en
	cuyo centro se hallaba un hombre a caballo. No resultaba fcil reconocer en aquella
	silueta a Tnmanbay. Con la cabeza descubierta y la barba hirsuta, no llevaba ms ro-
	pa que unos harapos de pao rojo que apenas ocultaba su manto blanco. En los pies
	slo llevaba unas toscas vendas de tela azul.
	  A peticin de un oficial otomano, el sultn derrocado ech pie a tierra. Le desa-
	taron ha manos, pero en el acto lo rodearon doce soldados con los sables desenvai-
	nados. Sin embargo, no pareca estar pensando en escapar. Con las manos libres sa-
	lud a la muchedumbre que, valientemente, lo aclam. Todas las miradas, incluida
	la suya, se dirigieron entonces hacia la clebre puerta por encima de ha cual estaba
	lanzando una cuerda eh verdugo.
	  Tumanbay pareci sorprenderse, pero no dej de sonrer. Slo su mirada perdi
	algo de su agudeza. Se limit a gritarle a la muchedumbre:
	  -Rezad tres veces la Fatiha por m!
	  Se alzaron miles de murmullos, como un zumbido cada vez ms vibrante:
	  -Loor a Dios, Seor del universo, el Clemente, el Misericordioso, Dueo del
	da del Juicio...
	  El ltimo Amin fue un grito prolongado, rabioso, sublevado. Luego, el silencio.
	Incluso los otomanos parecan desconcertados y fue Tumanbay eh que los azuzo:
	  -Verdugo, cumple con tu obligacin!
	  Anudaron la cuerda al cuello del condenado. Tiraron de la otra punta. Eh sultn
	se elev a un pie del suelo y luego volvi a caer. Se haba roto la cuerda. La anuda-
	ron de nuevo, de nuevo tiraron de ella el verdugo y sus ayudantes y de nuevo se
	rompi. La tensin se haca insoportable. Tumanbay era el nico que pareca diver-
	tirse, como si se sintiese ya en otra parte, en un mundo en el que el valor recibe muy
	otra recompensa. El verdugo volvi a anudar la cuerda por tercera vez. No se rom-
	pi. Se elev un clamor mezcla de sollozos, gemidos, rezos. Eh ltimo emperador de
	Egipto, el hombre ms valiente que hubiera gobernado nunca eh valle del Nilo aca-
	baba de expirar, ahorcado en la puerta Zuwaila como un vulgar ladrn de caballos.
1
	En toda la noche no se apart de mi vista la imagen del ajusticiado. Pero al lle-
gar la maana, envalentonado por la amargura y el insomnio, insensible a los peli-
gros, tom el camino de las pirmides.
	Sin saberlo, haba escogido el mejor momento para huir: los otomanos, tranqui-
lizados por ha ejecucin de su enemigo, haban aflojado la vigilancia mientras que
los amigos de Tumanbay, aturdidos por la derrota, se haban alejado. Cierto es que
tuvimos que paramos cinco o seis veces para contestar a algunas preguntas suspica-
ces. Pero ni se nos importun ni nos robaron y al caer ha noche estbamos tranquila-
mente acostados en casa de Jadra, en ha casucha de nuestros primeros amores.
	All transcurrieron unos meses de sencilla e inesperada felicidad. La aldea del
aya era demasiado pequea y pobre para provocar ha codicia y vivan al margen de


217
las guerras y las conmociones. Pero aquella existencia tranquila y montona no po-	El ao del rapto
da ser para ml ms que la de un umbro oasis entre dos largas etapas. Me liamaban	924 de la hgira
los ruidos lejanos, estaba escrito que no permanecera sordo a sus tentaciones.	(13 de enero de 
1518-2 de enero de 1519)
		  Sal de mi prolongado retiro campesino, salpicado no obstante de contemplacio-
		nes y silenciosos paseos, sin certidumbre alguna. Todas las ciudades eran perecede-
		ras; todos los imperios, carniceros; la Providencia era insondable. Unicamente me
		reconfortaban ha crecida del Nilo, la ronda de los astros y los nacimientos, llegada la
		estacin, de las cras de bfalo.
		  Cuando lleg ha hora de partir, volv los ojos hacia La Meca. Se impona una pe-
		regrinacin en mi vida. Como a Nur he asustaba el viaje con dos nios, una de un
		ao y otro de cuatro, le ped a Jadra que nos acompaara, cosa que la llen de rego-
		cijo y ha hizo jurar que no esperaba ms pago que eh privilegio de morir en los San-
		tos Lugares.
		  Subimos a bordo de un velero en la orilla africana del ro, a media jornada de
		Gizeh, hacia el sur. Perteneca a un rico fabricante de aceite de ssamo que trans-
		portaba su mercanca hacia el alto Egipto, parndose un da o dos en toda ciudad de
		cierta imporancia. De este modo, visitamos sucesivamente Bani Suwaif, Al-Minya y
		Manfalut, donde se uni a nosotros un hombre de edad. Esa misma noche, aprove-
		chando eh silencio y el sueo de los nios, me haba puesto a escribir a ha luz de una
		vela, cuando ese nuevo pasajero me interpel:
		 -Eh, t! Despierta a un marinero! Estoy viendo ~n el agua un trozo enorme
		de madera que vendr muy bien para guisar maana.
		  No me gustaron ni su tono de jenzaro, ni su voz ronca, ni su sugerencia en plena
		noche. Sin embargo, por consideracin a su edad, le contest sin faltarle al respeto:
		  -Es medianoche, sera mejor no despertar a nadie. Pero seguramente podr
		ayudarte yo.
		  Dej de mala gana el clamo y di unos cuantos pasos hacia aquel hombre. Pero
		me espet muy nervioso:
		  -No necesito a nadie. Me sobro y me basto yo solo!
		  Se haba inclinado por ha borda y con una cuerda que llevaba en ha mano estaba
		intentando enganchar el tabln flotante cuando sbitamente brot del agua una lar-
		ga cola que se enrosc a su alrededor y lo hizo caer al Nilo. Me puse a gritar, sacan-
		do brutalmente del sueo a los pasajeros y a los hombres de la tripulacin. Arriaron
ha vela para detener la barca que estuvo una hora entera amarrada a la orilla mien-
tras que intrpidos marineros se arrojaban al agua. Pero sin fruto. Todos coincidie-
ron en decir que al infortunado lo haba devorado un cocodrilo.
	218	219

1
	Durante el resto del viaje, me contaron las historias ms extravagantes acerca de
estos gigantescos lagartos que son el terror del Alto Egipto. Parece ser que en tiem-
pos de los faraones y, luego, de los romanos, e incluso en los comienzos de la con-
quista musulmana, los cocodrilos hacan pocos estragos. Pero en el siglo tercero de
la hgira aconteci un hecho de lo ms extrao: en una gruta prxima a Manfalut
hallaron una estatua de plomo que representaba a uno de esos animales de tamao
natural, cubierta de inscripciones faranicas. Considerando que se trataba de un
dolo impo, eh gobernador de Egipto en aquella poca, un tal Ibn-Tuln, orden
que lo destruyeran. De la noche a la maana, los cocodrilos se enfurecieron y co-
menzaron a atacar de forma odiosa a los hombres, sembrando el terror y la muerte.
Entonces se comprendi que ha estatua se haba construido bajo determinadas con-
junciones astrales para domar a aquellos animales. Mortunadamente, la maldicin
slo haba afectado al Alto Egipto. Ro abajo desde El Cairo, los cocodrilos no se
alimentaban nunca de carne humana, sin duda porque no se ha encontrado nunca
una estatua que los inhibe.
	Despus de Manfalut, pasamos ante Asiut pero sin pararnos, ya que se haba
manifestado una nueva epidemia de peste. Nuestra siguiente escala fue Al-Manshiy-
ya donde fui a ver al seor berber que la gobernaba. Luego llegamos a Al-Jiam,
una ciudad pequea cuya poblacin es toda ella cristiana salvo el comisario de poli-
ca. Dos das despus estbamos en Kina, una poblacin rodeada de una muralla de
adobes de la que pendan triunfalmente trescientas cabezas de cocodrilos. Desde all
seguimos por tierra para ir al puerto de Qushair, en el mar Rojo, provistos de odres
bien llenos, pues desde el Nilo hasta la costa no se encuentra ni una aguada. No ne-
cesitamos ms de una semana para llegar a Yanbu, puerto de Arabia Desierta, don-
de atracamos coincidiendo con el cuarto creciente de rab al-tan4 cuando tocaba a
su fin la estacin anual de peregrinacin; seis das despus estbamos en Yida.
	Pocas cosas merecen una visita en este puerto que la prosperidad ha dejado de
lado. La mayor parte de has casas son cabaas de madera, salvo dos antiguas mez-
quitas y algunas hospederas. Hay que mencionar tambin una modesta cpula don-
de, a lo que se dice, Nuestra Seora Eva, madre de los hombres, pas algunas no-
ches. Aquel ao, la ciudad ha administraba de manera provisional un almirante oto-
mano que se haba librado del antiguo gobernador, fiel a los mamelucos, arrojndo-
lo desde un navo en una zona infestada de tiburones. La poblacin, pobre en
conjunto, esperaba del nuevo poder que arremetiera contra los infieles que pertur-
baban el comercio del mar Rojo.
	Slo permanecimos dos das en Yida, el tiempo justo para entrar en contacto
con una caravana que se diriga a La Meca. A medio camino entre ambas ciudades,
me despoj de mis ropas para vestir eh ihram de los penitentes, dos largas bandas de
tela blanca sin costura, una atada a la cintura y la otra por los hombros. Mi labios
repetan sin cesar eh grito de los peregrinos: Labaika Allahuma! Labaika Allahu-
ma! Seor, heme aqu! Buscaba con la mirada La Meca en el horizonte, pero no
divis la ciudad santa hasta que hubo transcurrido otro da de camino, y slo al lle-
gar ante sus muros. Pues la ciudad natal del Profeta, paz y salvacin para l!, est
	situada en el fondo de un valle, rodeada de montes que le preservan de has miradas.
	  Entr en ella por Bab-eh-Omrah, la ms frecuentada de sus puertas. Las calles
	me parecieron muy estrechas y las casas muy juntas pero mejor construidas y ms
	acomodadas que has de Yida. Los zocos rebosaban fruta fresca a pesar de lo rido
	de los alrededores.
	  Segn avanzaba, me senta transportado a un universo de ensueo: aquella ciu-
	dad, construida sobre aquellas tierras yermas, pareca no haber tenido nunca mas
	destino que eh recogimiento; en eh centro, la Noble Mezquita, morada de Abraham.
	Y, en eh corazn de la mezquita, ha Kaaba, imponente edificio alrededor del cual
	senta deseos de dar vueltas hasta caer rendido, y cada una de cuyas esquinas tiene
	un nombre: Anguho de Irak, Anguho de Siria, Angulo del Yemen, Angulo Negro, el
	ms venerado, eh que mira al este. En ste est empotrada ha Piedra Negra. Me ha-
	ban enseado que, al tocarla, tocaba ha mano derecha el Creador. Normalmente se
	amontona tanta gente en torno a ella que es imposible contemplarla mucho rato.
	Pero ya haban pasado has grandes oleadas de peregrinos y pude acercarme cuanto
	quise a la Piedra y cubrirla de besos y lgrimas.
	  Cuando tuve que dejarle eh sitio a Nur, que me segua a distancia, fui a beber,
	bajo una bveda prxima a la Kaaba, el agua bendita de Zam-Zam. Luego, al fijar-
	me en que la puerta de ha Kaaba acababa de abrirse para algn visitante ilustre, me
	apresur a entrar para rezar una oracin. Estaba enlosada de mrmol blanco con ve-
	tas rojas y azules y los muros cubiertos cuan largos eran de cortinajes de seda negra.
	  Al da siguiente, volv a los mismos lugares y repet con fervor los mismos ritos;
	luego, me sent durante horas con la espalda apoyada en ha pared que rodeaba la
	mezquita, insensible a cuanto tena a mi alrededor. No intentaba pensar. Mi mente
	estaba abierta, con toda sencillez, al pensamiento de Dios como una flor al roco de
	la maana y me embargaba tal bienestar que cualquier palabra, cualquier gesto,
	cualquier mirada se tornaban balades. Me levantaba de mala gana al caer cada tar-
	de y volva con alegra cada maana.
	  Con frecuencia, durante mi meditacin, volvan a mi memoria algunos verscu-
	los, sobre todo los del sura de la vaca, que evocan profusamente la Kaaba: Hemos
	fundado la Santa Morada para que sirva de retiro y asilo a los hombres y hemos di-
	cho: tomad el lugar de Abraham como oratorio. Mis labios murmuraban has pala-
	bras del Altsimo, como en tiempos de la Gran Recitacin, sin balbuceos ni altera-
	ciones: Decid: Creemos en Dios y en lo que nos ha enviado desde eh Cielo a noso-
	tros, a Abraham y a Ismael, a Isaac, a Jacob, a las doce tribus; en los Libros dados a
	Moiss y a Jess, en los otorgados por eh Seor a los profetas; no hacemos diferen-
	cia entre ellos y somos musulmanes, sumisos a la voluntad de Dios.

 Salimos de La Meca al cabo de un mes que transcurri ms deprisa que una no-
che de amor. Mi mirada estaba an colmada de silencio y Nur alejaba de m el es-
	cndalo de los nios. Nos habamos dirigido hacia el norte para visitar en Medina la
tumba del Mensajero de Dios antes de ir a Tabuk, a Agaba y, por fin, a Gaza, donde
un mercader de Eh Sus nos ofreci llevamos en su barco, una carabela atraca-
	220	221
T
da en una ensenada al oeste de la ciudad. Haba coincidido con aquel hombre du-
rante la ltima etapa del viaje y con frecuencia cabalgbamos juntos. Se llamaba
Abbad. Era de mi edad, de mi estatura, tena la misma aficin que yo a los negocios
y a los viajes, pero lo que en m era angustia, en l slo eran orondas curvas. Cierto
es que haba ledo pocos libros y conservaba intactas determinadas ignorancias que
yo haba perdido demasiado pronto.
	Estbamos ya en alta mar cuando Nur me pregunt por primera vez:
	-Dnde vamos?
	La respuesta hubiera debido ser evidente tanto para ella como para m. Acaso
no tena yo en Tnez un hogar donde me esperaban mi madre y mi hija mayor? Per-
manec, sin embargo, silencioso, mostrando una enigmtica sonrisa. Mi circasiana
insisti:
	-Qu he has dicho a tu amigo?
	-Su barco va a cruzar todo el Mediterrneo antes de seguir, pasado Tnger, la
costa atlntica. Podemos desembarcar donde queramos.
	En vez de desvelar su preocupacin, Nur puso voz cantarina:
-Ni en Egipto, ni en Siria, ni en Canda...
Me hizo gracia el juego y segu:
	-Ni en el reino de Fez, ni en El Sus...
-Ni en Bursa, ni en Cosntantinopla...
	-Ni en Argel...
	-Ni en Circasia...
	-Ni en Andaluca...
	Soltamos ambos una larga y fingida carcajada, espindonos con eh rabillo del ojo
para ver cul de los dos cedera antes a sus inconfesables nostalgias de desterrados.
Tuve que esperar otros diez das antes de ver cmo unas lgrimas, negras de polvo y
de galena, traicionaban los temores de Nur.
	Habamos hecho escala en Alejandra para reponer provisiones y, en el momen-
to en que nos disponamos a zarpar, un oficial de la guarnicin otomana subi a
bordo para una ltima inspeccin, cosa que, en si, no tena nada de particular. El
hombre no alimentaba, sin duda, ms sospechas que las exigidas por su cargo, pero
tena una forma de mirar fijamente los rostros que provocaban en todo el mundo la
impresin de haber cometido una falta, de ser un fugitivo al que han reconocido.
	De repente, el hijo de Nur escap de las manos de Jadra que lo sujetaba y corri
derecho hacia eh soldado.
-Bayaceto! -grit eh aya.
	Al ofr ese nombre, el otomano se inclin hacia el nio, lo alz en brazos y se pu-
so a darle vueltas, examinando de forma insistente su cabello, sus manos, su cuello.
	-Cmo te llamas? -le pregunt.
	-Baceto.
	-De quin eres hijo?
	-Desdichada, qu te haba dicho yo! -grit en mi fuero interno. Dos veces ha-
ba sorprendido a Nur ensendole a su hijo que era Bayaceto, hijo de Aladino el


222
Otomano, y se lo haba reprochado con vehemencia, explicndole que un nio de su
edad poda venderse. Sin quitarme la razn, haba contestado que eh nio tena que
conocer su identidad y prepararse para asumir su destino, que tema desaparecer un
da sin haberle transmitido su secreto. En aquel instante, temblaba y tena sudores, y
yo tambin.
	-Hijo de Aladino -contest Bayaceto.
	Al mismo tiempo, sealaba con dedo vacilante hacia el lugar en que estaba sen-
tado yo. Me levant ante aquel gesto y me dirig hacia eh oficial con amplia sonrisa y
la mano tendida.
	-Me llamo Aladino Hasan Ibn-al-Wazzan, negociante de Fez y oriundo de
Granada, quiera Dios que la espada de los otomanos nos la devuelva.
	Vergonzoso, Bayaceto se ech en mis brazos y escondi la cara en mi hombro.
El oficial lo solt diciendo:
	-Guapo nio! Se llama como eh mio mayor! Siete meses hace que no lo veo.
	Le tembl el bigote. Su mirada ya no era en absoluto terrorfica. Se volvi y em-
pez a bajar por la pasarela indicndole a Abbad con una sea que poda partir.
	En cuanto nos separamos media milla del muelle, Nur se meti en nuestra cabi-
na para derramar todas las lgrimas que haba contenido hasta aquel momento.
1
	Fue en Gelves, un mes despus, donde tuvo Nur su segundo susto. Pero esa vez
no la vi llorar.
	Nos habamos parado a pasar la noche y no me haba disgustado dejar un rato ha
cabeceante cubierta para caminar con Abbad por tierra firme. Tena adems curiosi-
dad por conocer esta isla cuya vida placentera me haban alabado con frecuencia.
Perteneci muchos aos a los reyes de Tnez pero sus habitantes decidieron a fines
del siglo pasado proclamar su independencia y destruir el puente que los una al
continente. Tenan suficiente para cubrir sus necesidades exportando aceite, lana y
pasas, pero pronto estall una guerra civil entre los diferentes chanes y una serie de
crmenes ensangrent la isla. Poco a poco, toda autoridad se haba perdido en ella.
	Lo que no impeda ni poco ni mucho a Abbad hacer escala all con la mayor fre-
cuencia posible.
	-El caos casa tan bien con la alegra de vivir!, comentaba.
	Conoca una taberna de marineros muy agradable.
	-Sirven los pescados ms gordos de la costa y los mejores vinos.
	Yo no tena intencin alguna de hartarme y menos an de emborracharme vol-
viendo de una peregrinacin. Pero, tras largas semanas en eh mar, se impona una
fiestecita.
	Acabbamos de entrar y an estbamos buscando con la vista la esquina vaca
de una mesa cuando un retazo de frase me hizo sobresaltarme. Prest odos. Un ma-
rinero estaba contando que haba visto expuesta en una paza pblica de Orn ha ca-
beza cortada de Aruy Barbarroja, muerto por los castellanos que paseaban su maca-
bro trofeo de puerto a puerto.
	Cuando nos hubimos instalado, me puse a contarle a Abbad mis recuerdos del


223
corsario, la visita que hice a su campamento, ha embajada que realic en su nombre
en Constantinopla. De repente, mi compaero me hizo seas de que bajara ha voz.
	-Hay detrs de ti dos marineros sicilianos -me cuchiche-, uno joven y otro
viejo, que te estn escuchando con inters algo excesivo.
	Me volv con disimulo. La pinta de nuestros vecinos no resultaba nada tranquili-
zadora. Cambiamos, pues, de conversacin y nos sentimos aliviados al ver cmo se
iban.
	Una hora despus nos fuimos tambin nosotros, contentos y ahtos, alegrndo-
nos de poder caminar por ha playa, por ha arena mojada, bajo una resplandeciente
luna.
	Acabbamos de pasar delante de unas cabaas de pescadores cuando, de repen-
te, unas cuantas sombras sospechosas se alargaron ante nosotros. En un abrir y ce-
rrar de ojos, nos rodearon unos diez hombres armados con espadas y puales entre
los que no me cost reconocer a nuestros dos vecinos de mesa. Uno de ellos profiri
algunas intexjecciones en mal rabe; entend, sin embargo, que no debamos hablar
ni movernos si no queramos que nos atravesaran con las armas. Al momento si-
guiente, nos arrojaron al suelo.
	La ltima imagen que recuerdo es ha del puo que cay, ante mi vista, sobre la
nuca de Abbad. Luego me suni en una prolongada oscuridad atormentada, asfi-
xiante, semejante a un naufragio.
	Habra podido acaso adivinar que as estaba empezando eh ms extraordinario
de mis viajes?

Y
































224
4.	El libro de Roma
	No vea ni tierra ni mar ni sol ni el fin del viaje. Tena ha lengua salobre, ha cabe-
za llena de nuseas, brumas y dolores. La cala a ha que me haban arrojado olla a ra-
ta muerta, a vagras enmohecidas, a los cuerpos de los cautivos que, antes que yo,
haban permanecido en ella.
	As que era esclavo, hijo mo, y mi sangre se avergonzaba. A mi, cuyos antepasa-
dos haban hollado como conquistadores el suelo de Europa, iban a venderme a
algn prncipe, a algn rico mercader de Palermo, de Npoles, de Ragusa o, peor
an, a algn castellano que me hara apurar continuamente toda mi humillacin de
Granada.
	Junto a m, cargado con las mismas cadenas, con las mismas bolas de hierro, es-
taba echado Abbad el Sus, en el polvo, como el ms vil de los servidores. Lo con-
templ, espejo de mi propia cada. Ayer an, hablaba con voz de trueno en eh puen-
te de su carabela, repartiendo risas y patadas, y el mar todo no era lo bastante ancho
para l ni has olas lo bastante encrespadas.
	Suspir ruidosamente. Mi compaero de infortunio, al que yo crea dormido,
contest, sin abrir siquiera los ojos:
	-A lhamdulillah! Alhamdulillah! Demos gracias a Dios por todos Sus fa-
vores!
	No pensaba yo que fuera momento de blasfemar. Me limit, pues, a decir:
	-Dmoshe gracias a todas horas. Pero, por qu querras darle gracias en esta
concreta circunstancia?
	-Por haberme dispensado de remar con esos desdichados galeotes cuya geme-
bunda respiracin estoy oyendo. Le doy gracias tambin por haberme conservado la
vida y haberme puesto en buena compaa. No son stas tres razones evidentes pa-
ra decir Alhamdulillah?
	Se incorpor.
	-Nunca le pido a Dios que me libre de las calamidades; slo que me libre de la
desesperacin. Ten confianza: cuando eh Altsimo te suelta con una mano, te recoge
con la otra.
	Abbad tena razn, hijo mio, ms razn de la que pensaba. No haba dejado en
La Meca la mano derecha de Dios? En Roma iba a vivir en la palma de su mano ir-
quierda!


227
El ao de Sant'Angelo
925 de la hgira
(3 de enero de 1519-22 de diciembre de 1519)







	Mi raptor gozaba de fama y de piadosos temores. Pietro Bavadiglia, venerable
pirata siciliano, sexagenario ya, mltiples veces asesino y temeroso de entregar eh al-
ma de rapia, haba sentido la necesidad de reparar sus crmenes con una ofrenda a
Dios. O ms bien con un regalo a Su representante en esta orilla del Mediterrneo.
El dcimo Len, soberano y pontfice de Roma, comendador de la cristiandad.
	El regalo del papa era yo, pomposamente presentado el domingo 14 de febrero,
con ocasin de la festividad de San Valentn. Me haban avisado de ello la vspera y
haba permanecido hasta el alba, con la espalda apoyada en el muro de mi celda, in-
capaz de conciliar el sueo, escuchando los ruidos habituales de la ciudad, la risa de
un guardia, ha cada de un objeto cualquiera en el Tber, el llanto de un recin naci-
do, agigantados en el oscuro silencio. Padeca con frecuencia insomnios desde mi
llegada a Roma y haba acabado por averiguar qu era lo que haca las horas tan
agobiantes: ms que la privacin de libertad, ms que la ausencia de mi mujer, era la
ausencia del almuecn. Nunca haba vivido antes de esta forma, semana tras semana,
en una ciudad en la que no se eleva ha llamada a la oracin que marca el paso del
tiempo, llena el espacio, tranquiliza a los hombres y muros.

	Deba de hacer un mes que estaba encerrado en el castillo. Tras la penosa trave-
sa e innumerables paradas, me haban desembarcado sin Abbad, en un muelle de
Npoles, la ms populosa de las ciudades italianas. Luego me haban conducido a
m solo hasta Roma, por tierra. No volv a ver a mi compaero hasta transcurridos
tres aos, en curiosas circunstancias.
	Segua encadenado, pero, con gran sorpresa por mi parte, Bovadiglia tuvo a bien
pedirme perdn por ello.
	-Estamos en territorio espaol. Si los soldados vieran a un moro sin cadenas,
arremeteran contra l.
	Eh tono respetuoso me hizo pensar que, en lo sucesivo, se me tratana con menos
rudeza. lmpresin confirmada desde el momento de mi llegada al castillo de Sant'
Angeho, imponente fortaleza cilndrica a la que me hicieron llegar por una rampa de
caracol. Me instalaron en una habitacin amueblada con una cama, una silla y un ar-
cn de madera, como si se tratara ms de una modesta hospedera que de una crcel,
si exceptuamos ha pesada puerta con los oportunos candados por ha parte de fuera.
	Diez das despus vino a yerme un instante. Al ver la obsequiosidad con que lo
reciban los guardianes, comprend que se trataba de un familiar del papa. Me salu-
d respetuosamente y se present. Era un florentino llamado Francesco Guicciardi-
ni, gobernador de Mdena y diplomtico al servicio de Su Santidad. A mi vez, he
expuse mi nombre y mis apellidos, mis ttuios y mis actividades de mayor realce, no
omitiendo embajada alguna por comprometida que resultara, desde Tombuct hasta
Constantinopla. Todo lo cual pareci complacerlo en gran manera. Nuestra conver-
sacin se desarroll en castellano, lengua que yo entenda bastante bien pero en ha
que me expresaba no sin dificultad. Fue, pues, menester hablar despacio y, al lamen-
tarme yo cortsmente de lo inoportuno de mi ignorancia, me respondi muy atento:
	-Yo tampoco s eh rabe, que se habla, sin embargo, en toda ha costa mediterr-
nea. Yo tambin debera presentaros mis excusas.
	Animado por su actitud, pronunci lo mejor que pude unas cuantas palabras en
italiano vulgar, es decir en toscano, y reimos juntos. Luego, le promet con tono de
amistoso desafo:
	-Antes de que acabe eh ao, hablar tu lengua. No tan bien como t, pero lo
bastante para hacerme entender.
	Se dio por enterado asintiendo con ha cabeza, mientras yo segua diciendo:
	-Existen, sin embargo, costumbres que tardar ms en adquirir. Sobre todo ha
que tienen los europeos de dirigirse a su interlocutor diciendo vos> como si se tra-
tara de varias personas o en femenino como si fuera una mujer ausente. En rabe se
le habla de t a todo el mundo, sea prncipe o servidor.
	El diplomtico hizo una pausa, no tanto, me pareci, para reflexionar como para
dar solemnidad a las palabras que iba a pronunciar a continuacin. Estaba sentado
en la nica silla de la habitacin con un gorro rojo que se le cea a ha cabeza y le
daba el aspecto de un conspirardor. Yo estaba sentado en eh arcn, a un paso de l.
Se inclin hacia m, apuntndome con una nariz predadora.
	-Mi seor Hasan, vuestra venida es importante, extremadamente importante.
No puedo deciros ms, pues es secreto del Santo Padre y slo l podr desvelroslo
cuando lo estime oportuno. Pero no creis que vuestra aventura se debe nicamente
al azar o al simple capricho de un corsano.
	Reflexion:
	-No quiero decir con ello que el bueno de Bovadiglia haya surcado los mares en
vuestra bsqueda. Nada menos cierto. Pero saba qu clase de moro haba que pre-
sentarle al Santo Padre: un viajero, un letrado. Ha dado, por aadidura, con un di-
plomtico. No esperbamos tanto.
	Deba acaso sentirme halagado por ser tan buena presa? Sea como fuere, no
manifest ni alegra ni desagrado. Me sent, ante todo, terriblemente intrigado y de-
cidido a enterarme de ms. Pero Guicciardini estaba ya ponindose en pie.
	Apenas acababa de salir cuando vino a mi celda un oficial de la guardia para
preguntarme si necesitaba algo. Ped, haciendo gala de atrevimiento, ropa limpia,
una mesita, una lmpara, recado de escribir, cosas todas que obtuve en el da. Esa
misma noche haban cambiado has comidas: en lugar de habas y lentejas, me dieron
carne y lasaa, con vino tinto de Trebbiato del que beb sin abusar.


	228	229
	No tard el florentino en hacerme llegar la noticia que esperaba: el papa iba a
recibirme de manos de Pietro Bovadiglia.
	El pirata y el diplomtico se presentaron juntos a la puerta de mi celda eh da de
San Valentn. El papa nos esperaba en ese mismo castillo, en la biblioteca. Rebosan-
te de fervor, Bovadiglia se arroj a sus plantas; Guicciardini lo ayud a incorporarse
y se limit, por su parte, a besarle la mano con deferencia, pero con brevedad. Me
acerqu, a mi vez. Len X permaneca inmvil en su silln, con su rostro lampio,
tan redondo y agradable, su hoyuelo en ha barbilla, sus labios carnosos, sobre todo el
inferior, sus ojos tranquilizadores e interrogantes a un tiempo, sus dedos tersos, pro-
pios de quien no ha trabajado nunca con has manos. Detrs de l, de pie, estaba un
sacerdote que result ser trujimn.
	El papa puso ambas manos abiertas en mi doblada espalda, seal de afecto o de
toma de posesin, lo ignoro, antes de dirigirle al pirata unas cuantas palabras de
agradecimiento. Yo segua de rodillas, postura en la que me mantena intencionada-
mente mi nuevo seor, que no me autoriz a incorporarme hasta que el florentino
hubo arrastrado fuera a mi raptor. Para ellos haba concluido la audiencia. Para m
acababa de empezar. En un rabe plagado de giros castellanos, el intrprete me
transmiti:
	-Un hombre de arte y sabidura es siempre bienvenido a Nuestro lado, no como
servidor sino como protegido. Cierto es que vuestra llegada a esta morada ha sido
ajena a vuestra voluntad y por medios que Nos no podemos aprobar. Pero el mundo
est hecho de tal forma que con frecuencia el vicio es el brazo de la virtud, que con
frecuencia los mejores actos se realizan por las peores razones, y los peores actos por
las mejores razones. As fue como Nuestro predecesor, el papa Julio, recurri a
la conquista para dotar a nuestra Santa Iglesia de un territorio donde se sintiese
......
	Se interrumpi al darse cuenta de que iba a referirse a un debate del que yo no
sabia ni palabra. Aprovech para atreverme a expresar una tmida opinin:
	-Para m, nada tiene esto de escandaloso. Los califas, sucesores del Profeta,
siempre mandaron ejrcitos y dirigieron Estados.
	Escuch la traduccin con inesperado inters. Y se apresur a preguntarme:
	-Siempre fue as?
	-Hasta el momento en que los suplantaron los sultanes. Entonces quedaron los
califas confinados en sus palacios.
	-Resultaba ello beneficioso?
	El papa pareca concederle gran importancia a mi opinin. Reflexion laboriosa-
mente antes de hablar.
	-No creo que lo fuera. Mientras los califas fueron soberanos, el islam irradiaba
cultura. La religin reinaba apaciblemente sobre los asuntos de este mundo. A partir
de entonces, ha fuerza es ha que reina y, frecuentemente, la fe no es ms que una es-
pada en manos del sultn.
	Mi interlocutor estaba tan satisfecho que puso por testigo a su traductor:
	-Siempre he pensado que mi glorioso predecesor estaba en lo cierto. Sin ejrci-
230
to propio, eh papa no sera ms que el capelln del rey ms poderoso. Nos vemos
obligados a veces a utilizar has mismas armas que nuestros adversarios, a aceptar los
mismos compromisos.
	Me apunt con eh ndice.
	-Eso que decs Nos reconforta. Bovadiglia tuvo buena mano. Estis dispuesto
a servirnos?
	Balbuce una frmula de asentimiento. Se dio por enterado no sin una mueca
algo irnica:
	-Aceptemos con resignacin los designios de la Providencia!
	Antes de proseguir, hablando cada vez ms deprisa, mientras el intrprete lo se-
gua a duras penas:
	-Nuestro consejero, eh seor Guicciardin os ha dicho algo acerca de ha impor-
tancia de lo que esperamos de vos. Os volveremos a hablar de ello cuando llegue el
momento. Sabed, por ahora, que habis llegado a esta ciudad bendita en eh momen-
to ms difcil de toda su historia. La destruccin amenaza a Roma. Maana, cuando
recorris esta ciudad, notaris de qu manera crece y se vuelve ms hermosa, como
si en la rama de un rbol viejo y majestuoso, pero seco, volvieran a brotar algunos
capullos, algunas hojas verdes, algunas flores resplandecientes de luz. Doquier, los
mejores pintores, los mejores escultores, escritores, msicos, artesanos, ejecutan las
obras maestras ms hermosas, bajo Nuestra proteccin. Apenas si acaba de comen-
zar ha primavera, pero ya se aproxima el invierno. Ya acecha ha muerte. Nos acecha
desde todos los puntos. Por qu flanco nos alcanzar ? Con qu espada nos gol-
pear? Slo Dios lo sabe, a menos que tenga a bien apartar de Nuestros labios tan
amargo cliz.
	-iDios es grande! -dije espontneamente.
	-Dios nos proteja de todos los sultanes! -apostill eh papa, con rostro sbita-
mente alegre.
	Aquel da no continu la entrevista. Len X prometi volver a convocarme. Al
volver a mi celda, descubr que haban dado nuevas directrices en lo que a m se re-
fera: ya no se cerrara mi puerta con candado antes de la noche y podra circular a
mi antojo por eh recinto del castillo.
	Cuando volv a ver al papa, una semana despus, me haba preparado un volu-
mimoso programa: a partir de ese momento, mi tiempo se distribuira entre el estu-
dio y ha enseanza. Un obispo iba a ensearme eh latn, otro, eh catecismo, un terce-
ro, eh evangelio as como la lengua hebrea; un sacerdote armenio me dara cada
maana una clase de turco. Por mi parte, tena que ensear eh rabe a siete alumnos.
Por este trabajo haba de recibir un salario de un ducado al mes. Antes de que yo
formuhara ha ms leve protesta, mi benefactor admiti, entre risas, que se trataba de
una forma refinada de trabajos forzados pero aadi que aquel programa reflejaba
su entusiasmo por mi. Le di las gracias y he promet hacer cuanto pudiera para no
desmerecer.
	A partir de entonces, me convoc una vez al mes, solo o con mis profesores,
para comprobar eh estado de mis conocimientos, sobre todo en catecismo. Pues en


231

1
su mente ya estaba decidida la fecha de mi bautismo as como eh nombre que iba a
llevar.

	Mi ao de cautividad transcurri, pues, sin dao para el cuerpo y con gran pro-
vecho para la mente. Notaba cmo, de da en da, iban aumentando mis conoci-
mientos no slo en las materias que estudiaba, sino tambin por eh contacto con mis
profesores, as como con mis alumnos, dos sacerdotes aragoneses, dos franceses, dos
venecianos, un alemn de Sajonia. Este fue el primero que mencion en mi presen-
cia ha querella cada da ms virulenta que enfrentaba a Len X con el fraile Lutero,
un acontecimiento que estaba amenazando ya con poner a toda Europa a sangre y
fuego y que iba a traer sobre Roma la ms odiosa de las calamidades.
	232	1
El ao de los herejes
926 de la hgira
(23 de diciembre de 1519-12 de diciembre de 1520>






	-Para qu sirve eh papa? Para qu sirven los cardenales? Qu Dios adoran
en esta ciudad de Roma, tan volcada en el lujo y los placeres?
	Esto deca mi alumno alemn, Hans, cuyo nombre religioso era hermano
Agustn, que me persegua hasta la antesala de Len X para convencerme de las
doctrinas del fraile Lutero, mientras yo lo conjuraba para que se caara si no quera
acabar sus das en la hoguera.
	Rubio, anguloso, brillante y obstinado, Hans, tras cada leccin, sacaba de su
bolsa un panfleto o un folleto cuya traduccin y comentario emprenda, acosndo-
me sin tregua para saber qu me pareca. Yo contestaba invariablemente lo mismo:
	-Me parezca lo que me parezca, no puedo traicionar a mi protector.
	Hans mostraba su desconsuelo, pero no se desanimaba y en la clase siguiente
volva a la carga.
	Pues se haba dado cuenta de que yo escuchaba sus palabras sin desagrado. Al
menos algunas que me traan a veces a ha memoria algn hadiz del profeta Mahoma,
Dios lo bendiga y lo salve. Acaso no recomienda Lutero retirar de los lugares de
culto todas has imgenes por estimar que son objetos de idolatra? Los ngeles no
penetran en una casa donde haya un perro o una representacin fingida, dijo el
Mensajero de Dios en un hadiz autntico. No afirma Lutero que la cristiandad no
es otra cosa que ha comunidad de los creyentes y no debe reducirse a una jerarqua
de la Iglesia? No asegura que ha Santa Escritura es eh nico fundamento de la Fe?
No ridiculiza el celibato de los sacerdotes? No ensea que ningn hombre puede
escapar a aquello a lo que le ha predestinado su Creador? Nada diferente ha dicho
el Profeta a los musulmanes.
	A pesar de tales coincidencias, me resultaba imposible seguir en esto has inclina-
ciones de mi razn. Entre Lutero y Len X haba comenzado un duelo feroz y yo no
poda dar mi aprobacin a un desconocido en contra del hombre que me haba am-
parado bajo su ala y que me trataba ya como si fuera mi progenitor.
No era yo ciertamente el nico a quien el papa deca hijo mo, pero a m me lo
deca de otro modo. Me haba dado sus dos nombres, Juan y Len, y tambin eh
apellido de su prestigiosa familia, los Mdicis, y todo ello con pompa y solemnidad
eh 6 de enero de 1520, un viernes, en la nueva basffica de San Pedro que an no es-
taba acabada. Rebosaba aquel da de cardenales, obispos, embajadores, as como de
numerosos protegidos de Len X, poetas, pintores, escultores, rutilantes de broca-
233
dos, de perlas y de pedreras. Incluso Rafael de Urbino, el divino Rafael, como lo
llamaban los admiradores de su arte, estaba presente y no pareca en absoluto debi-
litado por ha enfermedad que iba a llevrseho tres meses despus.
	El papa estaba triunfante, tocado con la tiara:
	-En este da de ha Epifana en el que celebramos eh bautismo de Cristo por Juan
eh Bautista y en el que celebramos tambin, siguiendo ha Tradicin, a los tres magos
venidos de Arabia para adorar a Nuestro Seor, qu mayor felicidad puede caber-
nos que acoger en el seno de Nuestra Santa Iglesia a un nuevo Rey Mago, que viene
desde los confines de Berbera para hacer su ofrenda en la Casa de Pedro?
	De hinojos frente al altar, envuelto en un largo manto de hana blanca, me senta
aturdido por el olor del incienso y agobiado por tantos honores inmerecidos. Ningu-
na de las personas all ignoraba que a aquel Rey Mago lo haba capturado, una
noche de verano, un pirata en una playa de Gelves y lo haba trado a Roma como
esclavo. Cuanto se estaba diciendo de m as como cuanto me estaba sucediendo
era tan insensato, tan desmesurado, tan grotesco! Estara siendo vctima de algn
mal sueo, de algn espejismo? No estara, como todos los viernes, en una mezqui-
ta de Fez, de Eh Cairo, de Tombuct, con la mente ofuscada por una larga noche de
vela? Sbitamente, en el corazn de mi duda, volvi a alzarse la voz del pontfice
que me apostrofaba:
	-Y t, Nuestro hijo bienamado, t, Juan Len, a quien ha Providencia ha desig-
nado entre todos los hombres...
	Juan Len! Yohannes Leo! Nunca me haba llamado as nadie de mi familia!
La ceremonia haba acabado haca mucho y yo segua dndole vueltas y ms vueltas
en ha cabeza, en la boca, a las letras y has silabas, tan pronto en latn como en italia-
no. Leo. Leone. Curiosa costumbre ha que tienen los hombres de darse de este
modo los nombres de las fieras que los asustan, pocas veces los de los animales que
les son fieles. A nadie he importa llamarse lobo, pero si perro. Llegara un da a ol-
vidar a Hasan y a mirarme en eh espejo dicindome a m mismo: Len, tienes oje-
ras? Para domesticar mi nuevo nombre, no tard en arabizarlo: Yohannes Leo se
convirti en Yuhaiina al-Asad. Tal es la firma que puede leerse al pie de has obras
que escrib en Roma y en Bolonia. Pero los habituales de la corte pontificia, algo
sorprendidos por el tardo nacimiento de un Mdicis de piel oscura y pelo crespo,
me adjudicaron en el acto eh sobrenombre de Africano, para diferenciarme de mi
santo padre adoptivo. Quiz tambin para evitar que me nombrara cardenal como a
la mayor parte de sus primos, a algunos de ellos desde los catorce aos.
	La noche del bautismo, el papa me mand llamar. Comenz por anunciarme
que era libre a partir de entonces, pero que poda seguir vviendo en el castillo en
tanto no encontrara alojamiento fuera de l, aadiendo que tena empeo en que
perseverara, con la misma asiduidad, en los estudios y en la enseanza. Luego
tom de una mesa un libro minsculo que me deposit como una hostia en la palma
de ha mano. Al abrirlo, descubr que estaba escrito en rabe.
	-Leed en voz alta, hijo mo!
	Obedec, pasando las hojas con infinitas precauciones:


234
	Libro de los rezos de has horas... acabado de imprimir el 12 de septiembre de
1514... en la ciudad de Fano bajo la gida de Su Santidad eh papa Len...!
	Mi protector me interrumpi con voz trmula y poco firme:
	-Este libro es el primero en lengua rabe que jams haya salido de una impren-
ta. Cuando volvis con los vuestros, llevadho con vos como una joya.
	En sus ojos vi que saba que un da me ira. Pareca tan emocionado que no pude
evitar el llanto. Se puso en pie. Me inclin para besarle la mano. Me estrech entre
sus brazos con fuerza como un verdadero padre. Por Dios, que en aquel momento
sent afecto por l a pesar de la ceremonia que acababa de imponerme. Que un
hombre tan poderoso, tan venerado por ha cristiandad en Europa y en otros lugares
pudiera emocionarse de tal forma al contemplar un minsculo libro en rabe salido
de los talleres de un impresor judo cualquiera era algo que me pareca digno de los
califas anteriores a ha decadencia, como ah-Maamn, hijo de Harn al-Rashid, que
eh Altsimo les conceda su misericordia a ambos!
	Cuando al da siguiente de esta entrevista sal por vez primera libre, con los bra-
zos sueltos, del recinto de mi crcel y cruc el puente de Sant' Angelo hacia el barrio
del Ponte, no guardaba ya de mi cautiverio ni amargura ni resentimiento. Algunas
semanas de pesadas cadencias, algunos meses de mitigada servidumbre y de nuevo
haba vuelto a ser un viajero, una criatura migratoria, igual que en todos los pases
donde haba vivido y conseguido durante un tiempo placeres y honores. Cuntas
calles, cuntos monumentos, cuntos hombres y mujeres estaba sediento por descu-
brir, yo que durante un ao no haba conocido de Roma ms que la silueta cilndrica
del castillo de Sant' Angelo y eh interminable corredor que lo une al Vaticano!

	Fue sin duda un error que eh inefable Hans me acompaara en mi primera visita.
Fui primero derecho haca ha calle de los Antiguos Bancos antes de meterme, a la iz-
quierda, en la clebre calle del Pellegrino, para admirar all los escaparates de los or-
febres y los puestos de los mercaderes de seda. Me habra quedado all horas, pero
mi alemn se impacientaba. Acab por tirarme de la manga como un nio ham-
briento. Violent mis impulsos e incluso ped disculpas por mi frivolidad. No haba
acaso tantas iglesias, tantos palacios, tantos monumentos que admirar a nuestro al-
rededor? O quiz quera conducirme hacia la plaza Navona, muy prxima, donde,
a lo que decan, el espectculo era continuo en cualquier estacin, cuando menos el
de los saltimbanquis?
	Hans no pensaba en nada de eso. Me arrastr por estrechas callejuelas por las
que era imposible transitar sin pasar por encima de montones de inmundicias. Lue-
go, en eh lugar ms oscuro, en el ms hediondo, se par en seco. Nos rodeaban unos
mirones mugrientos y esquelticos. Desde una ventana, nos llam una mujer para
que nos reuniramos con ella a cambio de unos cuantos quatrinL Me encontraba
mu y incmodo pero Hans no se mova. Le lanc una mirada furibunda y tuvo a bien
explicarse:
	-Quera que tuvieras continuamente presente este espectculo de miseria cuan-
do vieras vivir a los prncipes de la Iglesia, a todos esos cardenales que poseen tres


235

1
palacios cada uno en los que rivalizan en suntuosidad y desenfreno, en los que orga-
nizan festn tras festn, con doce platos de pescado, ocho ensaladas, cinco clases de
dulces. Y el mismo papa? Has visto con qu orgullo exhibe el elefante que he re-
gal eh rey de Portugal? Lo has visto arrojarles monedas de oro a sus bufones? Lo
has visto de cacera, en su finca de la Maghiana, con has botas altas de cuero, persi-
guiendo a caballo un oso o un jabal, rodeado de sus sesenta y ocho perros? Has
visto sus halcones y arreos importados a precio de oro de Canda y de Armenia?
	Comprenda su emocin, pero sus procedimientos me exasperaban.
	-Ms vale que me ensees los monumentos de la antigua Roma de que hablan
Cicern y Tito Livio!
	Mi joven amigo puso expresin de triunfo. Sin decir nada, ech de nuevo a an-
dar con paso tan firme que apenas poda seguirlo. Cuando se decidi a pararse, me-
da hora despus, habamos dejado a nuestras espaldas, a gran distancia, las ltimas
calles habitadas. Estbamos en medio de un gran pramo.
	-Aqu estaba eh Foro romano, el corazn de la antigua ciudad, rodeado por po-
pulosos barrios; hoy lo llaman eh Campo de has Vacas! Ves ante nosotros el monte
Palatino y all, hacia el este, eh monte Esquilmo, detrs del Coliseo? Hace siglos
que estn vacos! Roma no es ya ms que un poblachn plantado en eh sitio de una
majestuosa ciudad! Sabes qu poblacin tiene hoy en da? Ocho mil hogares, nue-
ve mil como mucho.
	Era mucho menos que en Fez, Tnez o Tremecn.
	Al volver hacia eh castillo, not que eh sol estaba an alto en el cielo, y me pare-
ci, por tanto, oportuno sugerirle a mi acompaante que furamos a dar una vuelta
hacia San Pedro, pasando por el hermoso barrio del Borgo. Acabbamos de llegar
ante la baslica cuando Hans se lanz de nuevo a una enloquecida diatriba:
	-Sabes cmo quiere acabar el papa ha construccin de esta iglesia? Quitndo-
les eh dinero a los alemanes.
	Ya se estaban arremolinando a nuestro alrededor algunos transentes.
	-Ya he visitado bastantes monumentos por hoy! -le supliqu-. Volveremos
otro da.
	Y sin esperar ni un instante corr a refugiarme en la paz de mi antigua crcel, ju-
rndome no volver nunca ms a pasearme por Roma con un gua luterano.
	En mi siguiente visita, tuve la suerte de tener por acompaante a Guicciardim
que acababa de regresar de una prolongada estancia en Mdena. Lo hice partcipe
de mi honda decepcin, sobre todo tras mi visita al Campo de las Vacas. No se mos-
tr muy impresionado.
	-Roma es una ciudad eterna, pero con ausencias -constat con sabia resigna-
cin.
	Antes de proseguir:
	-Es una ciudad santa, pero con impiedades; una ciudad ociosa, pero que cada
da le da al mundo una obra de arte.
	Era un goce para la mente caminar al hado de Guicciardini, escuchar sus impre-
siones, sus comentarios, sus confidencias. Existan, sin embargo, algunos desagrada-
236
bles inconvenientes: por ejemplo, para ir del castillo de Sant' Angelo al nuevo pala-
cio del cardenal Famesio, situado a menos de una milla, tardamos cerca de dos ho-
ras, tanta era la notoriedad de mi acompaante. Si algunos personajes le saludaban
al pasar, otros ponan pie a tierra para iniciar con l un largo aparte. Una vez libre,
eh florentino vena hacia m con unas palabras de disculpa: Es un compatriota que
acaba de instalarse en Roma, o Es un datario muy influyente, Es el maestre de
postas del rey de Francia, e incluso, por dos veces, Es eh bastardo del cardenal
Zutano.
	Yo no haba manifestado sorpresa alguna. Hans me haba explicado ya que en la
capital de los papas, rebosante, sin embargo, de frailes, de monjas, de peregrinos de
todos los pases, las amantes de los prncipes de la Iglesia posean palacios y servi-
dores, que su progenitura estaba destinada a los ms altos cargos, que los sacerdotes
de menor rango tenan sus concubinas o sus cortesanas, con las que se exhiban sin
verguenza por ha calle.
	-El escndalo est menos en la lujuria que en el lujo -dijo Guicciardim, como
si hubiera ido siguiendo paso a paso el hilo de mis pensamientos.
	Segua diciendo:
	-El tren de vida de los prelados de Roma cuesta sumas considerables y en esta
ciudad de clrigos no se produce nada! Todo se compra en Florencia, en Venecia,
en Miln y en otras ciudades. Para financiar has locuras de esta ciudad, los papas se
han puesto a vender las dignidades eclesisticas: a diez mil, a veinte mil, a treinta
mil ducados el cardenal. Aqu todo se vende, hasta eh cargo de camarlengo! Y
como segua sin alcanzar, se han puesto a venderles indulgencias a los desdichados
de los alemanes! Si pagis, se os perdonan los pecados! En resumen, lo que eh San-
to Padre intenta vender es eh paraso. As ha empezado la disputa con Lutero.
	-As que ese fraile tena razn.
	-En un sentido, si. Slo que no puedo dejar de pensar que eh dinero recogido
por tan dudoso procedimiento debe servir para concluir la baslica de San Pedro y
que una parte de l se dedica no a comilonas, sino a has ms nobles creaciones hu-
manas. Cientos de escritores, de artistas estn ejecutando en Roma obras maestras
ante las cuales palideceran de envidia los antiguos. Est renaciendo un mundo con
una mirada nueva, una ambicin nueva, una belleza nueva. Est renaciendo aqu,
ahora, en esta Roma corrompida, venal e impa, con eh dinero de los alemanes. No
es ste acaso un despilfarro de gran utilidad?
	Yo no saba ya qu pensar. Se me enredaban de tal forma en la mente Bien y
Mal, verdad y mentira, belleza y podredumbre! Pero quiz consista en esto la
Roma de Len X, la Roma de Len el Aicano. Repet en voz alta las frmulas de
Guicciardini, para grabrmelas en la memona:
	-Ciudad ociosa... ciudad santa... ciudad eterna...
	Me interrumpi con voz sbitamente agobiada:
	-Ciudad maldita tambin.
	Mientras lo miraba, esperando una explicacin, se sac un papel arrugado del
bolsillo.
	-Acabo de copiar estas lneas que ha escrito Lutero a nuestro papa.
1
237
Ley a media voz:
	-<Oh, t, Len, eh ms infortunado de todos, ests sentado en el ms peligroso
de los tronos. Roma fue antao una puerta del Cielo, ahora es la boca abierta del
Infierno.>
El ao de la conversa
927 de la hgra
(13 de dicembre de 1520-30 de noviembre de 1521)
	El 6 de abril de aquel ao fue un sbado dichoso! Eh papa, sin embargo, estaba
encolerizado. Gritaba tanto que permanec mucho rato inmvil en ha antecmara,
protegido de sus voces por las pesadas hojas cinceladas de ha puerta. Pero el suizo
que me acompaaba tena rdenes. Abri, sin llamar, la puerta del despacho, me
hizo entrar casi a empujones y la cerr de golpe a mis espaldas.
	Al yerme, el papa dej de gritar. Pero sigui con el ceo fruncido y el labio infe-
nor le temblaba an. Con los tersos dedos, con los que estaba tamborileando enci-
ma de ha mesa, me indic que me acercara. Me inclin sobre su mano, y luego sobre
ha del personaje que estaba de pie a su derecha.
	-Len, conocis a Nuestro primo, eh cardenal Julio?
	-Cmo habra podido vivir en Roma sin conocerlo?
	No era ha respuesta ms adecuada en aquellas circunstancias. Julio de Mdicis
era sin lugar a dudas el ms esplendoroso prncipe de la Iglesia y eh hombre de con-
fianza del papa. Pero ste le reprochaba desde haca algn tiempo sus escndalos, su
gusto por la ostentacin, sus turbulentos amores que lo haban convertido en el
blanco~favorito de los luteranos. Guicciardini, en cambio, me haba hablado bien de
l: Julio posee todas las cualidades del perfecto gentilhombre, mecenas, tolerante y
agradable compaero. Por qu demonios estarn empeados en convertirlo en
hombre de iglesia?
	Con capa y birrete rojos y un flequillo moreno cayndole sobre la frente, eh pri-
mo del papa pareca sumido en penosa meditacion.
	-Eh cardenal tiene que hablaros, hijo mo. Acomodaos los dos en aquellos
asientos de all. Yo tengo correspondencia que leer.
	No creo equivocarme al afirmar que, aquel da, el papa no perdi ni palabra de
nuestra conversacin, pues no pas ni una hoja del texto que tena entre has manos.
	Julio pareci violento y buscaba en mi mirada algn destello de complicidad.
Carraspe discretamente.
	-Acaba de entrar a mi servicio una joven. Virtuosa y bella. E inteligente. El
Santo Padre desea que os la presente y que la tomis por esposa. Se llama Madda-
lena.
	Tras pronunciar estas palabras, que era evidente que le resultaban penosas, paso
a otros temas, me hizo preguntas acerca de mi pasado, de mis viajes, de mi vida en
Roma. Descubr en l el mismo anhelo por conocer cosas que en su primo,
238
239
1
el mismo deleite al escuchar los nombres de Tombuct, de Fez y de El Cairo, el mis-
mo respeto por las cosas del espiritu. Me hizo jurar que un da pondra por escrito el
relato de mis viajes, prometindome ser mi ms ferviente lector.
	Eh extremo agrado de tal conversacin no disminuy, sin embargo, en nada mi
profunda suspicacia hacia la propuesta que se me haba hecho. Si he de decir has co-
sas tal y como has pens, no senta deseo alguno de yerme de esposo tardo de algu-
na adolescente cuya avanzada preez dara que hablar a toda la ciudad de Roma.
Me resultaba dificil, sin embargo, decir que no sin ms al papa y a su primo. Formu-
l, pues, mi respuesta con palabras lo bastante tortuosas para que mis sentimientos
se traslucieran.
	-Me remito a Su Santidad y a Su Eminencia, que saben mejor que yo lo que
conviene a mi cuerpo y a mi alma.
	La risa del papa me hizo sobresaltarme. Dejando de hado su correspondencia, se
haba vuelto por completo hacia nosotros.
	-Len ir a ver a esa muchacha hoy mismo, despus de la misa de rquiem.

	Aquel da, en efecto, iba a commemorarse en la Capilla Sixtina el primer aniver-
sario de la muerte de Rafael de Urbino, ms querido para Len que ningn otro de
sus protegidos. Lo recordaba a menudo, con emocin no fingida, hacindome la-
mentar eh haberlo conocido tan poco.
	Debido a mi larga reclusin, no haba visto a Rafael ms que dos veces: ha pri-
mera, rpida, en un pasillo del Vaticano. La segunda en mi bautizo. Tras la ceremo-
nia, haba acudido, como tantos otros, a presentarle sus parabienes al papa, que lo
haba instalado a mi hado. Arda en deseos de hacerme una pregunta:
	-Es cierto que en vuestro pas no existen pintores ni escultores?
	-Hay a veces personas que pintan o esculpen, pero se condena toda representa-
cin figurativa. Se ha considera como un desafio al Creador.
	-Pensar de nuestro arte que puede rivalizar con la Creacin es honrarlo en de-
masia.
	Haba hecho una mueca asombrado y algo condescendiente. Yo me haba senti-
do en ha obligacin de replicar:
	-Acaso no es cierto que Miguel Angel, tras haber esculpido a Moiss, he orde-
n que anduviera o que hablara?
	Rafael sonri, malicioso.
	-Eso han dicho.
	-Eso es lo que intenta evitar ha gente de mi pas. Que un hombre ambicione po-
nerse en el lugar del Creador.
	-Acaso eh prncipe que decide ha vida y la muerte no se pone en el lugar de
Dios de forma mucho ms impa que el pintor? Y eh amo que posee esclavos, que
los vende y los compra?
	El pintor haba elevado el tono. Me esforc por calmarlo:
	-Me gustara visitar un da vuestro taller.
	-Si decidiera hacer vuestro retrato, sera algo impo?
	-En modo alguno. Para m sera como si el ms elocuente de los poetas me eho-
giara al escribir.
	No se me haba ocurrido mejor comparacin. La dio por buena.
	-Perfectamente. Venid a yerme cuando queris.
	Me haba prometido hacerlo, pero la muerte haba sido ms rpida. De Rafael
slo me quedaron algunas palabras, una mueca, una sonrisa, una promesa. Era de-
'ber mio evocaras en aquel da dedicado al recuerdo. Pero muy pronto, antes ya del
final de la ceremonia, mis pensamientos se orientaron hacia Maddalena.
	Intentaba imaginarla, su cabello, su voz, su estatura; me preguntaba en qu len-
gua iba a hablarle, con qu palabras empezara. Intentaba tambin adivinar lo que
Len X y su primo podan haberse dicho antes de convocarme. El papa se haba en-
terado sin duda de que eh cardenal acababa de aadir a su numeroso squito una
mujer joven y bella y, temiendo un nuevo escndalo, le haba ordenado que se des-
hiciera de ella rpida y dignamente: de ese modo, nadie podra afirmar que el car-
denal Julio tena miras culpables respecto a esa muchacha; su nico cuidado era dar
con una mujer para su primo Len el Africano!
	Un sacerdote que conoca y al que vi al salir de la capilla, me proporcion otros
elementos que vinieron a confirmar mis suposiciones: Maddalena haba vivido du-
rante mucho tiempo en un convento. Durante una visita, el cardenal se haba fijado
en ella y, en eh momento de marchar, al final del da, se la haba trado, sencillamen-
te, en el equipaje. Eh procedimiento haba escandalizado y ha queja haba llegado a
odos de Len X, que haba reaccionado en el acto como jefe de ha Iglesia y como
jefe de los Mdicis.
	Crea yo conocer de este modo lo esencial de la verdad, pero slo estaba en po-
sesin de una delgada cscara de ha misma.

	-Es cierto que eres de Granada como yo? Y un converso, como yo?
	Haba confiado demasiado en mis esfuerzos y en mi serenidad. Cuando penetr
con paso lento en el saloncito recoleto donde me haba hecho sentar el cardenal,
perd en eh acto todo deseo de hacerle preguntas, por temor a que una palabra suya
me obhigara a alejarme. Para mi, a partir de aquel momento, la verdad acerca de
Maddalena era Maddalena. No tena ya ms que un solo deseo, eh de estar ya siem-
pre contemplando sus gestos y sus colores. Les sacaba a todas has mujeres de Roma
la ventaja de la languidez. Languidez al andar, en la voz, en ha mirada tambin, a un
tiempo conquistadora y resignada al sufrimiento. Su cabello era de ese negro pro-
fundo que slo Andaluca sabe destilar con una alquimia de sombra fresca y tierra
tostada. En tanto se converta en mi mujer, era ya mi hermana, su respiracin me re-
sultaba familiar.
	Incluso antes de sentarme, empez a contarme su historia, toda su historia. Las
preguntas que yo haba renunciado a hacerle haba decidido contestarlas ella. Su
abuelo perteneci a ha rama arruinada y olvidada de una gran familia juda, los
Abrabanel. Modesto herrero en el arrabal de Nayd, al sur de mi ciudad natal, no
haba cado en la cuenta del peligro que amenazaba a los suyos hasta que se promul-
	240	241
g el edicto de expulsin. Emigr entonces hacia Tetun con sus seis hijos y vivi al
filo de la miseria, sin ms alegra en la vida que ver cmo iban adquiriendo sus hijos
algn saber y cmo crecan en belleza sus hijas. Una de ellas se convertira en la ma-
dre de la conversa.
	-Mis padres haban decidido venir a instalarse en Ferrara -me explic-,
donde les haba ido bien a unos primos. Pero en el navo en que embarcamos
se declar la peste, diezmando a ha tripulacin y a los pasajeros. Al atracar en
Pisa, me encontr sola. Mi padre, mi madre y mi hermano eh pequeo haban
perecido. Tena ocho aos. Me recogi una monja anciana. Me llev consigo a
un convento del que era abadesa y se apresur a disponer que me bautizaran
dndome eh nombre de Maddalena; mi padre me haba llamado Judith. A pe-
sar de la tristeza por haber perdido a mis seres ms queridos, me guardaba muy
mucho de maldecir mi suerte, puesto que no pasaba hambre, estaba aprendien-
do a leer y no reciba ningn latigazo que no tuviera su razn de ser. Hasta el
da en que muri mi bienhechora. La sustituy la hija natural de un grande de
Espaa que haban encerrado all para que expiara los pecados de los suyos y
para quien aquel hermoso convento no era ms que un purgatorio para s y pa-
ra las dems. Reinaba en l, sin embargo, como duea y seora, repartiendo
favores y desgracias. Reserv para m lo peor de su corazn. Yo haba sido du-
rante siete aos una cristiana cada vez ms ferviente. Para ella, sin embargo,
slo era una conversa de sangre impura cuya sola presencia iba a hacer caer so-
bre el convento las peores maldiciones. Y, bajo el chaparrn de vejaciones que,
injustamente, caa sobre m me sent volver a mi fe primitiva. La carne de cerdo
que coma empez a darme nuseas y de noche me angustiaba. Empec a tra-
mar planes para escaparme. Pero ha nica tentativa que hice acab de forma la-
mentable. Nunca he corrido mucho y menos con hbitos de monja. El jardine-
ro me alcanz y me llev de nuevo al convento retorcindome eh brazo como a
una ladrona de gallinas. Me arrojaron entonces a un calabozo donde me azo-
taron hasta hacerme sangrar.
	Haba conservado algunas huellas de ese trato que, sin embargo, no mermaba en
nada su belleza ni la suave perfeccin de su cuerpo.
	-Cuando me dejaron salir, al cabo de dos semanas, haba decidido cambiar de
actitud. Hice gala de un profundo remordimiento y me mostr devota, obediente,
insensible a la humillacin. Esperaba mi hora. Esta lleg con la visita del cardenal
Julio. La superiora no tena ms remedio que recibirlo con todos los honores, aun-
que de haber estado en su mano, lo hubiera enviado a la hoguera. Nos hacia rezar a
veces por el arrepentimiento de los prncipes de la Iglesia y no ahorraba crticas
contra la vida disoluta de los Mdicis, no en pblico sino delante de ciertas mon-
jas allegadas suyas que no tardaban en contarlo. Fueron sin duda los vicios de que lo
acusaban los que me hicieron poner mis esperanzas en este cardenal.
	Le di la razn:
	-La virtud se vuelve morbosa si no la atemperan algunas infracciones y ha fe se
vuelve fcilmente cruel cuando no la mitigan algunas dudas.
	Maddalena me toc levemente el hombro para mostrarme su confianza antes
de continuar con su relato:
	-Cuando lleg el prelado, acudimos todas en fila para besarle ha mano. Esper
con impaciencia que me llegara la vez. Tena listo mi plan. Los dedos del cardenal,
adornados con dos anillos, se tendan de forma principesca hacia m. Los tom, los
oprim con algo ms de fuerza de lo necesario y tard dos segundos ms de lo preci-
so para que pudiera contemplarme el rostro. Preciso confesarme con vos. Lo dije
en voz alta para que la peticin fuera oficial y la oyera todo el squito del cardenal
as como la superiora. Esta adopt un tono dulzn: Apartaos, hija ma, estis im-
portunando a Su Eminencia y vuestras hermanas esperan. Hubo un instante de va-
cilacin. Iba a encontrarme para siempre en el calabozo de la venganza? Iba a po-
der aferrarme a las manos de un salvador? Dej de respirar, mis ojos suplicaban.
Luego vino la sentencia: Esperadme aqu! Voy a confesaros! Me corrieron las
lgrimas desvelando mi felicidad. Pero cuando me arrodill en el confesionario, te-
nia de nuevo la voz firme para pronunciar sin equivocarme las palabras que haba
ensayado mil veces. Eh cardenal escuch en silencio mi largo grito de desesperacin,
limitndose a mover la cabeza para animarme a continuar. Hija ma, me dijo cuan-
do call, no creo que ha vida del convento est hecha para vos. Era libre.
	Al recordarlo, le corran otra vez las lgrimas. Puse mi mano sobre ha suya, la
apret con afecto y luego ha retir cuando volvi a tomar el hilo de su historia.
	-El cardenal me trajo consigo a Roma. Esto fue hace un mes. La abadesa no
quera dejarme marchar, pero mi protector no hizo caso alguno de sus objeciones.
Para vengarse, organiz una cbala contra l, habl con los cardenales espaoles
que, a su vez, se dirigieron al papa. Se han proferido las peores acusaciones contra
Su Eminencia y contra mi...
	Se interrumpi, pues yo me haba puesto en pie de un brinco.
	No quera or ni una palabra de tales calumnias ni siquiera de la boca exquisita
de Maddalena. De qu hua as: de la verdad o de la mentira? No lo s. Lo nico
que tena importancia ya era eh amor que acababa de nacer en mi corazn y en el de
ha conversa. Cuando se levant para despedirse de mi, haba inquietud en sus ojos.
Mi precipitada marcha la haba ofuscado un poco. Tuvo que sobreponerse a su timi-
dez para decirme:
	-Volveremos a vernos alguna vez?
	-Hasta el fin de mi vida.
	Roc sus labios con los mos. Su mirada estaba de nuevo ofuscada, pero por la
felicidad y eh vrtigo de ha esperanza.


	242	243
1
El ao de Adriano
928 de la hgira
(1 de diciembre de 1521-19 de noviembre de 1522)







	El papa Len muri de una lcera el primer da de aquel ao y, por un tiempo,
cre que tambin tendra que abandonar sin ms tardar Roma que se haba vuelto
sbitamente inhspita sin aquel atento padrino, aquel generoso protector, qu los
Cielos lo colmen de riquezas sin cuento, tal y como l hizo siempre!
	No fui yo el nico que pens en irse: el cardenal Julio se exili en Florencia,
Guicciardin se refugi en Mdena y, a mi alrededor, cientos de escritores, de escul-
tores, de mercaderes de entre los ms nombrados, empezaron a desertar de ha ciu-
dad como si se hubiera declarado la peste. Hubo, de hecho, una breve epidemia pe-
ro otra era la verdadera peste. Se citaba su nombre en voz alta desde el Borgo hasta
la plaza Navona, acompaado de un calificativo invariable: Adriano eh brbaro.
	Los cardenales lo haban elegido como si quisieran hacer penitencia. Eh papado
haba sido objeto de demasiadas acusaciones durante eh ltimo pontificado, los ale-
manes se estaban sumando, por provincias enteras, a has tesis de Lutero y se echaba
la culpa de ello a Len X. Exista, por tanto, eh deseo de cambiar el rostro de ha Igle-
sia: pusieron en el lugar del florentino, del Mdicis que se haba convertido en papa
a los treinta y ocho aos y le haba transmitido a Roma su gusto por el lujo y ha be-
lleza, a un austero holands de sesenta y tres aos, <hombre santo y virtuoso, abu-
mido, calvo y tacao. Esta descripcin era de Maddalena que no tuvo en ningn
momento indulgencia alguna para eh nuevo jefe de la cristiandad.
	-Me recuerda demasiado a ha abadesa que me persigui. Tiene la misma forma
de mirar poniendo los ojos pequeos, la misma voluntad de convertir la vida, ha
suya y la de los dems, en una perpetua cuaresma.
	Mi opinin, al principio, haba sido menos tajante. Si siempre le fui fiel a mi
bienhechor, algunos aspectos de la vida romana se contradecan, sin embargo, con
mis ntimas creencias. No me desagradaba que un papa afirmase, como lo haca
Adriano: Me gusta la pobreza!, y la historia que desencadenaba ha hilaridad de
los cortesanos, ya desde ha primera semana de su pontificado, no me haba provoca-
do carcajada alguna. Al entrar en la Capilla Sixtina, eh nuevo pontfice, a lo que
contaban, exclam, ante el espectculo de la bveda pintada por Miguel Angel:
Esto no es una iglesia, es una estufa atiborrada de desnudeces!, y aadi que es-
taba decidido a mandar encalar aquellas representaciones impas. Pongo a Dios por
testigo de que yo hubiera podido proferir la misma exclamacin! El trato con los ro-
manos me haba quitado algunas prevenciones referidas a la pintura, al desnudo y a
r
	la escultura. Pero no en los lugares de culto. Tales eran mis sentimientos cuando se
prochanl papa a Adriano VI. Cierto es que ignoraba entonces que aquel antiguo
preceptor del emperador Carlos V haba sido, antes de su llegada a Roma, inquisi-
dor de Aragn y de Navarra. En pocas semanas me convert en un Mdicis de pies a
cabeza, si no por la nobleza de la cuna, por la de has aspiraciones cuando menos.
	Aqu-el papa empez por suprimir todas has pensiones concedidas por Len X,
incluida la ma. Dej tambin en suspenso todos los encargos de cuadros, esculturas,
libros, as como edificios. En cada sermn echaba pestes del arte, del de los antiguos
y del de los contemporaneos, de has fiestas, de los placeres, de los gastos. De ha no-
che a ha maana, Roma se convirti en una ciudad muerta, donde no se creaba na-
da, no se construa nada, no se venda nada. El nuevo papa invocaba, para justificar
su decisin, has deudas que haba acumulado su predecesor y opinaba que se haba
despilfarrado eh dinero. Con has sumas que se ha tragado la reconstruccin de San
Pedro, decan los familiares de Adriano, se habra podido armar una cruzada contra
los turcos; con has sumas pagadas a Rafael, se hubiera podido equipar un regimiento
de caballera.
	Desde que llegu a Roma, haba odo hablar con frecuencia de cruzadas, incluso
al propio Len X. Pero era evidente que se trataba de una especie de ritual sin por-
venir, muy semejante al de ciertos prncipes musulmanes que hablan de Yidah para
que se sienta violento algn adversario o para calmar a algn santurrn. Pero has co-
sas eran muy diferentes con Adriano. Dios lo maldiga, as como a todos aquellos de
extremado celo! Crea firmemente que movilizando a ha cristiandad contra el islam
iba a acabar con eh cisma de Lutero y a reconciliar al emperador Carlos con el rey de
Francia..
	Me suprima la pensin y haca un llamamiento al universal deguello: eran, en
verdad, motivos suficientes para quitarme todo deseo de aclamar a aquel papa. Y
para incitarme a abandonar Roma lo antes posible e irme a Florencia, adonde me
animaba a seguirlo eh cardenal Julio.
	Me hubiera reunido con l sin duda de no haber estado encinta Maddalena. Ha-
ba alquilado en el barrio del Ponte una casa de tres pisos. Una cocina en el ltimo;
en el segundo, un cuarto de estar con mi mesa de trabajo; en el primero, una gran
habitacin que daba a un huerto. En este cuarto naci un atardecer de julio mi pri-
mer hijo al que di el nombre de Giuseppe, es decir Yusef, como el padre del Mesas,
como el hijo de Jacob, como el sultn Saladino. Mi maravillado asombro no conoca
limites. Yo permaneca durante horas acariciando al nio y a su madre, contemplan-
do sus gestos cotidianos, sobre todo ha mamada que me emocionaba siempre. No te-
nia, pues, deseo alguno de arrastrarlos por los penosos caminos del exilio. Ni hacia
Florencia ni siquiera hacia Tnez como me sugirieron aquel ao en curiosas circuns-
tancias.

	Estaba un da en casa del cardenal Julio, poco antes de que ste partiera para
Toscana, cuando se present un joven pintor. Se llamaba Manolo, creo, y vena de
Npoles, donde haba adquirido cierta notoriedad. Tena la esperanza de vender sus
	244	245
cuadros antes de volver a su ciudad. No era extrao que un artista viniese de lejos
para ver al Mdicis, pues toda persona que llamara a su puerta tena la seguridad de
no volverse con has manos vacas. Aquel napolitano fue desenrollando, pues, unos
cuantos lienzos de desigual calidad, a lo que me pareci. Yo los estaba mirando sin
fijarme mucho, cuando, de repente, me sobresalt. Acababa de pasarme por delante
un retrato que Manolo recogi rpidamente con gesto de fastidio.
	-Puedo volver a ver ese retrato? -dije.
	-Desde luego, pero no est en venta. Lo cog por equivocacin. Se trata de un
encargo que me ha hecho un mercader y es menester que se lo entregue.
	Aquellas orondas curvas, aquella piel mate, aquella barba, aquella sonrisa de
eterna satisfaccin... No caba error! Pero tena que preguntar a pesar de todo:
	-Cmo se llama este hombre?
	-Es el seor Abbad. Uno de los armadores ms ricos de Npoles.
	-Abbad el Sus! -mascull una benvola imprecacin-. Vas a verlo pronto?
	-Viaja con frecuencia entre mayo y septiembre, pero pasa el invierno en su villa
de Santa Luca.
	Tomando una hoja, garabate con mano febril un mensaje para mi compaero.
Y, dos meses despus, llegaba Abbad a mi casa, en calesa, seguido de tres servido-
res. No habra sentido ms alegra al abrazarlo si hubira sido mi propio hermano!
	-Te dej cargado de cadenas en el fondo de una cala, te encuentro prspero y
rutilante.
	-A lhamdulillah! Alhamdulillah! Dios ha sido generoso conmigo!
	-No ms de lo que te mereces! Soy testigo de que ni siquiera en los peores mo-
mentos pronunciaste nunca una palabra en contra de la Providencia.
	Era sincero. Pero no por ello dejaba mi curiosidad de estar intacta.
	-Cmo conseguiste salir a flote tan deprisa?
	-Gracias a mi madre, Dios bendiga ha tierra que la cubra! Me repeta continua-
mente esta frase que acab por quedrseme grabada: un hombre no es nunca pobre
del todo mientras tiene la lengua en la boca. Cierto es que me vendieron como es-
clavo, pero en la lengua no tena cadenas. Me compr un negociante al que sent
con lealtad, prodigndole consejo tras consejo, haciendo que aprovechara mi expe-
riencia del Mediterrneo. Gan tanto dinero de esta forma que al cabo del primer
ao me dio la libertad y me asoci a su comercio.
	Como yo pareca asombrado de que las cosas hubieran sido tan sencillas, se en-
cogi de hombros.
	-Cuando ha podido uno hacerse rico en un pas, he resulta fcil volver a ser rico
en otra parte. Nuestro negocio es hoy uno de los ms florecientes de Npoles. Al-
hamdulillah! Tenemos un encargado en cada puerto y alrededor de diez sucursales
en eh extranjero que visito con regularidad.
	-Vas alguna vez por Tnez?
	-Voy en verano. Pasar a ver a los tuyos. Debo decirles que te encuentras a
gusto aqu?
	Tuve que admitir que no haba hecho fortuna, pero que no haba sufrido ningu-
246

J
r
no de los rigores de la cautividad. Y que Roma me haba proporcionado dos autn-
ticas dichas. La de una ciudad antigua que vuelve a nacer ebria de belleza; ha de un
hijo que dorma en has rodillas de la mujer que amaba.
	Mi amigo manifest la satisfaccin que ello le produca.
	Sin embargo, aadi:
	-Si algn da deja esta ciudad de proporcionarte la dicha, debes saber que tie-
nes mi casa a tu disposicin y a la de tu familia y que mis barcos te llevarn todo lo
lejos que desees.
	Negu que quisiera abandonar Roma y le promet a Abbad que all lo recibira
cuando volviera de Tnez para obsequiarlo con un suntuoso festn.

	No quera hamentarme delante de mi amigo, pero las cosas empezaban a irme
mal. Adriano haba decidido hacer una campaa contra las barbas. Haba decreta-
do: Slo es propia de soldados y haba ordenado a los religiosos que se afeitaran.
A m no me afectaba esa orden directamente, pero, debido a la asiduidad con que
iba al Vaticano, mi obstinacin por conservar aquel adorno apareca como una inso-
lente confirmacin de mis orgenes moros, como un desafo ah papa e incluso como
una manifestacin de impiedad. No abundaban las barbas entre los italianos que yo
frecuentaba, se trataba ms bien de un toque original reservado a los artistas, origi-
nalidad elegante en unos, desbordante en otros. Algunos estaban muy apegados a
aquel atributo, otros estaban dispuestos a prescindir de l antes de verse proscritos
de la corte. Para mi, la cosa slo poda adquirir un significado diferente. En mi pas,
la barba es la norma. No llevarla es algo que se tolera, sobre todo a los extranjeros.
Afeitrsela cuando se ha llevado durante muchos aos es seal de rebajamiento y
humillacin. Yo no tena intencin alguna de sufrir tal afrenta.
	Se me creera si dijera que aquel ao estaba dispuesto a morir por mi barba? y
no slo por mi barba, pues todos los combates se mezclaban en mi mente tanto
como en la del papa: ha barba de los clrigos, los desnudos senos de la bveda de ha
Capilla Sixtina, la estatua de Moiss, su fulminante mirada y estremecidos labios.
	Sin habrmeho propuesto, me convert en eje y smbolo de ha resistencia obstina-
da a Adriano. Al yerme pasar, acaricindome con orgullo el espeso pelo de ha barbi-
lla, los romanos ms lampios mascullaban palabras de admiracin. Todos los pan-
fletos que se redactaban contra el papa llegaban a mis manos antes de que los echa-
ran por debajo de has puertas de los notables de la ciudad. Algunos textos no eran
ms que un cmulo de insultos, brbaro, tacao, cerdo y cosas peores. Otros ha-
blaban del orgullo de los romanos: Nunca ms vendr nadie que no sea romano a
sentarse en ha silla de Pedro!  Yo haba dejado de ensear y de estudiar y consagra-
ba mi tiempo a aquel combate. Cierto es que se me retribua con generosidad. El
cardenal Julio me haca llegar importantes sumas acompaadas de cartas alentado-
ras; prometa demostrarme cun grande era su agradecimiento en cuanto se volviera
ha fortuna.
	Yo esperaba esa hora con impaciencia, pues mi situacin en Roma empezaba a
ser precaria. Haban encerrado en Sant' Angelo, dos horas despus de venir a yerme,


247

L
r
El ao de Solimn
a un sacerdote amigo mo, autor de un panfleto incendiario. Unos frailes espaoles
haban importunado a otro. Yo mismo notaba que me espiaban continuamente. No	929, de la hgira
sala ya de casa ms que para hacer algunas compras rpidas por el barrio. Cada no-	(20 de 
noviembre de 1522-9 de noviembre de 1523)
che tena la impresin de estar durmiendo por ltima vez al lado de Maddalena. Y
ello me haca estrecharla con ms fuerza entre los brazos.





	Aquel ao volvi a caerme en gracia el Gran Turco. Claro est que l nunca lo
supo, pero, qu ms da? En mi fuero interno se haba desarrollado la pugna, en mi
fuero interno tena que resolverse.
	Haba tenido que huir del poderoso imperio del islam para sustraer a un nio a
la venganza de un monarca sanguinario y haba hallado en ha Roma cristiana al cali-
fa a cuya sombra habra querido vivir en Bagdad o en Crdoba. Mi mente se com-
placa en aquella paradoja pero no tena la conciencia tranquila. Haba concluido
el tiempo en que poda enorgullecerme de los mos sin que fuera por despreciable
jactancia?
	Luego vino Adriano. Luego Solimn. Y, ms que nada, aquella visita de Abbad.
Cuando volvi de Tnez, vino a yerme, fiel a su promesa e incluso antes de abrir la
boca ya me estaban compadeciendo sus ojos. Al ver que vacilaba en herirme con has
noticias que traa, me sent en la obligacin de infundirle confianza.
	-No se le puede reprochar al mensajero aquello de que es responsable ha Provi-
dencia.
	Y aad, con sonrisa forzada:
	-Cuando lleva uno aos separado de ha familia no se puede esperar ninguna
buena noticia. Aun cuando me dijeras que Nur acababa de tener un hijo sera una
	desgracia.
Pensando que su misin sera an ms penosa si me dejaba seguir bromeando,
mi amigo se decidi a hablar.
	-Tu mujer no te ha esperado. No vivi ms que unos meses en tu casa de
Tnez.
	Yo tena hmedas has palmas de has manos.
	-Se fue y te dej esto.
	Me tendi una carta y la abr. La caligrafa era muy cuidada, ha de un memoria-
lista sin duda, pero las palabras eran de Nur:

	Si se tratrara nicamente de mi felicidad, te hubiera esperado aos, aunque hubiera visto cmo en-
caneca mi cabello en la soledad de mis noches. Pero slo vivo para mi hijo, para su destino, que 
se
cumplir algn da si es voluntad de Dios. Te llamaremos entonces a nuestro lado para que 
compartas
los honores como compartiste los peligros. Hasta que llegue ese momento, estar en Persia donde, 
si
no tiene amigos, Bayaceto tendr al menos de su parte a los enemigos de aquellos que lo persiguen.
	248	249
	Te dejo a Hayat. Llev a tu hija como t llevaste mi secreto y hora es ya de que cada uno 
recupere lo
que le pertenece. Habr quien diga que soy una madre indigna, pero t sabes que la abandono por su
bien, para ahorrarle los peligros que signen mis pasos y los de su hermano. Te la dejo como 
regalo para
cuando vuelvas; cuando crezca, se parecer a mi y traer a tu memoria en cada momento el recuerdo
de una princesa rubia a la que amaste y que te am. Y que te seguir amando desde su nuevo 
destierro.
	Ya me espere la muerte o la gloria, no dejes que mi imagen se empae en tu corazn!

	Al ver correr la primera lgrima, Abbad se haba puesto de codos en ha ventana,
fingiendo que lo absorba algn espectculo del jardn. Olvidando los asientos va-
cios que me rodeaban, me dej caer al suelo con la mirada nublada. Como si tuviera
a Nur delante, he dirig un rabioso murmullo:
	-Para qu soar con un palacio cuando se puede hallar la felicidad en una cho-
za al pie de has pirmides!
	Transcurridos unos minutos, Abbad vino a sentarse a mi lado.
	-Tu madre y tus hijas estn bien. Harn les manda todos los meses dinero y v-
veres.
	Suspir otras dos veces y le tend ha carta. Hizo un gesto para rechazarla pero in-
sist. Sin haberlo pensado mucho, quera que la leyera. Quiz deseaba que no con-
denara a Nur. Quiz deseaba, por amor propio, evitar que me mirara como a un
vulgar marido abandonado por una esposa harta de esperarlo. Necesitaba tambin,
sin duda, compartir con un amigo un secreto que en lo sucesivo tendra que llevar
solo.
	Y de este modo me oi a m mismo contar con lujo de detalles la historia de mi
circasiana, empezando por el encuentro casual en casa de un mercader de Jan el-
Jalili.
	-Ahora comprendo tu susto cuando el oficial turco cogi en brazos a Bayaceto
en el puerto de Alejandra.
	Me ech a rer. Contento de haber conseguido distraerme, Abbad sigui di-
ciendo:
	-No me explicaba que un granadino pudiera temer hasta tal punto a los otoma-
nos, los nicos que prometen devolverle un da su ciudad.
	-Tampoco Maddahena logra entenderlo. Querra que todos los andaluces, ju-
dos o musulmanes, se entusiasmaran como ella cada vez que llega la noticia de una
victoria otomana. Y se asombra de que yo me quede tan fro
	-Vas a aclarrselo ahora?
	Abbad haba hablado a media voz. Yo contest en el mismo tono:
	-Se lo ir diciendo todo poquito a poco. Antes no poda revelarle ha existencia
de Nur.
	Me volv hacia mi amigo. Mi voz se tom an ms dbil y pensativa:
	-Te das cuenta de hasta qu punto hemos cambiado desde que llegamos a este
pas? En Fez, no habra hablado as de mis mujeres ni al amigo ms querido. Si lo
hubiera hecho, hasta la punta del turbante se le habra ruborizado.
	Abbad me dio ha razn entre risas.
	-Yo utilizaba mil y una frmulas de disculpa para preguntarle a mi vecino
cmo estaba su mujer y l, antes de contestarme, se cercioraba de que no nos oa
nadie por temor a que ello daara su honor.
	Tras una larga carcajada y unos instantes de silencio, mi compaero empez una
frase y luego se interrumpi, vacilante y turbado.
	-Qu ibas a decir?
	-Sin duda no ha llegado an el momento.
	-Te he contado demasiados secretos para que me escondas de esta forma la
mitad de lo que ests pensando!
	Se resign.
	-Iba a decir que en lo sucesivo puedes tenerle simpata a los otomanos puesto
que Bayaceto ya no es tu hijo, puesto que tu mujer ya no es una circasiana, pues-
to que en Roma ocupa eh puesto de tu protector un inquisidor, puesto que en Cons-
tantinopla, Selim el Cruel muri hace dos aos y lo ha sustituido Soliman.
	En un sentido, Abbad tena razn. En adelante tendra libertad para mis senti-
mientos, para mi entusiasmo, libertad para unirme a las efusiones espontneas de
Maddalena.  Qu felicidad, qu serenidad poder trazar entre los acontecimientos
del mundo una lnea que separa los motivos de alegra y los de pena! Sabia, sin em-
bargo que aquella felicidad me la prohiba mi propia naturaleza.
	-Pero te conozco -sigui diciendo Abbad sin mirarme-. No sabes apurar una
alegra.
	Refiexion un instante.
	-Creo sencillamente que no te gustan los prncipes y menos los sultanes. Cuan-
do uno de ellos triunfa, te encuentras inmediatamente en el campo de sus enemigos
y que algn necio los venere es ya para ti razn suficiente para aborrecerlos.
	Tambin esta vez deba Abbad de tener razn. Al ver que no intentaba defen-
derme, me acos:
	-Por qu ibas a estar en contra de Solimn?
	Me hablaba con tan conmovedora ingenuidad que no pude evitar sonrer. En ese
mismo momento, Maddalena entr en la habitacin. Oy ha frase de mi amigo, que
se apresur a traducrsela al italiano, sabiendo que se pondra en eh acto de su parte.
Lo hizo, en efecto, con vehemencia:
	-Por qu demonios ests en contra de Solimn?
	Avanz despacio hacia nosotros, que seguamos pegados a ha pared como cole-
giales que se estuvieran recitando el largo Sura de las mujeres. Abbad se incorpor
con una palabra confusa en los labios. Yo me qued en mi sitio, pensativo y perple-
jo. Como si quisiera acompaar mi pensamiento, Maddalena comenz un apasiona-
do elogio del Gran Turco:
	-Desde que est en el poder, Solimn ha puesto fin a las sangrientas costumbres
de su padre. No ha mandado degollar ni a sus hermanos, ni a sus hijos, ni a sus pri-
mos! Los notables deportados a Egipto han vuelto a sus casas. Las crceles estn va-
cias. Constantinopla entona loas al joven soberano, comparando su accin con ha de
un rocio benfico; El Cairo no vive ya entre el miedo y eh luto.


	250	251
a
	-Un sultn otomano que no mata!
	Por mi tono se notaba que lo dudaba mucho. Abbad rectific:
	-Todo prncipe debe matar. Lo importante es que no le guste, como pasaba con
eh antiguo sultn. Solimn no desmerece de la raza de los otomanos y en la conquis-
ta no es inferior en nada a su padre. Desde hace dos meses tiene sitiados a los caba-
lleros de la isla de Rodas con la mayor flota que nunca haya conocido el islam. En-
tre los oficiales que lo rodean se halla Harn, tu cuado y, con l, su hijo mayor, que
debera casarse un da con tu hija Sarwat, su prima. Lo quieras o no, los tuyos estn
implicados en ha batalla. Aun cuando no sintieras deseos de unirte a ellos, no debe-
ras al menos desear su victoria?
	Me volv hacia Maddalena, que pareca encantada de las palabras de mi amigo.
Le pregunt con cierta solemnidad.
	-Si decidiese que nos haba llegado la hora de emprender el camino de Tnez
con nuestro hijo, qu pensaras?
	-Basta con que digas una palabra y partir con alegra lejos de este papa inqui-
sidor que no est esperando ms que una oportunidad para detenerte!
	Abbad era el ms entusiasmado de los tres:
	-Nada os retiene aqu. Venid ahora mismo conmigo!
	Lo calm:
	-Slo estamos en diciembre. Si tuviramos que hacemos a la mar, no podra ser
antes de tres meses.
	-Venid a mi casa, a Npoles, y all os embarcaris rumbo a Tnez en los prime-
ros das de ha primavera.
	-Me parece posible -dije pensativo.
	Pero me apresur a aadir:
	-Voy a pensarlo!
	Abbad no oy la ltima parte de mi frase. Para celebrar mi timorato asentimien-
to y evitar yerme cambiar de opinin, llam por la ventana a dos de sus servidores.
Orden a uno de ellos que fuera a comprar dos botellas del mejor vino griego; al
otro he mand preparar una pipa de tabaco.
	-Has probado ya ese nuevo veneno del Nuevo Mundo?
	-Una vez, hace dos aos, en casa de un cardenal florentino.
	-No se vende en Roma?
	-Slo en algunas tabernas. Pero los tabacchini que las regentan son las personas
de peor fama de la ciudad.
	-Pronto estar cubierto eh mundo entero de tabacchini y su reputacin no ser
peor que la de los especieros o los perfumistas. Yo mismo importo de Sevilla carga-
mentos enteros de tabaco, que vendo en Bursa y en Constantinopla.
	Aspir un bocanada, Maddalena lo oli pero se neg a probarlo.
	-Me dara demasiado miedo asfixiarme con el humo!
	Eh sus le aconsej que calentara agua para beber el tabaco en infusin con un
poco de azcar.
	Cuando nos dej Abbad aquel da, Maddalena se me ech al cuello en seguida.
r
-Cunto me alegro de marcharme. No nos demoremos ms aqu!
-Preprate! Cuando vuelva mi amigo, nos iremos todos juntos.
	Abbad haba ido a Ancona para unos negocios y haba prometido volver antes
de diez das. Cumpli lo prometido, pero lo recibi una Maddalena hecha un ruar
de lgrimas.
	Me haban detenido ha vspera, 21 de diciembre, un domingo, cuando llevaba
con gran imprudencia un panfleto que me haba metido un fraile francs en el bolsi-
lo ah salir de la iglesia San Giovanni dei Fiorentini.
	Por casualidad, o para vej arme deliberadamente, cuando me llevaron a Sant'
Angelo, me encerraron en ha misma celda que haba ocupado durante casi dos aos.
Pero en aquella poca slo corra el riesgo de la cautividad, mientras que esta vez
podan juzgarme y condenarme a cumplir mi condena en una lejana prisin e inclu-
so en una galera.
	No me habra afectado tanto si no hubiera tenido el propsito de irme. Sin em-
bargo, en los primeros tiempos, la detencin fue menos rigurosa de lo que me tema.
Pude incluso recibir, en febrero, un regalo de Abbad que me pareci suntuoso en ta-
les circunstancias: un gabn de lana y un pan de dtiles, acompaados de una carta
en la que se me anunciaba con palabras apenas disimuladas la toma de Rodas por
Solimn: El mar ha llevado a los nuestros a la cima de ha roca, ha tierra ha tembla-
do con nuestros gritos de victoria.>
	Visto desde mi celda, el acontecimiento se me apareci como una revancha per-
sonal contra Adriano y sus sueos de cruzada. Y cuando, durante los meses siguien-
tes, mi encarcelamiento se fue haciendo ms severo, cuando no tuve ya nada que
leer, nada para escribir, ni clamo, ni tintero, ni papel, ni siquiera ha menor lmpara
para disipar ha oscuridad que se instalaba en cuanto llegaba ha tarde, cuando no tuve
ya contacto alguno con el exterior, cuando mi guardin finga no entender ms len-
gua que un impreciso dialecto germnico, empec a considerar la carta de Abbad
como una reliquia y a repetir como la frmula de un hechizo las palabras que se re-
feran a ha toma de Rodas.
	Una noche, tuve un sueo. Vi a Solimn con rostro de nio bajo eh turbante, eh
de Bayaceto. Bajaba corriendo una montaa para venir a liberarme, pero antes de
que pudiera alcanzarme, me despert y segua en mi celda, incapaz de volver a dor-
mirme para enhebrar el sueo.
	La oscuridad, eh fro, el insomnio, la desesperacin, eh silencio... Para no volver-
me loco, recuper el hbito de rezar cinco veces al da al Dios de mi infancia.
	Esperaba de Constantinopla ha mano que iba a liberarme. Pero mi liberador es-
taba mucho ms cerca, que eh Altsimo he preste su ayuda en la tormenta que est
viviendo hoy!
	252	253
El ao de Clemente
930 de la hgira
(10 de noviembre de 1523-28 de octubre de 1524)







	Un tumulto de pasos, mltiples voces, luego los cien ruidos secos y fros de una
llave que gira y de una puerta que se despereza lentamente sobre los mohosos goz-
nes. De pie, cerca de mi cama, me frotaba los ojos acechando las siluetas que iban a
recortarse sobre ha luz de fuera.
	Entr un hombre. Cuando reconoc a Guicciardini di un paso hacia l, dispuesto
a arrojarme en sus brazos, pero me par en seco. Retroced incluso como si una
fuerza invisible me echara para atrs. Quizs a causa de su rostro de mrmol o de su
silencio, que se prolong unos segundos de ms, o de la poco habitual rigidez de su
porte. En la penumbra, cre ver en sus labios un esbozo de sonrisa, pero cuando ha-
bl fue con voz distante y, a lo que me pareci, exageradamente contrita:
	-Su Santidad desea veros.
	Deba lamentarme o regocijarme? Por qu quera yerme Adriano? Por qu
me enviaba a Guicciardini en persona? El inexpresivo rostro del florentino me impi-
di interrogarlo. Mir hacia el cielo. Deban de ser las seis o las siete de la maana,
pero, de qu da? Y de qu mes? Se lo pregunt a un guardia segn cruzbamos el
corredor en direccin al Vaticano. Me contest Guicciardini de la forma ms seca
posible:
	-Estamos a viernes 20 de noviembre de 1523.
	Acababa de llegar ante una puertecilla. Llam y entr indicndome con el gesto
que lo siguiera. No haba ms muebles que tres sillones rojos y vacos. Se sent sin
invitarme a que lo imitara.
	No me explicaba su actitud. Eh, que haba sido un amigo tan intimo, incluso, un
confidente, l que, como yo saba, apreciaba tanto mi compaa, que haba inter-
cambiado conmigo ingeniosas frases y malhumoradas palabras...
	Se levant de repente.
	-Santo Padre, aqu est el prisionero!
	Eh papa haba entrado sin hacer ruido por la puertecilla que haba detrs de m.
Me volv para verlo.
	-Cielo santo! Cielo santo! Cielo santo!
	Me senta incapaz de articular otras palabras. Ca de hinojos y, en vez de besar la
mano del soberano pontfice, me ha acerqu, me la apret contra la frente, contra el
rostro baado en lgrimas, contra los temblorosos labios.
	Se solt sin brusquedad.
	  -Debo ir a decir misa. Volver dentro de una hora.
	  Sali dejndome en eh suelo. Gmcciardini rompi a rer. Me levant y fui hacia
	l con aire amenazador.
	  -Qu hago? Te doy un abrazo o una tunda?
	  Ri con ms fuerza. Me desplom en un silln sin que me hubiera invitado a
	ello.
	  -Dime, Francesco, lo he soado? Es el cardenal Julio el que acaba de pasar
	por esta habitacin todo vestido de blanco? Es su mano ha que acabo de besar?
	 -El cardenal Julio de Mdicis ya no existe. Lo han elegido ayer para ocupar el
	trono de San Pedro y ha escogido llamarse Clemente, el sptimo de ese nombre.
	  -Cielo santo! Cielo santo!
	  Me corran las lgrimas sin que hiciera nada por impedirlo. Pude, sin embargo,
	balbucear entre dos sollozos:
	 -Y Adriano?
	  -Nunca hubiera pensado que su desaparicin te afectara tanto.
	  Le di en eh hombro un puetazo que ni si quiera intent esquivar, hasta tal punto
	saba que se lo tena merecido.
	  -El papa Adriano nos dej hace ya dos meses. Se dice que lo envenenaron.
	Cuando se difundi la noticia de su muerte, unos desconocidos colgaron unas guir-
	naldas sobre la puerta de su mdico para agradecerle que hubiera salvado a Roma.
	  Murmur una indispensable frmula de reprobacin antes de proseguir.
	 -Y entonces empez ha batalla en el cnclave entre el cardenal Farnesio y eh
	cardenal Julio. El primero pareca tener ms sufragios, pero, tras la prueba por la
	que acababan de pasar, los prncipes de ha Iglesia estaban deseando volver a encon-
	trar al frente de esta ciudad ha generosidad de un Mdicis. Tras numerosas votacio-
	nes, eligieron a nuestro amigo. Y en el acto cundi el regocijo por las calles. Uno de
	los primeros pensamientos del soberano pontifice fue para ti, doy fe. Quera liberar-
	te sin tardanza, pero le ped permiso para montar esta comedia. Podrs perdo-
	narme?
	  -Me costar.
	 Lo estrech en un clido abrazo.
	 -A Maddalena y a Giusseppe no les ha faltado de nada. Te habra propuesto
	que fueras a verlos, pero hay que esperar al papa.
	  Nada ms acabar eh florentino de ponerme al da de cuanto haba sucedido des-
	de eh momento de mi encierro, volvi Clemente VII. Dijo que no lo molestaran y
	vino a sentarse con toda sencillez en el silln que le habamos reservado.
	  -Crea que las mejores bromas de Roma eran las del llorado cardenal Bibbiena.
	Pero las cosas que se le ocurren al seor Guicciardini no estn nada mal.
	  Se incorpor algo en el asiento y puso de repente cara de preocupacin. Me
	mir con intensidad.
	 -La noche pasada hemos estado hablando mucho rato Francesco y yo. No pue-
	de darme muchos consejos en materia religiosa, pero la Providencia ha aadido a mi
	carga la de regir un Estado y preservar el trono de Pedro de las invasiones de las po-


	254	255
tencias temporales. En este terreno, los consejos de Francesco me resultan muy va-
liosos, y tambin los vuestros, Len.
	Con una mirada, le pas ha palabra al diplomtico.
	-Te habrs preguntado a menudo, Len, cul era la verdadera razn de tu ab-
duccin a Roma, por qu decidimos un buen da que Pietro Bovadiglia raptara a un
letrado moro en has costas de Berbera? Exista una intencin que el difunto papa
Len no encontr nunca ocasin de revelarte. Hoy ha llegado ese momento.
	Guicciardini call y Clemente prosigui como si recitasen el mismo texto:
	-Observemos este mundo en que vivimos. Al este, un temible imperio animado
por una fe que no es ha nuestra, un imperio basado en eh orden y la disciplina ciega,
hbil en fundir caones y armar flotas. Sus tropas estn avanzando hacia el centro
de Europa. Amenazan a Buda y a Pest y pronto amenazarn a Viena. Al oeste, otro
imperio, cristiano pero no menos temible, puesto que ya se extiende desde el Nuevo
Mundo hasta Npoles y suea con un dominio universal. Suea sobre todo con so-
meter a Roma a su voluntad. En sus tierras espaolas florece la Inquisicin, en sus
tierras alemanas florece la hereja de Lutero.
	Eh diplomtico precis, animado por el papa que asenta con la cabeza:
	-Por un hado, Solimn, sultan y califa del islam, joven, ambicioso, con poder ili-
mitado, pero que desea hacer olvidar los crmenes de su padre y aparecer como
hombre de bien. Por el otro, Carlos, rey de Espaa, an ms joven y no menos am-
bicioso, que ha subido al trono del Santo Imperio a fuerza de oro. Frente a estos dos
hombres, los ms poderosos del mundo, el Estado pontificio, con una cruz gigante y
un sable enano.
	Hizo una corta pausa.
	-Cierto es que la Santa Sede no es la nica que teme ha conjuncin. Est el rey
Francisco que se afana para evtar que su reino de Francia quede despedazado. Est
tambin Enrique de Inglaterra, muy devoto de Su Santidad, pero demasiado alejado
para poder prestar ayuda alguna.
	Yo segua sin ver en qu poda ser ltil mi humilde persona en aquel concierto
de testas coronadas. Pero no intrrump al florentino.
	-Esta delicada situacin, a la que aludi el Santo Padre Len en tu presencia, la
discuta a menudo con eh cardenal Julio y conmigo. Hoy como ayer, estamos con-
vencidos de que hay que actuar en muchas direcciones para evitar los peligros. Ante
todo, hay que reconciliarse con Francisco, lo cual no es fcil. Los reyes de Francia
llevan treinta aos intentando conquistar Italia. Se los considera, con razn, respon-
sables de las desgracias que afligen a la pennsula, se acusa a sus tropas de llevar
consigo epidemias y devastacin. Hay que convencer tambin a Venecia, Miln y
Florencia para que olviden sus querellas y se unan contra los Imperiales.
	Apag ms la voz y se inclin hacia adelante como cada vez que quera hacer
una confidencia.
	-Tambin nos pareci que haba que entablar conversaciones con los otomanos.
De qu forma? Lo ignoramos. No sabemos tampoco lo que podramos conseguir.
Frenar eh despliegue de jenzaros por las tierras cristianas de Europa central? No


256
	parece probable. Restablecer la paz en el Mediterrneo? Teminar con las depre-
	daciones de los piratas?
	  Contest a sus propias preguntas con un gesto de duda. Lo revel Clemente:
	  -Lo cierto es que ha llegado el momento de tender un puente entre Roma y
	Constantinopla. Pero no soy sultn. Si se me ocurriera correr demasiado, desde Es-
	paa y desde Alemania se me echaran encima mis propios colegas.
	  Sonri de su lapsus.
	  -Quiero decir los cardenales. Hay que actuar con gran prudencia, esperar has
	ocasiones, ver lo que hacen los franceses, los venecianos y las dems potencias cris-
	tianas. Formaris un equipo. Len sabe ya el turco adems del rabe; y sobre todo
	conoce a los otomanos y su forma de pensar y de actuar; incluso ha sido embajador
	en Constantinopla; Francesco lo sabe todo acerca de Nuestra poltica y puede nego-
	ciar en nombre Nuestro.
	  Anadi, como si hablara consigo mismo:
	  -Aunque me hubiera gustado que uno de los emisarios fuera sacerdote...
	  Luego, ms alto, con tono algo zumbn:
	  -Eh seor Guicciardini se ha negado siempre a tomar las rdenes. En cuanto a
	vos, Len, me asombra que Nuestro querido primo y glorioso predecesor no os haya
	sugerido nunca que consagrrais vuestra vida a ha religin.
	  Yo estaba perplejo: por qu me hacia tal pregunta eh hombre que me haba pre-
	sentado a Maddalena? Mir de reojo a Guicciardini: me pareci preocupado. De-
	duje de ello que eh papa intentaba comprobar mis convicciones religiosas antes de
	confiarme una misin entre musulmanes. Al ver que tardaba en contestar, in-
	sisti:
	  -No habra sido la religin el mejor camino para un hombre sabio y erudito
	como vos?
	  Contest evasivamente:
	  -Hablar de religin en presencia de Su Santidad es como hablar de una novia
	en presencia de su padre.
	  Clemente sonri. Pero no por ello me dej.
	 -Y qu dirais de la novia si no estuviera el padre delante?
	  Decid no andarme con ms rodeos:
	  -Si no me estuviera escuchando eh jefe de la Iglesia, dira que la religin hes pre-
	dica a los hombres ha humildad, pero que ella no la posee en absoluto. Dira que to-
	das has religiones han dado santos y asesinos, con la misma tranquilidad de concien-
	cia. Y que en la vida de esta ciudad se dan aos Clementes y aos Adrianos y que la
	religin no permite quedarse con unos o con otros.
	  -Lo permite el islamismo en mayor grado?
	  Estuve a punto de hablar en primera persona del plural, pero me contuve a
	tiempo:
	  -Los musulmanes aprenden que el hombre mejor es el que hes es ms til a los
	dems hombres, pero, a pesar de tales palabras, honran a veces a los santurrones
	en vez de a los autnticos bienhechores.
	257

1
	-Y dnde est ha verdad en todo esto?
	-Es una pregunta que he dejado de hacerme: entre ha verdad y la vida, ya he
elegido.
	-Tiene que existir forzosamente una Fe verdadera!
	-Lo que une a los creyentes no es tanto la fe comn como los gestos que repiten
en comun.
	-Es realmente as?
	Eh tono del papa era insondable. Estara pensando en plantearse de nuevo ha
misin que acaba de confiarme? Guicciardini lo temia y se apresur a intervenir,
sonriendo de oreja a oreja:
	-Len quiere decir que la verdad slo es de Dios y que los hombres slo pue-
den desfigurarla, envilecera, someterla.
	Como para darle la razn, murmur lo bastante alto para que me oyeran:
	-Que los que poseen la verdad la dejen en libertad!
	Clemente ri con risa confusa. Luego sigui diciendo:
	-Recapitulemos. El hermano Len no entrar en religin: nada ms entrar en
diplomacia como el hermano Francesco.
	Este ltimo, tranquilizado, junt las manos, puso cara devota y dijo en tono de
broma:
	-Si el hermano Len he tiene horror a la verdad, que no tema nada: en nuestra
cofrada no la encontrar con frecuencia.
	-Amn -dije con el mismo tono, a modo de conclusin.
	Se haban reunido en mi casa numerosos amigos para festejar mi liberacin, cuya
nueva se haba extendido desde el alba. Vecinos, alumnos, todos coincidan en que
haba cambiado poco en un ao de crcel. Todos menos Giuseppe que se neg obs-
tinadamente a reconocerme y que estuvo tres das enteros enfurruado conmigo an-
tes de decirme por primera vez en su vida: Padre!
	Pronto lleg Abbad desde Npoles para saludar mi regreso pero tambin para
exhortarme a que dejara Roma sin tardanza. Pero yo ya ni siquiera tena en cuenta
tal posibilidad.
	-Ests seguro de que la prxima vez que quieras irte no te volvern a encerrar
en Sant' Angelo?
	-Dios escoger entre dejarme aqu o hacerme marchar.
	La voz de Abbad se tom sbitamente severa:
	-Dios ya ha escogido! No dices acaso que no hay que permanecer de grado
en pas infiel?
	Le lanc una mirada cargada de reproches. Se apresur a excusarse:
	-Ya s que no puedo echarte nada en cara pues vivo en Npoles, hago regalos
dos veces al ao a la iglesia de San Jenaro, me trato con vizcanos y castellanos.
Pero, por eh Libro, que temo por ti! Me doy cuenta de que andas metido en quere-
llas que no son para nosotros. Te lanzas a la hucha contra un papa, slo su muerte te
salva.
	-Esta ciudad es hoy mi ciudad y el hecho de haber estado encarcelado en ella
me une ms a su suerte y a la de los hombres que la dirigen. Me consideran como
	amigo, no puedo tratarlos como si slo fueran unos rum.
	-Pero los tuyos estn en otra parte y los ignoras como si treinta aos de tu vida
y de la suya no hubieran existido nunca.
	Se concedi una pausa antes de asestarme la siguiente noticia:
	-Tu madre muri este verano.
	Maddalena, que era patente que estaba enterada, vino a entibiar mi mano con
un beso de consuelo. Abbad sigui diciendo:
	-Me encontraba en Tnez durante su ltima enfermedad. Recham tu presen-
cia.
	-Le dijiste que estaba en ha crcel?
	-S! Prefer que te reservara su ltima angustia antes que su ltimo reproche.
	  Para que lo perdonara por haber sido una vez ms mensajero de ha desgracia,
	Abbad me haba trado de Tnez un cofrecillo con mis voluminosas notas de viaje,
	merced a has cuales iba a poder poner manos a la obra que con frecuencia me
	haban solicitado desde mi llegada a Roma: una descripcin de Africa y de has nota-
	bles cosas que en ella se encuentran.
	  Pero an no haba escrito la primera lnea cuando otro proyecto vino a acaparar
	mis horas de escritura, un proyecto insensato pero fascinante que me propuso mi
	discipulo Hans durante una visita que me hizo un mes despus de mi salida de la
	crcel. Haba decidido volver a Sajonia y vena a despedirse, a renovarme la gratitud
	por has enseanazas que le haba prodigado y a presentarme, de paso, a un amigo
	suyo, impresor, sajn como l, pero instalado en Roma desde haca ms de quince
	anos.
	  Al contrario que Hans, aquel hombre no era luterano. Se deca discpulo de un
	pensador holands del cual ya me haba hablado Guicciardini: Erasmo. Este ltimo
	era quien le haba sugerido ha loca idea que haba hecho suya:
	  Se trataba de preparar un gigantesco lxico donde cada palabra figurara en mul-
	titud de lenguas, entre las cuales se contaran el latn, el rabe, eh hebreo, eh griego,
	eh alemn de Sajonia, el italiano, el francs, el castellano, el turco y otras muchas.
	Por mi parte, me compromet a proporcionar las partes rabe y hebrea a partir de
	una larga lista de palabras latinas.
	  Eh impresor hablaba con un fervor que enterneca:
	  -Este proyecto, sin duda, no ver nunca la luz, al menos no en vida ma y bajo
	la forma que ambiciono. Pero, sin embargo, estoy dispuesto a dedicarle mi existen-
	cia y mi fortuna. No es acaso el ms noble de los ideales hacer que todos los hom-
	bres puedan comprenderse algn da?
	  A este sueo grandioso, a esta maravillosa locura, el impresor sajn he haba da-
	do un nombre: ha Antibabel.


	258	259
T
El ao del rey de Francia
931 de la hgira
(29 de octubre de 1524-17 de octubre de 1525)






	Fra mensajera de muerte y derrota, la nieve cay en mi camino, aquel ao, por
tercera vez. Como en Granada, cierto invierno de mi infancia, como en eh Atlas en
el otoo de mi fortuna, volvi en forma de tempestad, sopo devastador, nefasto cu-
chicheo del Destino.
	Volva de Pavia, en compaa de Guicciardini, de cumplir ha ms extraordinaria
de has embajadas, y tambin ha ms secreta, puesto que entre los prncipes de ha cris-
tiandad slo el papa deba conocer su contenido y slo eh rey de Francia haba reci-
bido cumplido aviso.
	En apariencia, Clemente VII enviaba al florentino a una misin de buena volun-
tad. Los ltimos meses haban sido sangrientos. Las tropas del emperador haban in-
tentado tomar Marsella, lanzando sobre la ciudad centenares de balas de can. Sin
xito alguno. Eh rey Francisco haba contestado viniendo a apoderarse de Miln y
sitiando Pava luego. Ambos ejrcitos amenazaban con enfrentarse en Lombarda y
era deber del papa evitar una mortfera lucha. Era deber suyo, me explic Guicciar-
dini, pero no inters suyo, puesto que slo ha rivalidad entre has dos potencias cris-
tianas le dejaba a la Santa Sede cierto margen de independencia. Para estar seguros
de que no haya paz, debemos convertirnos en sus mediadores.
	De mayor importancia era ha otra misin, ha que a m me incumba. El papa se
haba enterado de que un embajador del Gran Turco estaba en camino hacia el
campamento del rey de Francia. No era sa la tan esperada ocasin de entablar
conversaciones con los otomanos? Era menester que Guicciardini y yo nos hallra-
mos ante los muros de Pava al tiempo que aquel emisario, que nos acercramos a l
y le transmitiramos un mensaje oral de Clemente VII.
	A pesar del fro, alcanzamos las lineas francesas en menos de una semana. Nos
recibi primero un anciano gentilhombre de elevado rango, eh mariscal de Chaban-
nes, seor de La Pahice, que conoca muy bien a Guicciardini. Pareci asombrarle
nuestra visita ya que otro enviado del papa, el datario Matteo Giberti, haba llegado
una semana antes. Sin desconcertarse, mi compaero contest con tono entre insi-
nuante y guasn que era lgico que Juan eh Bautista precediera a Cristo.
	Baladronada aparentemente til puesto que eh rey recibi ese mismo da ah flo-
rentino. No se me admiti en la entrevista, pero pude besarle la mano al monarca,
para lo cual apenas precis inclinarme, pues me sacaba un palmo de largo. Su mira-
da resbal por mi persona como la sombra de un junco, antes de desperdigarse en
mil destellos inaprensibles, mientras ha ma se clavaba fascinada en un punto concre-
to de su rostro, alli donde la inmensa nariz viene a proteger el bigote fino en exceso,
abalanzndose osadamente por encima de los labios. Era sin duda tal complexin ha
que hacia parecer irnica la sonrisa de Francisco, incluso cuando pretenda ser bon-
dadosa.
	Guicciardini sali entusiasmado de la tienda redonda en la que se haba celebra-
	do la reunin. Eh rey le haba confirmado que eh otomano llegaba al da siguiente y
se haba mostrado encantado ante la idea de un encuentro entre Roma y Constanti-
	nopla.
	-Puede aspirar a algo mejor que a una bendicin del santo Padre en el mo-
mento de sellar la alianza con los infieles? -coment el florentino.
	Antes de aadir, ostensiblemente encantado de cogerme desprevenido:
	-Le he notificado tu presencia a mi lado, as como tus conocimientos del turco.
Su majestad me ha preguntado si podas hacer de trujimn.
	Sin embargo, cuando entr eh emisario otomano y empez a hablar, permanec
mudo, incapaz de despegar los labios, incapaz incluso de carraspear. El rey me lan-
z una mirada asesina. Guicciardini estaba rojo de ira y de confusin. Afortunada-
mente, el visitante tena su propio traductor, que conoca, adems, la lengua de
Francisco.
	De todos los presentes, slo un hombre comprenda mi emocin y la comparta,
aunque su funcin lo obligara a no permitir que nada trasluciera, al menos hasta que
hubiera concluido el grave ritual de la embajada. Slo cuando hubo ledo en voz alta
ha carta del sultn e intercambiado con el rey algunas risueas palabras, se acerco a
m eh embajador, me estrech calurosamente entre sus brazos y dijo en voz alta:
	-Sabia que en este campamento encontrara amigos y aliados, pero no contaba
	con encontrar a un hermano que haba perdido hacia muchos aos.
	  Cuando eh traductor otomano hubo traducido estas palabras, ha asamblea no tu-
	yo ya ojos sino para m. Guicciardini volva a respirar. En cuanto a m, slo tena en
	los labios una palabra pasmada e incrdula:
	  -Harn!
	  Cierto es que me haban dicho la vspera que el embajador del Gran Turco se
	llamaba Harn Baj. Pero en ningn momento haba vislumbrado relacin alguna
	entre ste y mi mejor amigo, mi pariente ms prximo, casi mi hermano.
	  Tuvimos que esperar a ha tarde para vernos a solas en la suntuosa tienda que su
	escolta le haba preparado. Su Excelencia el Hurn llevaba un turbante alto y pesa-
	do de seda blanca, adornado con un grueso rub y una pluma de pavo real. Pero no
	tard en quitrseho todo con gesto de alivio, descubriendo una cabeza donde el ca-
	bello gris iba escaseando.
	  Sin rodeos, se puso a satisfacer mi evidente curiosidad:
	  -Despus del viaje que hicimos juntos a Constantinopla, he cruzado con fre-
	cuencia la puerta sublime como emisario de Aruy Barbarroja, Dios lo tenga en
	su misericordia! y luego de su hermano Jayr al-Din. Aprend eh turco y ha lengua
	de los cortesanos, hice amistades con el diwan y negoci ha unin de Argel con el
	260	261
sultanato de los otomanos. De esto me sentir orgulloso hasta eh da del Juicio.
Barri el aire con un amplio gesto de la mano.
	-Ahora, desde los confines de Persia hasta las costas del Magreb, desde Belgra-
do hasta eh Yemen Feliz, hay un solo imperio musulmn, cuyo seor me honra con
su confianza y su benevolencia.
	Prosigui con acento de reproche no velado:
	-Y t, qu has hecho todos estos aos? Es cierto que ahora eres un alto per-
sonaje en la corte del papa?
	Repet con intencin su propia frmula:
	-Su Santidad me honra con su confianza y su benevolencia.
	Me pareci oportuno aadir, recalcando las palabras una a una:
	-Y para reunirme contigo me ha enviado aqu. Querra establecer un contacto
entre Roma y Constantinopla.
	Si estaba esperando alguna emocin, alguna alegra, alguna sorpresa ante este
anuncio muy oficial, qued profundamente chasqueado. A Harn pareci preocu-
parlo de repente una mancha de barro en ha vuelta de ha fruncida manga. Tras fro-
tarla y soplar para hacer desaparecer cualquier rastro, se dign pronunciar, con tono
de piadosa frivolidad:
	-Entre Roma y Constantinopla, dices? Y con qu finalidad?
	-Por la paz. No sera algo maravilloso que cristianos y musulmanes pudiesen
vivir y comerciar juntos alrededor de todo eh Mediterrneo sin guerra ni pirateras,
que yo pudiera ir con mi familia de Alejandra a Tnez sin que me raptara ningn
siciliano?
	De nuevo aquella tenaz mancha de ha manga. La frot a ms y mejor, la sacudi
con energa, antes de lanzarme una mirada poco amable:
	-Oye, Hasan! Si quieres recordar nuestra amistad, los aos de escuela, nuestra
familia, ha prxima boda de mi hijo con tu hija hablemos tranquilamente de ello en
torno a una mesa cargada de manjares y por Dios! que disfrutar de ese rato como
el que ms. Pero si eres eh enviado del papa y yo eh del sultn, discutamos de otra
forma!
	Intent defenderme:
	-Qu me reprochas? Slo he hablado de paz. No es normal que las religiones
del Libro dejen de matarse entre si?
	Me interrumpi:
	-Debes saber que entre Constantinopla y Roma, entre Constantinopla y Pars,
la Fe divide y el inters, noble o villano, une. No me hables ni de paz ni de Libro,
pues no se trata de eso y no es en eso en lo que piensan nuestros seores.
	Desde nios, no haba podido nunca discutir con Harn. Mi respuesta tena tono
de capitulacin:
	-Veo a pesar de todo un inters comn entre tu seor y eh mo; ninguno de los
dos querra ver el imperio de Carlos V extenderse por toda Europa ni por Berbera!
	Harn sonno:



262
	  -Ahora que hablamos la misma lengua, puedo decirte lo que he venido a hacer
	aqu. Le traigo al rey regalos, promesas e, incluso, un centenar de valerosos jinetes
	que combatirn a su lado. Nuestro combate es el mismo: sabes que has tropas de
	Francisco acaban de capturar a Hugo de Moncada, ah hombre a quien yo en persona
	derrot delante de Argel, tras la muerte de Aruy? Sabes que nuestra flota ha reci-
	bido orden de intervenir silos Imperiales intentaban tomar Marsella de nuevo? Mi
	 seor est decidido a sellar la alianza con el rey Francisco y, para esto, va a prodigar
	gestos amistosos.
	   -Podrs prometerle al rey que ha ofensiva otomana en Europa no seguir ade-
j
lante?
	Harn pareci irritado por mi ingenuidad.
	-Si atacramos a los magiares, cuyo soberano no es otro que el cuado del em-
perador Carlos, al rey de Francia no se le ocurrira reprochrnoslo. Y lo mismo pa-
sara si sitiramos Viena, donde gobierna el propio hermano del emperador.
	-No criticaran al rey de Francia sus pares si dejara conquistar de esta forma
territorios cristianos?
	-Sin duda, pero mi seor est dispuesto a concederle a cambio derecho de fis-
calizacin sobre el destino de las iglesias de Jerusaln y de los cristianos de Levante.
	Callamos un instante, sumidos ambos en nuestros pensamientos. Harn apoy ha
espalda en un arcn cincelado y sonno.
	-Cuando le dije ah rey Francisco que le haba trado alrededor de cien comba-
tientes, pareci desconcertado. Cre por un momento que iba a negarse a que pelea-
ran a su lado, pero acab por darme efusivas gracias. Y ha mandado decir por eh
campamento que estos jinetes eran vasallos cristianos del sultn.
Y, sin transicin, dijo:
	-Cundo volvers con los tuyos?
	-Algn da seguramente -dije vacilante-. Cuando Roma haya perdido para
m sus atractivos.
	-Abbad eh Sus me dijo cuando lo vi en Tnez que el papa te haba tenido ence-
rrado un ao en una ciudadela.
-Lo haba criticado sin ninguna consideracin.
A Harn le dio de repente un ataque de risa.
	-T, Hasan, hijo de Mohamed el Granadino, te has permitido criticar al papa
en plena ciudad de Roma! Abbad lleg a decirme que reprochabas a ese papa que
fuese extranjero.
	-No es as exactamente. Pero es cierto que mis preferencias iban por un italia-
no, un Mdicis de Florencia a ser posible.
	Mi amigo estaba pasmado al ver que le contestaba con toda seriedad.
	-Un Mdicis, dices? Pues yo, cuando vuelva a Constantinopla, voy a reclamar
que se les retire la dignidad de califa a los otomanos y que se he devuelva a un des-
cendiente de Abas.
	Se acarici con cuidado el cuello y ha nuca, repitiendo como un estribillo:
	-As que dices que prefieres a un Mdicis?


263
	Mientras yo conversaba de esta forma con Harn, Guicciardini hacia los planes
ms extravagantes, convencido de que mis lazos con el emisario del Gran Turco re-
presentaban una suerte inaudita para la diplomacia papal. Yo estaba en la obliga-
cin de moderar su ardor, de hacerle notar, en particular, toda la indiferencia que
haba manifestado mi cuado. Pero eh florentino desech mis objeciones con un ges-
to de la mano:
	-En su calidad de embajador, Harun Baj no dejar de poner al Gran Turco al
tanto de nuestras insinuaciones. Hemos dado un paso y no tardaremos mucho en re-
cibir en Roma a un emisario otomano. Quizs hasta salgamos t y yo para Constan-
tinopla.
	Pero antes de seguir adelante, haba que dar cuenta al papa de nuestra misin.

	Nos dirigamos a Roma a toda prisa cuando nos sorprendi la tempestad de nie-
ve de que he hablado, unas millas al sur de Bolonia. Desde las primeras rfagas, eh
drama del Atlas se apoder de mi memoria. Me pareca que haba vuelto a aquellos
terrorficos instantes en los que me haba sentido acosado por ha muerte como por
una manada de lobos hambrientos, unido a la vida slo por la mano de mi Hiba que
sujetaba con rabia. Murmuraba sin cesar eh nombre de mi hermosa esclava nmida,
como si ninguna mujer hubiera ocupado su sitio en mi corazn.
	La violencia del viento redoblaba y los soldados de nuestra escolta tuvieron que
echar pie a tierra para intentar buscar abrigo. Yo hice lo mismo y tambin Guicciar-
dini, al que no tard en perder de vista. Me pareca or gritos, llamadas, alaridos.
Distingua de vez en cuando alguna silueta fugaz que intentaba seguir pero que
siempre se desvaneca entre ha niebla. Pronto se me escap mi montura. Corriendo a
ciegas, tropec con un rbol al que me aferr, encogido y tiritando. Cuando la tem-
pestad se hubo calmado y me encontraron al fin, yaca inanimado, hundido en la
nieve, con la pierna derecha fracturada por algn caballo desmandado. Al parecer,
no haba permanecido mucho tiempo enterrado, lo que me evit una amputacin.
Pero no poda caminar y me arda eh pecho.
	Volvimos, pues, hacia Bolonia, donde Guicciardini me instal en una pequea
hospedera prxima al colegio de los espaoles. Eh se fue ah da siguiente no sin ha-
ber pronosticado que estara curado diez das despus y que entonces podra reunir-
me con l en la corte papal. Pero slo era para tranquilizarme, ya que, en cuanto
lleg a Roma, he aconsej a Maddahena que viniera a reunirse conmigo lo antes po-
sible, junto con Giuseppe, y que me trajera mis papeles y mis notas para que pudie-
ra distraer eh aburrimiento escribiendo. De hecho, no consegua acostumbrarme a la
inmovilidad y en los primeros tiempos estaba siempre malhumorado y maldeca
todo eh santo da la nieve, el destino y al pobre hospedero, que me serva, sin embar-
go, con paciencia.
	No sal de mi cuarto hasta finales de aquel ao. Primero estuve a punto de que
me llevara por delante una pulmona y, apenas restablecido, fue ha pierna la que me
dio motivo de preocupacin. La tena tan entumecida y tan hinchada que volva a
temerme que tuvieran que amputrmela. De rabia, de desesperacin, trabajaba sin


264
	tregua, da y noche. De esta forma pude acabar las traducciones rabes y hebreas
	que he haba prometido al impresor sajn. Tambin pude escribir aquel ao los seis
	primeros libros de mi Descripcin de Africa. Al cabo de unos meses, haba termina-
	do por hacerme a los placeres de mi condicin de escriba sedentario, de viajero
	arrepentido y por disfrutar de has alegras cotidianas de los nios. Sin apartar por
	ello la mirada inquieta de los acontecimientos que me asediaban.
	  Me hallaba an entre dos fiebres cuando Maddalena me dio a principios de mar-
	zo la noticia que ya estaba conmoviendo a Italia: has tropas imperiales haban aplas-
	tado al ejrcito del rey de Francia ante Pava. Primero haba cundido el rumor de
	que Francisco haba muerto; pronto me enter de que nada ms lo haban captura-
	do. Mas no por ello la situacin era menos desastrosa: fuera cual fuera la suerte del
	monarca, estaba claro que los franceses tardaran mucho en poder volver a oponerse
	a has ambiciones del emperador.
	  Yo pensaba en Clemente VII. Se haba mostrado demasiado favorable a Francis-
	co para no tener que compartir esta derrota. Cmo iba a salir de este mal paso?
	Iba a reconciliarse con Carlos V para evitar ha ira? Iba, por el contrario, a apro-
	vechar su autoridad para unir a los prncipes de la cristiandad en contra de un
	emperador que se haba vuelto demasiado poderoso, demasiado peligroso para to-
dos? Hubiera dado cualquier cosa por poder conversar con el papa. Y ms an con
Guicciardini, sobre todo desde que me haba llegado una carta suya, a principios del
verano, con esta frase enigmtica y aterradora en su irona: Slo un milagro puede
an salvar a Roma y eh papa querra que lo hiciera yo! 

























~1
265
El ao de las Bandas Negras
932 de la hgira
(18 de octubre de 1525-7 de octubre de 1526)







	Estaba ante m, estatua de came y hierro, de poderosas risas y de inmensos esta-
llidos de clera.
	-Soy el brazo armado de ha Iglesia!
	Lo llamaban, sin embargo, eh gran diablo y gustaba as, indmito, intrpido,
fogoso, tomando por asalto mujeres y fortalezas; era temido y se tema por l, y se
rezaba a Dios para que lo protegiera y lo mantuviera a distancia.
	-Mi incorregible primo Giovanni, deca Clemente VII con ternura y resigna-
clon.
	Condotiero y Mdicis, Italia entera se resuma en l. Las tropas a cuyo mando
estaba eran a su imagen, venales y generosas, tirnicas y justicieras, indiferentes a ha
muerte. Aquel ao, se haban puesto al servicio del papa. Las llamaban has Bandas
Negras y pronto se conoci a su jefe no ya como Juan de Mdicis, sino como Juan
de las Bandas Negras.
	Lo conoc en Bolonia. Yo haba puesto mucho empeo, con ocasin de mi pri-
mera salida, en ir ah palacio del seor Jacopo Salviati, venerable gentilhombre de la
ciudad que me haba arropado con su benevolencia durante toda mi enfermedad,
envindome sin cesar dinero, libros, ropa y regalos. Guicciardini he haba rogado
que me tomara bajo su proteccin y haba cumplido esa tarea con paternal diligen-
cia, no dejando pasar nunca semana en que no enviara a uno de sus pajes a infor-
marse de mi estado de salud. Aquel Sahviati era la persona ms conocida de Bolonia
y viva con un lujo digno de los Mdicis ms opulentos. Cierto es que su mujer no
era ni ms ni menos que ha hermana del papa Len y que su bija Mara se haba ca-
sado con Juan de las Bandas Negras. Para desgracia suya, hay que reconocerlo, pues
lo vea de tarde en tarde entre dos campaas, entre dos idilios, entre dos noches de
desenfreno.
	Aquel da, sin embargo, haba venido menos por su mujer que por el hijo de am-
bos que contaba seis aos. Estaba yo llegando al palacio Salviati apoyndome en el
hombro de Maddalena cuando oimos ha comitiva. Eh condotiero iba rodeado de ms
de cuarenta fieles compaeros a caballo. Algunos transentes susurraban su nom-
bre, otros lo aclamaban y otros apresuraban eh paso. En cuanto a m, prefer apartar-
me para dejarlo pasar, pues caminaba an despacio y con dificultad. Grit desde
lejos:
	Cosimo!
	  En eh marco de una ventana del primer piso apareci un nio. Juan sali al galo-
	pe y, cuando estuvo debajo del muchacho, desenvain ha espada, ha apunt hacia
	ste y grit:
	  -Salta!
	  Maddalena estuvo a punto de desmayarse. Se tap los ojos. En cuanto a mi, es-
	taba petrificado. Sin embargo, el seor Jacopo, que haba salido a recibir a su yerno,
	no dijo nada. Cierto es que pareca muy contrariado, pero como se suele estar ante
	un fastidio cotidiano, no ante un drama. El pequeo Cosimo no pareca ni ms sor-
	prendido ni ms impresionado. Puso un pie en el friso y salt al vaco. En eh ltimo
	momento, su padre solt ha espada, lo cogi por debajo de los brazos, estirando los
	suyos, y lo levant por encima de su cabeza.
	  -Cmo est mi prncipe?
	  -El nio y eh padre rean, as como los soldados de su escolta. Jacopo Sahviati
	haca esfuerzos por sonrer. Al yerme llegar, aprovech para aliviar ha tensin pre-
	sentndome ceremoniosamente a su yerno:
	  -Eh seor Juan Len, gegrafo, poeta, diplomtico de la corte pontificia.
	  Eh condotiero salt a tierra. Uno de sus hombres he trajo ha espada, que volvi a
	ha funda mientras me deca con jovialidad excesiva:
	  -Soy eh brazo armado de la Iglesia!
	  Llevaba eh pelo corto, un espeso bigote moreno recortado por los lados y tena
	una mirada que me atraves con ms precisin que una lanza. De entrada, aquel
	hombre pareca muy desagradable. Pero no tard en cambiar de opinin, seducido,
	como tantos otros, por su asombrosa facultad para dejar de lado su alma de gladia-
	dor y ser de nuevo, nada ms cruzar eh umbral de su saln, un florentino, un Mdi-
	cis de agudeza y perspicacia asombrosas.
	  -Me han dicho que estabais en Pava.
	  -Slo estuve all unos das en compaa del seor Fancesco Guicciardini.
	  -Yo no andaba muy lejos. Estaba pasando revista a mis tropas en eh camino de
	Miln. Cuando volv, eh emisario otomano se haba ido. Y vos tambin, creo.
	  Sonri como quien est al tanto. Para no traicionar el secreto de mi misin, de-
	cid callar y apartar mis ojos de los suyos. Sigui diciendo:
	  -Me he enterado de que ha salido recientemente un mensaje de Pars para
	Constantinopla pidindoles a los turcos que ataquen Hungra para obligar a Car-
	los V a apartar ha atencin de Italia.
	  -No est el rey de Francia prisionero en Espaa?
	  -Ello no he impide negociar con el papa y con el sultn y enviarle sus instruc-
	ciones a su madre, regente del reino.
	  -No se ha dicho que estaba a has puertas de ha muerte?
	  -Ya no lo est. La muerte ha cambiado de opinin.
	  Al obstinarme yo en no expresar ninguna opinin personal, limitndome a hacer
	preguntas, Juan inquiri directamente:
	  -No os parece que se trata de una coalicin harto extraa: el papa aliado de
	Francisco, aliado del Gran Turco?


	266	267
	Intentaba averiguar mis sentimientos hacia los otomanos? O saber qu haba
podido ocurrir con Harn Baj?
	-Creo que el Gran Turco, por muy poderoso que sea, no puede decidir los re-
sultados de una guerra en Italia. Cien hombres presentes en el campo de batalla son
ms importantes que cien mil situados en la otra punta del continente.
	-Quin creis que tiene ms fuerza en Italia?
	-Ha habido una batalla en Pava y no queda ms remedio que sacar las oportu-
nas consecuencias.
	Mi respuesta he agrad visiblemente. Su entonacin se volvi amistosa e incluso
admirativa.
	-Me alegra or tales palabras, pues en Roma el papa vacila y vuestro amigo
Guicciardini lo incita a combatir contra Carlos y a aliarse con Francisco, incluso
ahora que el rey de Francia est prisionero del emperador. En la posicin en que me
hallo, no puedo expresar mis reservas sin dar ha impresin de que temo enfrentarme
con los Imperiales, pero no tardaris en daros cuenta de que este loco de Juan no
carece de sensatez y de que ese Guicciardini, tan sensato, est cometiendo una locu-
ra y hacindoseha cometer al papa.
	Juzgando que haba hablado demasiado en serio, se puso a narrar, con gran lujo
de ancdotas, su ltima cacera de jabales. Antes de volver sbitamente a la carga:
	-Deberais decirle al papa lo que pensis. Por qu no vens conmigo a Roma?
	Entraba, efectivamente, en mis intenciones poner fin a mi estancia en Bolonia,
que se haba prolongado en exceso. Me apresur a aceptar aquella proposicin di-
cindome que un viaje junto a Juan resultara muy agradable y nada peligroso, ya
que ningn bandido se atrevera a acercarse a semejante comitiva. Al da siguiente,
pues, me encontr en camino junto con Maddahena y Giuseppe, rodeados de los te-
mibles guerreros de las Bandas Negras que se haban convertido, en esta ocasin, en
compaeros particularmente solcitos.

	Transcurridos tres das de camino, llegamos a ha residencia de Juan, un magnfi-
co castillo llamado il Trebbio donde pasamos una noche. Ah da siguiente muy tem-
prano, cruzbamos Florencia.
	-Debis de ser eh nico Mdicis que no conoce esta ciudad!, exclam el condo-
tiero.
	-De camino a Pava con Guicciardini estuvimos a punto de pararnos aqu pero
no tenamos tiempo.
	-Bien brbaro es ese tiempo que os impide ver Florencia!
	Y aadi acto seguido:
	-Tambin en esta ocasin andamos mal de tiempo, pero no me perdonara si no
os llevara a dar una vuelta.
	Nunca hasta entonces haba visitado una ciudad con un ejrcito de gua. Aquello
fue una autntica parada matutina, Via Larga adelante hasta el palacio Mdicis, en
cuyo patio de columnas hicimos una entrada intempestiva. Acudi un servidor que
nos invit a entrar, pero Juan se neg secamente:
	  -Est el seor Ahessandro?
	  -Creo que duerme.
	  -Y el seor Ippolito?
	  -Duerme tambin. Debo ir a despertarlos?
	  Juan se encogi desdeosamente de hombros y dio media vuelta. Al salir del pa-
	tio dio unos cuantos pasos hacia ha derecha para ensearme un edificio en construc-
	cin:
	  -La iglesia de San Lorenzo. Aqu es donde trabaja ahora Miguel Angel Buona-
	rroti, pero no me atrevo a entrar contigo porque podra echarnos. No he gustan los
	Mdicis y adems tiene muy mal genio. Por eso ha vuelto a Florencia, por cierto. La
	mayor parte de nuestros grandes artistas se han instalado en Roma. Pero Leon X,
	que llamaba a su lado a tanta gente de talento, prefiri alejar a Miguel Angel y con-
	fiarle un trabajo aqu.
	  Sigui andando hacia la Catedral. A ambos lados del camino, las casas me pare-
	cieron bien dispuestas y adornadas con gusto, pero pocas eran tan lujosas como has
	de Roma.
	  -La Ciudad Eterna est llena de obras de arte, reconoci mi gua, pero toda
	Florencia es una obra de arte; las mejores realizaciones en cualesquiera disciplinas
	se deben a los florentinos.
	  Me pareca estar oyendo hablar a un fes!
	  Cuando llegamos a ha piazza della Signoria, y en el momento en que un impor-
	tante caballero de cierta edad con una larga vestimenta se acercaba a Juan para in-
	tercambiar con l unas palabras, un grupo de personas se puso a gritar rtmicamen-
	te: Palle! Palle!, el grito de contrasea de los Mdicis al que mi compaero con-
	test con un saludo, mientras me deca:
	  -Ante todo, no creas que aclamaran as a todos los miembros de mi familia.
	Soy el nico que goza an de algn favor entre los florentinos. Si, por ejemplo, a mi
	primo Julio, quiero decir al papa Clemente, se le ocurriera hoy venir por aqu, lo
	abuchearan y le daran empellones. Cosa que l sabe muy bien.
	  -No es acaso vuestra patria?
	  -Ay, amigo mio! Florencia es una amante muy peculiar para los Mdicis.
	Cuando estamos lejos, nos llama a voces; cuando volvemos, nos maldice.
	  -Y hoy qu quiere?
	  Pareci preocupado. Detuvo el caballo en medio de la calzada, a la entrada mis-
	ma del Ponte Vecchio por el que, sin embargo, se apartaba la muchedumbre para
	dejarlo pasar y del que venan algunas aclamaciones.
	  -Florencia est dispuesta a que la gobierne un prncipe, siempre que sea en re-
	pblica. Cada vez que nuestros antepasados se olvidaron de ello lo lamentaron amar-
	gamente. Hoy en da, los Mdicis estn representados en su ciudad natal por ese
	joven fatuo de Alessandro. Tiene apenas quince aos y se imagina que porque es M-
	dicis e hijo de papa he pertenecen todas has mujeres y todas las riquezas de Florencia.
	  -Hijo de papa?
	  Mi sorpresa no era fingida, Juan se ech a reir.


	268	269
	-No me digas que has vivido siete aos en Roma y no te has enterado de que
Alessandro es el bastardo de Clemente!
	Confes mi ignorancia. Me inform gustoso:
	-En los tiempos en que no era an papa ni cardenal, mi primo conoci en N-
poles a un esclava mora que le dio este hijo.
	Subamos entonces hacia eh palacio Pitti. Pronto cruzamos ha porta Romana,
ante ha cual aclamaron de nuevo a Juan. Pero, absorto en sus preocupaciones, no se
mohest en responder a la muchedumbre. Me apresur a hacerlo en su lugar, cosa
que divirti tanto a mi hijo Giuseppe que, durante todo eh camino, me estuvo rogan-
do que repitiese sin tregua los mismos gestos, riendo continuamente a carcajadas.

	El mismo da de nuestra llegada a Roma, Juan de has Bandas Negras insisti en
que furamos juntos a ver al papa. Lo hallamos en concilibulo con Guicciardini, a
quien no pareci hacerle mucha gracia nuestra llegada. Acababa sin duda de con-
vencer al Santo Padre de que adoptara alguna decisin penosa y tema que Juan lo
hiciera cambiar de opinin. Para ocultar su preocupacin y sondear nuestras inten-
ciones, escogi, como sola, un tono de chanza:
	-Ya no podemos reunirnos los florentinos sin tener un moro por medio!
	Eh papa sonri apurado. Juan no sonri siquiera. Yo respond con eh mismo tono
y marcado gesto de molestia:
	-Ya no podemos reunirnos los Mdicis sin que el pueblo se meta por medio!
	Esta vez ha risa de Juan restall como un ltigo y me dej caer la mano en la es-
palda, dndome una temible palmada amistosa. Riendo tambin, Guicciardii em-
pez en el acto a hablar de los acontecimientos del momento:
	-Acabamos de recibir un correo de la mayor importancia. El rey Francisco sal-
dr de Espaa antes del mircoles de Ceniza.
	A continuacin, surgi una discusin durante la cual Juan y yo presentamos, con
bastante timidez, algunos argumentos favorables a un arreglo con Carlos V.
Pero en vano. Eh papa se hallaba por completo bajo la influencia de mi amigo Guic-
ciardini que lo haba convencido de enfrentarse a Csar y de ser el alma de ha
coalicin antiimperial.

	El 22 de mayo de 1526 naci una Santa Liga en la ciudad francesa de Cognac:
reuna, adems de a Francisco y al papa, al duque de Milln y a los venecianos. Supona
la guerra, una de las ms terribles que Roma hubiera conocido nunca. Pues, si bien ha-
ba transigido algo despus de Pava, el emperador estaba decidido esta vez a llegar has-
ta el final contra Francisco, que haba recobrado la libertad a cambio de un compromiso
escrito, pero a quien le falt tiempo para declararlo nulo nada ms cruzar los Pirineos; y
tambin contra eh papa, aliado del perjuro. Los ejrcitos imperiales haban empeza-
do a reagruparse en Italia, por la parte de Miln, de Trento y de Npoles. Para hacerles
frente, Clemente slo poda contar con ha valenta de la Bandas Negras y de su coman-
dante. Estimando que eh principal peligro vena del norte, ste sali para Mantua deci-
dido a impedir ah enemigo que cruzase eh Po.
	  Desgraciadamente, Carlos V tambin tena aliados en eh interior del propio Es-
	tado pontificio, un clan que reciba eh nombre de imperialista y a cuya cabeza se
	encontraba el poderoso cardenal Pompeo Cohonna. En septiembre, aprovechndose
	del alejamiento de las Bandas Negras, aquel cardenal irrumpi en los barrios del
	Borgo y del Trastevere ah frente de una tropa de saqueadores que incendiaron algu-
	nas casas y proclamaron en has plazas pblicas que iba a librar a Roma de la tirana
	del papa. Clemente VII corri a refugiarse ah castillo de Sant' Angeho, donde se
	encerr a cal y canto mientras los hombres de Colonna saqueaban el palacio de San
	Pedro. Yo estuve a punto de llevar a Maddalena y a Giuseppe al castillo, pero al fi-
	nal renunci a la idea por parecerme muy imprudente cruzar eh puente Sant' Angelo
	en semejantes circunstancias. Me encerr, pues, en mi casa dejando que los aconte-
	ci~nientos siguieran su curso durante aquellas horas difciles.
	  De hecho, eh papa se vio obligado a aceptar todas las exigencias de Colonna.
	Firm un compromiso en eh que prometa retirarse de la Liga contra el emperador y
	renunciar a toda sancin contra el cardenal culpable. Y, por supuesto, en cuanto los
	atacantes se hubieron alejado, dio a entender a todo el mundo que no pensaba ni
	por asomo respetar un tratado impuesto por la fuerza, el terror y el sacrilegio.
	  Inmediatamente despus de aquella agresin, mientras Clemente VII no dejaba
	de despotricar contra eh emperador y sus aliados, lleg a Roma la noticia de la victo-
	na del sultn Sohiman en Mohacs y la de ha muerte del rey de los magiares, cuado
	del emperador. El papa me convoc para preguntarme si yo pensaba que los turcos
	iban a asaltar Viena, si iban a penetrar pronto en Alemania o si iban a dngirse ms
	bien hacia Venecia. Tuve que confesar que no tena ni la ms remota idea. El Santo
	Padre pareca muy preocupado. Guicciardini pensaba que la responsabilidad de esta
	derrota de la cristiandad recaa por completo en el emperador que combata en Ita-
	lia y atacaba al rey de Francia en vez de defender los territorios cristianos contra los
	turcos, en vez de luchar contra ha hereja que haca estragos en Alemania. Anadi:
	  -Por qu iban a acudir los alemanes a ayudar a Hungra si Lutero est todo eh
	da dicindoles: Los turcos son el castigo que Dios nos enva. Oponerse a ellos es
	oponerse a la voluntad del Creador?
	  Clemente VII asinti con la cabeza. Guicciardini esper a que hubiramos salido
	para hacerme partcipe de su gran alborozo:
	  -La victoria del otomano va a cambiar el curso del destino. Quiz sea el milagro
	que estbamos esperando.
	  Aquel ao di los ltimos toques a mi Descripcin de Africa. Luego, sin tomarme
	ni un solo da de descanso, decid comenzar la crnica de mi vida y de los hechos
	que me fue dado presenciar. Al yerme trabajar con tal frenes, Maddalena vio en
	ello un mal augurio.
	  -Es como si tuviramos el tiempo contado -deca.
	  Y yo habra querido tranquilizarla, pero mi mente se vea asaltada por has mis-
	mas aprensiones obsesivas: Roma se apaga, mi existencia italiana est acabando y
	no s cundo volvern para m los tiempos de escribir.
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El ao de los lansquenetes
933 de la hgira
(8 de octubre de 1526-26 de septiembre de 1527)






	Lleg entonces mi cuadragsimo ao, el de mi ltima esperanza, eh de m ltima
desercin.
	Juan de las Bandas Negras enviaba desde el frente las noticias ms tranquiliza-
doras, reconfortando al papa, a ha Curia y a toda Roma con ha engaosa impresin
de que ha guerra estaba muy lejos y as seguira estando. Los Imperiales estn al
norte del Po y nunca lo cruzarn, prometa el condotiero. Y desde eh Trastevere
hasta el barrio de Trevi, todo el mundo se complaca en alabar la valenta del Mdi-
cis y de sus hombres. Tanto los romanos de pura cepa como los de paso rivalizaban
en desprecio hacia esos brbaros de germanos que, como todo el mundo sabe,
han contemplado siempre a ha Ciudad Eterna con envidia, avidez y una tenaz in-
comprensin.
	Yo me senta incapaz de unirme a esta loca euforia, tan hondos estaban graba-
dos en mi mente los relatos de los ltimos das de Granada, cuando mi padre, mi
madre, Sara y toda la muchedumbre de futuros exiliados estaban convencidos de
que la liberacin era cosa segura, cuando alimentaban un desprecio unnime por
Castilla triunfadora, cuando colmaban de sospechas a cualquiera que osara poner
en duda la inminente llegada de socorros. Puesto sobre aviso por eh infortunio de los
mos, haba aprendido a desconfiar de las evidencias. Cuando todo eh mundo se
aglutina en torno a idntica opinin, pongo pies en polvorosa: seguro que la verdad
se halla en otra parte.
	Guicciardini reaccionaba lo mismo que yo. Lo haban nombrado lugarteniente
general de las tropas pontificias y se encontraba en el norte de Italia, en compaa
de Juan, al que observaba con una mezcla de admiracin y rabia: Posee gran coraje
pero arriesga la vida en la menor escaramuza. Y, si le pasara algo, nos sera imposi-
ble contener has oleadas de tropas imperiales. Estas quejas, incluidas en una carta
al papa, slo se conocieron en Roma cuando ya no tenan razn de ser: al jefe de las
Bandas Negras lo alcanz una bala de falconete que le destroz la pierna derecha.
Era menester amputrseha. Estaba oscuro y Juan exigi ser l quien sostuviese ha an-
torcha mientras el mdico le cortaba eh miembro con una sierra. Tortura intil ya
que el herido haba de entregar eh alma poco despus de la operacin.
	De todos los hombres que he conocido, Tumanbay el circasiano y Juan de las
Bandas Negras fueron, a buen seguro, los ms valientes. Al primero lo mat el sul-
tn de Oriente, al segundo, el emperador de Occidente. Eh primero no pudo salvar


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		Eh Cairo; eh segundo no supo evitarle a Roma el suplicio que le estaba reservado.
		  En la ciudad cundi eh pnico en cuanto se conoci esta muerte. El enemigo
		slo haba avanzado unas millas pero daba la impresin de que estaba ya a las puer-
		tas de ha ciudad, como si la desaparicin de Juan hubiera arrasado las pazas fuertes,
		secado los ros y allanado has montaas.
		  De hecho, no pareca que existiera nada que pudiera atajar la marea. En el mo-
		mento de su muerte, el jefe de las Bandas Negras estaba intentando, desesperada-
		mente, impedir que se juntaran, en el norte de Italia, dos poderosos ejrcitos impe-
		riales: uno, compuesto ante todo por castellanos, que se encontraba en eh Milanesa-
		do; eh otro, el ms peligroso con mucho, formado por lansquenetes alemanes, casi
		todos luteranos de Baviera, de Sajonia y de Franconia. Haban cruzado los Alpes e
invadido el Trentino con eh convencimiento de haber recibido una misin divina:
- tastigar al papa, culpable de haber corrompido a ha cristiandad. Diez mil herejes fre-
		nticos, avanzando contra eh papa bajo ha bandera de un emperador catlico: tal fue
		eh azote que cay sobre Italia aquel ao.
		 La muerte de Juan, tras la que vino ha presurosa retirada de sus Bandas Negras,
		haba permitido a todos los Imperiales reagruparse y cruzar eh Po, decididos a llegar
		hasta el palacio de San Pedro. Deban de ser cerca de treinta mil soldados, mal ves-
		tidos, mal alimentados, mal pagados y que contaban con vivir y servirse sobre el te-
		rreno. Primero, se acercaron a Bolonia que ofreci un importante rescate para sal-
		varse; luego, he toc el turno a Rorencia donde acababa de declararse ha peste y que
		pag tambin un oneroso tributo para evitar el saqueo. Guicciardini, que haba in-
		tervenido en aquellos arreglos, le aconsej vehementemente ah papa que negociara
		un acuerdo similar.
		  De nuevo se propag la euforia: aseguraban que la paz estaba al alcance de la
		mano. El 25 de marzo de 1527, eh virrey de Npoles, Charles de Lannoy, lleg a
		Roma como enviado extraordinario del emperador, para pactar un acuerdo. Yo me
		hallaba entre la muchedumbre, en la plaza de San Pedro, para asistir a aquel mo-
		mento liberador. Hacia bueno, un esplndido da de primavera, cuando apareci eh
		dignatario, rodeado de su guardia. Pero en el momento en que cruzaba la puerta del
		Vaticano brill un relmpago, seguido de una lluvia torrencial que cay sobre noso-
		tros con un estruendo como el del fin del mundo. Pasada la sorpresa, corr a refu-
		giarme en un soportal y pronto me vi sitiado por un mar de barro.
		  A mi hado, una mujer se lamentaba a grandes voces, deplorando eh mal presagio.
		Y yo, al oira, me acord del diluvio de Granada que haba vivido con los ojos de mi
		madre, Dios la acoja en su misericordia! Era acaso, otra vez, un signo del cielo
		que anunciaba un desastre? Sin embargo, aquel da ni se desbord el Tber, ni las
		aguas causaron estragos, ni hubo ninguna hecatombe. E incluso, al caer ha tarde, se
		firm el acuerdo de paz. Estipulaba que, para salvar la ciudad, el papa pagara una
		importante suma.
		  Se pag, efectivamente, este dinero, sesenta mil ducados a lo que me dijeron y,
		para probar sus buenas intenciones, Clemente VII tom ha decisin de despedir a
		los mercenarios que haba contratado. Pero no por ello detuvo su avance eh ejrcito
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imperial. A los oficiales que se atrevieron a hablar de retirarse, los amenazaron de
muerte sus propias tropas; en lo ms arduo de ha disputa, eh jefe supremo de los
lansquenetes alemanes cay fulminado por un ataque de apopleja y eh mando pas
al condestable de Bourbon, primo y enemigo jurado del rey de Francia. Era un
hombre sin gran autoridad, que ms que dirigir al ejrcito imperial lo iba siguiendo.
Ya nadie tena poder sobre aquella horda, ni siquiera el emperador que, por otra
parte, estaba en Espaa. Sin control, inexorable, asolndolo todo a su paso, avanza-
ba, por tanto, hacia Roma, donde un pnico enloquecido haba ocupado el lugar de
las esperanzas de paz. Los cardenales, en particular, slo pensaban ya en esconderse
o en huir con sus tesoros.
	En cuanto al papa, se obstinaba en creer que su acuerdo con el virrey acabara
por respetarse, aunque slo fuera en el ltimo momento. Hasta finales de abril,
cuando las tropas imperiales hubieron llegado al Tber, algunas millas ro arriba de
la ciudad, no se decidi el Santo Padre a organizar ha defensa. Como has arcas ponti-
ficias estaban vacias, elev a la dignidad cardenalicia a seis ricos comerciantes que
desembolsaron, para obtener tal privilegio, doscientos mil ducados. Con ese dinero
pudo rechutarse un ejrcito de ocho mil hombres, dos mil guardias suizos, dos mil
soldados de has Bandas Negras y cuatro mil voluntarios escogidos entre los habitan-
tes de Roma.
	A mis cuarenta aos no me senta capaz de combatir. Propuse, sin embargo, mis
servicios para dirigir eh depsito de armas y municiones del castillo de Sant' Angeho.
Para desempear lo mejor posible aquella tarea que exiga una presencia atenta da
y noche, decid quedarme a vivir en la fortaleza y me has arregl para instalar all
tambin a Maddalena y Giuseppe. Pues se trataba del lugar mejor defendido de
toda ha ciudad y pronto empezaron a acudir los refugiados. Yo haba ocupado mi
antiguo cuarto, lo que me incluy entre los afortunados, pues los que iban llegando
se vean ya en ha obligacin de amontonarse por familias enteras en los pasillos.
	En los primeros das de mayo, remaba un extrao ambiente en aquel improvisa-
do acantonamiento, que se prestaba a los ms enloquecidos ataques de nervios.
Nunca olvidar eh momento en que un pfano de ha orquesta pontificia lleg jadean-
te y gritando a ms y mejor:
	-He matado ah Bourbon! He matado al Bourbon!
	Se trataba de un tal Benvenuto Cellini, de Florencia. Uno de sus hermanos haba
combatido en has filas de has Bandas Negras; pero l, grabador de medallas de prof e-
sin, no haba pertenecido nunca a un ejrcito. Haba ido de patrulla, contaba, con
dos amigos, por los alrededores de ha puerta Trittone.
	-Haba una niebla espesa, declar, pero pude distinguir la silueta del condesta-
ble a caballo. Dispar un arcabuzazo. Unos momentos despus levant ha niebla en
aquella zona y vi al Bourbon cado, visiblemente muerto.
	Al orlo, me limit a encogerme de hombros. Otros he echaron severas reprimen-
das. La batalla era encarnizada en las murallas de la ciudad, sobre todo en eh Bor-
go, y nunca haban sido tan nutridos los disparos; un clamor de guerra, de sufrimien-
to y de miedo se elevaba en ha ciudad; no era momento de vanas baladronadas.


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	Sin embargo, antes de que acabara eh da y, debo reconocerlo, para mayor sor-
presa ma, se confirmaba la noticia: era cierto que haban matado al Bourbon en has
proximidades de la puerta Trittone. Cuando nos lo anunci un cardenal, con eh ros-
tro iluminado por una amplia sonrisa, brotaron algunos signos de victoria. A mi
lado se hallaba un hombre que no demostr alegra alguna. Era un veterano de has
Bandas Negras y estaba furioso.
	-As que sta es ha guerra de hoy en da! Con esos malditos arcabuces, un
pfano puede matar de lejos al caballero ms valiente! Esto es el fin de la caballera!
El fin de las guerras honrosas!
	Sin embargo, para la multitud, el pfano florentino se convirti en un hroe. Lo
invitaron a beber, le rogaron que contase de nuevo su hazaa, lo llevaron en triunfo.
Celebracin injustificada, puesto que la muerte del Bourbon no haba demorado ni
un segundo eh asalto de los Imperiales. Antes bien, pareca que ha desaparicin del
jefe del ejrcito haba acrecentado eh desenfreno de sus hombres. Aprovechando ha
niebla que haca intil la artillera instalada en Sant' Angelo, los lansquenetes esca-
laron ha muralla por varios puntos y se dispersaron por las calles. Algunas personas
pudieron escapar an y llegar al castillo, llevando en ha mirada el relato de los pri-
meros horrores. Luego fueron llegando otros testimonios.
	Por el Dios que me ha hecho recorrer el ancho mundo, por el Dios que me ha
hecho vivir eh tormento de El Cairo y el de Granada, nunca he visto de cerca tanta
bestialidad, tanto odio, tanto sanguinario encarnizamiento, tanto placer en ha ma-
tanza, la destruccin, el sacrilegio!
	Me creera alguien si dijera que regocijados lansquenetes violaron a las monjas
sobre los altares antes de estrangularas? Me creera alguien si dijera que saquearon
los monasterios, que despojaron a los monjes de sus vestiduras y los forzaron, bajo
la amenaza del ltigo, a pisotear el crucifijo y a proclamar que adoraban a Satn el
Maldito; que los antiguos manuscritos de has bibliotecas sirvieron de pasto a gigan-
tescas fogatas a cuyo alrededor bailaban los soldados borrachos; que ni un santua-
rio, ni un palacio, ni una casa se libraron del saco; que ocho mil ciudadanos perecie-
ron, sobre todo los pobres, mientras los ricos permanecan como rehenes hasta que
se pagara un rescate?
	Al contemplar desde la muralla del castillo has espesas columnas de humo que se
elevaban en la ciudad, cada vez en mayor nmero, no poda quitarme de ha memo-
ria la imagen del papa Len que, en nuestra primera entrevista, me haba predicho
este desastre. Roma acaba de renacer pero ya ha acecha la muerte! Alil estaba ha
muerte, ante mis ojos, propagndose por el cuerpo de la Ciudad Eterna.

	A veces, algunos milicianos, algunos restos de las Bandas Negras, intentaban im-
pedir el acceso a has encrucijadas, pero pronto quedaban desbordados por has olea-
das de asaltantes. En eh barrio del Borgo, y sobre todo en las proximidades del pala-
cio del Vaticano, los guardias suizos resistieron con admirable valor, sacrificndose
por decenas, por cientos, para defender cada calle, cada edificio, retrasando as al-
gunas horas el avance de los Imperiales.


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	Pero acabaron por sucumbir ante el nmero y los lansquenetes invadieron la pla-
za de San Pedro al grito de:
	-Lutero papa! Lutero papa!
	Clemente VII estaba an en su oratorio, ignorante del peligro. Un obispo vino a
tirarle, sin contemplaciones, de la manga:
	-Santidad! Santidad! Ya llegan! Os matarn!
	El papa estaba de rodillas. Se levant y se apresur hacia el corredor que condu-
ce a Sant' Angelo, mientras eh obispo he llevaba el bajo de la sotana para que no tro-
pezara. Pas corriendo delante de una ventana y un soldado imperial le dispar una
salva, pero sin alcanzarlo.
	-Santidad, vuestra sotana blanca se ve demasiado! -he dijo su acompaante,
apresurndose a taparlo con su propio manto malva, menos llamativo.
	Eh Santo Padre lleg al castillo sano y salvo pero agotado, cubierto de polvo, de-
sencajado, con eh rostro descompuesto. Orden que bajaran los rastrillos para impe-
dir eh acceso a ha fortaleza y se encerr a continuacin solo en sus habitaciones para
rezar, quiz tambin para llorar.
	En la ciudad, abandonada a los lansquenetes, eh saco prosigui durante largos
das. Pero se hostig poco al castillo de Sant' Angelo. Los Imperiales lo rodearon
por todas partes sin atreverse a atacarlo. Tena una slida muralla y piezas de artille-
ra abundantes y variadas: sacres, falconetes y culebrinas; sus defensores estaban de-
cididos a morir todos antes que sufrir ha suerte de los infortunados habitantes de la
ciudad.
	Los primeros das an esperbamos refuerzos. Sabamos que los italianos que
pertenecan a la Santa Liga, a las rdenes de Francesco della Royere, duque de Ur-
bino, no estaban lejos de Roma. Un obispo francs vino a susurrarme al odo que eh
Gran Turco haba cruzado los Alpes con sesenta mil hombres y que iba a coger a los
Imperiales por la espalda. La noticia no se confirm y el ejrcito de la Liga no se
atrevi a intervenir, siendo as que habra podido liberar Roma sin dificultad alguna
y diezmar a los lansquenetes, entregados por completo al saqueo, a las orgas y a has
borracheras. Desmoralizado por ha cobarda y la indecisin de sus aliados, el papa se
resign a negociar. Ese mismo da 21 de mayo recibi a un enviado de los Impe-
riales.
	Lo sigui otro emisario, dos das despus, para una breve visita. Mientras suba
la rampa del castillo, oi pronunciar su nombre acompaado de algunos adjetivos
bastante poco halagueos. Cierto es que se trataba de uno de los jefes de la familia
Colonna, primo del cardenal Pompeo. Un sacerdote florentino comenz a lanzarle
invectivas, pero los presentes he impusieron silencio. Muchos saban, en efecto, y yo
tambin, que aquel hombre, muy recto de carcter, no poda alegrarse del desastre
que haba cado sobre su ciudad, que lamentaba con toda seguridad la felona de la
que era culpable su familia y que hara cuanto pudiera por reparar aquella falta in-
tentando salvar lo que de Roma y de ha dignidad pontificia pudiera an salvarse.
	No me sorprenda, pues, la llegada de aquel Colonna. No sospechaba, en cam-
bio, ni poco ni mucho, que durante su conversacin con el papa, el emisario iba a
	hablar de m. Nunca haba coincidido con l antes de ahora y cuando un miliciano
	vino a llamarme para que acudiera urgentemente a las habitaciones pontificias, no
	tena ni la ms remota idea de lo que se pretenda de mi.
	  Ambos hombres estaban sentados en la biblioteca, en sillones prximos. Eh papa
	Clemente no se haba afeitado desde haca quince das, seal de duelo y de protesta
  	contra la suerte que se le infliga. Me pidi que me sentara y me dijo que su visitante
	era un hijo muy querido, un amigo valioso y abnegado. Colonna tena un mensaje
	para m que me transmiti con cierta condescendencia.
	  -Eh capelln de los lansquenetes de Sajonia me ha pedido que os haga partcipe
	de su inquebrantable amistad y de su agradecido recuerdo.
	  No haba ms que un sajn que pudiera conocer a Len el Africano. Su nombre
	se me escap como un grito de victoria un poco indecente en aquellas circunstan-
	cias:
	  -Hans!
	  -Uno de vuestros antiguos alumnos, si he comprendido bien. Quiere agradece-
	ros cuanto le enseasteis con tanta paciencia y demostraros su gratitud ayudndoos
	a salir de aqu con vuestra mujer y vuestro hijo.
	  Antes de que yo hubiera podido reaccionar, el papa intervino:
	  -No me opondr, por supuesto, en modo alguno a vuestra decisin, sea cual
	sea. Pero no puedo por menos de avisaros que vuestra partida no ser posible sin
	graves riesgos para vos y para los vuestros.
	  Colonna me explic:
	  -Entre has tropas que rodean el castillo, hay muchos fanticos que quieren apu-
	rar ha humillacin de la sede apostlica. Se trata ante todo de alemanes fanatizados
	por Lutero. Dios lo persiga con su clera hasta el fin de los tiempos! Otros, en cam-
	bio, querran concluir el asedio y hallar una solucin que ponga fin a la humillacin
	de ha cristiandad. Si Su Santidad intentase salir hoy, s que hay regimientos que no
	vacilaran en apoderarse de su persona y en hacerle sufrir el peor de los suplicios.
	  Clemente se puso lvido mientras su visitante prosegua:
	  -Esto, ni yo ni eh emperador Carlos podramos evitarlo. Habr que negociar
	mucho an, recurrir a la persuasin, a ha astucia, no descartar ningn medio. Sera
	particularmente til un ejemplo. Tenemos hoy la inesperada suerte de poder hacer
	salir a uno de los sitiados por peticin expresa de un predicador luterano. Os est
	esperando con un destacamento de sajones, todos ellos herejes como l, y dice estar
	dispuesto a escoltaros personalmente muy lejos de aqu. Si todo sale bien, si todo el
	ejrcito se entera maana que el capelln de los lansquenetes de Sajonia ha liberado
	a uno de los sitiados de Sant' Angelo, nos resultar ms fcil proponer, dentro de
	unos das o de unas semanas, la liberacin de otras personas, quizs incluso de Su
	Santidad, en condiciones dignas y seguras.
	  Clemente VII intervino de nuevo:
	  -Repito que no hay que ignorar los peligros. Su Eminencia me dice que algunos
	soldados fanatizados podran haceros pedazos y tambin a vuestra familia y a vues-
	tra escolta, sin que se salvara nl siquiera el capelln. La decisin que se os pide no es
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fcil. No tenis, adems, tiempo de pensarlo. El cardenal est ya a punto de partir y
deberais acompaarlo.
	Dado mi temperamento, prefera correr un riesgo inmediato pero de corta dura-
cin antes que eternizarme en una crcel sitiada donde, a cada instante, podan en-
trar a sangre y fuego. Slo vacilaba al pensar en Maddalena y en Giuseppe. No me
resultaba fcil conducirlos por propia voluntad entre hordas de asesinos y saqueado-
res. Dicho esto, si se quedaban en Sant' Angelo, conmigo o sin m, no quedaba su
seguridad garantizada en absoluto.
	Colonna me apremi:
	-Qu habis decidido?
	-Me pongo en manos de Dios. Voy a decirle a mi mujer que recoja las pocas
cosas que tenemos aqu.
	-No os llevaris nada. El menor hatillo, el menor capacho podra excitar a los
lansquenetes como eh olor de la sangre a las fieras. Partiris como estis, con ropa li-
gera y sin nada en las manos.
	No intent discutir. Estaba escrito que pasara de una patria a otra como se pasa
de la vida a la muerte, sin oro, sin adornos, sin ms fortuna que mi resignacin ante
ha voluntad del Altsimo.
	Cuando le hube explicado, en pocas palabras, de qu se trataba, Maddalena se
puso de pie. Despacio, como sola, pero sin ha menor vacilacin, como si supiera
desde siempre que vendra a llamarla para tomar el camino del destierro. Cogi a
Giuseppe de ha mano y me sigui para ir a los aposentos del papa, que nos bendijo,
alab nuestro valor y nos encomend a ha proteccin de Dios. Le bes la mano y he
confi todos mis escritos, salvo esta crnica, inacabada entonces, que haba enrolla-
do y me haba metido en eh cinturn.
	Hans nos esperaba con los brazos abiertos a la entrada del barrio de Regola por
el que habamos deambulado juntos en eh pasado y que no era ya ms que una suce-
sin de ruinas calcinadas. Llevaba una tnica corta, sandalias descoloridas y, en la
cabeza, un casco que se quit apresuradamente antes de abrazarme. La guerra lo
haba encanecido prematuramente y tena el rostro ms anguloso que nunca. Lo ro-
deaban una docena de lansquenetes con casacas de frunces y penachos leprosos que
me present como sus hermanos.
	Apenas habamos dado unos pasos cuando un oficial castellano y sus hombres
nos cortaron eh camino. Hacindome seas de que no me moviera, Hans le dirigi la
palabra al militar con tono firme pero no provocador. Luego se sac del bolsillo una
carta cuya vista despej en el acto ha calzada. Cuntas veces nos pararon de esta
forma antes de llegar a nuestro destino? Veinte, sin duda, quiz hasta treinta. Pero
en ningn momento he faltaron a Hans recursos. Haba organizado de forma admi-
rable aquella expedicin y obtenido todo un fajo de salvoconductos firmados por el
virrey de Npoles, por eh cardenal Cohonna as como por diversos jefes militares. Lo
rodeaban adems sus <hermanos sajones, unos mocetones dispuestos a apuntar
con sus armas a los numerosos soldados borrachos que merodeaban por los caminos
al acecho de alguna rapia.
	  Cuando hubo comprobado ha eficacia de sus disposiciones, Hans se puso a ha-
	blarme de la guerra. Curiosamente, sus palabras no casaban con eh recuerdo que ha-
	ba guardado de l. Se lamentaba del giro que haban tomado los acontecimientos,
	recordaba el saco de ha ciudad. Al principio, hablaba con rodeos, pero, al tercer da,
	cuando nos estbamos acercando a Npoles, se puso a cabalgar a mi hado tan cerca
	que nuestros pies se rozaban.
	  -Es ha segunda vez que hemos desencadenado unas fuerzas que no hemos podi-
	do contener. Primero, la rebelin de los campesinos en Sajonia, que naci de las en-
	seanzas de Lutero y que hubo que condenar y reprimir. Y ahora la destruccin de
	Roma.
	  Haba pronunciado las primeras palabras en rabe y luego haba seguido en he-
	breo, lengua que hablaba con ms soltura. Una cosa era cierta: no quera que los
	soldados que lo acompaaban se dieran cuenta de sus dudas y sus remordimientos.
	Me pareca, incluso, tan a disgusto en su papel de predicador luterano que, cuando
	hubimos llegado a Npoles, me sent en la obligacin de proponerle que me acom-
	paara a Tnez. Sonri con amargura:
	  -Esta guerra es mi guerra. La dese, arrastr a ella a mis hermanos, a mis pri-
	mos, a los jvenes de mi obispado. No puedo huir de ella, aunque hubiera de con-
	ducirme a ha condenacin eterna. En lo que a ti se refiere, slo te has visto mezclado
	en ella por un capricho de la Providencia.
	  En Npoles, un chiquillo nos condujo a la villa de Abbad y hasta que no vino
	ste a abrimos la veija no se separ Hans de nosotros. Estuve a punto de manifes-
	tarle mi deseo de volver a verlo algn da, en algn lugar del ancho mundo, pero no
	quera estropear con falaces frmulas el sincero agradecimiento que senta hacia
	aquel hombre. Me content, pues, con estrecharlo con fuerza contra mi pecho y con
	mirarlo luego marchar, no sin paternal afecto.
	  Le toc al sus entonces darme un vehemente abrazo. Desde haca meses, espe-
	raba todos los das que llegramos. Haba anulado todos sus viajes, aquel ao, ju-
	rando que no marchara sin nosotros. Ya no le detena nada. En cuanto hubimos to-
	mado un bao, participado en un festin y echado un sueo, nos encontramos todos
	en el puerto, perfumados y vestidos con ropas nuevas. La ms hermosa de has gale-
	ras de Abbad nos esperaba, lista para poner rumbo a Tnez.
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	Trazo la ltima palabra en la ltima pgina y ya se divisa la costa africana.
	Blancos minaretes de Gamarth, nobles ruinas de Cartago, a su sombra me espe-
ra eh olvido, hacia ellos deriva mi vida tras tantos naufragios. Eh saco de Roma tras
el castigo de El Cairo, el fuego de Tombuct tras la cada de Granada: me atrae la
desgracia o la atraigo yo a ella?
	Una vez ms, hijo mo, me lleva este mar, testigo de mis errticos pasos y que,
ahora, te conduce hacia tu primer exilio. En Roma, eras <el hijo del Africano; en
Africa, sers el hijo de Rum>. Ests donde ests, querrn hurgar en tu piel y en
tus plegarias. Gurdate de halagar sus instintos, hijo mo, y gurdate de doblegarte
a ha muchedumbre! Musulmn, judo o cristiano, que te tomen como eres o que
prescindan de ti. Cuando la mente de los hombres te parezca estrecha, piensa que la
tierra de Dios es ancha y anchos Sus manos y Su corazn. No vaciles nunca en ale-
jarte allende todos los mares, allende todas las fronteras, todas las patrias, todas las
creencias.
	En cuanto a m, he llegado al final de mi periplo. Cuarenta aos de aventuras
me han vuelto torpes el paso y el aliento. No tengo ya ms deseo que vivir, entre los
mos, luengos das apacibles y ser, de entre todos los que amo, eh primero en mar-
char. Hacia ese Lugar postrero donde nadie es extrao ante los ojos del Creador.

















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Indice	Eh ao de la estratagema                                  
	Ehaodelabriznaatada                                  
	Eh ao de la caravana                                    
	Eh ao de Tombuct                                     
	Eh ao del testamento                                    
	El ao del maristn                                      
	'Ehaodelanovia                                       
	El aode Fortuna                                       
	Eh ao de los dos palacios                                 
	Eh ao del jerife cojo                                     
	Eh ao de la tempestad                                    


1.	El libro de Granada

El ao de Salma La Hora                                  
El ao de los amuletos                                     
El ao de Astaghfirullah                                  
Eh ao de la cada                                       
Eh ao del Mihrayn                                     
Eh ao de la travesa                                          


2.	El libro de Fez

Eh ao de las hospederas                                
Eh ao de los adivinos                                   
Eh ao de has plaideras                                   
Eh ao de Harn eh Hurn                                 
Eh ao de los inquisidores                                  
Eh ao del hammam                                     
Eh ao de los leones enfurecidos                             
Eh ao de ha Gran Recitacin                               
3. El libro de El Cairo
11
24
30
38
54
60
Eh ao del ojo augusto                                     
El ao de la circasiana                                  
Eh ao de los rebeldes                                   
Eh ao del Gran Turco                                  
Eh ao de Tumanbay                                   
Eh ao del rapto                                       
4. El libro de Roma
70
77
83
88
93
98
103
107
Eh ao de Sant' Angeho                                     
Eh ao de los herejes                                    
El ao de ha conversa                                      
El ao de Adriano                                        
El ao de Solimn                                        
El ao de Clemente                                       
El ao del rey de Francia                                   
El ao de las Bandas Negras                              
El ao de los lansquenetes                                











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